Platillos volantes contra el cambio climático
Lo de Hellyer no son delirios de alguien que ha perdido la cabeza por la edad. Cuando era ministro, el 3 de junio de 1967, inauguró oficialmente un ovnipuerto en St. Paul, Alberta. Como si hiciera falta algo más después de ese excéntrico episodio, en septiembre de 2005 promulgó públicamente su fe en los ovnis y, dos meses más tarde, acusó a George W. Bush de maquinar una guerra intergaláctica. Ahora, Hellyer se descuelga con la tontería de que la solución al cambio climático pasa por los restos de platillos volantes como el accidentado en Roswell, según él, escondidos en el Área 51 y otros complejos secretos.
“Me gustaría ver qué tecnología extraterrestre podría haber para eliminar la quema de combustibles fósiles dentro de una generación… Ésa podría ser una forma de salvar nuestro planeta”, ha dicho. Él tiene claro que los alienígenas disponen de revolucionarias fuentes de energía para visitarnos desde otros mundos; aunque no ha mostrado ni una prueba. Es lo de siempre. Lo mismo que ocurrió durante la guerra fría, cuando los adoradores de los extraterrestres depositaron en ellos la confianza de que impidieran mágicamente el estallido del conflicto final. Hellyer también pretende que los dioses nos solucionen el problema de turno, cuando lo mejor que podemos hacer es arreglar las cosas por nosotros mismos. ¿Han visto alguna vez que algún dios o extraterrestre haya hecho algo bueno por el ser humano, haya evitado alguna guerra o catástrofe, haya salvado alguna vida milagrosamente? Yo no.











