Me preocupa la autocomplacencia que, de un tiempo a esta parte, observo en ciertos colegas por el éxito de iniciativas como los encuentros en bares para participar en charlas y debates escépticos. Entiéndanme, me parecen actos necesarios y los apoyo, pero creo que algunos están confundiendo el árbol con el bosque. Y lo mismo pasa con ciertas revistas escépticas que resultan, por lo general, tan aburridas como una hoja parroquial porque sólo hablan de lo bien que lo hacemos quienes las hacemos. Está bien cuidar el árbol -estrechar los lazos en el seno de la comunidad escéptica-, pero el objetivo es el bosque, la sociedad, y ahí fuera pocos saben que existimos.
La realidad es que en España prácticamente no se hace nada por sacar el pensamiento crítico a la calle, por ir más allá de la firma de manifiestos que siempre suscribimos los mismos. Y no me vengan con cursillos universitarios ni cosas parecidas de las que casi nadie se entera fuera del círculo de iniciados. Hay que intentar seducir a la gente, atraerla, engancharla, divertirla… Si se publica una revista, que resulte interesante a los de fuera; si se organizan unas charlas, que susciten curiosidad. “Escribimos para escépticos, montamos charlas de escépticos para escépticos, organizamos protestas para escépticos… Sí, la palabra clave es endogamia“, como escribo en la sexta entrega de ¡Paparruchas!, mi columna en español en la web del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), titulada “Escepticismo para escépticos”. Pueden leer mi reflexión en la web del CSI y luego comentarla aquí.
El primer jedi vasco será el protagonista de mi intervención en el noveno Enigmas y Birras de Bilbao, que se celebrará el sabado en el restaurante KZ (Alameda San Mamés, 6) a partir de las 18 horas. El ponente previsto inicialmente tiene problemas de agenda, así que Luis Miguel Ortega, responsable de estos encuentros, me ha obligado a salir del banquillo, que es donde más agusto estoy.
Supe de la existencia de Michael Echanis gracias a Los hombres que miraban fijamente a las cabras (2004), libro en el cual el periodista Jon Ronson narra cómo se metió EE UU en la guerra psíquica. Y, rebuscando por la web, di con un personaje fascinante, con una vida de película, que llegó a enseñar a los comandos antisandinistas y a la guardia personal de Anastasio Somoza técnicas de combate esotéricas. Echanis y su vida, de la que mostraré imágenes curiosas y contaré anécdotas increíbles, me darán pie para hablar de la investigación paranormal militar en EE UU y la Unión Soviética, a partir de información secreta desclasificada hace años. La realidad, como ocurre tantas veces, es en este caso mucho más soprendente que la ficción de los vendedores de misterios.
Agradezco a Mikel Urmeneta, fundador y director creativo de Kukuxumusu, el permiso para utilizar la imagen de un aizkolari -cortador de troncos vasco- batiéndose en duelo, hacha en mano, con Darth Vader.
Dense por invitados al noveno Enigmas y Birras de Bilbao organizado por el Círculo Escéptico y programado por Luis Miguel Ortega. La entrada es gratis, aunque cada asistente se compromete a hacer, al menos, una consumición como agradecimiento a los propietarios del establecimiento por la cesión de local.
Periodismo gilipollas: Susanna Griso cree que la personalidad se refleja en las huellas dactilares
“La dactilopsicología es una ciencia que, a través del análisis dáctilar de las yemas de los diez dedos de las manos de cualquier persona, consigue averiguar las capacidades innatas heredadas por la persona”, dijo el martes Luis Orduña, inspector jefe de la Policía Científica, en Espejo Público, en Antena 3. Y luego hizo una exhibición de sus habilidades, tan científicas como las de un astrólogo, un grafólogo o un culomántico. Fue a hacer publicidad de su último libro, Huellas psicologicas (2011), y puso en evidencia a Susanna Griso y sus colaboradores no por lo que dijo de sus personalidades tras la lectura de huellas, sino porque todos ellos se tragaron la patraña, según me alertó el psicólogo Pedro Luis Gómez Barrondo, miembro del Círculo Escéptico, nada más presenciar el espectáculo.
En la biografía de este experto -con estudios en derecho, periodismo y medicina legal-, se dice que “en 1977 descubrió la relación genética entre las morfologías de las huellas dactilares y las capacidades o formas de comportamiento de las personas. Desde ese año, investigó y creó una nueva ciencia a la que denominó: dactilo-psicología”. Lleva más de treinta años peleando por el reconocimiento de su ciencia y, ¡fíjense si es injusto el mundo!, aún no le han dado el Nobel. Como premio de consolación, se pasea por los medios de comunicación diciendo obviedades después de mirar con lupa las yemas de los dedos del personal.
Creer que las huellas dactilares revelan la personalidad es equiparable a creer que lo hacen la caligrafía, los rasgos faciales o la posición de los astros el día del nacimiento. Obviamente, hay quien se gana bien la vida practicando la grafología y la morfopsicología porque siempre hay gente dispuesta a creer en chorradas y pagar por ellas. Pero que exista negocio no significa que ninguna de estas prácticas tenga más fundamento que la lectura de manos o la elaboración de pócimas mágicas. Grafólogos y morfopsicólogos sólo aciertan en sus caracterización cuando conocen al sujeto objeto de análisis o hay algun rasgo evidente, como la letra de algunos trastornados. Si la cara no corresponde un famoso o no saben de quién es la letra ni se les proporciona ninguna pista, estos expertos son tan certeros como Rappel en lo suyo. Y con la dactilopsicología pasa lo mismo
Famosos crédulos
Orduña cuenta a sus interlocutores lo que éstos quieren oír. Así, sostiene que Griso es “una persona muy sensible y cariñosa; pero, ¡ojo!, también tiene la capacidad agresiva. O lo que es lo mismo, se trata de una persona trabajadora, luchadora y tajante”. Y hace unos años le dijo a Carlos Herrera que “es una persona fuerte, valiente y, sobre todo, muy inteligente”. Como siempre han hecho los adivinos, este dactilopsicólogo se vanagloria de haber estudiado las yemas de los dedos personajes populares y cita a Concha García Campoy, Nieves Herrero, Encarna Sánchez, Pepe Navarro, Antonio Herrero, Jesús Hermida, Enric Sopena, Ángel Cristo, Bárbara Rey, Marc Ostarcevic y Norma Duval. En todos esos casos, a las habituales perogrulladas, podía haber añadido: “Y veo que también es un crédulo de tomo y lomo”.
Este policía cree que su ciencia -y el posesivo es de lo más apropiado- sólo será reconocida como tal cuando estadounidense diga que lo es o tras su muerte. “Yo me brindo a las entidades culturales para realizar conferencias o bien una investigación que demuestre que es una ciencia exacta. Y es que quiero dejar algo sembrado antes de morir y que esta ciencia no se pierda”, declaraba hace un año a Diario de Alcalá. Si lo desea, en el Círculo Escéptico organizamos una demostración controlada de sus habilidades ante un comité de expertos y con un protocolo científico. Claro que también puede seguir paseándose por los medios de comunicación lamentando la ceguera de la ciencia oficial, haciendo lectura de yemas de dedos y dejando en ridículo a periodistas y personajes populares. Aunque esto último es tan fácil…
“Los datos que han facilitado las Mariner plantean cien incógnitas por cada enigma que despejan”, escribía el físico Joaquín Lizondo en 1969. Su libro El enigmático Marte visitaba el planeta rojo a la luz de las observaciones de las sondas robot de la NASA. Una obra optimista, como tantas otras de la era Apollo, en la que el autor vaticinaba que el Marte misterioso “desaparecerá el día en que el hombre pose su pie sobre él”. Un hito no muy lejano para él. “Los científicos aún dudan [habla de la posibilidad de vida en Marte], y es evidente que la prueba final sólo podrá ser dada por las futuras expediciones -¿1971? ¿1973?- que desciendan sobre el suelo del planeta”, auguraba en la frase que cierra la obra.
Lizondo divide su exposición en tres partes: en la primera, cuenta lo que la ciencia sabe del mundo vecino; en la segunda, deja que “la imaginación se desborde un poco”, con la ciencia ficción y las historias de los canales y las lunas marcianas; y la tercera se dedica a la vida extraterrestre. Se añade, al final, un capítulo con los resultados de los sobrevuelos de las sondas Mariner, que “han proporcionado una gran cantidad de sorpresas a los científicos, al tiempo que han despertado no pocas controversias entre ellos”. El volumen incluye, además, un cuento corto de Ray Bradbury titulado “Los desterrados”, que el autor estadounidense asegura que está en el germen de Fahrenheit 451.
El enigmático Marte es un libro de su tiempo. Por eso, el autor, aunque bastante escéptico, cree que “no se puede dudar” de que en el fondo de los valles marcianos haya vegetación ni es posible rechazar “desdeñosamente” la artificialidad de Fobos y Deimos; aunque niega tajantemente cualquier verosimilitud a la mitología platillista, tan en boga entonces, en un capítulo con referencias a la abducción del matrimonio Hill y al fraude de Ummo. “Cierto es que existen muchos testimonios, incluso colectivos, de los hechos que estamos analizando. Pero, o mucho nos equivocamos, o no pasan de ser simples alucinaciones que, por no tener, carecen incluso de originalidad”. Lizondo compara, así, a los tripulantes de los ovnis con los dioses y ninfas de la Antigüedad, las brujas y demonios medievales, y los espíritus y fantasmas de la Edad Moderna. Y advierte de que el hombre de la calle, que “no está acostumbrado a mirar al firmamento”, observa de vez en cuando en él fenómenos naturales que desconoce y, por eso, los “atribuye un origen erróneo”. “¿Cómo podemos creer en aquello de cuya realidad no se tiene la menor prueba?”, se pregunta.
Aunque rechaza la existencia de una civilización marciana contemporánea, cree que “Marte es, pese a quien pese, un mundo moribundo que pudo, en el pasado, haber sido asiento de una vida inteligente, pero que en la actualidad sólo es un mudo testigo de las posibles grandezas de esa supuesta civilización marciana”. ¿Cómo interpretó Lizondo en un principio la foto que en julio de 1976 tomó la Viking 1 de la región marciana de Cydonia en la que se veía una cara tallada en la roca y que luego se demostró una ilusión óptica? ¿Y las pirámides y otras ruinas que, a partir de ese momento, descubrieron en esa región todo tipo de iluminados y engañabobos? No lo sé.
Joaquín Lizondo: El enigmático Marte. Ediciones Telstar. Barcelona 1969. 289 páginas.
El escritor Alain de Botton ha propuesto la construcción de un templo ateo de 46 metros de altura en el corazón financiero de Londres. “¿Por qué los creyentes tienen los templos más bellos de la Tierra? Ya es hora de que los ateos tengan sus propias versiones de las grandes iglesias y catedrales”, argumenta. Aboga por un edificio dedicado a “cualquier cosa positiva y buena”, como el amor o la amistad, y asegura que ya cuenta con donantes dispuestos a aportar la mitad del millón de libras que costaría la estructura hueca que ha idead el arquitecto Thomas Greenall. Un edificio cuyo techo estaría abierto al cielo y las paredes, decoradas con fósiles. Una torre en la que cada centímetro representaría un millón de años en la historia de la Tierra y una delgada línea de oro de un milímetro de grosor, situada a un metro de altura, la existencia de la Humanidad.
De Botton parte, a mi juicio, de la errónea idea de que no hay templos ateos, entendiendo como tales edificios dedicados a la promoción de la razón y el humanismo secular. Los hay y bellos sin salir de Londres, como apunté a Miguel Ayuso cuando me telefoneó para que diera mi opinión sobre el Templo de la Perspectiva, como ha llamado el filósofo a su propuesta. Ahí está Conway Hall, sede de la Sociedad Ética de South Place, una organización cuyos objetivos son “el estudio y la difusión de principios éticos basados en el humanismo y el librepensamiento, el cultivo de una manera racional y humana de la vida, y el avance de la investigación y la educación en todos los ámbitos”.
El autor de Religion for atheists: a non-believer’s guide to the uses of religion (Religión para ateos: una guía no creyente a los usos de la religión, 2012) quiere con su torre desmarcarse expresamente de los ateos malos, los Richard Dawkins y Christopher Hitchens; pero a mí su propuesta me suena más a un intento de promoción de su libro que a otra cosa. Aún así, sigámosle el juego. ¿Hay necesidad de un templo ateo? No. Como ha replicado Dawkins, “los ateos no necesitamos templos. Creo que hay cosas mejores en las que gastar el dinero. Si quieres gastar el dinero en promover el ateísmo, podrías mejorer la educación laica y construir escuelas no religiosas donde enseñar el pensamiento crítico racional y escéptico”.
De Bottom también se confunde, a mi juicio, al considerar la belleza de catedrales, iglesias y otros templos, propiedad de los creyentes. Yo soy el primero que, cuando viaja, visita y disfruta de la estética de edificios religiosos y palacios, sin que ello suponga mi adscripción a ningún credo ni a la monarquía. He gozado de templos del Antiguo Egipto y de la Grecia clásica, de iglesias católicas y ortodoxas, de mezquitas… Toda esa belleza, desde la de los santuarios rupestres hasta la de la Sagrada Familia de Barcelona, la considero tan mía como de cualquier creyente. Y no siento ninguna necesidad de que haya catedrales ateas ni cosas parecidas.
Los templos de la razón y el conocimiento ya existen: son las bibliotecas, los museos de arte, de historia natural y de la ciencia, las universidades… y, por supuesto, edificios como Conway Hall. Lo ha dicho Andrew Copson, director ejecutivo de la Asociación Humanista Británica: “Las cosas que la gente religiosa obtiene de la religión -el asombro, la admiración, el sentido y la perspectiva- los no religiosos los obtenemos del arte, la naturaleza, las relaciones humanas…”. A los no creyentes no nos hacen falta templos para llevar vidas plenas.
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Marte nos obsesiona desde que, a finales del siglo XIX y principios del XX, Percival Lowell lo llenó de canales artificiales construidos por una civilización agonizante. El astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli fue quien primero vio las supuestas vías de agua en el planeta rojo, pero la atribución a extraterrestres se la debemos al estadounidense. La vida en Marte reúne, por primera vez en español, tres artículos sobre el mundo vecino publicados por Schiaparelli en la revista Natura ed Arte en 1893, 1895 y 1909. Los acompaña un estudio del historiador José Carlos Hernanz que sitúa los hallazgos del investigador europeo en su época. En su textos, el astrónomo se muestra cauto a la hora de hablar de los canales como algo más que formaciones naturales, aunque no descarta totalmente su artificialidad.
“La red formada por los mismos probablemente fue determinada en origen por el estado geológico del planeta, y se ha venido lentamente elaborando en el curso de los siglos. No es preciso suponer aquí la obra de seres inteligentes; y, a pesar de la apariencia casi geométrica de todo su sistema, por ahora nos inclinamos a creer que los mismos se han producido por la evolución del planeta, igual que en la Tierra el canal de la Mancha o el de Mozambique”, escribe Schiaparelli en 1893. Dos años más tarde, aunque sigue sin abrazar la artificialidad de los supuestos cursos de agua, dice que “no puede ser considerada como absurda” la idea de que haya de por medio “una raza de seres inteligentes”.
Schiaparelli está en el arranque de la obsesión marciana de la que he hablado aquí en repetidas ocasiones y con diferentes ejemplos. “La prensa, la literatura, luego la radio y el cine, se encargaron de crear un mundo misterioso, fascinante o peligroso, pero siempre más o menos análogo a la Tierra, un mundo del que si Schiaparelli fue el Colón, Lowell sería su Vespucio; Colón y Vespucio de un mundo imaginado y creído como verdadero por muchos, hasta que se desvaneció, de manera total, cuando los satélites artificiales mostraron con detalle la atormentada pero aparentemente yerma y desierta superficie marciana…”, escribe Hernanz en su estudio.
Por eso, este libro me parece el más apropiado para el arranque de una pequeña serie de lecturas recomendadas sobre el planeta rojo en un año en el que un ingenio humano, el Laboratorio Científico Marciano de la NASA, llegará al mundo vecino para seguir desentrañando sus secretos.
Giovanni Schiaparelli: La vida en Marte. Traducido y comentado por José Carlos Hernanz. Prologado por Marcio Ares-Stella. Interfolio Libros (Col. “Leer y Viajar Imaginario”, nº 3) . Madrid 2009. 281 páginas
Bilbao volverá a celebrar este año el nacimiento de Charles Darwin, codescubridor de la teoría de la evolución junto a Alfred Russel Wallace. La Biblioteca de Bidebarrieta acogerá el 14 de febrero, a partir de las 19 horas, sendas conferencias de José María Bermúdez de Castro, codirector de las excavaciones de Atapuerca y director del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, y el biólogo Kepa Altonaga, de la Universidad del País Vasco, sobre la evolución del género Homo -al que pertenecemos todos los seres humanos- y el modo en que recibió la intelectualidad vasca las ideas del naturalista inglés, respectivamente.
La participación desde 2007 de destacadas figuras de la ciencia y la divulgación -como Francisco J. Ayala, Pilar Carbonero y Manuel Toharia, entre otros- ha convertido este acto en una cita obligada para los amantes de la ciencia y la cultura en general. El Día de Darwin de Bilbao está organizado por El Correo, la Cátedra de Cultura Científica de la UPV y el Ayuntamiento de Bilbao, en colaboración con el Círculo Escéptico, la Fundación Biofísica Bizkaia, el Aula Espazio Gela y el CIC bioGUNE.














