Buenhombre II

 En fin, ya dieron las seis. Pobre Raquel. Qué pensará de mi ausencia, seguro la preocupación la tendrá desvelada. Y yo, para colmo, sin poder hacer una llamada, solamente una, señor, decir que estoy bien, que llego pronto. Pero no, el señor del bigote sin apartar la mirada de mi aspecto, qué estaría pensando, y yo encogido con la chaqueta abotonada hasta el cuello, intentando pasar desapercibido. El frío todavía sigue agarrándoseme a los pies, aunque con menos entusiasmo ya. Será mejor no protestar, todos responden con el mismo comodín: nada de llamadas, siéntese, espere a que le llamen…

Claro, naturalmente, ya me siento en una silla. Estoy bastante nervioso. Miro de reojo y allí está el bigote del policía, apuntando hacia mi aspecto. A estas horas tengo una fachada demasiado desaliñada, estoy agotado y ya se me durmieron los dedos de los pies: con semejantes argumentos seguro que me escogen de para el papel de sospechoso. Como dice Raquel, me está bien empleado: por descolgar el auricular, la tramposa llamada; y eso que a mí ya me parecía raro que fuera él, Francisco, mi hijo, estando como está tan lejos de aquí…

Bueno, a ver si consigo mantenerme sereno, después de todo ya sé que el señor López se encuentra bien, le han magullado un poco el cráneo pero ya está en pie. Ahora le están interrogando a él, han esperado a conseguir primero mi versión: he tenido que describir lo sucedido con detalle. Bueno, todo lo que he conseguido ver. Y ellos venga con preguntar una y otra vez sobre lo mismo, cómo es posible que no viera a nadie, cómo pudo salir de la oficina el asaltante sin pasar por la puerta. Porque por la ventana no fue, claro. Yo, claro está, sin saber cómo contestar. No sé, tal vez pudo esconderse, tal vez escapó cuando no le veía. Y ellos incrédulos, cómo va a ser eso, vamos a ver, repítame otra vez todo desde el principio…

Y el policía del bigote que sigue al acecho, no aparta la mirada de mí. Pero si ni si quiera descansa para parpadear. Vaya, qué horas. Cuánto faltará todavía para poder salir de esta asfixiante sala de comisaría. Cuánto…

 

Las ocho. Acaban de dar las ocho. Y yo todavía no he regresado a casa, pobre Raquel, qué pensamientos le estarán rondando. No te preocupes, ya llego, por fin me dejaron marchar. Antes, he podido hablar con el señor López. Tenía mala cara, aunque al final el golpe no había sido tan trágico como podía suponerse. Andaba por su propio pie, despacio, coronado por una gran venda que le succionaba la coronilla. En cuanto me ha visto ha querido acercarse, con una disculpa en los labios. Me ha pedido perdón por la llamada y me ha preguntado qué tal estaba y si había visto yo al ladrón. Yo he negado y él, qué raro, cómo pudo escaparse, yo ni pude verle la cara, tenía un pasamontañas. Y luego me ha dicho que no me preocupara, tampoco es que se haya llevado gran cosa, solamente algunas baratijas y un poco de dinero que había fuera de la caja fuerte. Gracias a que usted no llegó a tiempo, me ha dicho. Yo le he mirado casi con sorpresa. ¿Me está dando las gracias porque no llegué a tiempo? Pero él sigue hablando del tema, que menudo susto, qué mal lo ha pasado, y que ahora sólo quedaba esperar a que cogieran al culpable, deseaba que así fuera, que la mano de la ley cayera sobre él de la misma manera a como había caído sobre su cabeza, con la misma violencia, ni más ni menos. Y cuando se iba a despedir, el señor López se me ha quedado observando de arriba abajo, con mi chaqueta antiaislante amarrada hasta el gaznate. Es usted un buenhombre, me ha dicho de repente, como si acabara de realizar algún serendípico descubrimiento. Y ha añadido, con todas sus letras: hoy tómese el día libre, era su aniversario, ¿verdad? Sí señor, le he respondido mientras el pecho, el mío, perdía irremediablemente gravidez. Nuestro aniversario, es nuestro aniversario, Raquel, cariño, estoy saliendo, ya llego, ya casi llego, escucha, ya estoy llegando…

Y menos mal que no dije nada. A pesar de que a punto estuve de contarlo, sobre todo al policía del bigote inquisitivo, confesar que sí, claro que pude ver al ladrón, allí estaba, detrás de la puerta: un muchacho demasiado asustado, sin máscara que le cubriera el rostro. Le vi y le reconocí. Por las fotos junto al señor López. Sin embargo, cómo decirle a un padre que el intruso que ha entrado a robarle no es otro que su propio hijo, a quien no ve, o dejó de ver y al que ni si quiera echa en falta porque decidió en su momento deshacerse de su recuerdo. Cómo decirle a un padre que su propio hijo acudió al flotador de su dinero antes que a él, y que para conseguirlo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. Cómo decirle estas palabras a un padre si yo también lo soy y tengo un hijo que está lejos y al que no veo desde hace ya demasiado, tanto que cualquier llamada me parece suya…

Me entretengo un poco, Raquel, pero enseguida llego. Antes termino una cosa. Sí, era aquí, y todavía sigue ahí, es esa, la del fondo, la que brilla tanto. ¡Sí que es bonita! He tenido suerte, después de todo, pero qué nervios, sobre todo con el policía de bigote, sin apartar la mirada, y yo con la chaqueta hasta aquí, que menos mal no me obligaron a quitármela, y qué nervios, qué nervios. Pero ahora ya terminó todo. Hace frio pero ni lo distingo. Tienen que abrir ya mismo, qué impaciente, como un niño, y menos mal que no lo pensé, el muchacho ahí de pie, mirándome fijamente, después de desbalijar la oficina donde trabaja el padre, con un montón de billetes en la mano, sólo recordé tu mirada, Raquel, aquellos ojos de disculpa que surgieron frente al escaparate, asegurando que daba igual, que otro año sería, que era una tontería, una pulsera a tu edad, cómo te podría quedar bien, no había más que ver la muñecota, y entonces lo hice, cogí el dinero que el hijo del señor López me tendía, sin pensar si quiera en lo que estaba haciendo, y, mientras me lo guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta, el joven salió por la puerta…

Pero cómo brilla, de verdad que es bien bonita. Y qué contenta se va a poner cuando despierte y vea su pulsera de aniversario que le compré…

Ay princesa cuando lo veas…

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