Los Lakers perdieron ayer en su primera visita a Orlando (108-104) el partido que bien pudieron ceder en la segunda entrega del Staples Center. Sin embargo, la legión de seguidores angelinos debería tomarse esta derrota en la final con la misma tranquilidad que depara una tila caliente. Para que los Magic recortasen su desventaja en el cruce que decide el título (2-1) hubieron de aliarse unas cuantas circunstancias, todas ellas favorables al equipo de Florida, que difícilmente coincidirán de nuevo. Más sencillo resultará ver un alineamiento excéntrico de los planetas que la concatenación de tantos motivos alegres para la misma trinchera.
Orlando necesitó rozar su límite para ganar por cuatro míseros puntos, los dos últimos mediante tiros libres con la bocina en el oído. Al descanso, el cuadro de Stan Van Gundy había anotado casi tres de cada cuatro intentos y terminó el duelo con un 62,5% de acierto, una precisión soberbia y equiparable a la que necesita un neurocirujano en el quirófano. Es evidente que además de puntería, los Magic aprovecharon la bajada de tensión defensiva de un rival que supo maniatarlos con la disciplina de un ejército obediente en Los Ángeles. Los Lakers concedieron demasiadas facilidades dentro de la zona, minada para su adversario durante los encuentros disputados en California.
Además, el conjunto de Florida reclutó para su causa nada menos que a cinco hombres movidos en torno a los veinte puntos; rescató a Howard, el pívot dominante pero sometido por Gasol hasta la frustración en los dos primeros encuentros; se benefició de un Pietrus formidable partiendo desde el banquillo; y se apoyó en Alston, el base titular que andaba mustio por el excesivo protagonismo de Nelson, ausente desde febrero por una lesión en el hombro. Van Gundy se dejó de jerarquías artificiales, entregó la makila de mando a la veloz liebre criada en las pistas asfaltadas de Nueva York y ésta le devolvió la confianza con una aportación imprescindible para la victoria.
En cambio, a los Lakers les fallaron algunas piezas capitales, comenzando por su líder que alumbra como el sol. Leer esto y cotejar el comentario con la estadística de Kobe Bryant puede dejar a un cronista en entredicho. El escolta anotó 31 puntos, sí, pero necesitó veinticinco tiros de campo para meter once y falló la mitad de los diez lanzamientos libres intentados. Por si fuera poco, el hombre que maravilló en el partido inaugural con canastas celestiales y llevaba ayer camino de repetir la obra (diecisiete puntos en el primer cuarto) se enzarzó en estériles batallas durante el tercer cuarto con el novato Lee, un chico de proyección que no resiste ahora comparación alguna con Kobe. De ese pique absurdo obtuvo réditos Orlando, triunfador en un tercer cuarto caótico.
A pesar de las bondades referidas por el cuadro de casa y los defectos visitantes, el duelo que supuso el primer triunfo en una final de los Magic mantuvo la emoción hasta el minuto definitivo. Gasol (23 puntos) se empeñaba en colocar el 3-0 en la serie con una sucesión de canastas repletas de talento, a base de reversos en la pintura y ganchos con ambas manos. Pero Kobe, palma y dorso en una misma tarde, se encargaba de revertir las posibilidades angelinas con algunos tiros egoístas y mal seleccionados más una pérdida decisiva a treinta segundos de la conclusión.
Orlando ya tiene la merecida victoria que a punto estuvo de conseguir en la jornada del 2-0. Pero también conoce que necesita firmar un partido casi perfecto para derrotar a unos Lakers al 60% que añoraron la aportación de Lamar Odom, un artista al que en ocasiones le abandonan las musas.

