Curas en comités de ética hospitalarios y crucifijos en tomas de posesión de ministros
“Ninguna confesión tendrá carácter estatal”, dice el punto 3 del Artículo 16 de la Constitución. Este principio fundamental, que vulnera el PP en su decisión sobre los hospitales madrileños, también lo ha convertido en papel mojado el PSOE recientemente: tanto la toma de posesión de José Luis Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno como las de sus ministros estuvieron presididas por un crucifijo y una Biblia. Dice hoy El Confidencial que el jefe del Ejecutivo no quita los símbolos católicos de esos actos públicos para no irritar al Rey, como si las creencias privadas de don Juan Carlos fueran algo más que eso, creencias privadas. Estaría bien que, de una vez por todas, la izquierda española dejara a un lado unos complejos que la hacen actuar a veces como la más rancia derecha. Una cosa es que, como dice el punto 1 del mismo artículo constitucional, se garantice “la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley” y otra que el Estado tenga que pagar a los profesores de Religión, convertir la escuela pública en una catequesis, permitir la presencia de los curas en los comités de ética hospitalarios públicos e incluir símbolos religioso en actos civiles.
Como humanista, jamás impediré que cada uno profese la fe que quiera, sea en Dios, en Alá, en Zeus o en otra divinidad, pero sí exijo que ese derecho privado no conlleve un gasto público ni una sumisión de los poderes públicos a una creencia. Y eso es lo que parece que no quiere entender Rodríguez Zapatero o, si lo entiende, no es lo suficientemente valiente como para llevarlo a la práctica, para empezar, sacando la religión de la escuela pública y, para seguir, rompiendo el acuerdo que da privilegios inexplicables a una teocracia, el Vaticano, donde ni hay democracia, ni libertad religiosa, ni la mujer tiene los mismos derechos que el hombre… La libertad religiosa obliga al Estado a garantizar que cada ciudadano pueda creer en lo que quiera y practicar su fe con libertad, y eso incluye que quien no cree no se vea sometido a las creencias de otros y que un Gobierno laico no tenga que iniciar su andadura bajo el signo de la cruz.











