Pues no existe tal demencia, a pesar de que estemos seguros de ella; es más, parece que ocurre todo lo contrario. Este párrafo se merece una explicación. Osvaldo Almeida y su grupo, de la Universidad de Australia Occidental en Perth, nos cuentan que, según la humanidad envejece pues cada vez hay más personas de edad, el número de los que experimentan una disminución cognitiva y demencia continua creciendo. La última estimación, de 2005, habla de 24 millones de personas en todo el mundo. Por tanto, toda investigación que prevenga o retrase el conjunto de dolencias que lleva a la demencia, tiene un gran valor. Por ejemplo, ya se sabe que ayudan a ello la actividad física o el control de la diabetes y de la hipertensión. Entre las ocupaciones que estimulan la mente está, desde hace 20 años y aumentando, el uso de ordenadores. Y Almeida y su grupo se preguntan, en consecuencia, si el uso de ordenadores por personas de la tercera edad disminuye el riesgo de demencia.
Trabajan con 5506 voluntarios de Perth, en Australia, de 65 a 85 años, con un seguimiento de ocho años y medio. Se conoce su uso del ordenador: diario, semanal, menos de una vez por semana y nunca. Y también para que lo usan: correo electrónico, Internet, procesador de textos, juegos y otros. Además, se les hace un seguimiento para detectar síntomas de demencia.
El 33.7% de los voluntarios, 1857 de 5506, usan el ordenador, y el 6.3%, 347 voluntarios, tienen diagnóstico de demencia en un seguimiento medio de 6 años, con el máximo en 8.5 años. Los autores calculan un índice de riesgo de contraer alguno de los síntomas de demencia; le llaman HR (Hazard Ratio of Dementia) y lo usan para hacer comparaciones entre grupos. Pues bien, a los 6 años, el HR de los que no manejan el ordenador dobla al HR de los que lo hacen, incluso aunque solo lo usen menos de una vez por semana. Pero también entre quienes lo usan, el riesgo disminuye cuanto más lo utilizan: el HR es 0.68, 0.61 y 0.59 si se utiliza menos de una vez por semana, cada semana y cada día. Y, si el ordenador se utiliza para entrar en Internet, se consigue que baje todavía más el HR o índice de riesgo de demencia.
*Almeida, O.P. y 5 colaboradores. 2012. Older men who use Computers have lower risk of dementia. PLoS one 7: e44239
Entre el 0.3% y el 10.6% de la población mundial, según estudios y países, era adicta a Internet en 2008. Christian Montag y su grupo, de la Universidad de Bonn, nos dicen que en Alemania los adictos a Internet son alrededor del 1% en 2010. La preocupación por Internet y su funcionamiento y los síntomas por su carencia, o sea, algo así como el “mono” que se sufre en la adicción a las drogas, son los mejores criterios para detectar esta adicción.
Montag y sus colegas han interrogado a 843 voluntarios, con 477 mujeres, y una edad media de 25.1 años. De todos ellos, el 16.3%, es decir, 132, con 52 mujeres, presentan signos de que el uso de Internet les plantea problemas ocasionales en su vida cotidiana. Solo 2 de los voluntarios, el 0.24%, tienen conductas preocupantes reveladoras de una fuerte adicción a Internet. La encuesta utilizada, llamada IAT (Internet Addiction Test), puntúa la adicción de 0 a 100 y considera que tener menos de 40 significa un uso normal de Internet, sin adicción; de 40 a 60 indica que Internet provoca problemas ocasionales en la vida cotidiana (el 16.3% que he mencionado antes, con una media de 47.4); y estar por encima de 70 revela problemas habituales en la vida cotidiana y la existencia de adicción (nuestros 2 voluntarios).
Desde hace años se buscan relaciones entre la genética y las adicciones y, así, en personas adictas se investiga la presencia de determinados genes. Ya se han encontrado algunos genes que parecen relacionados, por ejemplo, con la adicción al alcohol o al juego. Todos estos genes relacionados con las adicciones activan, en nuestro cerebro, las áreas relacionadas con la recompensa y, de esta manera, aquello que nos crea adicción nos hace sentirnos bien y, en consecuencia, las ganas de sentirnos están en la base de las adicciones.
El grupo de Bonn, en este estudio, se centra en el gen que controla la subunidad alfa 4 del receptor nicotínico de la acetilcolina (se llama CHRNA4). El receptor es un grupo de proteínas en la membrana de neuronas que se une a la acetilcolina, un neurotransmisor, y así pasa información de una neurona, la que libera la acetilcolina, a otra, la que tiene el receptor. Pero resulta que este receptor también se une a la nicotina, procedente del tabaco, y hace funcionar la neurona, nos hace sentirnos bien y, se sabe, participa en estados de ansiedad provocados por la adicción al tabaco. Pues bien, después del análisis genético y estadístico que hace el grupo de Montag en los 132 voluntarios con adicción a Internet, encuentran que este gen se relaciona con la adicción a Internet. La variante del gen implicada aparece un 60% más en estos 132 voluntarios que en los que no presentan problemas de adicción a Internet. Y, además, en las mujeres adictas su presencia es más del doble a pesar de que la adicción a Internet es más habitual en hombres. Falta mucho por conocer en este asunto.
*Montag, C. y 4 colaboradores. 2012. The role of CHRNA4 gene in internet addiction. A case-control study. Journal of Addiction Medicine DOI:10.1097/ADM.0b013e31825ba7e7
Este es un artículo firmado por noruegos, australianos y británicos y comienza, literalmente, afirmando que, desde la segunda mitad de la década de los ochenta, hay un incremento dramático de las bajas por enfermedad entre la población en edad de trabajar. El equipo investigador, dirigido por la noruega Ann Knudsen, de la Universidad de Bergen, dice que las bajas por enfermedad de larga duración son una carga para las personas que las sufren, para sus empresas y para la economía de la sociedad en general. Suponen un gasto enorme de de dinero público y pueden llevar al enfermo a verse apartado, incluso hasta la jubilación, de su puesto de trabajo y, en último término, a la exclusión social. Y, según nos dice Knudsen, la baja por enfermedad es un fenómeno complejo, aparte de la sencillez de conocer la enfermedad que la provoca, pero que tiene, es indudable, muchas otras causas y, tanto es así, que no existe un consenso sobre los mecanismos que la originan. Unas de las dolencias que causan la baja son la ansiedad y la depresión que, por otra parte, afectan al 20-25% de la población o, dicho de otra manera, una de cada tres personas las sufrirá a lo largo de su vida. Por ello, Ann Knudsen y sus colegas han investigado la relación entre depresión, ansiedad y baja por enfermedad a partir de datos obtenidos en el Estudio de Salud de Hordaland, una pequeña comarca de Noruega.
Entran el estudio 13436 habitantes de Hordaland, nacidos entre 1953 y 1957, y son seguidos desde el 31 de diciembre de 2003 durante algo más de seis años. De ellos se tienen datos sobre el diagnóstico de ansiedad y depresión por los métodos habituales y sobre bajas por enfermedad a través de los ficheros de la seguridad social noruega. Interesan, sobre todo, las bajas que duran 16 días o más.
El análisis estadístico de los datos demuestra que hay relación de las bajas por enfermedad con la ansiedad y la depresión unidas y con la ansiedad sola y, sin embargo, no existe esa relación con la depresión sola. Ambas enfermedades provocan bajas prolongadas de más de 90 días y, también, episodios repetidos de baja. En resumen, ansiedad y depresión provocan bajas por enfermedad prolongadas y recurrentes y la ansiedad es una causa de baja de gran importancia.
*Knudsen, A.K. y 3 colaboradores. 2012. Common mental disorders and long-term sickness absence in a general working population. The Hordaland Health Study. Acta Psychiatrica Scandinavica DOI:10.1111/j.1600-0447.2012.01902.x
Para mi prima Claudia que el verano pasado afirmó que lo dulce gusta a los niños, lo amargo a los mayores y que, si era necesario, presentaría pruebas científicas para demostrarlo. Claudia, aquí llega la ciencia para apoyarte. Va por ti.
No nos engañemos, el deseo humano por lo dulce alcanza a todas las edades, razas y culturas. Como ejemplo y, en general, se puede afirmar que así será nuestro futuro, nos puede servir Estados Unidos. Adam Drewnowski y su grupo, de la Universidad de Washington en Seattle, nos cuentan como, de la energía que toman de la dieta los estadounidenses, el 15.9% son azúcares en niños de 2 a 5 años y del 18.6% en los de 6 a 11 años. No hay que olvidar que el dulce relaja a los bebés e, incluso, les provoca la sonrisa. Además, tiene efecto analgésico y calma el dolor. Estos azúcares van en refrescos (bebidas dulces) y en leche con sabores. Después de los 11 años, en la adolescencia, sigue el consumo de refrescos y se añaden jarabes, pastelitos, galletas y demás. Después de la adolescencia, en la vida adulta, baja el consumo de azúcar.
En la evolución se ha seleccionado el consumo de alimentos dulces en la infancia como una conducta necesaria para obtener energía y nutrientes esenciales. Los niños nacen poco desarrollados y necesitan crecer y, para ello, los alimentos dulces proporcionan gran cantidad de energía. Es la base biológica de nuestro gusto por lo dulce aunque, quizá, en una sociedad sobrealimentada como la nuestra, ha perdido su importancia.
Pero, como siempre, la base biológica de nuestra conducta es fuerte y la preferencia por lo dulce en los niños sigue vigente. Por ejemplo, Julie Menella y sus colegas del Centro Monell de Sentidos Químicos de Philadelphia, han estudiado el gusto por el dulce y las grasas en niños y en sus madres. Son 84 niños, de5 a10 años, y sus 67 madres, los que eligen las concentraciones de azúcar y grasa en pasteles y de azúcar en agua por el método de la elección entre dos opciones. Además, clasifican los pasteles por su textura, cremosidad y dulzura. Pues bien, los niños prefieren los pasteles más dulces y con menos grasa que sus madres. Ya ven, los niños gustan más del dulce que los adultos.
Un segundo ejemplo sobre el dulce y los niños se puede extraer de los datos obtenidos por el IDEFICS (en inglés, IDentification and prevention of dietary and lifestyle induced health EFects In Children and infantS), un estudio financiado por la Comisión Europea. En la publicación de Lauren Lissner y su grupo, de la Universidad de Gothenburg, en Suecia, nos cuentan que los datos de IDEFICS se obtuvieron entre septiembre de 2007 y junio de 2008 en Italia, Estonia, Chipre, Bélgica, Suecia, Alemania, Hungría y España, con encuestas a niños de 2 a 9 años de edad. En total son 15144, con el 49% de chicas, y de España son 1467 niños.
Los autores relacionan dieta y tiempo ante la televisión. Tienen tres indicadores sobre la televisión: tiempo de los niños viendo la televisión; si ven la televisión durante las comidas; y, finalmente, si tienen televisión en el dormitorio. Cuando ven la tele, el 57.2% de los niños y el 56.5% de las niñas comen algo y prefieren alimentos ricos en grasa y, sobre todo, ricos en azúcar, los dulces en definitiva. También se demuestra que existe una relación estrecha entre los alimentos ricos en azúcar y la obesidad. Ya ven, una conducta seleccionada por la evolución para que nuestras indefensas crías salgan adelante, en nuestra sociedad, se ha convertido en un posible peligro para su salud. Niños, ya sabéis, ver la tele, pero que sea sin dulces.
*Drewnowski, A. y 3 colaboradores. 2012. Sweetness and food preferences. Journal of Nutrition 142: 1142S-1148S.
*Lissner, L. y 16 colaboradores. 2012. Television habits in relation to overweight, diet and taste preferences in European children: the IDEFICS study. European Journal of Epidemiology DOI:10.1007/s10654-012-9718-2
*Menella, J:A., S. Finkbeiner & D.R. Reed. 2012. The proof is in the pudding: children prefer lower fat but higher sugar than do mothers. International Journal of Obesity doi:10.1038/ijo.2012.51
Se preguntarán cuál es el pecado del chocolate. Es fácil: engorda. En una sociedad como la nuestra, tan preocupada por el físico y la salud, cualquier cosa que engorde es pecado. Antes se decía de algunos alimentos que o engordaban o eran pecado. Ahora, quien engorda hace pecar. Y, por el contrario, si conseguimos un chocolate que no engorde pues no será pecado y, de esta manera, comer chocolate no obligará confesión y arrepentimiento. Investigando este asunto tan importante para muchos están Thomas Skelhon y sus colegas de la Universidad de Warwick, en Inglaterra.
El chocolate engorda por las grasas que lleva que provienen de la manteca de cacao y de la leche, si es chocolate con leche, claro está. El chocolate es una emulsión estable formada por azúcar, pasta de cacao y manteca de cacao. Esta última, la manteca de cacao, es la grasa que debemos sustituir en el chocolate si queremos que no engorde. Pues bien, nuestros investigadores de Warwick han conseguido sustituir hasta el 50% de la grasa por zumos de frutas o, incluso, por una disolución en agua de vitamina C. Utilizan la técnica de Pickering para conseguir emulsiones estables entre grasas y disoluciones en agua. Esta técnica consiste en añadir partículas sólidas de tamaño microscópico (silica, chitosan) a la mezcla de grasa y agua, agitar y batir, y conseguir una emulsión estable en la que las partículas de agua no superan los 30 micrómetros (milésima de milímetro). Con esta técnica, el resultado final es un chocolate que, en la boca provoca las mismas sensaciones que cualquier chocolate, con la misma textura y sabor pero con la mitad de grasa.
Los autores prueban su técnica con chocolate blanco, negro y con leche y le añaden zumo de naranja o de arándanos. Así consiguen un chocolate con un cierto sabor afrutado. Cuando añaden la disolución en agua de vitamina C, el chocolate mantiene su sabor habitual. Ya ven, un chocolate con sabor a fruta, por tanto más sano, y la mitad de grasa, o sea, no engorda y, por tanto, no es pecado. Hay que esperar pues los científicos están a la espera de que alguna empresa de fabricación de chocolate se interese por su técnica.
*Skelhon, T.S. y 3 colaboradores. 2012. Quiescent water-in-oil Pickering emulsions as a route toward healthier fruit juice infused chocolate confectionary. Journal of Materials Chemistry DOI:10.1039/C2JM3423313
Eso de hacer varias cosas a la vez, que ahora se denomina multitarea, no es algo nuevo para nuestra especie. Siempre hemos sido capaces de cumplir con ello, algunos con más habilidad, otros son más torpes, y unos pocos son más bien incapaces. Sin embargo, la saturación de estímulos y la acumulación de nuevas tecnologías que, además, se nos presentan a menudo en el mismo aparato, han convertido la multitarea en asunto de moda o, como se dice ahora, en una tendencia clave, sobre todo entre los jóvenes. Así, nos cuentan Zheng Wang y John Tchernev, de la Universidad estatal de Ohio en Columbus, que el 73% de los adolescentes hacen otra cosa mientras escuchan música, y lo mismo ocurre con el 68% cuando ven la televisión, con el 66% mientras están ante el ordenador y con el 53% mientras leen.
Es curioso, pero nos dicen Wang y Tchernev que, según se extiende esta multitarea de alta tecnología, también aumentan las investigaciones que demuestran que perjudica el rendimiento y la eficacia en las tareas que se realicen. Por ejemplo, los estudiantes que leen un libro de texto y, a la vez, chatean con el ordenador, tardan un 21% más que los alumnos que solo leen. Y cualquiera es capaz de entender que esto sea así. Otro ejemplo es los problemas que plantea conducir un vehiculo y hablar por el móvil. Es obvio que quien hace multitarea se ve distraído de todas las tareas que realiza por las otras tareas que está haciendo simultáneamente.
Nuestros investigadores van a estudiar la multitarea en 19 universitarios, de ellos 13 mujeres, con una edad media de 21.1 años. Escribirán un diario con las tareas que van realizando durante cuatro semanas. Apuntarán los datos en un móvil y las envían al laboratorio tres veces al día. Las tareas a explorar son el ordenador, la radio, el material impreso, la televisión y el móvil, y también deben anotar cómo los usan y por qué. Y, además, deben indicar cómo se sienten cuando realizan estas tareas.
El análisis de los datos demuestra que los voluntarios se sienten muy bien cuando hacen multitarea a pesar de que es indudable que perjudica su rendimiento. Nos puede servir como ejemplo otro trabajo muy sencillo, con 32 estudiantes de 20 a 22 años, en el que Wang los pone ante un ordenador a realizar una tarea de tipo visual. Si, mientras cumplen con la tarea, intercambian mensajes vía ordenador con un amigo, su rendimiento baja nada menos que un 50%. Si el intercambio es con voz, la tarea se resiente en un 30%. Y, en este experimento, la eficacia se mide y cuantifica con facilidad a través de las respuestas correctas e incorrectas de la tarea visual.
Pero, a pesar de todo lo dicho, ya he mencionado que quien hace multitarea se siente bien, se siente recompensado emocionalmente y, por ello, tiende a considerar la multitarea como algo positivo y eficaz. Y cuesta que cambie de opinión. Otro ejemplo es el de quien está estudiando y, a la vez, viendo una película en le televisión; al acabar, se sentirá bien pues se ha aburrido menos que si solo hubiera estudiado pero, es indudable, que el rendimiento en el estudio será peor.
En conclusión, lo que da buena fama a la multitarea es la gratificación que supone para el que la realiza, aunque no seamos conscientes de que esa misma gratificación oculta que hemos realizado peor las tareas implicadas. Creemos y queremos creer que somos más productivos y eficaces cuando, en realidad, lo que ocurre es que nos sentimos mejor.
*Wang, Z. & J.M. Tchernev. 2012. The “myth” of media multitasking: Reciprocal dynamics of media multitasking, personal needs, and gratifications. Journal of Communication doi:10.1111/j.1460-2466.2012.01641.x
*Wang, Z. y 6 colaboradores. 2012. Behavioral performance and visual attention in Communications multitasking: A comparison between instant messaging and online voice chat. Computers in Human Behavior 28: 968-975.
El esperma no va bien. En todo el mundo o, por lo menos, donde se ha investigado su calidad. Por ejemplo, en Israel. El esperma israelí se está echando a perder, y no se sabe por qué. Así lo cuentan Ronit Hainlov-Kochman y sus colegas del Centro Médico de la Universidad Hebrea-Hadassah de Jerusalén. Ellos nos avisan de que esta pérdida de calidad parece una tendencia global, con estudios concretos con parecidos resultados en Dinamarca, Noruega, Francia o Gran Bretaña, incluyendo un meta-análisis de los publicado hasta ahora que confirma el deterioro del esperma.
En Israel, las estrictas condiciones que debe cumplir una donación de esperma para merecer la congelación y ser conservada eran, entre 1995 y 2003, que el volumen del semen fuera superior a 2 mililitros, que la concentración de espermatozoides fuera superior a 70 millones por mililitro, y que el porcentaje de movilidad superara el 70%. Visto lo que estaba ocurriendo con la tendencia al deterioro, en 2004 se relajaron dos de estas normas y quedó que la concentración superara los 50 millones por mililitro y la movilidad superara el 60%.
Su grupo trabajó con 58 donantes de semen, con edades de 20 a 37 años y edad media de 25.2 años. Todos eran caucásicos, vivían en Jerusalén y alrededores y donaron el semen entre 1995 y 2009.
Los datos revelan que, a pesar de la relajación de criterios de 2004, cada vez se rechazan más donaciones y, en la actualidad, el 38% se queda fuera. Es más, si se aplicasen ahora los criterios de 1995, el 88% del semen se rechazaría. La concentración de espermatozoides ha caído, entre 1995 y 2009, de 106 a 68 millones por mililitro, es decir, un 64%, y la movilidad desde el 79% al 66%.
Los autores concluyen que estos resultados son alarmantes y que, si no cambia la tendencia, pronto habrá que suspender las donaciones de semen y cerrar los centros de fertilidad. Y ya lo he comentado, no se conoce la causa. Ni la edad del donante, ni el lugar donde nació, ni la duración de la abstinencia antes de la donación ni la época del año en que se hace influyen en la calidad del semen. Queda mucho por hacer.
*Haimov-Kochman, R. y 7 colaboradores. 2012. Is the quality of donated semen deteriorating? Findings from a 15 year longitudinal analysis of weekly sperm samples.IsraelMedical Association Journal 14: 372-377.
Ya se sabe que hombres y mujeres, si pueden elegir, siguen dietas diferentes. Cada sexo tiene su propia conducta alimentaria y su versión de dieta preferida y saludable. En general, los hombres tienden más a la carne y a los dulces y las mujeres a las verduras, las frutas y el pescado. Por otra parte, en general y en nuestra cultura, los hombres ni compran ni cocinan los alimentos y se preocupan menos de seguir una dieta saludable que las mujeres y, en concreto, que su pareja. Si damos la vuelta a lo dicho, esto parece significar que, en una pareja, es la mujer la que decide qué es lo que come el marido. Y esto es lo que han investigado Julie Ober Allen y sus colegas de la Universidad de Michigan en Ann Arbor. Además, han tratado de averiguar qué es lo que opina el hombre sobre esto de que su dieta la marque su mujer.
Los voluntarios son 83 afroamericanos, todos hombres, de tres zonas urbanas de Michigan (Flint, Ypsilanti y Detroit), con una edad media de 56.7 años y un rango de 32 a 82 años. El 62.5% está casado y el 18.8% tiene pareja aunque sin matrimonio. Entre julio de 2008 y febrero de 2010, asisten a cursos sobre dietas saludables y forman grupos en los que charlan, relajadamente, sobre lo que comen habitualmente.
Cuentan lo que Julie Allen ya había planteado como hipótesis de su investigación. Son las mujeres las que deciden lo que se come en el hogar, muy a menudo por encima de las preferencias de su pareja. Incluso marcan lo que se come aunque no sean ellas las que cocinen aunque, casi siempre, son las cocineras; después de todo, los hombres admiten que si cocinan ellos, la dieta es menos saludable. En conclusión, es la mujer la que dispone la dieta del marido.
Sin embargo, y aunque el hombre a veces se queje de esta situación, también admite que su dieta es más saludable y está mejor cocinada si todo lo hace su mujer, a pesar de que se queje de no ser consultado. Y, sobre todo, los hombres aseguran que siempre colocan la armonía de la pareja por encima de la dieta, sea esta la que sea. Es curioso que los voluntarios afirmen que tienen más libertad para elegir su comida si comen fuera de casa, incluso aunque esté con ellos su mujer.
*Allen, J.O., D.M. Griffith & H.C. Gaines. 2012. “She looks out for meals, period”: African American men’s perceptions of how their wives influence their eating behaviour and dietary health. Health Psychology DOI:10.1037/a0028361
Según el Diccionario de la Lengua, altruismo es “diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio”. A pesar de lo que somos y de lo que la evolución ha hecho de nosotros, que viene a ser lo mismo, y del darwinismo y de la lucha por la vida y de la supervivencia del más apto, somos altruistas, algo tan opuesto al egoísmo de la selección natural que sorprende. Y, sin embargo, el altruismo también es un producto de la selección natural, de la evolución.
Tal como escriben Jo Holland y su equipo del Colegio Universitario de Londres, desde la ciencia, la conducta altruista, por supuesto que hacia personas con las que no existe relación directa o cercana, es oportuna para el que la hace pues espera reciprocidad en el futuro, aumenta su reputación en el grupo o beneficia a su gente o a el mismo indirectamente, por ejemplo, por la transmisión de genes como los suyos a través de los individuos a los que ayuda. Además, estas causas que provocan el altruismo, que son propuestas de expertos en el tema, no tienen porque ser conscientes para el que es altruista. El nivel del altruismo dentro del grupo también se ve influido por condiciones externas y, de esta manera, en un entorno rico y seguro, sin problemas graves, quizá haya más altruismo que entre la pobreza y la inseguridad. Este es el objetivo de la investigación de Holland que, además, va a utilizar el curioso método de la carta perdida.
Es sencillo: tiran al suelo 300 sobres franqueados y dirigidos a los autores de la investigación en sus domicilios particulares. Dejan las cartas los días sin lluvia, con la dirección y el franqueo hacia arriba y en 20 barrios de la ciudad, con 15 cartas por barrio, elegidos por la media de ingresos de sus habitantes y su nivel de pobreza. Para devolver las cartas únicamente hay que echarlas a un buzón de correos.
Pues bien, en los barrios más ricos se devuelven más cartas, nada menos que el 87% frente al 37% de los barrios más pobres. O, dicho de otra manera, una carta perdida en un barrio pobre tiene más del 90% de probabilidades de no ser devuelta. Es obvio que el altruismo depende del entorno, aunque quizá no de la manera que esperábamos.
Sin embargo, no es tan sencillo como para afirmar que el altruismo depende solo del entorno. Como afirman Yosuke Morishima y sus colegas, de la Universidad de Zurich, en Suiza, si hay algo que caracteriza al altruismo es la variabilidad individual. Quien es completamente egoísta y otros, por el contrario, son altruistas en su conducta de cada día. Para averiguar si estas variaciones entre individuos tienen alguna base morfológica en la estructura del cerebro, Morishima trabaja con 30 voluntarios, de ellos 17 son mujeres, con edades de 19 a 37 años y una edad media de 23.3 años. Pasan por dos juegos de ordenador que sirven para detectar su conducta egoísta o altruista y, después, se someten a un escáner cerebral.
Morishima encuentra que el volumen de sustancia gris (zona del cerebro con neuronas) en la unión entre lóbulos temporal y parietal del hemisferio derecho del cerebro tiene relación con la profundidad de la conducta altruista de los voluntarios. A más sustancia gris, más altruismo, incluso aunque las condiciones del entorno no animen a ello. Por lo tanto, el altruismo influyen el entorno y la estructura del cerebro.
Bien, ya hemos visto que el altruismo cambia con el entorno y funciona a través de estructuras cerebrales concretas. Y antes mencionaba que las propuestas que se han hecho para la utilidad del altruismo para el que lo practica van de la espera de reciprocidad y la mejora de la reputación en el grupo hasta el beneficio, aunque no sea directo, del propio altruista. Un caso concreto de conseguir ventajas evolutivas para transmitir los genes propios es el que han investigado Tim Phillips y su grupo, de la Universidad de Nottingham, en Inglaterra. Sospechan, e intentan demostrarlo, que la conducta altruista es importante en la elección de pareja y, por tanto, influye en la selección sexual y en la evolución de nuestra especie. Y, por supuesto y en consecuencia, si esto es así también supone que el altruismo se transmite a la descendencia.
Tim Phillips desarrolla una encuesta y una escala cuantitativa de la conducta altruista y se la pasa a 170 parejas con una edad media de 57.9 años. Los resultados revelan que, cuanto más altruista se considera un miembro de la pareja, más busca la misma característica en el otro. Además, son sobre todo las mujeres las que buscan parejas altruistas. Phillips obtiene los mismos resultados cuando pasa su encuesta a 398 universitarios, con un 47% de mujeres y una edad media de 19.4 años. Ambos sexos tienen muy en cuenta las conductas altruistas aunque, como ocurría con el grupo de más edad, las que más lo hacen son las mujeres.
Los autores proponen que esta búsqueda de altruismo en la elección de pareja, sobre todo en las mujeres, tiene que ver con la dedicación necesaria en la pareja humana para la atención a la descendencia pues las crías de nuestra especie nacen muy poco desarrolladas y necesitan muchos cuidados y tiempo hasta que maduran. El altruismo es un buen síntoma de que se van a cubrir esas necesidades.
*Holland, J., A.S. Silva & R. Mace. 2012. Lost letter measure of variation in altruistic behaviour in 20 neighbourhoods. PLoS one 7: e43294
*Morishima, Y. y 4 colaboradores. 2012. Linking brain structure and activation in temporoparietal junction explain the neurobiology of human altruism. Neuron 7573-79.
*Phillips, T. y 3 colaboradores. 2008. Do humans prefer altruistic mates? Testing a link between sexual selection and altruism towards non-relatives. British Journal of Psychology 99: 555-572.
Es creencia general que cuando alguien deja de fumar, engorda. Incluso hay quien no deja de fumar o, si lo dejó, vuelve a fumar para evitar esos kilos de más. Henri Jean Aubin y sus colegas, del Hospital Paul Brousse de París, nos cuentan que, como media, los fumadores pesan menos que los no fumadores, y los que dejaron de fumar hace poco tiempo pesan más que los fumadores y que los que no fuman. O, y es otro dato, los adolescentes que se han iniciado en el tabaco pesan menos que los que no fuman. La nicotina disminuye el apetito y, por eso, cuando se deja de fumar quedan el “mono” y el hambre. Aubin y su equipo van a hacer un meta-análisis de lo que se ha publicado hasta ahora sobre el aumento de peso al dejar de fumar.
Para la selección de estudios a revisar ponen varias condiciones. La primera es que la abstinencia de tabaco supere los 12 meses. La segunda es que los voluntarios analizados no hayan seguido ningún tratamiento farmacológico para dejar de fumar. Después de revisar la bibliografía hasta 2011, los autores encuentran 62 trabajos que cumplen estas condiciones y siguen los criterios de la investigación científica.
Una vez completado el meta-análisis, los resultados indican que, un mes después de dejar de fumar, como media se ha engordado 1.12 kilos; a los dos meses, son 2.26 kilos; a los tres meses, 2.85 kilos; a los seis meses, 4.23 kilos; y a los 12 meses, 4.67 kilos. Ya ven, en un año y como media, dejar de fumar engorda casi 5 kilos.
Pero no es tan sencillo pues el 16% de los que dejan de fumar no engordan sino que adelgazan. Sin embargo, el 37% gana menos de 5 kilos; el 34% entre 5 y 10 kilos; y el 13% más de 10 kilos.
*Aubin, H.-J. y 4 colaboradores. 2012. Weight gain in smokers alter quitting cigarettes: meta-analysis. British Medical Journal 345: e4434

