La conversación.

 Verá, mi nombre es Antonio Eros Martín, seguro que me ha visto rondar por su oficina varias veces. Suelo visitarles los jueves, cartilla en mano, casi siempre para que me expliquen detalles que ustedes se encargan de calificar de chiquitos y que yo creía existenciales. Realmente, a mis 82 años cualquier detalle lo es a vida o muerte, así que  comprenda el tono que pueda imprimir a mis palabras, por sí solas se creen con derecho a ser escuchadas, aunque no sea ya por mucho tiempo. Y si me atreví a entrar en este despacho tan serio es, como le dije por teléfono, porque me encuentro ante una encrucijada en la vida, no una de las decisivas, simplemente una de esas que se encuentran cada pocos kilómetros, de las que te dan opción a decidir entre bueno y malo, lo que sucede es que, en mi caso, hablar de kilómetros es como hablar del fin del mundo. Así que, con su permiso, si está acostumbrado a darlo, quisiera dirigirle unas palabras… Perdone, ¿cuál es su nombre?

Carlos R. Recio; soy el director del banco, señor Antonio. Me dijeron que había un asunto a tratar, bastante personal. Por lo que veo, es usted un cliente antiguo, señor Antonio. Y tiene en la actualidad un crédito abierto…

¡Lo tengo! Lo admito, señor director del banco. Y muy a mi pesar, créame. Es precisamente este el motivo de mi presencia hoy aquí. Quisiera empezar diciéndole…

Un momento, por favor. Déjeme hacerme una idea, quisiera echarle un vistazo al historial. ¡Qué gran invento esto de los ordenadores, no cree? Veamos, aquí aparece. Madre mía, veo que la relación con esta entidad comenzó hace ya más de sesenta años… ¡Sí, señor! Ya entonces se le concedió un crédito hipotecario para una vivienda, la misma que ahora…

Si le parece bien, señor director, ya le cuento yo mi versión y, si luego esa computadora suya no está de acuerdo, pues que dé su versión de los hechos. Por lo pronto, tiene usted razón, nuestra relación hace tiempo que celebró las bodas de oro, aunque al parecer a ustedes les tocó en exclusiva el atributo del vil metal y yo tuve que conformarme con el contrato en cómodas cuotas. Pero deje que me explique. Verá, el primer crédito lo pedimos entre la que sería mi mujer y yo, el día en que nos dimos cuenta que no quedaban filas suficientes detrás, en los cines, demasiado concurridos ya entonces por  parejas que, como nosotros, sufrían de adolescencia carnal. Sí, ya sé, un motivo del todo trascendental, pero escrupulosamente fue así; al parecer, la urgencia debió notarse en nuestra púber mirada, ya que fueron ustedes quienes agasajaron nuestro compromiso y fomentaron nuestra felicidad, abriéndonos todas las puertas a golpe de rúbrica, y así, de la noche a la mañana, nos encontramos ante la enhorabuena de una credicasa que habríamos de mimar y alimentar por mucho tiempo. Un hogar, al fin y al cabo. En el devenir de los acontecimientos, puedo asegurar que acabamos como marido y mujer gracias al patrocinio absoluto de su banco, quien no acudió a la boda alegando, supongo, falta de interés. La cuestión es que en tan sólo diez años, y como consecuencia de ir hormigueando con los ahorros, conseguimos ir borrando una a una las letras que ustedes tan puntualmente deletreaban a principios de mes. Pero ocurre que, diez años después, la perspectiva es diferente: la hormiga está hasta las mismísimas antenas de la palabra ahorro. Ocurre, por otro lado, que la visión que tiene la hormiga reina, que para ello lleva la corona, suele ser la que impera, y si, viendo zanjada una etapa de su vida, se le despierta a ella el instinto maternal, pues qué se le va a hacer, habrá que seguir su instinto. Así que de nuevo surgieron las complicaciones, sobre todo cuando, en menos de cinco años, nos visitó la cigüeña tres veces, y las tres con el reforzado acierto del dos por uno, es decir, seis hijos como seis soles que secaban y volvían áridas mis pretensiones de llegar a fin de mes. Los primeros embarazos duplicaban nuestra felicidad, brindando ambos por el acierto de mi robinhoodiniana hombría. Tras el tercero, sin embargo, acudí urgente al médico, ya más sheriff de Nottingham. El hecho es que, como puede suponer, y como podrá atestiguar su monitor, nos vimos en la obligación de concertar un segundo crédito que sirvió, más que nada, para pagarles una educación a mis hijos. Mire usted, yo he trabajado toda mi vida como operario de fábrica, ya supondrá que no es muy buen negocio, pero lo que ganaba, aunque lo encuentre raro, servía más o menos para salir adelante. De cualquier manera, ocho bocas son muchas, sobre todo si se comenzó tan solo con dos, con la ingenuidad que eso implica. Así y todo, como padres, conseguimos ofrecerles la oportunidad que nunca nos brindaron a nosotros, y crecieron sin que la frontera económica supusiera un trauma. Para evitarlo, como usted supondrá, contábamos con la estrategia del pluriempleo, cuando era posible. Porque no se crea, por aquel entonces era bastante habitual. Como suele decirse, el trabajo ennoblece el alma. Yo, con mi presencia a cuestas, doy fiel testimonio de ello: el trabajo ennoblece el alma y tuerce gloriosamente la espalda…

Perdone que le interrumpa, don Antonio. Me dijeron que se trataba de un asunto urgente y personal. No quiero ser maleducado pero entienda que…

Ya sé que no quiere, señor director, por eso es tan necesaria ahora la paciencia. Ya verá como al final resulta que le interesa lo que le digo. Y ahora deje de darle a la tecla: no encontrará en la pantalla lo que anda buscando; y no tema, que no intentaré contarle mi vida, tal vez sólo lo imprescindible…

Está bien, señor Antonio, pero que sepa que dispongo de unos minutos, yo tengo una reunión y…

Está claro que a ninguno de los dos le sobra el tiempo. ¡Como quiera! Intentaré ir al grano. Verá usted, para cuando mis hijos quisieron hacerse mayores y darse cuenta que la casa donde habían vivido era ya demasiado pequeña, nosotros andábamos por nuestro tercer crédito, una cantidad no muy grande que nos sirvió para adquirir nuestro primer coche en propiedad. El privilegio, sin embargo, me quedó en usufructo únicamente por unos años, tiempo más que suficiente para que el vehículo cogiera confianza y terminara marchándose con el primero que cogiera las llaves. De esta manera, uno a uno, todos mis hijos terminaron cogiéndole afecto hasta tal punto que comenzaron a disputarse su compañía. En fin, la solución llegó con un segundo coche que rescaté de ser sacrificado y que calmó temporalmente los celos. Y si quiere, que veo que sí, me salto el resto de prolegómenos, que seguro que usted ya entendió el contexto. La conclusión a la que yo he llegado, señor director, y a la que habrá llegado seguro el ordenador, es que, trascurrido medio siglo ya, desde el instante en que mi esposa y yo entramos por la puerta del banco y salimos hipoteca en mano, hasta la actualidad, mi familia ha tramitado con ustedes un total de nueve créditos. Seis de ellos hipotecarios. Del primero ya le he contado detalle, el de mi casa. El resto fue llegando con el tiempo, a medida que los hijos iban dejando el hogar. Ciertamente, a medida que iban encontrando pareja, era normal que ellos también quisieran encontrar un hueco que no fuera el de las últimas filas de un cine ya más que abarrotado, así que soñaban con la privacidad de un hogar propio. El primero de mis hijos en casarse apenas encontró trabas y terminaron comprando, su mujer y él, una casa a las afueras, demasiado ostentosa a mi ver, ¡pero haz tú caso a una persona mayor!; la cuestión es que terminaron sellando el contrato con una gran rúbrica de felicidad que los convertía en propietarios, en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte, llegado el caso, obligara a que la deuda revirtiera en los hijos a modo de herencia. Y ahora, si es que no se me impacienta demasiado, llega lo más interesante. Resulta que, en el transcurso de los siguientes siete años, el hogar quedó tan solitario como al principio de casados, con cuarenta años de diferencia, claro está. Uno a uno, los seis fueron casándose y echando raíces, encontrando un hogar propio que en verdad les pertenecía a ustedes, al menos hasta el finiquito de la deuda, que es como decir toda una vida. De todas formas, el orgullo de padre está por encima de todo, sobresale principalmente cuando consigues reunirlos a todos alrededor de una mesa y te das cuenta que faltan sillas. Imagine entonces el brillo que me cegó cuando me hicieron entrega del diploma de abuelo. A mis sesenta y seis años, poco después de que se me jubilara, pude coger a mi primer nieto en brazos. A día de hoy he cargado ya con ocho, el último con una ligereza tal en su mirada que no tuvieron más opción que ponerle mi nombre, Antonio. En la actualidad tiene ocho años, suficientes para percatarse que las cosas no van bien. Yo, que le acompaño todos los días al colegio, le digo que no tiene que preocuparse, que en los libros están todas las repuestas, que estudiando se puede llegar muy alto. Lo justo para no darse el batacazo, le digo, aunque ya no estoy seguro de que la fórmula pueda aplicarse a la actualidad. Después de todo, cada uno de mis hijos consiguió su título universitario, cada cual en su especialidad, y ni con esas consiguió ninguno atinar: la mayoría ha terminado dedicando su vida a trabajar por un sueldo, sin importar muy bien dónde lo hacía. Único rasgo que, al parecer, sí heredaron de su padre, y que resultó más trascendental que de costumbre, sobre todo si se le tiene que hacer frente a una hipoteca. Así, con el tiempo, el primero de mis hijos resolvió la papeleta con un divorcio express que le dejó huérfano de hogar aunque emparejado a la monogamia de una hipoteca que había de seguir pagando. De esta manera, no le quedó otra que trasladarse a vivir a nuestra casa, la de sus padres. Poco más tarde, dos de mis hijos, cada cual con su prole, renunciaron a la hipoteca a mitad de camino: el más pequeño quiso buscar una segunda oportunidad bien lejos, siguiendo la flecha de la intuición, y encontró un piso más pequeño en la rue de una ciudad remota; el otro cometió la imprudencia de accidentarse en el trabajo: perdió dos dedos de la mano derecha, él que no era zurdo, así que tuvieron que indemnizarle con un buen pico de dinero y la consiguiente carta de despido; le llegó para pagarles a ustedes parte de la hipoteca, no toda, pero sí lo suficiente como para dejarles en estado postcoital, con la mente en blanco y satisfechas las intenciones. De cualquier manera, el peor trago llegó cuando otro de mis hijos perdió definitivamente el piso tras ser embargado. No había necesitado aval así que…

Perdone que le interrumpa una vez más. Creo que llevo tiempo suficiente escuchándole, observando cómo juguetea con la elástica goma de esa carpeta que ha traído consigo y que ni si quiera se ha atrevido a abrir, como para hacerme una idea de hacia dónde se dirigen sus insinuaciones, así que creo que me ha llegado el turno de réplica. Verá, yo, al contrario que usted, no he estado toda mi vida ligado a este banco. Llevo trabajando aquí apenas seis años y puedo asegurarle que mi intención no es acabar aquí sentado. Al igual que usted, yo también tengo familia. Dos hijos, no demasiado mayores, y una mujer que sobrevive a base de caprichos. Lo mismo que para usted, ellos son la razón de mi rutinaria vida, que, aunque pueda sorprenderle, en poco se diferencia a la suya. Así que, lo mismo que usted ha trabajado su jornada laboral cada día de cada mes de cada año, yo me propongo hacer, más o menos, otro tanto. Claro está, surge el problema, muy habitual, por cierto, de convertir en responsable de todos los males a quienes en su momento les tendieron una mano. En este caso, no podía ser de otra manera, se trata de la mía. Pero déjeme recitar ahora el argumento que nos da el ordenador, que como bien aclaró al principio, tiene su propia opinión: su familia ha ido acumulando impagos, letras de una hipoteca que remitían a esta oficina sin amortizar. Pero no se preocupe, ya sé qué me va a decir: llevan sufriendo desahucio en dos viviendas anteriores, la de dos de sus hijos, y teme el desahucio de su vivienda habitual, dejándolo en la calle…

No se trata de nuestra vivienda habitual. Verá, decidimos que era más práctico conseguir algo más pequeño, de alquiler. De esta manera, uno de mis hijos, con su mujer y dos de mis nietos, se han convertido en los verdaderos inquilinos de la casa. Ocurrió justo antes de solicitar la rehipoteca…

Sí, aquí está: tiene usted razón, el alquiler está a nombre de su hijo, aunque por un alquiler irrisorio, diría yo.

No puedo pedirle lo que no puede pagar.

¡Por supuesto! De cualquier manera, no logro comprender bien sus intenciones. Puedo comprender que le parezca injusto que, tras más de medio siglo, se encuentre ahora en la misma situación que al principio, con la incertidumbre de ver embargada la casa en la que nacieron sus hijos. Sin embargo, tenga en cuenta que fue usted quien acudió a nosotros, nos pidió un préstamo y nosotros se lo concedimos, con la única condición de que lo reintegrara en pequeñas cuotas. Ahora bien, usted ha optado por priorizar otras necesidades, que eso está muy bien, no me malinterprete, cada cual es libre de hacer y deshacer lo que le venga en gana, pero sepa que cada decisión acarrea consecuencias. La suya, que bien lo sabía, era la de perder el piso. Lo rehipotecó consciente del embrollo en el que se metía, o en el que metía a sus hijos, herederos de su deuda. Fíjese, aquí mismo señala el estado actual de su cuenta: trece cuotas impagadas, que siguen originando un interés de demora. Y, aparte, el hecho de que usted solicitara una cantidad tan elevada, lo cual incrementa el importe considerablemente. Todo esto nos lleva de manera inexorable hacia el punto donde nos encontramos ahora, un camino demasiado estrecho y con un solo sentido. Como recordará, hace ya algunos meses se ejecutó la hipoteca de su casa, lo cual dio paso a unos trámites de requerimiento de pago al deudor, es decir, a usted, tras lo cual se interpuso la demanda pertinente, con sus consabidas notificaciones al titular y acreedores, en espera del dominio y cargas para el señalamiento de la subasta. Y ahora, señor mío, puede mostrarme ya los papeles que guarda en la carpeta, que supongo contendrá el contrato de alquiler que se estableció entre arrendador e inquilino, en este caso, entre su hijo y usted, y que esgrimirá para hacer valer los derechos de alquiler que marca la ley de Arrendamientos Urbanos, con intención de que su hijo pueda beneficiarse del plazo mínimo de cinco años, durante los cuales pagaría una ridícula cifra de alquiler… ¿Es eso, señor Antonio, lo que, a fin de cuentas, venía a contarme?

Bueno, señor Recio, más o menos. Menos porque, si bien el contrato andaba ya redactado, no creo que haya decidido meterse, por su cuenta y riesgo, en el interior de esta carpeta que tanto le viene intrigando. Y más, porque usted se ha quedado corto al prever mis intenciones. Verá, como le he dicho, son más de sesenta años los que llevo unido a un piso que recién rehipotequé hace casi dos años. Sin embargo, durante todas estas décadas, y tras echarle las cuentas, da igual la fórmula que utilice, ustedes siempre salen victoriosos. Acierta usted al decir que, por ley, y aunque ustedes lo deseen, no pueden desahuciar al inquilino de una casa desahuciada, al menos por cinco años. Durante los cuales la hipoteca se ve satisfecha por el alquiler que paga el inquilino, en este caso, y siempre a su juicio, una cantidad de lo más irrisoria. Sin embargo, como le dije al principio, me encontraba ante una encrucijada, a mis 82 años, cuando, más temprano que tarde, el camino está a punto de terminarse. Porque, si bien el aplazo de la deuda daba una moratoria al inquilino de la casa, en este caso, mi hijo, no suponía para el banco más que una demora de lo inevitable, ya que al final terminaría quedándose en propiedad la casa, eso si con suerte no venía acompañado por una cantidad equis adicional en concepto de intereses… Así que, decididamente, he tomado una decisión…

Ya puede usted tomar todas las decisiones que quiera. Como bien ha recordado, el propietario de la casa será, de cualquiera de las maneras, haga usted lo que haga, diga lo que diga, me enseñe unos u otros papeles, irremediable e irrevocablemente, del banco. Da igual el tiempo. Nosotros sabemos esperar. Y ahora, si me disculpa, tengo muchas cosas que hacer.

Antes, si me permite, quisiera entregarle los papeles que traía en la carpeta, los que tanto le han intrigado…

A ver, ¿de qué ostias se trata?

¡Tome una copia! Como verá está sellado y firmado. Es decir, lo hice en pleno uso de mis facultades mentales, ante notario. Fíjese que, en el segundo párrafo, los datos que ahí aparezcan sean los correctos… Lo son, ¿verdad? No me mire así, hombre. Lo que tiene entre sus manos es, ni más ni menos que mi testamento…

Viejo, está loco si cree que voy a aceptar…

No se preocupe. Ya lo hice yo por usted. Haciendo un poquito de trampa, todo hay que decirlo, pero esa manía suya de escribir cartas mecanografiadas de su puño y letra me sirvió de inspiración. Aquí mismo le dejo la copia de su aceptación de herencia simple, no me niegue que la rúbrica es perfecta…

Pero… ¡eso es falsificación!

¿Usted cree? Pero tampoco le dé demasiada importancia; ¡usted se merece esto y mucho más, no lo dude! Por lo tanto, ahí va mi enhorabuena, señor Recio: se ha convertido en el legítimo heredero de una magnífica casa de sesenta metros cuadrados, completamente amueblada, incluido algún que otro extra, como es el hecho de que la herencia se traiga a sus propios inquilinos. Así que, si me disculpan, ahora sí, yo les dejo tranquilamente aquí, a ustedes dos, el nuevo propietario junto al antiguo acreedor, bien a solas, que seguro tendrán ambos muchas cosas que decirse a la cara.

 

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