La estrategia de Rajoy.

Este es un país propenso a las huelgas. Esta frase la comentaba un corresponsal de otro país, que pretendía hacer evidente las diferencias con, por ejemplo, Inglaterra, que no sufre una huelga desde 1926. Así y todo, puede que sea verdad, la sexta en lo que llevamos de democracia, si descontamos los paros parciales del 78 y 92, siglo atrás. Y no habiendo transcurrido más de año y medio desde la penúltima. Sin embargo, echando la vista atrás, fue la celebrada en 1988 (también llamada 14-D) la que más éxito cosechó, llegando a paralizar un país por una reforma que pretendía abaratar el despido, implantando los contratos temporales. El eco de aquella huelga fue de tal magnitud que el Gobierno, con Felipe González al frente, debió recular, introduciendo medidas sociales como el aumento en el subsidio de desempleo o equiparar pensiones y salarios mínimos. Y tras aquellas medidas se llegó salir del atolladero.

Con esta huelga del 29 de marzo de 2012, los motivos estaban más que fundamentados: se trata de la involución más grande que se da “democráticamente”, todo bajo la premisa de que son éstas, exclusivamente éstas, las medidas que se deben tomar para salir de la crisis. Obviamente, lo han repetido tanto que, no cabe duda, el mensaje va dirigido precisamente hacia quienes más van a sufrir en el proceso de desintegradora reforma, es decir, hacia la gran mayoría, aunque siempre empezando desde abajo. El resto asiente con la cabeza, dice sí, no cabe duda, no hay otro camino, y deja hacer, viendo que esta ha sido la única iniciativa que se ha planteado, después de todo, qué camino se puede tomar si sólo te muestran uno. Así que las protestas están de más; lo ha asegurado el gobierno una y otra vez. No van a ceder en nada. Más bien todo lo contrario. Pretenden que los que cedamos seamos todos los demás, los que protestamos en la calle o en casa, en silencio o a grito pelado. Incluso los que no protestan también tendrán que ceder, porque, después de todo, en esto se fundamenta la estrategia de Rajoy, en que demos varios pasos atrás, hasta situarnos décadas atrás, en un regreso al futuro que nos hará retroceder varias décadas, hasta instalarnos frente a las generaciones pasadas, las de nuestros padres: los mismos que, llegada la ocasión, tuvieron que luchar también por sus derechos, dejando una herencia que, supuestamente, (ahora parece ser que con algo de ingenuidad), servía para cimentar las bases de un sólido nivel de bienestar social: se trataba, por lo tanto, de un legado generacional condenado a repetirse en futuras generaciones, donde siempre se ha procurado, en esta evolución temporal, que los hijos tangan, cuando menos, un futuro mejor que el de los padres.

La actualidad, sin embargo, parece querer promover todo lo contrario: a mayor inestabilidad, menos futuro. La realidad es que estamos inmersos en una crisis que, cual tierras movedizas, nos hunde más cuantos más espasmos. Una crisis que, cabe no olvidar, tuvo su epicentro entre la telaraña financiera, donde los rescates a bancos han estado al orden del día, abducidos por una avaricia sin límite. Bancos que concedieron hipotecas basura que, sumadas a la crisis del ladrillo, dejó en entredicho su finalidad: el año pasado se tramitaron 58.211 expedientes de desahucio; el dinero público con que han sido rescatados ni si quiera ha servido para circular en el mercado, tan sólo para comprar deuda pública, es decir, la de todos nosotros, y así sacar rentabilidad del propio rescate; ni si quiera la dación de pago, la entrega del inmueble a cambio de la condonación de la deuda, está realmente regulado, ya que es una medida voluntaria que toma el propio banco.

El agujero de la deuda pública, sin embargo, ha sido el leitmotiv más persistente, diríase único, para explicar la crisis. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, una frase harta repetida, dejando entrever la servidumbre que se le debe al índice bursátil, a los números caprichosos de un mercado que busca la multiplicación, que no la riqueza: se consiguen ganancias con pérdidas ajenas, con fondos de inversión que especulan, haciendo y deshaciendo bajo el santo grial de la rentabilidad, que muchos llamarían usura. Así, el pulso que marca la bolsa está, al fin y al cabo, domado por estas grandes inversiones que hacen de la codicia un credo. Aunque, después de todo, que esto suceda en una sociedad que ya sólo sabe crecer empujada por el beneficio económico, solamente puede promover ciudadanos atrofiados, encorsetados en reglas cada vez más estrictas, donde el éxito se mide con dinero.

La estrategia de Rajoy es, simplemente, hacernos creer que es este el único camino posible. Una salida a la crisis, sustentada por un recorte brutal en los derechos de todos los trabajadores. Nos dicen que ha llegado la época de los grandes sacrificios, lo que sea necesario para hacer posible que todo continúe igual. O peor: los bancos, ahora más que nunca, se han hecho piña para evitar un futuro tropiezo, esgrimiendo, cual Titanic, su improbable hundimiento.

El camino que nos muestran, por lo tanto, viene y va marcado en la misma línea: el agujero que crearon los bancos ha terminado por convertirlos a ellos en más grandes, más sólidos, mientras que a nosotros nos va dejando cada vez más pequeños, más fáciles de quebrar. No somos más que números. De esta manera se puede intuir la destreza de nuestro presidente. Primero recorta derechos, otorgando herramientas exclusivas para el uso del empresario. Dice que esto traerá más empleo. Por lo pronto, lo que ha traído es una mayor flexibilidad para con las empresas, a fin de cuadrar sus cuentas con más facilidad: tienen más posibilidad de renovar su plantilla, sustituyendo empleados “caros” por los más “baratos”. Aunque, de cualquier manera, estas son simplemente herramientas. Después de todo, nadie está obligando al empresario a utilizarlas.

Salvo que, dentro de los Presupuestos del Estado, con un recorte de más del 16%, el gobierno ha creído pertinente dejar que las empresas también contribuyan al esfuerzo, quitando las deducciones que se les otorgaba en pago del Impuesto de Sociedad. Medidas que, unidas al resto de subidas de impuestos, pretenden recaudar unos 12.314 millones de euros. Una cantidad que se lanza como un interrogante ya que habría que preguntarse qué respuestas conseguirán dar estas grandes empresas, sobre todo después de haberles puesto en bandeja las herramientas necesarias para recuperar rápidamente este dinero.

La huelga de ayer se convirtió en un clamor, con millones de personas agolpándose en las principales ciudades de toda España, exigiendo, simple y llanamente, justicia: que dejen de pagar justos por pecadores. No podemos regresar atrás así, de repente, de un plumazo, como si nada hubiera pasado, exigiéndonos resignación, sin detenernos siquiera a aprender qué es lo que ha ido tan mal; más bien, todo lo contrario: dispuestos a tropezar de nuevo con la misma piedra. Sólo así se entiende, por ejemplo, la amnistía fiscal que ha anunciado Cristóbal Montoro, como medida para luchar contra la crisis, dirigida esencialmente a las rentas no declaradas, es decir, las que, de una forma u otra, no han pagado impuestos, estableciendo únicamente un gravamen del 10%, sin ninguna otra penalización, intentando conseguir, de esta manera, que sean declarados los paraísos fiscales que pueda haber en el extranjero. Es decir, en busca del dinero fácil, aunque no suficiente. A su vez, el ministro de Industria, Energía y Turismo anunciaba una subida del recibo de la luz de un 7,1%, y de un 5% en el gas, a partir del próximo domingo.

Las intenciones del gobierno, por lo tanto, son bien claras: debemos bajarnos los pantalones; eso sí, mientras nos apretamos el cinturón. Una fórmula que no puede funcionar, simplemente, porque está pensada bajo un prisma clasista, donde se nos dice que el sacrificio de nuestros derechos es necesario para seguir adelante, en una evolución que se centra en el aspecto económico, dejando en un segundo nivel el aspecto humano. En nuestras manos queda, sin embargo, la posibilidad de escoger y decidir qué camino tomar. Por supuesto, está el que nos muestra el gobierno. Aunque en realidad lo que se enseña no es más que un desvío que nos devuelve atrás, un lugar de lo más propicio para que la esperanza quiera apearse ahí mismo, en mitad del camino, lejos de nuestro lado. Y luego está el otro camino. El más difícil. El que damos paso a paso. El que elegimos entre todos. Hacia el futuro.

 

 

 

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