Armas de mujer

 

conteo la cadera dos tres veces al día pero parece que una debe haber sobrepasado ya la sensata juventud porque carlos simplemente se queda mirando al suelo intentando caminar casi a la paticoja evitando posar el pie entre los empalmes de las baldosas de manera que no me queda más remedio que desistir y le digo ya está otra vez los zapatos que me mastican la planta del pie izquierdo que no me dejan caminar y por lo tanto no queda más remedio hay que volverse a casa

sin embargo me apetece creer que aún me queda parte de esa inspiración que prende en los deseos ajenos y que alguna que otra vez se traduce en miradas sonrojantes provocadoras aunque comúnmente de cualquiera menos de mi marido que ha decidido al parecer ocupar y aceptar su pasividad y por lo tanto la mía

ayer por ejemplo tuve que evitar exhibir mis caderas delante del público o mejor dicho delante de sus narices intentando no atraer sus clásicos de la literatura oral es decir la cantinela del estoy cansado y poder así batirse en retirada pero no esta vez yo sonreía ajena mientras el dedo índice se me enredaba en el pelo y caray no sé su nombre pero caray

ayer por ejemplo mis caderas funcionaron como sostén andamio también como cinturón de castidad pero no puedo decir lo mismo de mis pechos ombligo labios todo era estrategia señalando acusando los ojos de él y aunque no recuerdo su nombre sé a ciencia fehaciente que era él tercera persona de un no tan singular todopoderoso masculino y yo sonreía con descaro y con los labios y entonces carlos qué todavía resiste la planta y yo qué planta pensando claro en la octava planta de un hotelito íntimo privado pero rápidamente mi marido cual va a ser la del pie izquierdo y yo oh claro dicho así a la ligera con una sonrisa en la boca y un rizo en el intuitivo dedo

esta obscuridad sirve de pretexto para la bienvenida de la noche y entonces mi marido que inequívocamente arruga los párpados la almohada como queriendo ignorar estos crujidos inconscientes que nacen de esta también mi obscura plataforma de deseo y entonces caen uno a uno todos esos suspiros inconscientes y toda la consciencia del lívido sumergiéndose sobre esta piel tan excitable y alerta y la lamparita sigue bronceando este extraño rizo que se balancea por mi frente y por su orgullo

carlos las siete dieron las siete arriba otra vez el despiertasueños se nos ha dormido pero sin embargo él   mi marido sigue arrullado en blanco silencio parapetado creyendo muy en serio la probabilidad de que yo pueda despertarle media hora treinta incómodos minutos antes del desconsolador amanecer de su rutina y yo claro excusas más excusas son todo excusas anoche tardé tanto en quedar traspuesta y seguramente fue eso y de hecho puede decirse que el insomnio del deseo me confundió con la tercera persona del no tan singular casitodopoderoso masculino ese muchacho de ayer que me mantuvo en vigilia porque ambos él y yo nos confundíamos en primeras personas del plural pero claro esto último me lo callo ya pasará fue tan sólo otro ataque de lívido

sí claro respondo mientras el rizado flequillo termina por enredarse entre mis hábiles dedos llenos de torpeza

sí desde luego a las diez en punto clavadísimas estaré yo también allí contigo

sí exactamente aunque no sé cómo hiciste para conseguir este mi número pero cuelga hasta luego sí yo también pero no me salgas tan goloso ya tan pronto cuelga hasta luego

entonces cuelgo el auricular y descubro a carlos acechando a mi espalda y con esfuerzo dice también hasta luego sin la tranquilidad que le tranquiliza y lo sé ahora en este preciso instante el orgullo golpea más que nunca

no son las diez todavía pero mi cintura baila entusiasmada entre las piernas invisibles frágiles masculinas de él y no evito sonrojarme no de pudor claro porque como dije todavía no son las diez y tiempo habrá de falsa inocencia

podría decir no puede ser llueve como deseando humillar estos rizados pensamientos   podría decir cómo pudo pasar pero si olvidé el papel con la dirección mi destino puerca memoria y ya serán las diez y mi cita dónde estará él dónde me dijo                    claro también podría decir qué mala suerte seguro dejé la dirección sobre el colchón esperanzado de la cama y carlos no creo pero seguro llegará y cogerá la dirección y adiós todo                           podría decir qué mala suerte quieta la cadera no hay nada que hacer pero sin embargo suspiro y espero aquí bajo la lluvia espero porque no es cierto no es casual no lo olvidé sólo preparo el cartucho

la tormenta ha sobrevolado ha conquistado mi soledad y las diez se cumplen mientras el eco de los charcos germina bajo la planta de los pies

podría decir regreso qué remedio   pero no hablo diríase que incluso sonrío dejándome arrastrar por semejante complot de la cadera pechos ombligo labios

entro en la habitación me sigue de cerca el silencio y éste lentamente me desviste transforma cada escalofrío mío por una caricia suya y él carlos respira al fondo junto a la cama junto a la olvidada dirección pero sobre todo junto al orgullo éste más aferrado a sus dedos que las uñas

sé me dice carlos sé de donde vienes y yo de cerca con mi silencio

quiere decirlo pero espera

por qué    pregunta y suena en sus labios masculinos como un milagro   por qué   como midiendo la flaqueza lejanía de mis piernas   por qué   como si no hubiera más camino que la resignación   por qué   y el colchón pavoneándose frente a nuestra insensata indiferencia   y por qué   dice   por qué   repite   por qué

puedo decir ya está game over pero sin dudarlo me acerco como un suspiro y me dejo resbalar entre sus brazos masculinamente derrotados ya sin orgullo bien lejos de la olvidada dirección que estorba a un lado con la cama impecablemente desordenándose como un regalo con demasiado envoltorio

por fin puedo decir por fin puedo gritar por fin

no entiende cuánta insensata juventud cabe entre mis caderas no digamos en otros lugares no entiende si debe decir infidelidad o desliz o torpe olvido pero por supuesto debe decir algo

de verdad no entiende que una esposa alcance cierta perfección criminal en eso de fabricar posibilidades    no entiende que puede llegar un momento en que da lo mismo si hay que inventar direcciones o imaginar amantes   no entiende que una esposa yo misma quiera inventarse una sonrisa mientras el dedo índice va enredándose entre algún mechón de pelo   no entiende el marido carlos que una esposa es decir yo misma pueda despertar a propósito media hora treinta incómodos minutos antes sobre todo cuando la realidad la verdad es que así treinta minutos antes no sólo se incomoda sino que obliga a levantar sospechas    y más sobre todo si se contesta a un teléfono vacío sí desde luego a las diez en punto clavadísimas   bien en voz alta no vaya a ser que carlos no escuche bien

por lo tanto puedo decir que él carlos mi marido no entiende muy bien cómo ha podido pasar pero me sigue con el tacto   y puedo podemos intuir otra vez de nuevo la posibilidad de aquella insensata juventud porque mi marido carlos ha decidido ya con los pantalones descendidos al parecer desocupar y desechar su pasividad

y por lo tanto

menos mal

la mía.

 

Adios, Manolo

Urgencia de dos.

 

Urge

como recuerdo del futuro

ahora este instante

sobre una sombra que se hace noche

que hiere se lía en el aíre

enredándose en riguroso desorden

aquí las puntas de los dedos

debajo los cuerpos que son cicatrices

desesperando él y esperando ella

gemidos que como jinetes pululan bajo abrazos

mujer    hombre

mujer otra vez

con las cinturas por arma en desgarradora batalla

embistiendo de almíbar ante un espejo

a tiras rasgándose el tacto

y él por fin

ahora en este instante

fluye sin tiempo sobre el abismo

y ella por fin

definitivamente

destila en pausa de sangre y huellas

y él   vente sí vente   porque urge ahora

y ella   voy sí voy   porque urge en este instante

y desesperadamente se encuentran

se miran contemplan

y sólo porque urge

por fin

se conocen los dos.

 

 

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La roja de Rajoy.

La roja, una vez más, sigue siendo noticia. Y no me refiero a la selección, qué más quisiera, sino al homenaje que le viene haciendo el Ibex 35, desangrándose a cuentagotas, dejando un panorama de desolación que ya apenas deja indiferente a nadie. Lo que el año pasado se suponía que era una crisis de confianza, se ha transformado ahora en una crisis de desconfianza. Lo dicen desde diferentes medios extranjeros, los más conocidos, y tan machaconamente que la imagen de España en el exterior es ya símil de “pasarla putas”; también la oposición lo menciona; incluso los números rojos de las bolsas parecen querer hacer llegar ese mensaje: las fórmulas de recorte no son la solución. No se puede cerrar el grifo de repente y pretender que siga abasteciendo a todos (si es que se espera eso).

Mientras tanto, lo mismo que sucedía en la película “El sentido de la vida”, la prima de riesgo sigue engordando pastelito a pastelito, manteniendo en vilo el instante en que por fin explotará. Ha llegado hasta los 426 puntos cuando hace algunos meses situábamos el límite en los cuatrocientos puntos, una frontera que jamás de los jamases debíamos sobrepasar. Hoy la situación se ve diferente. En rojo tirando a negro. Poniendo en el patíbulo lo que hasta hace bien poco ni si quiera se nos pasaba por la mente. Porque parece ser que hemos estado viviendo de prestado. Hay tanta deuda acumulada que, democráticamente, sólo podemos pagarla entre todos. Eso sí, después de haber vaciado las arcas con rescates a bancos que ahí siguen, con la noticia de han tenido menos ganancias, en algún caso hasta un 70 % menos que el año pasado. Dato importante, sobre todo si la empresa se encuentra en el tercer trimestre consecutivo en pérdidas, motivo más que procedente para que pueda sanear sus cuentas con algún que otro despido.

Ahora está en el punto de mira el desbordante despilfarro de las autonomías. Advierten que tan sólo quieren sanear la situación, deshacerse de lo inservible, que me huele a mí que se refieren a lo no productivo. Y de eso hay mucho. Las agencias de turismo, por poner un ejemplo. Por lo pronto han dicho que van a echarle un vistazo, tijeras en mano, guiados por un instinto monetario que dudo mucho sea el más ecuánime. Y como, después de esto, las cuentas seguirán sin cuadrar, los dictados de Merkel exigirán un nuevo sacrificio, y no habrá más remedio que aplicar una subida del IVA, o se creará un nuevo impuesto que grabe por ciertos productos, como por respirar, por ejemplo.

El problema que tiene el gobierno de Rajoy se encuentra precisamente en lo que no ha tocado aún. Mientras se pueda seguir ganando dinero apostando por la caída de éste país, mientras la liquidez de dinero no fluya desde los bancos al mercado (es decir, mientras que éstos no otorguen su confianza al país), seguiremos a merced de los especuladores. En manos de gente que busca el dinero fácil. Dinero que no proviene de la riqueza, sino de la ausencia de tal. Pero romper con esta política sería como romper con Alemania, que nos ha llevado del brazo hasta ahora. Sería como romper con Europa. O tal vez sería Europa la que estaría rompiendo con nosotros, en vista de sus imposiciones. Acortar la deuda significa que al siguiente año no se deberá tanto, es decir, que se devolverá parte del dinero. Esto, con una tasa del paro que ronda el 25 por ciento de la población, significa más pobreza, menos poder adquisitivo y, por lo tanto, más dificultad para pagar esa deuda. Las reformas que se realizan puedes ser necesarias, incluso urgentes, pero están diseñadas para hacer salir a España de la crisis, no a los españoles. Se pretenden modificar las reglas, cerrar las rutas de escape, remodelando la supervivencia económica de nuestro futuro. Primero se crearán trabajadores baratos y prescindibles. Gente con pocos recursos económicos. Lo cual significa menos ingresos en las arcas y, por lo tanto, menos gastos públicos que puedan mantenerse. Y quien lo quiera, que los pague, y además en instituciones privadas, la gran esperanza de esta economía. Pues bien, todo esto lo ha hecho ya el gobierno de Rajoy, de un plumazo, en sus primeros cien días de mandato. Muy previsoramente. Con la pretensión, mucho me temo, de que todo cambie a peor para que todo siga igual.

Oh, capitán, mi capitán.

-Haga algo, capitán, el agua insiste en seguir subiendo.

-Déjelo, no se preocupe, todavía tenemos tiempo, qué hora es…

-Me da la impresión de que está amaneciendo, capitán. A mí me da que con tanta luz los pasajeros terminarán dándose cuenta de que nos hundimos.

-Pero ya hiciste lo que te ordené.

-Sí, capitán. Hemos arrojado por la borda todo el lastre que hemos podido.

-¿Has arrojado todo el cargamento que llevábamos?

-Ha sido lo primero, capitán. Hemos vaciado las bodegas.

-Bien, pues que se deshagan también de las bodegas. ¿Y qué hay de los víveres?

-Nos hemos quedado con los imprescindibles, capitán.

-No es suficiente, que arrojen por la borda la mitad.

-Sí, señor, ¿qué mitad prefiere?

-La de pronta caducidad, deshágase de esa.

-Toda es de pronta caducidad.

-Entonces olvídese, ponga fecha de ayer y arreglado.

-Y qué hacemos con los motores, capitán, protestan insistentemente. Dicen que no pueden sobrevivir en estas circunstancias, que sólo reciben aceite aguado.

-¿Pero ya se han tomado las medidas necesarias?

-Media de aceite con media de agua de mar, como ordenó.

-¿Y?

-Pues no parecen estar muy conformes. Se pasan el día protestando.

-No digas más. ¡Ya está!

-¿El qué?

-La solución, hombre, qué va a ser. Sólo hay que hacer un pequeño reajuste. Vamos a sustituir la mitad sobrante del aceite aguado. De esta manera, ponemos una mitad de agua donde antes había aceite, y el resultado es ni más ni menos que un aceite cien por cien ecológico…

-Pero, capitán, perdone que le interrumpa, pero seguramente van a notar el cambio. Es más, incluso la tripulación está…

-¿La tripulación? La mitad de ellos sobran. Que abandonen sus puestos.

-Pero es que ya no quedan botes salvavidas, señor.

-Entonces deles chalecos.

-No hay suficientes chalecos salvavidas.

-Pero, hombre, deles chalecos normales, que es que hay que estar en todo. Y luego ordéneles que salten por la borda.

-Pero, capitán, no será mejor soldar las grietas del casco. Mire que nos hundimos deprisa…

-Mira que eres desconfiado… Claro que las cosas están mal, pero hay que mantener la serenidad. Mírame, ¿no me ves a mí tranquilo? ¡Pues respira, hombre, que no se hunde el barco!

-Pero es que sí se hunde, mi capitán.

-Vamos a ver, si yo digo que no es que no. Tú, lo que sucede, es que ves, como todos, mucha agua. Y ahí es donde os entra el pánico. Yo, sin embargo, tan tranquilo. ¿Y por qué? Pues porqué sé que tengo la solución. ¿Quieres oírla?

-Sólo si consigo escucharla, capitán.

-Pues fíjate. Una solución bien sencilla: le sacamos provecho a la mitad de aceite que le quitamos a los motores, y cómo, pues sencillo, simplemente lo vamos a sustituir por el agua que ya tenemos. Sí, no me mires así: de una manera bien sencilla conseguimos quitarnos de golpe la mitad del agua que nos está hundiendo…

-Capitán, me parece a mí que…

-Sí, a mí también me parece. ¡Claro que sí!: a mí también me lo parece…

 

La estrategia de Rajoy.

Este es un país propenso a las huelgas. Esta frase la comentaba un corresponsal de otro país, que pretendía hacer evidente las diferencias con, por ejemplo, Inglaterra, que no sufre una huelga desde 1926. Así y todo, puede que sea verdad, la sexta en lo que llevamos de democracia, si descontamos los paros parciales del 78 y 92, siglo atrás. Y no habiendo transcurrido más de año y medio desde la penúltima. Sin embargo, echando la vista atrás, fue la celebrada en 1988 (también llamada 14-D) la que más éxito cosechó, llegando a paralizar un país por una reforma que pretendía abaratar el despido, implantando los contratos temporales. El eco de aquella huelga fue de tal magnitud que el Gobierno, con Felipe González al frente, debió recular, introduciendo medidas sociales como el aumento en el subsidio de desempleo o equiparar pensiones y salarios mínimos. Y tras aquellas medidas se llegó salir del atolladero.

Con esta huelga del 29 de marzo de 2012, los motivos estaban más que fundamentados: se trata de la involución más grande que se da “democráticamente”, todo bajo la premisa de que son éstas, exclusivamente éstas, las medidas que se deben tomar para salir de la crisis. Obviamente, lo han repetido tanto que, no cabe duda, el mensaje va dirigido precisamente hacia quienes más van a sufrir en el proceso de desintegradora reforma, es decir, hacia la gran mayoría, aunque siempre empezando desde abajo. El resto asiente con la cabeza, dice sí, no cabe duda, no hay otro camino, y deja hacer, viendo que esta ha sido la única iniciativa que se ha planteado, después de todo, qué camino se puede tomar si sólo te muestran uno. Así que las protestas están de más; lo ha asegurado el gobierno una y otra vez. No van a ceder en nada. Más bien todo lo contrario. Pretenden que los que cedamos seamos todos los demás, los que protestamos en la calle o en casa, en silencio o a grito pelado. Incluso los que no protestan también tendrán que ceder, porque, después de todo, en esto se fundamenta la estrategia de Rajoy, en que demos varios pasos atrás, hasta situarnos décadas atrás, en un regreso al futuro que nos hará retroceder varias décadas, hasta instalarnos frente a las generaciones pasadas, las de nuestros padres: los mismos que, llegada la ocasión, tuvieron que luchar también por sus derechos, dejando una herencia que, supuestamente, (ahora parece ser que con algo de ingenuidad), servía para cimentar las bases de un sólido nivel de bienestar social: se trataba, por lo tanto, de un legado generacional condenado a repetirse en futuras generaciones, donde siempre se ha procurado, en esta evolución temporal, que los hijos tangan, cuando menos, un futuro mejor que el de los padres.

La actualidad, sin embargo, parece querer promover todo lo contrario: a mayor inestabilidad, menos futuro. La realidad es que estamos inmersos en una crisis que, cual tierras movedizas, nos hunde más cuantos más espasmos. Una crisis que, cabe no olvidar, tuvo su epicentro entre la telaraña financiera, donde los rescates a bancos han estado al orden del día, abducidos por una avaricia sin límite. Bancos que concedieron hipotecas basura que, sumadas a la crisis del ladrillo, dejó en entredicho su finalidad: el año pasado se tramitaron 58.211 expedientes de desahucio; el dinero público con que han sido rescatados ni si quiera ha servido para circular en el mercado, tan sólo para comprar deuda pública, es decir, la de todos nosotros, y así sacar rentabilidad del propio rescate; ni si quiera la dación de pago, la entrega del inmueble a cambio de la condonación de la deuda, está realmente regulado, ya que es una medida voluntaria que toma el propio banco.

El agujero de la deuda pública, sin embargo, ha sido el leitmotiv más persistente, diríase único, para explicar la crisis. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, una frase harta repetida, dejando entrever la servidumbre que se le debe al índice bursátil, a los números caprichosos de un mercado que busca la multiplicación, que no la riqueza: se consiguen ganancias con pérdidas ajenas, con fondos de inversión que especulan, haciendo y deshaciendo bajo el santo grial de la rentabilidad, que muchos llamarían usura. Así, el pulso que marca la bolsa está, al fin y al cabo, domado por estas grandes inversiones que hacen de la codicia un credo. Aunque, después de todo, que esto suceda en una sociedad que ya sólo sabe crecer empujada por el beneficio económico, solamente puede promover ciudadanos atrofiados, encorsetados en reglas cada vez más estrictas, donde el éxito se mide con dinero.

La estrategia de Rajoy es, simplemente, hacernos creer que es este el único camino posible. Una salida a la crisis, sustentada por un recorte brutal en los derechos de todos los trabajadores. Nos dicen que ha llegado la época de los grandes sacrificios, lo que sea necesario para hacer posible que todo continúe igual. O peor: los bancos, ahora más que nunca, se han hecho piña para evitar un futuro tropiezo, esgrimiendo, cual Titanic, su improbable hundimiento.

El camino que nos muestran, por lo tanto, viene y va marcado en la misma línea: el agujero que crearon los bancos ha terminado por convertirlos a ellos en más grandes, más sólidos, mientras que a nosotros nos va dejando cada vez más pequeños, más fáciles de quebrar. No somos más que números. De esta manera se puede intuir la destreza de nuestro presidente. Primero recorta derechos, otorgando herramientas exclusivas para el uso del empresario. Dice que esto traerá más empleo. Por lo pronto, lo que ha traído es una mayor flexibilidad para con las empresas, a fin de cuadrar sus cuentas con más facilidad: tienen más posibilidad de renovar su plantilla, sustituyendo empleados “caros” por los más “baratos”. Aunque, de cualquier manera, estas son simplemente herramientas. Después de todo, nadie está obligando al empresario a utilizarlas.

Salvo que, dentro de los Presupuestos del Estado, con un recorte de más del 16%, el gobierno ha creído pertinente dejar que las empresas también contribuyan al esfuerzo, quitando las deducciones que se les otorgaba en pago del Impuesto de Sociedad. Medidas que, unidas al resto de subidas de impuestos, pretenden recaudar unos 12.314 millones de euros. Una cantidad que se lanza como un interrogante ya que habría que preguntarse qué respuestas conseguirán dar estas grandes empresas, sobre todo después de haberles puesto en bandeja las herramientas necesarias para recuperar rápidamente este dinero.

La huelga de ayer se convirtió en un clamor, con millones de personas agolpándose en las principales ciudades de toda España, exigiendo, simple y llanamente, justicia: que dejen de pagar justos por pecadores. No podemos regresar atrás así, de repente, de un plumazo, como si nada hubiera pasado, exigiéndonos resignación, sin detenernos siquiera a aprender qué es lo que ha ido tan mal; más bien, todo lo contrario: dispuestos a tropezar de nuevo con la misma piedra. Sólo así se entiende, por ejemplo, la amnistía fiscal que ha anunciado Cristóbal Montoro, como medida para luchar contra la crisis, dirigida esencialmente a las rentas no declaradas, es decir, las que, de una forma u otra, no han pagado impuestos, estableciendo únicamente un gravamen del 10%, sin ninguna otra penalización, intentando conseguir, de esta manera, que sean declarados los paraísos fiscales que pueda haber en el extranjero. Es decir, en busca del dinero fácil, aunque no suficiente. A su vez, el ministro de Industria, Energía y Turismo anunciaba una subida del recibo de la luz de un 7,1%, y de un 5% en el gas, a partir del próximo domingo.

Las intenciones del gobierno, por lo tanto, son bien claras: debemos bajarnos los pantalones; eso sí, mientras nos apretamos el cinturón. Una fórmula que no puede funcionar, simplemente, porque está pensada bajo un prisma clasista, donde se nos dice que el sacrificio de nuestros derechos es necesario para seguir adelante, en una evolución que se centra en el aspecto económico, dejando en un segundo nivel el aspecto humano. En nuestras manos queda, sin embargo, la posibilidad de escoger y decidir qué camino tomar. Por supuesto, está el que nos muestra el gobierno. Aunque en realidad lo que se enseña no es más que un desvío que nos devuelve atrás, un lugar de lo más propicio para que la esperanza quiera apearse ahí mismo, en mitad del camino, lejos de nuestro lado. Y luego está el otro camino. El más difícil. El que damos paso a paso. El que elegimos entre todos. Hacia el futuro.

 

 

 

¿Quién eres tú? (ultima parte)

 

IV

Aunque no había suficiente luz, allí arriba aguardaban las nubes, con su enjambre de lluvia furiosa. Brillaban como estrellas de agua, luciérnagas que pululaban tentadas por la ley de la gravedad. Esperaban, seguramente, al momento oportuno, y éste se presentó en forma de sofocante chorro de aire caliente, surgido del más natural de los movimientos de una sola mariposa. Solo entonces sintieron el coraje necesario y surgieron así las primeras gotas de lluvia.

Las primeras lo hicieron sin rivalidad, precipitándose a ciegas, regocijarse en la caída. Apenas conseguían apreciar la distancia, derechas hacia los puntos de luz artificial que aguardaban allá en el suelo. Sin embargo, antes de estrellarse contra las fachadas, la avanzadilla consiguió echar un vistazo a su alrededor: poco movimiento en las calles. Aun así, ante las primeras gotas, los transeúntes salían corriendo: el ataque sorpresa estaba surtiendo efecto.

Sin embargo, con gran incredulidad, descubrieron un punto de resistencia, allá en el extrarradio de la ciudad, donde las calles eran demasiado estrechas para descender sin lastimarse contra las fachadas. Reunieron esfuerzos y en pocos segundos, de forma masiva, la zona fue arrasada por ráfagas de lluvia que, de manera precisa y efectiva, llegaba hasta los rincones más secos. Calaron sin piedad, dejando una pátina de brillo sobre el artificial color de los objetos. Estaban marcando su territorio. Y con un poco más de insistencia, consiguieron acceder hasta la cornisa de las ventanas, aporreando con los nudillos, aguando el sueño de sus moradores.

Un poco más abajo, a la altura de la suela de unos zapatos, los charcos comenzaron a salpicar bajo las pisadas del muchacho. Había aparecido de repente, mirando hacia todos lados, yéndose hacia el medio de la calle. La lluvia, que seguía cayendo con asombrosa eficacia, aprovechó la oportunidad y se impregnó sobre su cuerpo con asombrosa precisión, sumergiéndolo, por un instante, bajo tanta agua, que a punto estuvo de ahogarlo. Su reacción, por lo contrario, no fue como la del resto.

Ismael se sacudió la palma de la mano, salpicando un abanico de gotas que había limpiado de la cara. Las farolas seguían encendidas, delatando los envites del repentino aguacero que caía casi con desesperación. De cualquier manera, aquel improvisado diluvio no parecía preocuparle. Se puso la mano de visera y atisbó desde la línea continua, en el centro de la carretera, girándose hacia todos los lados. Más allá de sus ojos, tan sólo distinguía un lienzo arañado por la lluvia, blandos alfileres que le desgarraban la mirada, robándole luz a las farolas. Sin embargo, ni rastro del anciano.

Comenzó a seguir cuesta abajo, hacia la marquesina que había al otro lado de la calle. Entró corriendo en el interior, bajo la promesa de un techo, y no encontró más que un pequeño charco. No había nadie esperando en la parada del autobús, ahora transformada en coladero con finísimas cataratas. Casi con resignación, el muchacho dejó de cubrirse definitivamente la cabeza y salió de allí.

Siguió bajando por la calle, medio arrastrado por la multitudinaria riada que llegaba desde el cielo. Una más pequeña le recorría por la espalda, descendiendo abundantemente hasta el punto de intersección, donde inevitablemente había de dividirse hasta la planta baja. De cualquier manera, le fueron necesarios tan sólo media docena de pasos. Con varios litros de ropa apretándose contra su cuerpo, se detuvo en seco. A tan sólo unos metros, de pie frente a un escaparate, se encontraba la escultura derretida del anciano: sin pestañear, quieto mientras se dejaba erosionar.

-¿Qué hace usted aquí?- gritó Ismael mientras se le acercaba. Todavía tuvo que repetírselo una o dos veces más antes de comprender que el viejo no escuchaba. Solo miraba hacia el escaparate, negro y completamente vacío, aunque seguramente ya se habría encargado él de rellenarlo con los sedientos detalles de algún recuerdo. El muchacho siguió mirándolo, indeciso, titubeando con la mano alargada.- Oiga usted- le habló de frente, saludando con los dedos. Como no hubo respuesta, acto seguido, sacudió el cuerpo del anciano cinco o seis veces, lo justo para revolverle los recuerdos y conseguir regresarlo a la actualidad, lejos del país de la inopia.

-Ya salgo- habló el anciano mientras pestañeaba. Sus arrugados ojos consiguieron distinguir la figura del muchacho que le sujetaba como un pelele.- Ya voy- añadió y se llevó las manos a la cabeza.

-Pero qué hace, hombre, no ve que estamos en mitad de la lluvia.

El viejo, por el contrario, parecía estar demasiado ocupado frotándose la cabeza. Maniatado por su propia ropa mojada, apenas conseguía llegarse por encima de las orejas, hasta que no encontró más solución que doblar hacia adelante la espalda, inclinándose hacia el cuerpo del muchacho.

-Venga aquí- tuvo que sujetarle de la mano y tirar de él. El anciano, sin embargo, aguantó el primer tirón. Obcecado en la misma posición, miró de reojo para descubrir cómo el muchacho se le arrimaba, quedando a tan sólo unos pocos centímetros. Luego le habló despacio:- no se preocupe, venga conmigo, ya ha terminado de ducharse…

 El viejo se dejó convencer. Asintió y se puso a buscar a su alrededor, intentando averiguar cómo apagar el grifo. Samuel, que lo cogía ahora por los hombros, lo atrajo hacia sí, esta vez sin problemas. Lo llevó hasta el pequeño toldo que había sobre la entrada de la tienda vacía pero, aun así, las gotas de lluvia seguían acertando como flechas. Siguieron cuesta abajo, perseguidos por una riada que circulaba de forma temeraria por el centro de la calle, hasta que encontraron refugio en la boca de un garaje. Allí quedaron al resguardo, con sus ropas de agua, mientras la luz caía desde un cielo con nubes en marejada.

-¿Quién eres tú?

El anciano había abierto los ojos con evidente preocupación, como quien despierta de un largo viaje en el tiempo. Miraba a Samuel fijamente mientras se sacudía la ropa mojada.

-Viejo, soy el camarero que le ha atendido antes en el local.

El anciano escuchó, procesó y denegó. Pestañeaba ya más deprisa, repasando diapositivas de la memoria que conseguían desorientarle más. Retrocedió uno o dos pasos. Hasta la pared. Hasta el final de sus recuerdos. Y se quedó contemplando con horror al desconocido.

-No- dijo con convicción.- ¿Quién eres tú?

-¡Y dale!… ¿Es que no recuerda, que ha entrado en la cafetería, hace media hora tan sólo, y se ha tomado dos cafés con azúcar?…

Al viejo le temblaba ligeramente la cabeza, dudando si negar con más convicción y decir también que no con los labios: lo del azúcar, por un instante, había intensificado el color de sus recuerdos, pero ya había pasado; la respuesta seguía siendo no.

-Me ha preguntado como veinte veces donde estaba Lucio, el camarero… Se ha quedado con el periódico abierto sobre la mesa, recuerde, por las necrológicas…

El viejo miró hacia el exterior, hacia la cortina de agua que les retenía dentro. Fue moviéndose por la pared, torpemente, a medida que el extraño iba acercándose.

-Pero a dónde quiere ir con la que está cayendo… Está bien, no me acerco más, tranquilícese…

-¡No!- gritó el anciano, menos tranquilo que nunca.- ¡Aléjese! Fuera de aquí, fuera…

-Oiga, viejo, está como una puta cabra. Si yo le dejo en paz. Sólo he venido a ayudarle…

-Llamaré a la policía… Voy a llamar a la policía…

-Corriendo va a venir, viejo. Y traerán paraguas, seguro…

-¡Socorro! A mí la policía… ¡¡Socorro, al ladrón, que me están robando!!

-Pero cállese, mire que me marcho…

-¡¡¡Me roban, me están robando!!!

-¡Cállese, hombre!- y Samuel dio un paso adelante con intención de hacerle callar. El anciano, que lo vio venir, no tuvo más remedio que dejarse caer de cuclillas, protegiéndose a medio camino con los brazos, mientras continuaba con los gritos, transformados ahora en una única vocal larga y abierta.

-¡Cállese, por Dios! Va a despertar a todo el mundo…- y miraba hacia el torrencial de lluvia, que, de repente, parecía menos tempestuoso frente a los gritos del anciano. Se asomó un instante afuera pero no vio a nadie.- Oiga, yo solo he venido con intención de ayudarle…

El anciano hizo una pausa para llenar los pulmones. Samuel se giró hacia la ausencia de volumen, con media ceja alzada y, sobre todo, la esperanza puesta en el silencio, aunque éste fuera a durar tanto como un suspiro. De inmediato, el viejo había retomado de nuevo la serenata por donde la había dejado, para desesperación del muchacho.

Lo tanteó de cualquier manera, con buenas palabras, pero, cada vez que intentaba acercarse al rincón donde se había parapetado el anciano, sus gritos se volvían más intensos y estridentes. Luego lo intentó por las malas, sujetándolo por la solapa de la chaqueta y estirando, queriendo llevárselo en hombros. Sin embargo, en cuanto les dio oportunidad, los octogenarios dedos fueron a enroscarse al todavía empapado cabello de Samuel, agarrando fuerte, pudiendo así, de inmediato, hacerse con las riendas de la situación; y con varios mechones de pelo. De cualquier manera, Samuel no tuvo más remedio que rendirse, mientras intentaba zafarse de los estirones que le ahuecaban el cráneo.

-¡Ya está bien, la puta!- y, embistiendo contra el anciano, consiguió deshacerse de sus garras y, de paso, de algunos pelos más de la cabeza. De cualquier manera, el verdadero logro se encontraba en la ausencia del ensordecedor chillido, que se había desvanecido ya por completo. Salvo, claro está, en el oído de Samuel, donde aún persistía su eco.- ¡Escúcheme!- y se acuclilló hasta quedar frente al viejo, ésta vez sin tocarle.- Al parecer no me recuerda, aunque nos hayamos visto antes, en la cafetería, ¿se acuerda de haber estado en una cafetería?- Esperó una respuesta: recibió silencio sobre una confusa mirada.-… , da igual, debe fiarse de mí, tan sólo pretendo ayudarle…- lo cual fue puesto entredicho por los ojos del anciano, que comenzaban de nuevo a temblar de pánico.- Oiga, escuche, míreme, usted se llama Julián. ¿Es así verdad?- pero la respuesta pareció ser la de siempre.- Se llama Julián, ¿cómo podría saber su nombre si no le conociera antes? Y si sé su nombre es porque ya habíamos hablado antes. Venga, tiene que fiarse…- y le tendió la mano.

Julián, si es que era ése su nombre, sintió cómo una chispa intentaba prender en sus recuerdos. Pero sucedía que estaban todos ellos tan a desmano, desperdigados sobre un rumbo sin camino, que no llegaba. Se puso de puntillas sobre la memoria, levantando los dedos, pero tan sólo alcanzó a distinguir algunos destellos, agitándose demasiado deprisa. Pero, a pesar de todo, allí seguía la mano del muchacho, insistiendo. Levantó entonces la mirada y se quedó contemplando el rostro del desconocido. Durante unos segundos, ninguno de los dos se atrevió a decir nada. El único sonido que llegaba hasta ellos lo hacía cada vez con más claridad, mientras amanecía bajo un mar de lluvia. La luz iba rociándose sobre los objetos, disolviendo en agua la penumbra. Los colores comenzaban a resucitar. También lo hizo la voluntad del anciano, bien enroscada sobre sus ojos. Sólo entonces se sintió en condiciones de tomar una decisión: como pudo, rechazando cualquier ayuda, consiguió arrastrarse por la pared hasta quedar sobre sus piernas, de pie, intentando controlar el traqueteo en las rodillas. Luego, cuando se sintió con fuerzas suficientes, arremetió contra el brazo del muchacho.

-¡Déjame, fuera! ¡¡Socorro, socorro!!

Samuel retrocedió algunos pasos, mordiéndose el labio.

-¡Viejo testarudo, tú lo has querido! ¿No quieres ayuda? Pues ahí te quedas- y se dio media vuelta, directo hacia la salida. Antes de poner un pie fuera, se giró para echarle un último vistazo: allí seguía él, temblándole los labios de auxilio. Así que, por lo tanto, no quedaba otra: sin pensárselo dos veces, saltó hacia el vórtice de lluvia, cayó sobre la acera y desapareció calle arriba, sin mirar atrás.

Julián esperó todavía algunos minutos antes de acercarse fuera. Fue siguiendo la pared, la espalda bien pegada al muro y la mirada pendiente de la esquina por donde había desaparecido el muchacho. Aguardaba la sorpresa, de un momento a otro reaparecería de nuevo, volvería a abalanzarse sobre él, con renovadas intenciones, y entonces no conseguiría escapar. Estaba tiritando de frio, con su ropa a medio escurrir, y, a pesar de ello, la sensación era de pánico. De cualquier manera, intentó darse prisa: asomó primero, como lengua de camaleón, la cabeza al exterior, derecha e izquierda, y como no distinguió movimiento salvo el del agua, saltó hacia el exterior, sobre la acera, y continuó calle abajo.

No se preocupó del rumbo, impaciente por alejarse, y sólo dio prioridad a las calles vacías. Caminó en línea recta, resguardándose como podía del diluvio, hasta llegar a una gran intersección con rotonda. Allí se quedó mirando, contemplando los muros, los balcones que colgaban de los edificios con sus colores de agua, las filas de automóviles que como arcoíris adornaban el extremo de las carreteras anegadas; el ciclópeo jinete de bronce subido sobre el eje de una gran rueda de cemento, sable en mano, enardeciendo contra el cielo; las luces eléctricas de las farolas, cabizbajas y agotadas, algunas bostezando incontroladamente, esperando a que terminara de una vez su turno;…

Julián tuvo la impresión de encontrarse en el centro gravitacional de algún inédito laberinto. Miró hacia todas partes, castañeándole los dientes, que no de frío. Se esforzaba, escrutando detalles, pero no conseguía reconocer nada de lo que le rodeaba. Tampoco sabría decir dónde se encontraba: tanta lluvia había terminado por anularle el gps y no hacía más que dar vueltas, sin llegar a su destino. Intentó leer la información de un cartel que a punto estaba de pasar página sobre la acera: dos únicas palabras, lo suficiente para comprobar que sí, lo entendía, era su idioma. Por lo tanto, no podía estar demasiado lejos. Pero lejos de dónde.

Los hombros del viejo no podían con tanta carga y tuvieron que hacer una pausa. Recostó el cuerpo contra la fachada mientras el agua de su ropa estiraba hacia abajo, hasta que no pudo más. Entonces murmuró algo. Nada comprensible. Ni si quiera llegaban a ser palabras. Más bien, una retahíla de sonidos: recuerdos de cristal estrellándose contra el suelo, muy despacio, mientras el eco se le escapaba por la boca. Y una vez fuera, se iba haciendo añicos junto a los charcos.

-¿Julián Betz?

El viejo levantó los ojos para mirar, moviendo los labios sin decir nada. Estaba muy cansado. A punto estuvo de decírselo al recién llegado cuando se dio cuenta que no estaba solo. Había alguien más. Se enjuagó la mirada con los dedos sin fuerzas para ponerse en pie. El otro, sin embargo, volvió a insistir, repitiendo la misma pregunta. Ni si quiera se movió del sitio, bajo su paraguas negro.

-¿Y tú quién eres?

El extraño ahora sí arrimó un poco el cuerpo, levantando el paraguas, inclinando el rostro hasta situarlo frente al del anciano. Intentaba dejarse reconocer. Así que le sonrió con extraña familiaridad. Como si no fuera necesaria más presentación.

-Me envía Rebeca- y le tendió la mano.

Aquel nombre de mujer entró por las orejas de Julián como un salvavidas, conduciéndole derecho hacia su destino. De improvisto, tenía entre sus manos la llave. No esperó más: le chirriaron algunos recuerdos mientras los abría, pero allí estaba…

-Rebeca- repitió el viejo.

-Sí, me ha pedido que te lleve a La Revolución.

-Sí, es verdad- arrastró el anciano las palabras mientras soñaba con los ojos.- Pero ya ha amanecido. ¿Cómo?, ¿qué hora es?… Por Dios, si voy a llegar tarde, no se quede ahí colgando del paraguas y ayúdeme a levantarme, tiene que ser ya tardísimo, pero qué hace, hombre, estire con ganas…

Consiguió incorporarlo, aunque a duras penas se mantenía en pie. Tuvo que amuletarse bajo uno de sus brazos, y, de esta manera, consiguió arrastrarle, haciendo equilibrios con el paraguas. Antes de doblar la esquina de la calle, al viejo le surgió una duda y giró el rostro, con intención de observar mejor al extraño.

-¿Y cuál ha dicho que es su nombre?

Como había dejado de mover los pies y se veía obligado a arrastrarlo, el muchacho también dejó de caminar.

-Me llamo Ismael- dijo.

-¿Ismael?- repitió el viejo haciendo grandes esfuerzos con las cejas.

-Verá… He empezado ha trabajar hace poco en la Revolución. Igual no se acuerda. Hasta ahora lo que me ha tocado es limpiar mesas. Y fíjese que la primera que me tocó fue la suya, la de la columna… Allí está, reservada para usted. Eso sí, me tiene que contar cómo consiguió grabar sus iniciales, J por R, en la madera,…

-¡J por R!- repitió el viejo, y su mirada despegó hacia dentro, en frenético viaje en el tiempo, dejando una huella de inefable resplandor sobre los ojos.- ¿Sabe? El otro día, el jueves, estuve tentado a decírselo, confesarle que es mía la inicial, y suya la siguiente. Pero no se lo dije. No, por supuesto, después de todo, no era el momento más oportuno. Pero se lo voy a decir, seguro, en la próxima ocasión. ¿Usted que opina? Porque aquí lo realmente importante es disponer de una oportunidad…  ¡La oportunidad! ¡Eso es!… Pero cuando no esté distraída con las cuentas, que ya sabe cómo se pone cuando se enfada…

-Que va, no lo sé… ¿Por qué no me lo cuenta mientras llegamos?

Al viejo se le escapó un suspiro, aunque no de resignación: su mirada ascendía haciendo cabriolas sobre la memoria. No hizo falta más que eso. Así, entreabriendo la boca, se puso a contar. Sus palabras, como piezas de dominó, consiguieron imprimirle ritmo a sus recuerdos, y en seguida comenzó a mover las piernas.

Subieron calle arriba, agazapados bajo un paraguas que apenas conseguía mantenerse en pie. Las nubes escurrían hasta el final, sin dejarse una gota, con desesperada furia. Desde arriba, parecían caminar abrazados, conversando como borrachos; sin prestarle atención a los designios del tiempo.

 

 

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¿Quién eres tú? (3ª parte)

 III

-Oye, Ismael, acércate un momento. Quería comentarte una cosa… Es sobre el comentario que me has escuchado antes.

-¿Qué comentario?

-Lo de la morgue. No ha sido una observación muy afortunada, la verdad. No suelo hacer bromas de ese estilo.

-No te preocupes, primo. El viejo se lo busca.

-Normalmente, ni si quiera consiento que alguien haga ese tipo de bromas delante de mí. Son los malditos exámenes finales, que me tienen trastocado el sueño. Y encima todas las mañanas aquí, ya te acostumbrarás tú. Bueno, la cuestión es que le he hablado al anciano…

-Espérate. ¿Te has dirigido donde él para disculparte por algo que has dicho pero que él no ha escuchado? ¡Venga ya! Además, ¿todavía sigue ahí escondido?

-Bueno, creo que se marchaba. La cuestión no es esa. Es algo que he recordado al volver a verle.

-O sea, que ya le conocías.

-Me había sonado el nombre al principio, cuando lo has mencionado…

-¿Qué nombre?

-El de Lucio, el camarero.

-Ah, pero existe o qué.

-Al volver a ver al anciano, ha sido como si su rostro sirviera para soplar y desempolvar todos los recuerdos. Te lo cuento porque a ti también te afecta. Después de todo, Lucio, el camarero, como tú lo llamas, no lo has llegado a conocer aunque te han hablado de él. Verás, él entró a trabajar aquí, en este mismo local, al poco de inaugurarlo la abuela. Te estoy hablando de hace al menos cincuenta años. Bueno, pues imagina lo que pudo pasar. ¿No sospechas? Ellos dos, como no podía ser de otra manera, con el paso de los años, se convirtieron en socios, profesional y personalmente. O sentimentalmente, tú ya me entiendes. La cuestión es que acabaron casándose. Y tuvieron descendencia…

-Espera, Ariol, ¿quieres decir que el nombre por el que ha estado preguntando todo el rato el viejo, el de Lucio, era en realidad el de Berge, nuestro abuelo?

-Luciano Bergeñéis, para ser más exactos. Y ella Rebeca Fengás. Tú ni les conociste. Y yo, poco más, no creas. Lo que me contó mi padre, sobre todo. Al parecer, cuando se casaron, cambiaron el nombre al local, convirtiendo el nombre original, La Rebe, en la suma inexacta de sus propios nombres, y de esta manera es como le pusieron La Rebolucion. Esa es la historia que esconde el nombre del local. Seguro que no lo sabías.

-No lo sabía, no. Pero, entonces, el viejo quién es, qué pinta en toda la historia…

-No pretenderás que te diga su nombre…

-No, claro, solamente quería…

-Julián Petz, o Betz, o algo parecido.

-…

-El nombre, ése seguro que es el de Julián. Fue un pretendiente de la abuela, antes que apareciera el abuelo, siempre la estaba rondando. Naturalmente, ella no le hacía caso. Ni si quiera con la aparición de su futuro marido la situación pareció cambiar. Recuerdo cómo se reía el abuelo, recordándolo todo, cuando ya estaba en las últimas y confundía todos los recuerdos. Repetía que no fallaba nunca, cada mañana, ellos abrían el local y ahí estaba él, el primero, como un poste, no fuera a que le robaran el sitio. Y siempre detrás de la columna. Se convirtió en un asiduo. Tanto que, sobre todo por insistencia de la abuela, terminaron por invitarle a la boda. Me parece que incluso hay alguna foto del acontecimiento, en donde aparece como una sombra, con un traje negro como de funeral. Aquello le avinagró la boda al abuelo. Se negó, incluso, a que su retrato entrara en aquella casa, pero al parecer no consiguió deshacerse de la foto por completo ya que la descubrió muchos años después, en la buhardilla, en el interior de una caja de zapatos vieja, entre otros muchos objetos que coleccionaba mi abuela. Aquello le enojó sobremanera a Luciano Bergueñéis, mucho más que la muerte de la abuela, claro que sí. Y estas palabras no las digo yo. Era algo que repetía continuamente mi padre, y también, alguna que otra vez, se atrevía a comentarlo el tuyo. Decían que aquel era el comportamiento de un adolescente celoso. Así que cuando heredaron ellos el negocio, simplemente levantaron la prohibición que el abuelo había echado sobre él. Y siguió viniendo, muy de vez en cuando, hasta que le perdieron la pista. Luego se enteraron, casi por un casual, que se había encargado él de la tumba de nuestra abuela, de su conservación. Al parecer, acudía diariamente, muy temprano, y allí le descubrieron una mañana tu padre y el mío, barriendo con una escoba la lápida mientras hablaba en voz alta. Por supuesto, le dejaron hacer, y aquella fue, creo, la última ocasión en que supimos más de su persona. Yo, sinceramente, le creía muerto. En realidad debería estarlo…

-Me dijo que esperaba al número quince. ¿Tú sabes qué puede significar?

-¿Número quince? No sé. Salvo que sea lo mismo por lo que pregunta la mayoría de nuestros clientes…

-¿…que es…? Te recuerdo que es mi primer día, qué narices voy a saber…

-¡Vale, vale!… Justo enfrente tenemos una parada, supongo que la habrás visto. Entra mucha gente preguntando por si pasa aquí uno u otro número de autobús y a qué hora.

-¡Ya! Entonces se habrá marchado a esperar el número quince…

-¡Lo dudo! Ya puede esperar sentado.

-¿Qué quieres decir?

-El número quince hace décadas que no existe. O al menos no pasa ya por aquí. Era el autobús que atravesaba el puente de madera, el que desapareció con la riada. En fin, que ya se cansará de esperar.

-No.

-No qué… Ey, espera un momento, a dónde vas…

-¡Suelta!… Ni mucho menos se va a cansar de esperar. Es lo que ha estado haciendo toda su vida, tú mismo lo has dicho…

-¡C’est la vié! ¿Se dice así, verdad? Es que mañana tengo examen… ¡Ismael, espera! Pero a dónde vaaas… ¿No ves que tú no puedes hacer nada?… ¡Aquí no le traigas, eh?… Nada, ni caso. Y ahora qué, ¿me pongo yo a recoger las mesas?… Merdé!

 

Continuará

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¿Quién eres tú? (2ª parte)

 

II

Será cabrón el viejo. Quiere azúcar. Y con qué cuidado lo pide, seguro que estaba esperando a que sacara la libreta, que no soy idiota, viejo, pues qué se ha creído, tan prepotente, ni si quiera a apartado el periódico cuando le he servido, nada, como la inopia, así se ha quedado, y cómo se queda contemplando, a punto he estado de saltar, qué está mirando, viejo, qué hace aquí un señor de su edad, vuélvase a su casa, a la cama, con su viejecita…

Si pudiera iba a estar yo aquí. Pero la puta ley del viejo manda. Puto viejo. En cuanto reúna suficiente dinero me largo. Qué hora es. Joder, solo ha pasado hora y media y ya estoy de la bandeja hasta los mismos…

Veamos, un cafecito bien caliente con su azúcar bien disuelto, una vueltecita más, así, que se funda bien, y ya está, preparado el café. Ahora a la bandeja, y, por supuesto, no se me puede olvidar incluir en el lote la petición personal del señor, el sobre de azúcar, y así la petición está completa. Pero qué pena de columna, la cara que va a poner y yo desde el otro lado, sin ver la reacción, a ver si así se le quita esa manía de quedarse como un zombi mirando a la gente, y si solo fuera a los que pasan por la calle, pero no, también a los clientes. Como antes, que se le ha quedado mirando como dos minutos a Lucy, aunque sea de espaldas, y cómo se habrá enterado ella dónde trabajo, y además, vestida con el modelito verde, menos mal que agaché la cabeza cuando se me resbaló la bandeja, creo que no me vio, y ahí se ha quedado ella, no mucho tiempo más, sin tomar nada, hasta que ha sentido los lascivos ojos del viejo y se ha largado. Y, encima, él como si nada, contemplando el vacío. Eso sí, con el periódico abierto, bien despatarrado bajo las noticias necrológicas, por Dios, si es que voy a llegar y ahí va a seguir él, sobre la misma página, deleitándose, aprendiéndose de memoria los nombres y apellidos de los fallecidos para tacharlos de la agenda de teléfono…

Joder con la silla. Y, encima, de lleno contra la espinilla. No, si al final tendré que estamparla contra la columna. En defensa propia. Y seguro que el viejo ha observado con todo detalle el golpe. No te digo, ahí está con su mirada lasciva. Como se ría le tiro el café encima…

Pero de qué me está hablando. Mira que le he dicho que éste es mi primer día y él venga insistir. Cómo voy a conocer yo al Lucio ese de los cojones. Ni yo ni nadie. Pero si incluso se lo he preguntado a Marcos, que lleva aquí más de cinco años, y se me ha encogido de hombros. Ariol, el nieto del jefe, también ha sido tajante: que pregunte en la morgue, allí seguro que se lo encuentran, y ha rematado con una risotada. Estaría bien decírselo la próxima vez que pregunte. Porque, si hay algo seguro, es que el viejo se ha equivocado de cafetería…

¿Oiga, ya sabe usted que esta cafetería se llama La Revolución?

El viejo me miraba con ese enigmático gesto que han aprendido los ancianos, que bien podía significar: por supuesto que sé cómo se llama la cafetería, ¿estamos tontos?; aunque, también, podía significar: claro que sí, viva la revolución. La cuestión es que no abrió la boca para decir sí o no y yo me quedé con la bandeja en la mano, ligeramente inclinada la espalda sobre el cuerpo reposado del anciano, buscando la intimidad de una confesión que, con el paso de los segundos sin que ocurriese nada en absoluto, terminó convirtiéndose en ridículo absoluto y espantoso. Para mí, claro. El viejo seguía hipnotizado por un hueco vacío, contemplando vete a saber qué. Con media sonrisa en la boca. Y a unos veinte centímetros, mi rostro esperando respuesta.

De acuerdo, reaccioné al final, cuando las oleadas de calor latían sobre mis orejas, no responda, para qué, mejor siga ahí, en su mundo de preguntas estúpidas. Sí, no abra la boca, cállese. Pero atrévase a preguntarme algo. Pregúnteme de nuevo donde está el jodido Lucio. Anda, atrévase. ¿Pues quiere que se lo diga? Está en su cabeza. Ahí nada más. Anda, tómese su café con azúcar, no se le vaya a quedar frío, y el cruasán también, engúllalo de un mordisco, hágale ese favor, devórelo de una vez y líbrelo del sufrimiento de sus preguntas estúpidas, y luego váyase con viento fresco a contemplar en otra parte a quien guste, y llévese consigo sus esquelas y sus muertos, que tanto le hacen compañía…

El viejo sí pareció comprender las palabras. Esperó a que yo hubiera agotado las reservas de oxígeno que había utilizado en el discurso y me sonrió casi con simpatía. Movió los ojos a los lados, sobre el escaparate, y señaló algo al otro lado. Luego me miró.

Tranquilo. Estoy esperando al número quince.

 

Continuará.

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¿Quién eres tú?

I

Como tengo tiempo ahorrado, antes de ascender los cuatro pisos que me lancen hacia la vorágine diaria de la oficina, llego cada mañana a por mi dosis de café con cruasán caliente, siempre servido en la misma soñolienta cafetería, siempre puntual. Allí me reconocen, no puede ser de otro modo, buenos días, me saluda Lucio, siempre con una bandeja en la mano, y le respondo que sí, que aunque todavía quedan unas horas para ello, buenos días, y me dirijo hacia la mesa que hay al fondo, la más ignorante de todas, escondida tan perfectamente tras la columna que afortunadamente no permite ver el televisor encendido.

Allí, sobre una mesa de madera con tatuajes de amor, dejo caer las hojas impresas del periódico. Lucio no tardará en llegar con lo de siempre, humeante y recién horneado, aquí tiene  su petróleo con rosca, y lo pondrá sobre la mesa, una excusa perfecta para un desayuno sin prisas.

Aunque, en esta ocasión, esta misma mañana, la ecuación ha planteado una variante nueva. Era la misma cafetería, a la misma hora, entrando yo por la puerta, y allá, al fondo, la mesa, vacía como siempre. Me fui directo, tras requisar el periódico de encima del mostrador, y, como siempre, lo dejé caer sobre el corazón atravesado de Jota por R. Te querré siempre: de eso hacía ya muchos años y todavía seguía ahí, indultado por el tiempo, con su certificado de autenticidad marcado a conciencia sobre la madera.

¿Qué va a tomar?

La pregunta llegó de repente, cogiéndome de la mandíbula para que prestara atención. Desde luego, aquel camarero había dejado de ser Lucio. Ni si quiera de espaldas se le parecía. Por lo pronto, éste tenía como cuarenta años menos. Y aunque no hubiese sido por la edad, estaba también el inconveniente de la voz, todavía demasiado tierna como para suplantar el vocabulario de Lucio. No, definitivamente, no era él.

No, no le conozco, me respondió el muchacho. Pero tampoco sabría decirle. Este es mi primer día. Dígame, ¿qué desea tomar?

Tuve que pedir, en vez de lo de siempre, un café sólo con un cruasán, pronunciado a velocidad de bolígrafo. El muchacho se alejó, enfundándose el bolígrafo en la oreja, mientras tropezaba contra algunas sillas, apunto de perder el equilibrio. Yo, mientras tanto, paseé la mirada por las páginas del periódico, dejando que las palabras anunciaran algo interesante. Como siempre, mis pensamientos comenzaron a boicotear el poco interés que le mostraba a los titulares, permitiendo que el periódico escogiera abiertamente, aunque por su cuenta y riesgo, lo que bien tuviera en cabecera. Yo, por mi cuenta, me deslizaba en pensamientos más abstractos.

Allá, al otro lado del cristal, cuántos errantes sin rumbo. Son las seis y media de la mañana pero cuánto derroche de destinos. Gente que camina pendiente del eco de los pasos, caminantes que quisieran borrar la huella que dejan atrás, entre ráfagas de obscuridad. Podrían estar todos ellos plácidamente acomodados sobre algún colchón mullido, abrazados a alguna almohada o cuerpo de los deseos. Pero no. Allí están, con destino la muerte. Poseedores, tal vez, de un trabajo decente y honrado que obliga a la gente honrada a depender de un salario poco honroso, cinco o seis días por semana, madrugando para conseguir un dinero que honra a quien lo consigue. Es decir, en otras palabras, un trabajo poco recomendable.

La bandeja con el muchacho debajo interrumpió en el mismo instante en que llegaba hasta los límites de la mesa, haciendo un espectacular aterrizaje que a punto estuvo de acabar en tragedia. Yo, que contemplaba el pulso amateur con que descendía, había perdido ya toda esperanza de desayunar. Apenas quedaba algo en el interior de la taza cuando la dejó sobre la mesa. El cruasán, por el contrario, había aprovechado la ocasión para rebozarse cuanto pudo en el charco de café que había en la bandeja y llegó borracho de insomnio. Cuando hubo dejado los equilibrios, el muchacho quedó un momento mirando el resultado, una taza casi vacía junto a un despierto cruasán que se desangra sobre un plato, todo ello en perfecta armonía sobre ambas páginas del periódico abierto, a modo de mantel. Intenté protestar pero las palabras parecían no estar de humor para decir nada. Al contrario, se me quedó un gesto en la boca, a medio camino del reproche, mientras advertía la mueca que hacía el muchacho. ¿Algo más? Hizo la pregunta con sequedad, torciendo el labio. Podría decirse que con desagrado.

¿Seguro que no está por ahí Lucio?

El muchacho pareció no entender la pregunta. Se encogió de hombros, es mi primer día, no sé quien es Lucio, a mí me han contratado para atender las mesas y como ve, en eso estoy. ¿Necesita algo más?

Le dije que no y se alejó, de nuevo sorteando algunas sillas que parecían tenérsela jurada. Me había sorprendido la sequedad de su voz, con una entonación que sentía encaminada a trazar distancias. A lo mejor le había molestado la perplejidad con la que me había quedado admirando su absoluta falta de pulso. De cualquier manera, el cruasán untado y frío no opuso gran resistencia y, a regañadientes, consintió ser devorado mientras derramaba lágrimas negras. Definitivamente, aquel no era el cruasán de Lucio.

Y fíjate, ahí llega el autobús número 12, como siempre bostezando lo suficiente como para permitir salir a los cuatro transeúntes que se han despertado a tiempo. Luego, sin hacer ruido, el 12 se deja caer cuesta abajo, sin despedirse, mientras los 4 escogen su camino. Entre ellos hay un estudiante. Tendrá la edad del muchacho con bandeja. Qué hace a estas horas, a dónde va. Bajo el brazo lleva algunos libros: qué misterio le aguardará hoy, tal vez encuentre la chispa que prenda la pasión, todavía es pronto para saberlo pero qué congoja más dulce… Vaya, pero si ni si quiera me trajo azúcar.

Llamé al camarero que no era Lucio y el muchacho llegó de nuevo bandeja en mano, estudiándome desde lejos mientras se acercaba, qué viejo más pesado, estaría pensando, y seguro que con razón. Me contemplaba arqueando bien las cejas, con un silencio en la cara como máscara de cera, impasible, acercándose a la cabecera de mi mesa. Masqué con cuidado las palabras, otro café y un sobre de azúcar, y a él pareció importarle un comino, el bolígrafo asomando provocativamente por entre la oreja, contemplándome de abajo arriba, de arriba a la mesa, de la mesa hacia los restos del desayuno y de allí de nuevo hasta arriba, derecho hacia los estupefactos ojos de mi rostro. Luego, cuando creyó conveniente, regresó tras sus pasos llevándose consigo un exhaustivo análisis de mi persona. Y allí me quedé yo, con la incertidumbre bien incrustada sobre la nariz, escuchando la media risita del cruasán, que me señalaba con el único brazo que le quedaba, apuntando con descaro. Pringado, consiguió decir, te has quedado sin desayuno.

 

Continúa mañana o bien puedes leer el siguiente capítulo aquí:

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