Las ruinas mayas de EE UU, la bola que cayó del cielo en Namibia y un ‘burdel alienígena’, en Punto Radio Bizkaia
Marte nos obsesiona desde que, a finales del siglo XIX y principios del XX, Percival Lowell lo llenó de canales artificiales construidos por una civilización agonizante. El astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli fue quien primero vio las supuestas vías de agua en el planeta rojo, pero la atribución a extraterrestres se la debemos al estadounidense. La vida en Marte reúne, por primera vez en español, tres artículos sobre el mundo vecino publicados por Schiaparelli en la revista Natura ed Arte en 1893, 1895 y 1909. Los acompaña un estudio del historiador José Carlos Hernanz que sitúa los hallazgos del investigador europeo en su época. En su textos, el astrónomo se muestra cauto a la hora de hablar de los canales como algo más que formaciones naturales, aunque no descarta totalmente su artificialidad.
“La red formada por los mismos probablemente fue determinada en origen por el estado geológico del planeta, y se ha venido lentamente elaborando en el curso de los siglos. No es preciso suponer aquí la obra de seres inteligentes; y, a pesar de la apariencia casi geométrica de todo su sistema, por ahora nos inclinamos a creer que los mismos se han producido por la evolución del planeta, igual que en la Tierra el canal de la Mancha o el de Mozambique”, escribe Schiaparelli en 1893. Dos años más tarde, aunque sigue sin abrazar la artificialidad de los supuestos cursos de agua, dice que “no puede ser considerada como absurda” la idea de que haya de por medio “una raza de seres inteligentes”.
Schiaparelli está en el arranque de la obsesión marciana de la que he hablado aquí en repetidas ocasiones y con diferentes ejemplos. “La prensa, la literatura, luego la radio y el cine, se encargaron de crear un mundo misterioso, fascinante o peligroso, pero siempre más o menos análogo a la Tierra, un mundo del que si Schiaparelli fue el Colón, Lowell sería su Vespucio; Colón y Vespucio de un mundo imaginado y creído como verdadero por muchos, hasta que se desvaneció, de manera total, cuando los satélites artificiales mostraron con detalle la atormentada pero aparentemente yerma y desierta superficie marciana…”, escribe Hernanz en su estudio.
Por eso, este libro me parece el más apropiado para el arranque de una pequeña serie de lecturas recomendadas sobre el planeta rojo en un año en el que un ingenio humano, el Laboratorio Científico Marciano de la NASA, llegará al mundo vecino para seguir desentrañando sus secretos.
Giovanni Schiaparelli: La vida en Marte. Traducido y comentado por José Carlos Hernanz. Prologado por Marcio Ares-Stella. Interfolio Libros (Col. “Leer y Viajar Imaginario”, nº 3) . Madrid 2009. 281 páginas
Bilbao volverá a celebrar este año el nacimiento de Charles Darwin, codescubridor de la teoría de la evolución junto a Alfred Russel Wallace. La Biblioteca de Bidebarrieta acogerá el 14 de febrero, a partir de las 19 horas, sendas conferencias de José María Bermúdez de Castro, codirector de las excavaciones de Atapuerca y director del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, y el biólogo Kepa Altonaga, de la Universidad del País Vasco, sobre la evolución del género Homo -al que pertenecemos todos los seres humanos- y el modo en que recibió la intelectualidad vasca las ideas del naturalista inglés, respectivamente.
La participación desde 2007 de destacadas figuras de la ciencia y la divulgación -como Francisco J. Ayala, Pilar Carbonero y Manuel Toharia, entre otros- ha convertido este acto en una cita obligada para los amantes de la ciencia y la cultura en general. El Día de Darwin de Bilbao está organizado por El Correo, la Cátedra de Cultura Científica de la UPV y el Ayuntamiento de Bilbao, en colaboración con el Círculo Escéptico, la Fundación Biofísica Bizkaia, el Aula Espazio Gela y el CIC bioGUNE.
Polonia multa a una estrella de la canción por decir que la Biblia fue escrita por borrachos y ‘fumados’
Un tribunal de Varsovia ha multado a la cantante polaca Dorota Rabczewska, conocida como Doda, con 5.000 eslotis (1.169 euros) por haber dicho, en una entrevista televisiva en 2009, que cree más en los dinosaurios que en la Biblia porque “es difícil creer en algo escrito por borrrachos y fumados“. Debido a esas declaraciones, en mayo de 2010, la fiscalía de Varsovia la acusó de blasfemia. “Es evidente que Doda piensa que la Biblia fue escrita por borachos y fumados. Creo que ha cometido un crimen y ha ofendido los sentimientos religiosos de cristianos y judíos”, dijo entonces Ryszard Nowak, presidente de la organización cristiana Comité para la Defensa Contra las Sectas. Ahora, la Justicia le ha dado la razón.
La blasfemia sólo la considera tal un creyente cuando se dirige contra su dios, no cuando el blanco es otra divinidad. Por eso, las leyes antiblasfemia, propias de las teocracias islámicas, no deberían tener hueco en los países civilizados, que deben respetar la pluralidad de creencias y el ateísmo. Legislaciones como la polaca socavan gravemente la libertad de expresión al proteger a creencias e ideas frente a la crítica. Como dice Michael DeDora, director del Center for Inquiry (CfI) en Nueva York, los librepensadores debemos oponernos activamente a este tipo de leyes y presionar a los Gobiernos democráticos para que sean derogadas. Silenciar a las personas para proteger las ideas es medieval, es poner la libertad en manos de los credos. La crítica y la burla de todas las ideas -las nuestras, las primeras- es un derecho al que la sociedad no debe renunciar.
El Consejo de Europa, integrado por 46 países y 800 millones de europeos, se pronunció en junio de 2006 contra legislaciones antiblasfemia como la polaca. “Las leyes contra la blasfemia y la crítica de las prácticas y dogmas religiosos han tenido a menudo un impacto negativo sobre el progreso social y científico. Esta situación empezó a cambiar con la Ilustración”, explicaba en una resolución, aprobada por su Asamblea Parlamentaria, que destacaba que la libertad de expresión “no debe restringirse más para responder a la creciente sensibilidad de algunos grupos religiosos”.
Inventos ‘made in Spain’: el dispositivo que reduce el consumo de gasolina y el protector de ondas del móvil
El Ayuntamiento de Torrox (Málaga) pondrá en todos sus automóviles un aparato que, dicen, permite reducir espectacularmente el gasto en combustible y las emisiones contaminantes. “La instalación de estos dispositivos en la flota de vehículos municipales va a suponer un ahorro considerable en el consumo de combustible. Según las estimaciones iniciales, el Ayuntamiento puede ahorrar, al menos, un 25% del gasto anual en carburantes, lo que puede suponer más de 6.000 euros al año”, asegura el concejal de Medio Ambiente, Lauren Salvatierra. Sería una magnífica noticia, y más en tiempos de crisis, si fueran ciertas las propiedades del cacharro en cuestión, de nombre Eco-Car. Pero ¿lo son?
El enterarme de la noticia hace unos días, gracias a Gonzalo Camarero a través de Twitter, me vinieron a la cabeza babas de caracol, alargadores de pene, quitadolores y quitamanchas prodigiosos, cuchillos cortalotodo… Me resulta muy difícil creer que un dispositivo como Eco-Car funcione y no venga instalado de serie en los coches. Este escepticismo inicial lo comparten varias personas con las que he hablado del asunto, incluidos un químico, un mecánico del automóvil con décadas de experiencia y el responsable de las pruebas de efectividad que exhibe el fabricante de Eco-Car en su web. El aparato se vende a 149 euros y su instalación es sencilla, extremo que me han confirmado en un taller donde me han dicho que puede suponer 20 euros de mano de obra. Lo distribuye mundialmente la compañía madrileña Profit for Work, con sede en San Sebastián de los Reyes (Madrid), y tiene entre sus distribuidores a Greener World, nacida como Sky Water Green World Malaga en julio pasado, que es la empresa que va a colocar el dispositivo en los vehículos del parque móvil de Torrox.
“Eco-Car está compuesto por un conjunto de minerales que, al contacto con el combustible de los motores de combustión interna o externa, actúan como inhibidores estáticos de los campos de influencia externa de tipo magnético, radioeléctrico, eléctrico, electromagnético y similares que afectan a fluidos, líquidos y gases combustibles”, según Profit for Work. Sin imanes “ni productos químicos” -de ser cierto, sería nada de nada, ¿no?-, es “un economizador de combustible, que proporciona un importante ahorro en gasolina y diesel”, ya que “mejora el proceso de combustión al disponer los electrones de manera que puedan mezclarse de forma óptima con el oxígeno”. Además, “reduce de manera significativa las emisiones contaminantes de CO2 en todo tipo de vehículos, maquinaria y grupos electrógenos”, y permite “circular sin usar las marchas pares”. ¡Toma ya!
El producto -me ha indicado César Rubio, director general de Profit for Work- es de “fabricación nacional”. Su equipo llegó a mantener reuniones sobre Eco-Car con Rosa Aguilar cuando era ministra de Medio Ambiente y está en contacto con el Instituto para la Diversificacion y Ahorro de la Energía, organismo dependiente del Ministerio de Industria con el que he intentado hablar sin éxito. Rubio me ha explicado que el desarrollo del dispositivo ha llevado diez años a una empresa que tiene “5 o 6 trabajadores” y que se dedica a la innovación en productos relacionados con la calidad de vida y el medio ambiente. Uno de ellos “es un aparato para protegernos de las ondas de los móviles”. Está en fase experimental, pero Rubio lo lleva ya adherido a sus teléfonos porque está convencido de que inhibe las ondas, según él, dañinas. Espera empezar a comercializarlo en un año. Vuelvo a repetirlo por si acaso pasa por aquí algún despistado: no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía causen daño alguno; no hay ningún estudio científico que respalde ese temor irracional que se ha apoderado de parte de la población. Lo que hay es un negocio del miedo.
Las pruebas
Aunque tenía que haberme bastado con el hecho de que los fabricantes de Eco-Car hayan diseñado también un escudo contra las emisiones de radiofrecuencia, le he pedido reiteradamente a Rubio que me diga cuál es la ciencia básica en la que se fundamenta el producto. En todo momento, se ha remitido a pruebas de campo y en talleres que habrían confirmado lo que sostiene su publicidad, y ha dicho que está dispuesto a realizarlas ante cualquiera con cualquier coche. En términos parecidos se ha expresado Antonio Merelo, de Motortech -una distribuidora de Eco-Car-, quien me ha asegurado también que su efectividad está probada. Según él, en un turismo con un motor de 1.900 centímetros cúbicos, su uso puede suponer un ahorro de combustible del 12% al 15%, siempre y cuando el vehículo esté puesto a punto, porque “los milagros no existen”. Obviamente, le he preguntado cómo, si es un dispositivo tan útil, no lo ponen de serie los fabricantes de automóviles y me ha respondido: “Les interesa más vender filtros de partículas”. Rubio, por su parte, me ha dicho que ya hay un fabricante interesado en hacerlo. Cuando les he pedido pruebas de la efectividad, ambos me han remitido a sendas “certificaciones” realizadas por la firma Automovilidad, sobre el ahorro de combustible y las menores emisiones de gases.
En Automovilidad, he hablado con Javier Chicharro, responsable de la sección de Transporte y Vehículo Industrial, que en febrero del año pasado fue el encargado de las mediciones de la efectividad del milagroso aparato. Lo primero que me ha dicho es que ellos no certifican nada, porque Automovilidad es una empresa privada, “no un organismo certificador”. Utilizaron tres turismos proporcionados por el fabricante de Eco-Car para comprobar las emisiones de los mismos con y sin el dispositivo, y lo mismo hicieron respecto al consumo. Automovilidad constató que las emisiones se redujeron en los tres vehículos un 52,9%, tal como sostiene el fabricante, mientras que el consumo se redujo un 24,9% en el mejor de los casos.
“¿Que eso hace algo? Parece que sí. ¿Qué? No lo sabemos. Nuestra labor se limita tomar medidas. Yo lo que puedo decrite es que en esos coches se dieron los resultados que te digo”, indica Chicharro. El responsable de Automovilidad reconoce que no tiene una explicación para que, si funciona como dicen, el dispositivo no venga en los coches de serie. Él cree que no les hicieron trampa: “Los Eco-Car fueron instalados en nuestra presencia, bajo nuestra supervisión e inmediatamente después de la prueba sin el dispositivo instalado, e inmediatamente después pasaron la prueba con el dispositivo instalado. Sinceramente, me resulta muy dificil creer que hubiese otras modificaciones”. Salvatierra, el concejal de Medio Ambiente de Torrox, me ha indicado que van a instalar gratis el dispositivo en los dieciocho vehículos de la flota municipal porque a la distribuidora local le interesa la publicidad. Está convencido de que van a ahorrar dinero en combustible y reducir las emisiones, tal como ha constatado un taller de Vélez en unas mediciones hechas para el Consistorio.
¿Truco o Nobel?
Si tuvieran que elegir entre que hay truco o que Eco-Car realmente funciona, ¿por qué se inclinarían ustedes? Yo, por la primera opción. Es lo que sospecho desde el primer momento -cuando vi el producto como típico de la teletienda- y en lo que me he reafirmado después de hablar con Fernando Cossío, catedrático de Química Orgánica de la Universidad del País Vasco y presidente ejecutivo de Ikerbaque, la Fundación Vasca para la Ciencia.
“Lo que aparece en la página web contiene un montón de fraseología pseudocientífica. Todo eso que dicen de los campos magnético, radioeléctrico, eléctrico, electromagnético… carece de sentido. Y tampoco tiene mucho sentido eso que afirman de que el aparato dispone los electrones de manera que puedan mezclarse de forma óptima con el oxígeno. La combustión es una reacción química en la que un hidrocarburo se mezcla con oxígeno para dar dióxido de carbono (CO2) y agua. Cuanto más eficaz es una combustión, más CO2 se produce. Es una falacia decir que, cuanto más eficaz es una combustión, menores son las emisiones de CO2. Otra cosa es que, como de hecho la reacción se hace con aire y no con oxígeno puro, se produzcan óxidos de nitrógeno cuya emisión se minimiza con catalizadores colocados a la salida del motor, no a la entrada. Además, si el dispositivo contiene algo que facilita la combustión, o sea un catalizador, debería estar colocado allí donde tiene lugar la combustión, no antes”, explica Cossío. Para este químico, miembro del Círculo Escéptico, resulta evidente que, “con el problema energético tan brutal que tenemos, si alguien hubiera descubierto un catalizador que facilitara la combustión y ahorrara tanta energía como dicen del Eco-Car, se habría publicado en medios de difusión mundial, y la comunidad científica y los medios de comunicación de todo el mundo se habrían hecho eco del invento”.
No sé dónde está el truco de los extraordinarios resultados de laboratorio de Eco-Car; pero estoy seguro de que lo hay. Como lo hay cuando un ilusionista hace desaparecer la Estatua de la Libertad o saca una paloma del sombrero; como lo hay en las demostraciones de los cuchillos cortalotodo y otros portentos de la teletienda; como lo hay en las consultas de los tarotistas y espiritistas. A no ser, claro, que quieran que me crea que los inventores de Eco-Car han hecho un descubrimiento que podría resolver parte de los problemas energéticos y de contaminación mundiales, con el que podrían ganar millones y millones de euros, y, para darlo a conocer al mundo, van haciendo pruebas aquí y allá en vez de publicar su hallazgo en una revista científica de prestigio. Una pequeña empresa española logra un avance tecnológico de Nobel y lo va probando de taller en taller en vez de hacer que lo examinen las instituciones científicas más importantes del mundo. Sinceramente, creo que Eco-Car tiene tantos visos de funcionar como el protector de ondas del móvil desarrollado por el mismo fabricante.
La mansión encantada de ‘American Horror Story’, a la venta por 17 millones de dólares
No me importaría vivir en una casa como en la que transcurre la acción de American Horror Story, la más que recomendable serie de terror cuya primera temporada está a punto de acabar en Fox. Lo que pasa es que ni resido en California ni tengo los 17 millones de dólares (unos 13 millones de euros) por los que se ha puesto en venta la mansión Alfred F. Rosenheim de Los Ángeles, que es como se llama en el mundo real el inmueble en el que la familia Harmon vive su pesadilla de ficción.
Diseñada por el arquitecto Alfred F. Rosenheim en 1908 para ser su residencia, la vendió diez años después. En sus más de cien años de vida, la casa ha servido hasta de convento a las Hermanas del Servicio Social. Se levanta en el 1.120 de Westchester Place, en un solar de 2.800 metros cuadrados y tiene una superficie de 969 metros cuadrados repartidos en tres pisos, con seis dormitorios, 5 baños, un gran salón, vidrieras de Tiffany en puertas y ventanas, seis chimeneas de ladrillo, techos pintados en el cenador… Es espectacular, como pueden ver en las fotos de abajo.
Sólo se rodó en la mansión el episodio piloto de American Horror Story. Para el resto de la temporada, se usaron decorados. En la serie, el edificio es escenario de terribles crímenes. El actor Evan Peters, que encarna a uno de los inquilinos del inmueble, asegura que “nunca viviría en esa casa” porque “es vieja y espeluznante, y la atmósfera es realmente aterradora”. ¿A ustedes qué les parece? Vean esta galería de fotos y juzguen.
-Hay gente que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor.
-A pesar de lo que dice Jorge Manrique, cualquier tiempo pasado no fue mejor. Lo que pasa es que tenemos en la memoria un filtro maravilloso que hace que olvidemos las cosas malas y recordemos solo las buenas. Por eso, cuando rememoramos la escuela, no recordamos los castigos ni el aburrimiento, sino la sensación de que todo estaba por aprender, de inocencia…
-Siempre lo bueno.
-Sí. Cuando recordamos cualquier éxito personal o profesional, no nos acordamos de lo que nos costó alcanzarlo ni de las veces que no lo conseguimos. Y con la comida pasa lo mismo. Las de la niñez, las recordamos como las mejores. Se nos olvida que las intoxicaciones alimentarias eran entonces extraordinariamente frecuentes. Cuando ahora hay una, sale en el periódico.
-Esa idea de que antes todo sabía mejor y era más saludable es muy común.
-Desde luego, no se come como antes. Ahora, comemos mucho mejor y más sano que nunca. Todos los alimentos que llegan a nuestra mesa han pasado por un montón de controles que antes no existían. La comida es infinitamente más sana y, curiosamente, también es mucho más barata. El porcentaje del presupuesto familiar que se dedica a la comida es mucho menor que hace 50 años porque los alimentos se han abaratado en comparación con el coste de la vida.
-Pero ¿y el sabor?
-Tenemos alimentos más baratos y mejores; pero, claro, en esta vida nada es gratis. ¿Qué prefieres, comer tomates en plena sazón durante uno o dos meses de tu huerta, o de la del vecino, o comer unos tomates aceptables durante todo el año con solo ir al súper? Hay que elegir. Sin ser yo un diplodocus, me acuerdo de cuando solo había tomates en verano. Además, esa agricultura de antes daría de comer a una fracción de la Humanidad, y lo que queremos -lo que yo quiero- es que comamos todos.
-Somos 7.000 millones.
-Somos 7.000 millones, y la Tierra puede producir alimentos para 7.000 millones; pero no puede producir alimentos tipo gourmet para 7.000 millones. Hay hambre porque hay injusticia. Hace cien años en Bilbao -como en Viena y en París-, moría en el primer año de vida un bebé de cada cinco. Ahora, mueren tres de cada mil. En general, cualquier tiempo pasado fue peor. Si fue mejor, lo fue solo para unos pocos privilegiados; pero yo quiero que la vida sea mejor para todos.
-Ahora, hay padres que se niegan a vacunar a sus hijos porque dicen que les puede hacer más mal que bien.
-¿Por qué hace cien años moría un niño de cada cinco y ahora tres de cada mil? Primero, porque entonces no había alternativa a la lactancia materna y, si la madre no tenía leche, solo cabía buscar un ama de cría -lo que no estaba al alcance de todos los bolsillos- o el bebé moría de inanición. Segundo, por las enfermedades infecciosas. ¿Por qué ha descendido tan espectacularmente la mortalidad infantil? Por la alimentación artificial y por las vacunas y otras normas higiénicas.
-Sin embargo, hay padres que rechazan las vacunas.
-Eso se debe, a la vez, a la ignorancia y al egoísmo.
-¿Por qué al egoísmo?
-Porque, si yo no vacuno a mi hijo en una sociedad de personas vacunadas, casi con toda seguridad no le va a pasar nada ya que hay una probabilidad muy baja de que alguien le contagie. Claro que puede ocurrir que una infección, que al niño vacunado le produzca una enfermedad leve y pasajera, al no vacunado le provoque una grave. La idea de que las vacunas son peligrosas es ridícula y tiene su origen en la ignorancia. Algunos padres han leído que ciertas vacunas pueden suponer ciertos riesgos. Otra característica de nuestra sociedad es que queremos vivir sin riesgos, pero la vida sin riesgo es imposible. No existe. Aunque te quedes en la cama sin moverte toda la vida, existe el riesgo de que te caiga el techo encima. Es un riesgo pequeño, pero está ahí.
-¿Y el de las vacunas?
-Con las vacunas, el riesgo de complicaciones para el niño es infinitamente menor que el que conlleva no vacunarle. Los padres deberían saberlo, porque esto se enseña en la escuela.
-Hay niños que mueren en Occidente de sarampión, paperas y rubéola, enfermedades que pueden evitarse con la triple vírica.
-Aunque sea raro, el niño no vacunado corre un riesgo que puede ser mortal. La antivacunación es, por fortuna, una corriente minoritaria; pero igual, antes de que pase demasiado tiempo, las autoridades tienen que empezar a hacer campañas como las de los años 40 y 50.
-Tuve un compañero en el cole que sufrió la polio y llevaba hierros en las piernas.
-Claro. Y ahora no hay niños con hierros porque la polio prácticamente ha desaparecido gracias a la vacuna. Y, por esa misma razón, tampoco hay gente con la cara picada de viruela.
-La medicina científica nos ha ayudado a derrotar esas y otras enfermedades y, sin embargo, hay quienes la desprecian en favor de la mal llamada alternativa.
-Es un síntoma más de una característica generalizada de nuestra sociedad, que inconscientemente utiliza de manera masiva la ciencia y la tecnología, pero muchas veces las rechaza de manera consciente. Estamos todo el día pegados al móvil y, al mismo tiempo, diciendo que las ondas de radiofrecuencia producen cáncer.
-Pero no lo hacen.
-Obviamente, no. Después de más de 30 años de estudios, no se ha podido concluir que las ondas de telefonía produzcan cáncer. Nuestra sociedad es una sociedad de nuevos ricos y tiene caprichos rarísimos, y uno es que somos totalmente dependientes de la tecnología y, a la vez, no nos fiamos de la tecnología.
-Usted estudió medicina.
-Sí, medicina y cirugía.
-Hay médicos que son homeópatas, acupuntores…
-Sí, sí. Y hay varias razones para ello: una, que más cornadas da el hambre; otra, que los médicos tienen una formación científica muy limitada y, probablemente, hay algunos que creen en esas cosas; y la tercera es, y es muy importante, que el 60% de los pacientes que va a una consulta de medicina interna no tiene ninguna lesión física demostrable. Dicho de otro modo, tienen el mal en la cabeza, creen que están enfermos, y hay que atenderles.
-Y les basta con el placebo.
-Hombre, cuando uno no tiene un lesión orgánica, da lo mismo tomar agua bendita que homeopatía o cualquier otra cosa: se cura por sugestión. Eso lo han sabido los médicos siempre.
-Pero hay quien muere por elegir esas prácticas y renunciar a tratamientos científicamente probados contra el cáncer y otros males.
-Cuando uno lleva a tal extremo de la necedad, tiene consecuencias terribles. Por fortuna, la mayoría de la gente no es tan tonta ni tan loca cuando le diagnostican una enfermedad grave y se olvida de las medicinas alternativas, que en realidad son pseudomedicinas que tratan falsamente a, muchas veces, falsos enfermos. Lo que no cura la medicina académica no lo cura la pseudomedicina. Si hay gente que no lo entiende, qué le vamos hacer. Vivimos en una sociedad libre en la que podemos equivocarnos incluso con trágicas consecuencias.
-Hasta las autoridades sanitarias llaman a estas prácticas medicinas complementarias, ¿no es un error llamarlas así? Da la impresión de que sirven para algo.
-Las medicinas alternativas no son medicinas. La medicina es la académica, la pública, la que te recetan en el ambulatorio. Como nuevos ricos que somos, seguimos confundiendo lo caro con lo bueno, y hay cosas que son gratuitas y son las mejores. Entiendo que, como la gente ha dejado de creer en las virtudes del agua bendita y de Lourdes, hay quien busca otras cosas no racionales que, por alguna razón, son socialmente más respetadas.
Publicado originalmente en el suplemento Ciencia del diario El Correo.


























