(Francisco) ¡Ay!


Texto completo del videomensaje del Papa en las beatificaciones de Tarragona (13.10.2013)
“Queridos hermanos y hermanas, buenos días
Me uno de corazón a todos los participantes en la celebración, que tiene lugar en Tarragona, en la que un gran número de Pastores, personas consagradas y fieles laicos son proclamados Beatos mártires.¿Quiénes son los mártires? Son cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquel «amar hasta el extremo» que llevó a Jesús a la Cruz.

No existe el amor por entregas, el amor en porciones. El amor total: y cuando se ama, se ama hasta el extremo. En la Cruz, Jesús ha sentido el peso de la muerte, el peso del pecado, pero se confió enteramente al Padre, y ha perdonado. Apenas pronunció palabras, pero entregó la vida. Cristo nos “primerea” en el amor; los mártires lo han imitado en el amor hasta el final.
Dicen los Santos Padres: ¡«Imitemos a los mártires»!.

Siempre hay que morir un poco para salir de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, de nuestro bienestar, de nuestra pereza, de nuestras tristezas, y abrirnos a Dios, a los demás, especialmente a los que más necesitan. Imploremos la intercesión de los mártires para ser cristianos concretos, cristianos con obras y no de palabras; para no ser cristianos mediocres, cristianos barnizados de cristianismo pero sin sustancia, ellos no eran barnizados eran cristianos hasta el final, pidámosle su ayuda para mantener firme la fe, aunque haya dificultades, y seamos así fermento de esperanza y artífices de hermandad y solidaridad.
Y les pido que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide”.

Las beatificaciones, ni el momento ni el modo

La Iglesia no puede elegir pastoralmente los significados de algo con su exclusiva medida de fe. Pensando todo como mediación evangelizadora del Reino, – por ejemplo, las beatificaciones de Tarragona -, es imposible abstraer los caminos de la fe de su significado social. El fruto evangelizador que se saca de esto, – según mi conciencia y consciencia -, es muy deficiente. Yo no tengo un familiar entre ellos, – creo -, pero tampoco es esto lo que desearía para él, y menos ahora y así. Preferiría sacrificar esa memoria justa a los fines superiores de la evangelización de una sociedad tan crispada como la española. Yo creo que el Evangelio va por otro

lado. Y la Iglesia española más conocida tampoco está para reclamar que se le interprete sólo religiosamente en este acto de beatificaciones. Cada uno es hijo de su trayectoria vital, y mártires, unos, víctimas tantos otros, es imposible librar esta celebración de su significado también social y político. No la comparto.

Beatificaciones en Tarragona

No entiendo esta “celebración”. Es de esos días en que uno está en la iglesia (con minúscula) como quien se ha subido a una patera y ya no queda más que océano alrededor, (desesperado). Yo espero que Francisco no intervenga vía satélite o que lo haga para negar la mayor. ¡Nunca más así! Yo espero, pero “poco”.

A Miguel Ángel Blanco

12 de Julio de 2013, dieciséis años después del asesinato de Miguel Ángel Blanco

Aquel día de Julio fue único
Para todos, … para ti
Fue algo terrible
Nos mirábamos sin hablar
Justo las palabras imprescindibles
Conteniendo la respiración.

Aquel día no fue un día, sino una eternidad,
Una solitaria eternidad, vivida en el aire
Esperando en vilo
Creyendo interiormente que no serían capaces.

Qué ingenuos fuimos, qué ingenuos éramos
Por humanidad, nos decíamos
Seguro que por humanidad
Al menos por humanidad, no lo harán.
Por los suyos, por la dignidad futura de los que los aman en sus casas
Siquiera por eso, no lo harán
Y lo hicieron, te asesinaron

Llevábamos años contra ellos, pero…
Allí perdimos lo que nos quedaba de esperanza
No eran capaces de humanidad
No eran capaces ni en las situaciones más extremas
No eran capaces de humanidad

Y así, hasta hoy
De esto se trata, de recuperar la humanidad
No eran capaces
¿Cuándo lo serán?

Cuando te recuerden y te digan, ¡perdón,
mil veces perdón por lo imperdonable!
Para vivir, ¿tú?
No, para vivir nosotros
¿Cuándo lo serán?
J. Ignacio Calleja (Vitoria-Gasteiz)

La última encíclica de Benedicto XVI: Lumen fidei


Lumen fidei: teología de una Fe cristiana, falta de Encarnación

Me gusta acoger las encíclicas con un comentario amplio y personal; pura libertad, no porque suponga que mi palabra sea necesaria. Y lo haré en cuanto pueda. La Lumen fidei es una encíclica de Benedicto XVI. Es de su exclusiva competencia intelectual y teológica. Esto no es un juicio de estilo sino una constatación. Yo no sé si Francisco va a decir doctrinalmente las cosas de otro modo más encarnado y pastoral. Supongo que sí. Pero no creo que las esperanzas sobre el papa Francisco sean doctrinales, sino de gobierno, pastorales y sociales. Las mías, al menos.

Lumen fidei representa la teología de la fe típicamente universitaria y culta, pero idealista y desencarnada. Una interpelación a la modernidad ilustrada y postulándose como su complemento natural para salvarla. Para salvarla de su vacío de sentido, que no de su injusticia social absoluta. Bien asentada en la teología bíblica y sistemática europea postvaticana, – neoescolástica moderada -, hace una recepción muy insuficiente del valor salvífico de la historia humana de la justicia, porque propone el Dios de Jesús sin pasar por la vida del Jesús de Dios. Y así, la sacramentalidad de la historia, de los empeños liberadores, de la primacía de los más pobres, de la lucha por la justicia desde ellos y con ellos, del sufrimiento injusto a manos de otros humanos, del pecado estructural, del mismo Dios que en Jesús, – no sólo muere, sino que lo matan por ambición y poder de los humanos más poderosos,… -, todo esto se le escapa. (De hecho, creo que no utiliza, – lo digo con un creo, por si se me ha colado -, el concepto pobres, víctimas o pecados de injusticia en todo el texto).

Teología neoclásica, – con componentes bíblicos y espirituales muy logrados y hermosos -, pero que no escapa, – ni lo pretende -, a una concepción de la vida y la historia humanas como tránsito coyuntural para alcanzar el verdadero destino humano. Veo al fondo, a San Agustín convertido, en todo su esplendor. Una oportunidad para glorificar a Dios, un quehacer casi menor para alcanzar nuestro verdadero destino junto a Dios. Es lógico así, que la Historia de la Salvación, “ya sí – todavía no”, – en la que Dios trajina la salvación con los ingredientes de la historia entera, a partir de la dignidad de la víctimas y de su sufrimiento más injusto -, esta fe agustiniana y neoplatónica de Lumen fidei no la contemple. Así, la vida humana y social, la historia cotidiana es un asunto derivado y externo a la sustancia de la fe. No prescindible, pero sí, subordinado.

Todo se juega en una la fe, bien pensada y creída con la Iglesia y su Magisterio, celebrada y realizada en los Sacramentos, alimentada en Oración, practicada en una vida personal y familiar santa. Lógicamente el mundo, por esta fe, está llamado a ser mejor y así debemos hacerlo. Pero ese mundo, en su injusticia más absoluta, no cuestiona qué significa esa fe, ese Credo, esos Sacramentos, esa Familia, esa Justicia, ese Sufrimiento humano. Ellos no se sienten cuestionados. Saben de su significado sin contar con ese factor de la historia.

La fe se define desde sí misma en Lumen fidei, – a mi juicio insuficientemente -, porque el Dios de Jesús no cobra claridad desde el Jesús de Dios, y el mundo real no cobra claridad desde la dignidad de las víctimas de la injusticia a manos de otros humanos poderosos. Y así no es posible darle a la Fe cristiana todo su significado de Encarnación. Queremos llegar al cielo apenas sin pasar por la tierra, y eso no es posible más que en la caverna de Platón. Francisco, tenemos tarea.

De desbordamientos sociales


Crisi sociale in Spagna:
la Chiesa oltre l’azione caritativa

Caro direttore,

mi sono subito accorto che stavo per intitolare questi pochi appunti
di impronta morale in un modo che suonava a mia discolpa: «Sono un
teorico, ma…». Chiedendomi perché, istintivamente, volessi cominciare
così questo testo, mi sono reso conto che negli ambienti cristiani
si è diffusa l’idea che quello che importa è la carità concreta, e che tutto
il resto è «troppo teorico». Si è diffusa troppo. Mi azzardo a dire che
è un luogo comune assai banale pensare che quel che importa è agire
con larghezza di mezzi nei casi più gravi, e che parlare non porta da
nessuna parte. Non sono certamente d’accordo con questa idea. In primo
luogo, occorre vedere come da parte di ciascuno di noi si esercita
l’impegno concreto. E siccome nella carità anche il poco è meglio che il
niente, il presupposto che i «teorici» non praticano né si compromettono
con le realtà concrete è un altro luogo comune, una semplificazione.
È ovvio che nessuno se ne esce su Internet a dire quello che fa e quello
che non fa. Bisogna fare attenzione a questi pregiudizi verso le idee che
ci «spiazzano». Tutti dobbiamo fare attenzione ai luoghi comuni. Che
non abbiamo tempo per le idee, è un’idea inaccettabile.
Ma in questo caso vorrei fare un passaggio ulteriore. Sono convinto
che non si stia affiancando l’azione caritativa della Chiesa spagnola
con un lavoro di presa di coscienza a livello sociale e di seria denuncia
delle situazioni di ingiustizia sociale. Intendo per azione caritativa della
Chiesa sia quella organizzata e resa pubblica, sia quella particolare, o
frutto della libera iniziativa di gruppi cristiani. Ha ragione la gente che
si lamenta che la Chiesa spagnola non è, a livello di riflessione, all’altezza
della situazione sociale in cui ci troviamo. Si sta comportando dignitosamente
quanto alla carità attiva, ma non sta favorendo alcuna presa
di coscienza, né attivando in tal senso una riflessione critica (teologica)
sul piano della fede, né denunciando quello che succede con quella
radicalità che viene dal dolore, il proprio e quello dell’altro. Di sicuro
non la sentiamo così vicina come ci aspetteremmo nel nostro momento
peggiore (attenti, non sono masochista, ma la verità è questa).
La gerarchia della Chiesa spagnola non è oggi molto presente nel
dibattito pubblico, probabilmente perché i suoi vertici che più abitualmente
si espongono sui media sono stati presi in contropiede dall’esigenza
che la Chiesa assuma un ruolo in una crisi sociale di questa portata.
Credevano che tutto si giocasse nell’ambito della secolarizzazione della
cultura e si trovano davanti le «buone famiglie» senza un lavoro decente
di cui vivere; credevano che il cattolicesimo dovesse giocarsi tutte le
sue carte sulla scuola e sulla bioetica, e si trovano la miseria che minaccia
la vita della gente per bene. Credevano che tutto consistesse nel
ricomporre l’identità spirituale della Chiesa spagnola e cápita che la
gente rivendichi dalla fede in Gesù il pane condiviso, il diritto e la giustizia.
Lo so che le cose della fede hanno molte facce, non solo quella
sociale, ma ci siamo capiti. In questa situazione la Chiesa spagnola più
nota in pubblico ha cercato di comprendere la crisi – e in parte continua
a farlo – come crisi culturale, religiosa ed etica, ma ancora una volta
le più aspre ingiustizie sociali bussano alla sua porta e la gente chiede
conto della fede nell’incarnazione e nel Regno di giustizia e di carità. Di
conseguenza, è chiaro che sì, la crisi è etica, ma non solo: è politica, ed è
sociale, ed è materiale, e ha a che fare con la giustizia. Non ci si può rifugiare
nell’etica e poi trascurare la giustizia sociale. Creare lavoro non
fa immediatamente parte del vostro compito, ma fa parte della vostra
responsabilità riflettere, suscitare una presa di coscienza, denunciare
e agire a partire dalla fede nel senso della giustizia sociale. E se non lo
fate, la carità stessa traballa.
Neppure la teologia spagnola si sta muovendo all’altezza delle esigenze
della crisi quanto a riflessione, presa di coscienza e denuncia. Si
sono levate molte voci – come non riconoscerlo –, ma non riusciamo a
mettere insieme una forte corrente d’opinione teologica che faccia sentire
la gerarchia particolarmente interpellata e aiutata, e – rispetto alla più
vasta comunità – sostenuta nel dare alla propria presenza caritativa
una svolta sociale. La teologia sta continuando per la sua strada – come
se dire qualcosa in pubblico di teologico sulla crisi e sulla disumanità che
l’accompagna toccasse solo a qualche moralista o pastoralista, mentre
gli altri teologi stanno dietro alle loro cose. C’è un’enorme difficoltà
a inserire la dimensione straordinaria dell’ingiustizia all’interno della
fede pensata e ragionata. Restiamo prigionieri del presupposto che la
giustizia e l’amore sociale sono conseguenti alla fede, ma non le sono
essenziali. In altre parole, la teologia continua a non considerare «i
più poveri e vulnerabili della vita» un’esperienza personale e sociale
fondamentale per dire di quale Dio, quale Regno, quale Chiesa, quale
Messia, quale salvezza, quale fede stiamo parlando.
Propongo, pertanto, di costruire una forte corrente d’opinione teologica
che doti di una chiara riflessione, presa di coscienza e denuncia sociale
l’azione caritativa dei cristiani – siamo tutti cristiani – davanti alla crisi,
e interpelli con maggiore chiarezza la responsabilità che i pastori portano,
oggi, in termini di giustizia sociale. O non sarà che, se si parla di
giustizia sociale e non solo di carità, abbiamo paura che la comunità si
divida, ai vertici e alla base? Perché, come è noto, non possiamo servire
Dio e il denaro.

Vitoria-Gasteiz (Paesi Baschi, Spagna), maggio 2013.
José Ignacio Calleja,
teologo morale sociale

334 I l R e g n o – a t t u a l I t à 1 0 / 2 0 1 3

“La situación normal de un hombre justo, en una sociedad injusta, es…”

“Un segundo de especulación puede tirar por el suelo el trabajo de 10 años de entidades como Cáritas. De hecho lo hace”.

Lo sabía, pero al recordármelo un profesor de una Universidad del Sur, me ha impresionado. Y lo ha hecho moralmente, – qué barbaridad -; y socialmente, – ignorar este hecho arruina la mejor acción social de caridad -. Hablo desde el cristianismo.

Lo mismo vale decir del movimiento social más laico en la lucha por la justicia. La causa humana es la misma. Varía la percepción o vivencia íntima del fundamento, – religiosa o/y laica según el caso -; y varía que la fe multiplica los motivos para el don y la gratuidad en la entrega humanitaria; – esto, en principio; que luego está la psicología y la fortaleza interior de cada uno para llegar o no tan lejos como quisiera -.

Cuando en el 2001, – tras estallar la burbuja tecnológica en Wall Street -, se permitió la especulación con los Alimentos en la Bolsa de Materias Primas de Chicago, el arroz, el trigo, el maíz o el cacao se convierten en los nuevos valores refugio del dinero. En poco tiempo, los precios de los alimentos más imprescindibles se duplicaron, y de 800 millones de hambrientos pasamos a tener mil millones, y de mil millones a …

No sé, quizá ese profesor de una Universidad del Sur tenga razón cuando recuerda a Gandhi en este aserto, “la situación de un hombre justo en una sociedad injusta es la cárcel”. ¡Caray con Gandhi!, ¿no? (Ya supongo a alguno recordando a Otegui. Algo hay, algo hay).

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(Cfr., para acercarse al tema, Felipe L. ARANGUREN, El negocio del hambre. La especulación con alimentos, Barcelona, Icaria, 2012. Si hace años las causas del hambre y la desnutrición eran el subdesarrollo y los desastres naturales, hoy está cada vez más claro que las raíces de este desajuste mortal hay que buscarlas en políticas globales: la introducción de la especulación financiera en el mercado mundial de los alimentos básicos, el cultivo de biocombustibles, el acaparamiento de tierra…, etc. Dicho queda).
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Buenas noches

El Correo de hoy, ¡vaya portada!

Me sorprende mucho esta portada de El Correo de hoy, martes, 4 de Junio. Es difícil pensar en qué mérito habría de concurrir en uno de nosotros para ocuparla asi.

Quizá recibir el nobel, terminar con la crisis, descubrir un fármaco maravilloso… No lo sé.

Y no es que aspire a ocupar las portadas de los diarios, pero sí que me hace pensar lo que veo y en quiénes las ocupan.

Tienes que matar a alguien a lo bestia, – el terror en todas su formas -, para que te concedan una portada.

Sólo hay otra camino para la gente de bien, “meter un gol que dé un título al equipo de tu ciudad”.

¡Caray con la sociedad ilustrada, la de “la salida del ser humano de su culpable minoría de edad, … de su incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la tutela de otro”!

En la crisis, los partidos políticos, y así, son un poblema añadido

(Para pensarlo)

“En las reuniones de las agrupaciones (de los partidos políticos) casi todos los militantes que asisten tienen un cargo público o han conseguido su trabajo gracias al partido”.

“Así las cosas y con el tiempo, a base de cooptación reiterada, se ha consolidado en España una casta —la llamada “clase política”— de personas que deben su cargo o su empleo al favor político. Esta casta abarca desde conserjes hasta las más altas magistraturas colegiadas del Estado, pasando por los miles y miles de empleados públicos de la Administración central, CC. AA. y CC. LL., nombrados inicialmente a dedo, y consolidados con posterioridad mediante discutibles procesos de funcionarización, por no hablar de la miríada de organismos que se han creado con la finalidad de pagar nóminas y repartir dietas”.

“Unas 300.000 personas sería una estimación prudente del tamaño de un colectivo que ha acabado replicando las características del caciquismo español tradicional. De este modo se configura una élite extractiva que, como todas ellas, resiste ferozmente a todo cambio que pueda acabar afectando al statu quo, aunque sea de manera indirecta…. la clase política española no es capaz de articular respuestas creíbles a la crisis, porque todas las respuestas requieren reformas profundas que afectan a su interés particular.

“Nuestro sistema de partidos políticos está diseñado para conseguir la estabilidad a toda costa… El diseño español actual es una anomalía histórica y geográfica que obstaculiza la salida de la crisis. Hay que cambiarlo ya”. (César Molinas y Elisa de la Nuez).

Cristianos y anticapitalistas, ¿cómo no?

Leyendo a cristianos y cristianas que admiro, me acerco con gusto a sus palabras más interpelantes, y a fe que proponen una denuncia de la realidad social muy viva y clara. Por su fondo espiritual y evangélico, y por su forma directa y comprometida, están resonando voces de calidad en el catolicismo social español. Vienen de la tercera o cuarta fila, incluso de las filas del fondo, – casi nunca de la primera -, pero llegan nítidas y cada vez más directas. Ante ellas me encuentro conmovido e interpelado, y casi siempre socialmente superado. Lo digo como es, porque tengo ojos para mirar y ver. No me preocupa no ser el primero en la frontera social, sino no estar a tiempo y con alguna eficacia donde las víctimas nos reclaman.

Con ánimo de sumar e impulsar este diálogo moral y social en la Iglesia, me pregunto muchas veces, – y lo reproduzco aquí -, por qué defiendo un cierto liberalismo social o un cierto socialismo liberal, – según se mire la idea-, como propuesta todavía digna para una vida pública justa; por qué mantengo esta idea si hay otras por lo menos igual de legítimas en el cristianismo, y desde luego más contundentes contra la injusticia capitalista y con las víctimas.

Y, sin embargo, la veo como una propuesta social necesaria; ciertamente, de paso hacia otras más radicales, pero un escalón necesario en la historia real de nuestros pueblos. Y mi razón, la muestro desde el principio. Doy mucha importancia a ir de la mano en lo social con los más posibles y, por tanto, facilitando tejer redes de caridad social y alianzas de justicia social con ellos. Pienso en los cristinos, pero vale igualmente para la sociedad civil. En el fondo, se trata de no romper demasiado pronto con casi todos, – de convertirlos por casi nada en nuestros enemigos sociales, por causa de la mínima diferencia cristiana o laica -, y así hacer imposible una mayoría social por los derechos de los más pobres del mundo. Hablo de una ortodoxia flexible y sabia en la vida civil, y tambien en la lucha social de los cristianos: en su caridad y en su compromiso por la justicia. Avanzar siempre con los más posibles, ya que no con todos, ¡ojo!, porque no pocos son irrecuperables en su riqueza y poder. Para ellos, convertirse es transformar su existencia material y política a la justicia.

Una y otra vez repienso con inquietud esta opción social tan prudente, – lo repito -, al ver que en la vida cotidiana se multiplican las razones que exigirían prima facie alternativas políticas y sociales más rotundas e inmediatas en su identidad transformadora. Por tales razones, pienso en la crisis general del capitalismo neoliberal, anclado a una lógica economicista e instrumental en todas las direcciones y fines; y pienso en todas las víctimas que esta economía neoliberal provoca con su gestión economicida y sin remedio en los diversos pueblos de la tierra; y pienso en las víctimas de tantos lugares cuya situación sólo entendemos cuando somos nosotros quienes la padecemos; y recuerdo a los adalides del pensamiento social cristiano, – al modo de Ricardo Alberdi -, que mostraron muy bien, – y lo comparto -, por qué el capitalismo es incompatible con el cristianismo; como moral y como religión, el cristianismo es incompatible con el capitalismo real e histórico, – decía Alberdi -, porque obedece a una lógica tan clara como inevitable: la que persigue el máximo beneficio monetario posible y su privatización extrema por pocos frente a casi todos; y, además, ¡a cualquier precio!; lo que dictan los mercados de dinero, frente a las personas, las culturas, la tierra y la familia humana, – decimos hoy -. Es la cosificación de la vida social y de las personas, y de ese modo, – cabe concluir -, es imposible hacer comunidad, proponerse la justicia, y creer en Dios. El Dinero es Dios de sí mismo, y no admite a ningún otro a su lado, – sugería también Ricardo Alberdi -. Merece la pena volver sobre sus textos y ver cómo trataba la cuestión del capitalismo de un modo que parecía extraño a la ciencia económica, “razones cristianas para el rechazo del capitalismo”; releyéndolos, uno comprende qué hay al fondo del único capitalismo realmente existente.

Todos sabemos que la doctrina social de la Iglesia a menudo ha desarrollado la idea de diferenciar capitalismos y capitalismos, para decir que alguno sí es compatible con el cristianismo. Cuando la más reciente enseñanza social de la Iglesia ha querido decir cuál sí y cuál no, – al describirlos -, ¿qué ha ocurrido? Que ese capitalismo que puede ser compatible, – si por capitalismo entendemos… pero si por capitalismo entendemos -, no existe, ni ha existido, y para existir en el futuro, exige un control social de la Propiedad, del Mercado, del Estado y de la Información, que ya es otra cosa que el capitalismo. No sé cual, – yo lo llamo, liberalismo social o socialismo liberal -, pero es otra cosa. David Schweickart lo ha mostrado. Una sociedad con mercado es posible, pero una sociedad de mercado y propiedad privada absolutos, no. Una ruina social.

Me impresiona en este problema, por fin, el testimonio que el evangelio repite una y otra vez acerca de la predicación de Jesús sobre “el Dinero” y “la Riqueza”; apabullan sus dichos y parábolas innombrables para un oído moderno sobre el corazón de Dios ante los pobres y los ricos, y sus relaciones de injusticia. Eran otros tiempos económicos los de Jesús, – todos lo sabemos -, pero la clave de fondo en el uso común de lo de todos y del servicio a todos en la gestión de lo propio, esto no tiene muchas vueltas exegéticas. Evidentemente, en esos dichos hacen pie los mejores manifiestos cristianos por otro modelo social alternativo al capitalismo neoliberal de nuestros días, – José Antonio Pagola, por ejemplo -, y las prácticas políticas cristianas más exigentes en lo social, – las de la red de comunidades cristianas populares, por ejemplo -; en fin, las de todos aquellos cristianos que se suman al movimiento civil de indignados y, en la más variadas formas, luchan por una sociedad más justa y democrática, – movimientos apostólicos obreros y tantos otros -; las de todo el voluntariado cristiano de caridad que acoge y cura inmediatamente, sin perder el sentido de la justicia social. Sabido es que reclamo de mil maneras esta cautela en nuestra caridad.

En este marco de reflexión, y reconocido que el Evangelio de Jesús y su mejores lecturas y práctica samaritanas nos inducen a una posición social antisistema, contra el capitalismo neoliberal, financiarizado, economicida y totalitario, – el que ha dejado sin márgenes morales no sólo a la gente sencilla, sino a sus grandes instituciones sociales, – Mercado, Propiedad, Estado y Cultura -, ¿por qué seguir hablando de las oportunidades humanas, – y por tanto, cristianas -, habidas en un liberalismo social o en un socialismo liberal, y esto como una opción social, – intermedia o de paso, pero real -, no menos ética y evangélica que otras más radicales en lo social? Voy a dar dos razones. Una de índole política y otra antropológica; y en las dos, con un fin muy preciso: sumar el mayor número posible de cristianos a un sujeto social y político alternativo, que se implica por una sociedad más justa para todos, en los más pobres, y, por ende, más próxima al reino de Dios; y que piensa en un mundo interdependiente, más allá del propio país o unión de pueblos. Pienso en Europa.

En cuanto a la primera razón, desde luego no puedo mostrar en unas pocas líneas que es posible y moralmente muy cuerdo pretender un camino político que defienda ya una reforma en profundidad del modelo social capitalista, y que esta reforma, se sitúe en la dirección correcta para facilitar una alternativa democrática y económica mucho más justa, y no capitalista. En este caso, yo la pienso en clave de decrecimiento y de soberanía democrática en todas las direcciones y ámbitos. Pero esto es el final feliz de una película que requiere de pasos intermedios para ganar a la gente, a mucha gente, como sujeto revolucionario. No veo a las clases medias dispuestas a aventuras políticas revolucionarias, y no veo que sin ellas se pueda ganar a la sociedad civil para un movimiento democrático de masas. No veo a la mayoría de los cristianos sumándose ética y políticamente a una alternativa social radical y ya. En consecuencia, la necesidad de un cambio social verdadero, – en las estructuras sociales y en la conciencia moral de las personas -, requiere pasos intermedios, prácticas compartidas, organizaciones abiertas, ritmos soportables por las mayorías,… hasta componer un movimiento civil muy extendido por la justicia social y la dignidad humana, y la mayoría del cristianismo en él. Creo en los que abren camino y movilizan a los demás tras objetivos sociales claros y exigentes, pero con la modestia de un solo paso por delante del movimiento civil o cristiano. Las vanguardias omniscientes para dirigir a todos y ya hacia “el bien social”, no van conmigo. Creo mucho más en la concienciación compartida y en la posibilidad de moverse por pasos intermedios contra un modelo social imposible, por lo injusto e insostenible, a otro que tiene que acogernos a todos, ganado entre los más posibles, e impuesto sólo a quienes lo impedían con su poder no controlado ni democrático, su propiedad acumulada sin límite, su verdad poseída e inapelable. Hacer juntos el mismo camino, aceptando algunas diferencias no menores y hasta trechos cortos que suman a los más posibles, de esto hablo en la iglesia y en la sociedad. No es un cambalache moral y político con todos, sino un movimiento civil y eclesial que acoge, crece, reconoce y exige a los más (el pueblo) un práctica autónoma frente a los menos (las élites), sin cuya deposición está claro que no hay justicia.

Por supuesto, – enésimo reconocimiento -, veo las insuficiencias de mi propuesta básica, pues cuando algo multiplica sus injusticias e ineficiencias sociales hasta límites insufribles, – el sistema social capitalista neoliberal -, es difícil pensar en algo que solo parece, – ¡parece! – su mejora desde la perspectiva de las víctimas o de la ecología integral. ¿Para qué darle aire y vida al desastre? O cuando algo se ha ido retocando de mil modos, y cada intervención multiplica los males sociales anteriores y somete a dictados más opacos y concentrados sus instituciones centrales, -Mercado, Propiedad, Estado, Información -, es difícil verle una salida que no sea deconstruir y reedificar. Y cuando en clave de conciencia cristiana, repugna ver los intereses y falacias que concurren en torno a la práctica real sobre los derechos humanos, la persona y la vida digna, el trabajo decente, la función social de la propiedad, la soberanía democrática de los pueblos, la irrenunciable satisfacción de las necesidades básicas de la población, la relación fundamental de medio a fin entre los factores de producción y las personas, el derecho natural primigenio al uso común de todos los bienes creados, la atención preferente a los más pobres y vulnerables de la vida, la familia humana que todos los pueblos conforman, la responsabilidad solidaria que todos tenemos con todos, hecha derechos y deberes, … el uso sobrio de lo escaso, la austeridad de vida y la solidaridad compartida, el aprecio de lo espiritual no mercantilizado, de la gratuidad, del perdón, … en fin, y sin resbalar hacia la quimera social, de las oportunidades dignas de vida para todos y para las generaciones venideras… cuando alguien sabe esto, – decía -, ¿cómo no pensar en una posición política de rompe y rasga como la única ética y cristianamente digna frente al único capitalismo realmente existente? Pero, ¿quién ha dicho, – devuelvo la pregunta -, que el camino de las gentes y los grupos tejiendo una inmensa red de iniciativas sociales de hondo significado humano y social alternativo, – casi siempre a nivel local y con las posibilidades limitadas de nuestra realidad civil o eclesial -, sea menos revolucionario o liberador que el proyecto radical y completo de una vanguardia, – o de una profecía -, que lo sabe casi todo para todos desde el principio?

Y en cuanto a la segunda razón que doy, ésta: Tengo para mí que una posición social de rompe y rasga también debe contrastarse con claves antropológicas muy crudas, y en ellas, pensar si las toma en cuenta en sus opciones sociales concretas, para evitarnos decepciones muchas veces, y hasta fundamentalismos en otras. Cuando eliges el mejor proyecto de sociedad posible, hay un gran riesgo de que el fracaso social genere “decepción” en los voluntarios, – ¡qué lejos quedamos de lo soñado -, o fundamentalismos, – si era esto, mejor no movernos -. Por tanto y adelanto mi tesis final, las opciones sociales alternativas ante una crisis como la presente, – en moral política laica y en conciencia cristiana -, pueden tener un sesgo más reformista o más revolucionario, – o como yo defiendo, ser pasos sucesivos de un mismo proceso histórico, – según maduran en él las fuerzas sociales y cristianas que lo van respaldando en su evolución -; pero, en todo caso, no debemos renunciar a una concepción del ser humano muy realista, para saber de la frágil condición humana y contar con ella en todo momento. El ser humano que somos, – y cuánto condiciona la sociedad que tendremos -, sí que lo tenemos que acoger desde el cristianismo más alternativo en nuestra práctica social por la justicia. (Ya sé que esto se presta a dar aíre a nuestros adversarios en la sociedad y en la iglesia, pero aún así, lo digo). Saltamos rápidamente de nuestra condición social de humanos con otros, a nuestra condición connaturalmente solidaria. La primera es un hecho observable en cómo nacemos y crecemos, la segunda, es un hecho en discusión sobre si obedece a nuestra condición natural humana o a nuestra educación moral sobre lo preferible y mejor. Advertir de esto, significa dotar a la acción pública por la justicia de un toque de realismo imprescindible.

De hecho, la impresión es que a menudo, no pocos de nosotros somos dados con facilidad al egoísmo social y al cambio de opciones políticas en cuanto se resuelve lo nuestro. También con esto hay que contar al constituir movimiento moral y político alternativo. En este sentido, me alegra mucho escucharle a Adela Cortina que la idea de que el apoyo mutuo nos constituye no es una idea abstracta, surgida sólo de la tradición filosófica, sino que tiene también bases científicas. Realmente, es muy importante esta aportación al fundamento moral de la sociabilidad compasiva (Neurofilosofía práctica, se titula su obra). Vieja como la vida misma es mi advertencia: la antropología de base en nuestras opciones de lucha social tiene que integrar este factor de distorsión de la vida buena en común que es el pecado personal, – el egoísmo y la incoherencia de que salvado la mío, todo va bien -, para evitarnos decepciones sobre nosotros mismos y sobre los otros, y para tener siempre los pies en la tierra. Todo lo haremos a la medida de los humanos; las alternativas sociales, también. Lo que importa es que nuestras incoherencias morales o sociales, no sean definitivas, porque, en la fe, el pecado nunca es la última palabra sobre nadie, y en la confianza humana, tampoco. Nadie es definitivamente malo y con necesidad ontológica.

De esto último, la teología y la Iglesia más conservadora saben mucho, pues es su especialidad, ¡y hasta su disculpa moral, al callar sobre los males sociales y las estructuras en que se inscriben! De hecho, prologan la influencia de la codicia personal hasta oscurecer el peso de las estructuras de pecado y los grupos sociales que las sostienen. Esa insistencia tan sesgada en los rincones egoístas del alma humana, viene de donde viene, – dicho queda -, pero no hay que despacharla por la vía de ignorarla al enfrentarnos a los males de nuestro tiempo, y a los cambios que requiere una convivencia social en justicia, una civilización del amor que gustamos decir. Por eso hacemos bien al insistir en el cambio de actitudes y valores en las personas que requiere la vida social buena, a la par que afirmamos la justicia de las condiciones sociales en que aquéllas germinan y crecen. Nadie es definitivamente malo y con necesidad ontológica, he dicho, y ahora añado, nadie deja de serlo si se mantiene pasivo en estructuras de pecado, las que cristalizan desde el afán de ganancia y la sed de poder, y éstas a cualquier precio. O sea, el sistema social neoliberal.

Era “algo” sobre diversas cuestiones cristianas y laicas que aparecen alrededor de una alternativa social más justa, y los caminos que nos han de acercar a los más posibles en trechos y complicidades varias. Algo frente a cómo situarnos los cristianos (y otros) ante la injusticia del capitalismo neoliberal, el único realmente existente.

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