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“Paz y reconciliación ahora. Nuestra contribución como cristianos/as e Iglesia del País Vasco y Navarra, (Navidad de 2017)”

2017 diciembre 2
por José Ignacio Calleja

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“Paz y reconciliación ahora. Nuestra contribución como cristianos/as e Iglesia del País Vasco y Navarra, (Navidad de 2017)”

 

 

 

Sumario

 

  1. A vueltas con la fe cristiana, la paz y la reconciliación después de ETA

 

  1. 1. Vengo ahora a lo concreto del tema que tratamos: ¿qué nuevos Hechos y Retos hay que tener en cuenta como Iglesia, hoy, en nuestra pacificación y reconciliación, pensando como estamos en el País Vasco y Navarra? Hablo todavía de hechos y retos nuevos, pues el hacer depende mucho de esos hechos y retos.

           

  1. 2. Vistas todas estas claves, vengamos por fin a los que parecía objeto único de vuestra invitación, es decir, la aportación de los cristianos y su iglesia a la paz y reconciliación de nuestras sociedades, después del final de ETA como terrorismo. Hablemos de esa APORTACIÓN.

 

            Para concluir

 

__________________________

 

 

 

         Introducción:

 

           

            – Quisiera decir en este primer momento que el lenguaje es muy importante pero que no voy a plantear una batalla en torno a términos como conflicto vasco, los vascos, los navarros, el terrorismo de ETA, el pueblo, la sociedad, etc. Considero que para el objetivo de esta conferencia sería imposible avanzar si a cada paso entramos en sentidos y matices. Lo advierto porque sé todo lo que en el lenguaje está en juego y no quiero imponeros el mío. Lo utilizaré además con mucha libertad y cambios en él.

 

            – Entre nosotros hay excelentes lecturas cristianas sobre la reconciliación y la paz, después de ETA; yo me fijaré más en cómo ordenar nuestra conciencia ética ante los conflictos sociales, en general, además del terrorista, para hacer posible esa paz y reconciliación que añoramos. La mía es una mirada muy social, que se suma a la más directamente eclesial sobre el mismo problema, y que está más trabajada. En los dos casos se trata de una mirada cristiana.

 

            – Insisto, sé que me habéis invitado a hablar de la aportación de los cristianos como Iglesia en Navarra y el País Vasco a la paz  y la reconciliación de nuestra sociedad y, si posible fuera, al perdón entre enemigos. Sobre esto se ha escrito y hablado tanto que parece fácil sintetizar. Todos tenemos delante la experiencia extrema que nosotros y aquí hemos conocido como “el conflicto vasco”, “el terrorismo” que decíamos, pero os propongo no aislarlo de las violencias y conflictos sociales en que vivimos. No lo es lo mismo, lo sé, pero no está bien aislarlo. Distinguir, siempre, separar, no. Además, del famoso conflicto vasco lo que duele y pesa en la conciencia es su expresión como violencia terrorista, porque en sí mismo en todas las expresiones civilizadas, y después de lo vivido en Cataluña, ya no puede verse como un drama.

 

– Al final importa saber que actitudes habrían de ayudarnos a pacificar y reconciliar una sociedad de violencias[1], y recién salida de la violencia en su expresión terrorista[2]; terrorismo de intención política, pero terrorismo al cabo; y la finalidad, la acción, es decir, hacer memoria en verdad de lo sucedido y hacer justicia, y sobre esta base, pacificar y reconciliar; en fin, avanzar hacia una convivencia donde las diferencias más profundas adquieran formas de expresión no-violentas y democráticas; por tanto, no sólo las diferencias políticas más profundas, sino también las sociales, económicas y culturales.

 

 

  1. A vueltas con la fe cristiana, la paz y la reconciliación después de ETA

 

Cierto que le damos muchas vueltas a esta cuestión. Algunos entre nosotros han tenido una palabra muy pensada y reconocida (el Obispo Uriarte, por ejemplo) sobre lo que podríamos aportar los cristinos a la paz y la reconciliación entre nosotros, después de ETA. (Otras voces eclesiales no lo han visto igual; el Obispo Fernando Sebastián, por ejemplo). Yo os ofrezco el modo en que me he ocupado de este asunto de vez en cuando.

 

Primera parte

 

 

4.1. Vengo ahora a lo concreto del tema que tratamos: ¿qué nuevos Hechos (son retos) tener en cuenta como Iglesia, hoy, en nuestra pacificación y reconciliación, pensando como estamos en el País Vasco y Navarra? Hablo todavía de hechos y retos nuevos[3].

 

Hace años que contamos con reflexiones cuya lectura recomiendo vivamente[4], pero todo está cambiando a marchas forzadas. Si tuviese que citar algunos hechos y retos nuevos, diría lo siguiente en relación a la Iglesia del País Vasco.

 

– Cuando ETA anunció el cese definitivo de su violencia terrorista en el 2011, mi alegría fue inmensa, y confiado en que iba en serio, alcancé esta convicción: el cosido político de la paz tiene otros actores legítimos y competentes; a nosotros, en cuanto Iglesia, nos toca hacer ahora un servicio ético y religioso de primera magnitud, pero poco vistoso. Así lo he pensado hasta hoy.

 

Tenía y tengo la convicción de que la sociedad democrática vasca y navarra contaba con sujetos políticos perfectamente capaces y legitimados para conseguir una salida justa al final de terrorismo.

 

– Más todavía, el protagonismo de la Iglesia en el proceso de negociación sólo podría obedecer a cierto neoconfesionalismo.

 

-Me pesó y pesa, además, la idea de que entre una cosa y otra el catolicismo vasco se vaciaba de voceros de la fe en sentido estricto.

 

Nunca he creído, sin embargo, que la atención a la paz y la justicia nos hayan distraído de Dios; al contrario, son factores definitorios del camino de la fe y su anuncio; sin ellos, todo termina en ideología religiosa sin encarnación. Pero es lógico analizar si la atención de horas sin cuento al logro del final del terrorismo y el comienzo de la paz, nos ha mermado posibilidades de evangelización dirigidas más explícitamente a la confesión de fe. Por desgracia, la gente tenemos ideas fijas sobre qué es la fe.

 

– Por cierto, la significación pública de la fe que defiendo siempre, en un contexto tan conflictivo, ha hecho parecer que estamos muy politizados, pero más bien cabría decir que son otras Iglesias las que están poco politizadas, o poco problemáticamente politizadas. En fin, la significación pública del evangelio es real, lo cual no gusta ni a la derecha, ni a la izquierda; en esto, las dos son hijas de la cultura laica que entiende la fe como algo privado y en los templos. Craso error, porque ni debe ser así siempre, ni luego nos libramos de las “religiones” de sustitución.

 

– Durante años, la iglesia vasca (y navarra) defendió la necesidad de cuidar los espacios de encuentro y las actitudes que facilitan que “la sociedad” o “el pueblo” no se rompa en su convivencia. El valor de “la convivencia popular logradasigue ahí, sin duda, decíamos una y otra vez. La iglesia ha creído siempre que el pueblo, la convivencia popular, no estaba rota; sobre todo, que no había dos comunidades y dos culturas frente a frente; cuidar esa convivencia popular pensaba que era su aportación más moral y evangélica. ¿Ha sido algo ingenua? Yo creo que sí. Veremos.

 

– Por lo demás, no debería confundirse este valor y su cuidado, con lo que se conoce como proceso de construcción nacional de un pueblo. De hecho, si algo aporta el cristianismo católico a la cuestión nacional es una sensibilidad muy intensa para distinguir cultura particular y política partidista, símbolos de la tradición popular y “cuestión” nacional, derechos de una colectividad y terrorismo en la lucha política, legalidad democrática y abuso de poder.

 

– Antes he dicho lo de la Iglesia “algo ingenua” en cuanto a su presupuesto de una convivencia popular fundamentalmente lograda y a preservar como un tesoro en plena situación de violencia; y sí, es verdad, … pero era una visión algo artificial y amable de quienes simpatizaban con la idea de un pueblo vasco que convivía en armonía social en los círculos en que ellos se movían; en mi opinión, ha sido un presupuesto moral de mucho valor para la convivencia, pero bastante forzado respecto a la realidad social del pueblo vasco (y navarro) en su complejidad. Sería prudente, a medida que desaparece ETA, no dar por bueno demasiado pronto que somos un pueblo poco complejo y bien cohesionado, que lo somos con evidencia en las principales expresiones culturales, que lo quieren así todos los ciudadanos, y que ya está el bien común en marcha con un poco de buena voluntad de todos. Creo que hay bastante ingenuidad en esto, y es muy tentador, pero no es un buena asunción de la realidad para prolongar la reconciliación social de hoy, al final del terror, y proseguirla como respeto de la legítima diversidad popular compleja, mañana, si así lo quiere la gente.

 

Me importa mucho traducir esta intuición para el futuro en lo que sigue. Pienso que todos debemos rebajar el peso metafísico que le damos a la conciencia nacional y a la historia de cada uno -pueblo y personas- y mirar a cómo hacemos ahora política democrática y justa, que no es siempre lo mismo[5]. A medio y largo plazo, se concreta en relativizar los absolutos políticos identitarios que pueden recobrar más fuerza en poco tiempo. El mayor riesgo es olvidarlo por una visión de la reconciliación que mire sólo al pasado de terror y que, superado, la Iglesia católica acoja acríticamente el papel de iglesia nacional del lugar (vasca, navarra o catalana… o española, que ya es).

 

– Así situada socialmente ante el pasado y el futuro -repito la misma idea por su importancia-, la Iglesia católica vasca (y navarra) tiene que recordar que, en la presente situación de cese definitivo del terrorismo, la cuestión ética y social que tanto nos preocupa como paz y reconciliación desde las víctimas, no puede separarse del problema de las ideologías políticas y convicciones nacionales absolutizadas, y de su traducción en desgarro social. De otro modo dicho, tiene que haber una convicción firme y última de que una cosa es la causa política del “pueblo” -la que sea en justicia y se exprese en democracia– y otra, la vida, la dignidad y la libertad de los ciudadanos, que es un absoluto moral para todos por encima de las convicciones nacionales. El servicio reconciliador de la iglesia tiene aquí una tarea prepolítica ineludible[6].

 

– Quizá, ideológicamente, el empeño por depurar conceptos como sociedad”, “pueblo”, “nación”, “gente”; o los derechos humanos como realidad indivisible, interdependiente e histórica, con el eje en la vida digna de cada persona en su pueblo y en comunidad de vida con todos los pueblos y con todo lo creado, la madre Tierra, bien podría atemperar la política que se asienta en el equívoco de hablar de “los vascos”, “los navarros”, “los catalanes”, “los españoles”, “la gente”, mediante conceptos cortados a la medida de una parte de la sociedad, y pensados como “obligantes” éticamente para todos. Este lenguaje es periodístico, no de ética y política. Todo es más sutil en ética política.

 

– Opino, de todos modos, que si a la Iglesia vasca o navarra, o la que esa, las pensamos en un contexto de identidad indiscutida, es decir, donde no se cuestione la unidad nacional del pueblo, su problemática no difiere del propio de una Iglesia en una sociedad europea y en la cultura “líquida” del comienzo del tercer milenio. Su principal tarea y dificultad es cómo hacer significativo el Evangelio, en el sentido de culturalmente vigente en una sociedad que lo ignora como referencia religiosa para las personas. El encuentro del Evangelio con la cultura es el problema de los setenta hasta hoy, y su asunción siquiera como interrogante vital para muchos, otra forma del mismo reto.

 

 

Segunda parte:

 

 

  1. 2. Con todas estas claves (hechos/retos), vengamos por fin a los que parecía objeto único de vuestra invitación, es decir, la aportación de los cristianos y su iglesia a la paz y reconciliación de nuestras sociedades, después del final de ETA como terrorismo. Hablemos de esa APORTACIÓN. Pues bien:

 

            – Para mí, desde el ámbito cristiano vasco, destaca el reto que mira hacia el pasado y hacia el hoy más inmediato, y se concreta en la voluntad de hacer memoria en verdad y dignidad en justicia a las víctimas; lo cual comienza, desde ellas, por un relato veraz y justo de lo que ha sucedido, y prosigue con un compromiso por compartirlo los más posibles como primera piedra de la reconciliación social entre todos; éste es el reto más evidente y ahora mismo tratado por muchos, y por nosotros aquí. Esto es difícil, pero no imposible. (A la vez, está el mirar hacia un futuro que, en realidad, ya está aquí, nunca se fue, y para mí se concreta -lo hemos visto- en relativizar los absolutos políticos identitarios que pueden recobrar más fuerza en poco tiempo[7]. Dicho queda. No vuelvo a esta clave). Atender ahora al reto del relato veraz no es fácil; sabemos que es un proceso multicausal, multidimensional y complejo por enredado, pero hay que intentarlo, pues si se instala que “cada cual tiene su relato, todos igual de válidos”, la pacificación nace muy viciada de origen y la reconciliación es imposible.

 

Nosotros podemos colaborar mucho a ese relato por aquello de la libertad evangélica, pero estamos igual de próximos a la tentación de la desmemoria particularista. Nunca olvidemos que en el secreto de cada corriente social está la idea de preservar y hacer triunfar un relato que salve a “los nuestros” y nuestra ideología de base[8]. También en el nuestro.

 

            – He dicho hacer memoria, verdad y justicia desde las víctimas. Ni ética ni evangélicamente cabe otra opción. Luego la cuestión de quiénes son las víctimas tiene mucha importancia. Mi punto de partida es que todos los seres humanos que sufren son dignos de compasión por el hecho mismo de sufrir, pero esto no significa que las personas que sufren sean en rigor y sin más víctimas, y que los sufrimientos deban equipararse en su causa y en las responsabilidades implicadas. Propiamente, la víctima, y la víctima del terrorismo en particular, siempre lo es porque padece un sufrimiento gravemente injusto; es decir, que padece en este caso la injusticia de un grupo terrorista (ETA, la mayoría de las veces, pero no sólo ETA) o, algunas veces, demasiadas siempre, del Estado utilizando la fuerza al margen de la ley. Por tanto, toda persona que sufre, merece compasión, pero no es propiamente víctima del terrorismo cuando padece las consecuencias regladas de la ley común contra el delito. Todo esto dicho en sencillo. En la práctica, las cosas se complican. De hecho, alguien puede ser terrorista y, a la vez, víctima de la peor violencia: víctima de la tortura estatal y verdugo de otras víctimas inocentes; o haber sido antes torturador y luego víctima del terrorismo. Los casos dan para mucho y se complican en cada persona, pero lo fundamental creo que está en el concepto primero: sufrimiento gravemente injusto, infligido a una persona por otras. Habrá que valorar, por tanto, todos los casos, se ha dicho con razón, y hacerlo con esas diferencias en el concepto: hay crímenes, grados y responsabilidades personales ineludibles e incomparables, y de todo esto hay que discernir. Y ¿qué hacer si hay víctimas en ambos lados? O ¿no pocas lo serán como víctimas y verdugos? ¿Cómo tratar esto, por dónde salir? Las víctimas no se comparan ni menos aún se compensan entre sí. Las víctimas, como las pobrezas, son magnitudes que no admiten ser intercambiadas. De una en una y con los criterios éticos claros.

 

            – Como siguiente aporte eclesial-cristiano a la pacificación y reconciliación en que pensamos, saco consecuencias de lo dicho. Nuestra  aportación política es ante todo ética y religiosa, es decir, facilitar unas actitudes (1) justas (derechos humanos y asunción del daño causado), (2) pacificadoras (empatía, solidaridad, compasión, diálogo, escucha, silencio, perdón humano…), y (3) religiosas (anuncio del Dios de la compasión radical, hasta el perdón del enemigo, adelantado y gratuito, escándalo para los judíos y necedad para los griegos) (¿por qué no?) y (4) hacerlo a la par de la denuncia de las estructuras sociales más injustas con los más débiles, porque la paz, nuestra paz, es un hilo en el conjunto de una injusticia global contra millones de personas sin vida digna. Prefiero una iglesia muy implicada en el sustento ético del proceso de paz (verdad, justicia, reconocimiento, generosidad, respeto, fraternidad, libertad…), traducido a procesos de concienciación y presencia social muy depurados de política partidista, que no una presencia directa de los eclesiásticos en la mesa de los acuerdos. Lo he dicho. Y esto, dentro de su acción pacificadora a fondo, propósito principal donde los haya.

 

– Obviamente, la condición de posibilidad de este servicio ético-religioso de los cristianos y la Iglesia a la paz y la reconciliación deriva de su capacidad para pedir perdón por sus errores, omisiones y acciones del pasado y el presente contra las víctimas.

 

            – Los que nos movemos en clave de lucha por la dignidad democrática para todos, al no buscar el poder de gobierno sobre nuestra sociedad (nación), les parecemos a los demás grupos “sociales” unos compañeros de viaje poco fiables y escurridizos, necios incluso. Es lógico, dado que nuestra posición más moral que política, los avala en su legitimidad democrática contra el terror, pero los cuestiona en su estrategia partidista y nacional. Y en el caso de las víctimas y sufrientes -que por su dolor reclaman adhesión total a su causa, ¡sin distingos ni matices!-, también. Y si no provocamos este tipo de reacción, asumiendo el dolor de todos pero distinguiendo en las causas y responsabilidades de cada caso, algo falla en la aportación moral y religiosa cristiana. Desde luego, desde la mayoría de los sectores del nacionalismo radical (de todos) estas distinciones sobran (y en la catalana y española lo mismo), porque es obvio, para ellos, que el final de ETA es el comienzo de un proyecto nacional uniforme por vías políticas (España vs. EH). Aquí, al catolicismo ni está ni se le espera como sujeto de peso en la reconciliación. En el caso de la izquierda abertzale, la reconciliación como pacto duradero de identidades en libertad, es traición a un pueblo unitario. ¿Qué diremos? Lo he adelantado.

 

            Vuelvo a la tarea reconciliadora. A la Iglesia le toca, no sólo a ella pero ella lo tiene por vocación y misión como tarea primera, el empeño por depurar, extender y practicar todos los significados de la reconciliación. Promover esta reconciliación, “alma de la paz”, decía el Obispo Uriarte, significa respetar a las individuos y sus procesos de conciencia sicológica y moral, y respetar las reglas mismas de una reconciliación sana e integral entre las personas, y no ignorar la dimensión estructural de una reconciliación con cimiento de justicia social, etc. Su relación con la verdad histórica (la memoria), y con la justicia reparadora, ya está dicha.

 

Y el perdón como posibilidad antropológica y como propuesta cristiana irrenunciable. El perdón es una tarea única, necesitada de tiempo, y sometida a la libertad de las persona, pero, sin duda, para la Iglesia es irrenunciable y, para la sociedad, para una convivencia humana verdadera, valiosa y bien razonada. Perdonar y reconciliarse no son normas de moralidad universal, pero sí son valores antropológicos muy razonables, y, en cristiano, una meta como signos de perfección para una vida santa. Por supuesto, nadie se hace con el perdón que gratuitamente se le ofrece, sin entregar a la vez el suyo. Para la comunidad eclesial y para los cristianos, una preocupación, dolorosa en lo personal, pero innegociable.

 

            – En el desarrollo de la labor reconciliadora, es claro que la Iglesia no va a renunciar a su libertad para desarrollar una tarea misericordiosa con las víctimas del terror de ETA, con las víctimas de los abusos del Estado de Derecho, y, en general, con los que más han sufrido de cualquier modo en ese río de violencia. Creo, por supuesto, que la Iglesia no puede conducirse en esto por un análisis político selectivo, los inocentes y los culpables, las víctimas y los verdugos. Y, a la vez, tampoco puede hacer un análisis ingenuo y dar a su acción misericordiosa la impronta uniformadora de “aquí, lo pasado, pasado, y todos culpables e inocentes, según se mire”. Algo de esto ha de lograrse acercándose a todos desde la compasión más gratuita, viendo en cada caso la ayuda requerida, escuchando y eligiendo ella, la Iglesia, el modo peculiar de la ayuda y, sobre todo, la palabra o el silencio que la acompañará, en aras de mantener la libertad ética y política necesarias[9]. A veces, el silencio ante la víctima es una manera de aceptar mi pasado personal de omisiones o un desacuerdo particular en algo.

 

– Habrá que atender a la humanización de las situaciones de los presos, siempre, y facilitar una salida de justicia restaurativa, y no sólo punitiva, a los que la buscan, e indagar en el potencial de la propia ley cuando el terrorismo organizado de ETA se disuelve. No podemos obviar esta cuestión en la reconciliación y la paz. Reducir la violencia y el sufrimiento humano, siempre es motivo suficiente para indagar en la justicia restaurativa. Humanizar también significa reconocer el mal causado y lo injusto del proceder violento, y vivirlo como un logro moral inigualable para quien lo reconoce.

 

            La Iglesia puede y debe proclamar el significado RELIGIOSO del perdón, con su lugar tan original en la fe cristiana y con la pléyade de razones y experiencias que lo acompañan, en relación a la raquítica forma de concebirlo en el realismo de la ética civil cotidiana. Esta contraculturalidad del perdón cristiano, originariamente regalado por Dios en su forma de experiencia radical del creyente, (que de tenerla lo cambia todo en la vida personal), no puede hacerse ley democrática común, ni puede exigirse como regla moral externa, (¡ni siquiera es regla moral cristiana, sino vocación de santidad cristiana, que es más, pero es otra cosa que la ética!), pero sí puede proponerse, en la fe, como aquello que sitúa las relaciones humanas en conflicto en una perspectiva que, sin escapar del mundo, las ilumina desde Dios, el que nos hace entender a Jesús en su perdón, “hasta setenta veces siete”, en su no violencia activa, “hasta la muerte de cruz injusta donde las haya”, y en su compasión, “hasta hacerse prójimo del sufre, sólo por su estado de necesidad y sufrimiento”[10]. Y por cierto, pasar de la justicia punitiva, sin más, al perdón y la reconciliación siempre conlleva sufrimiento personal.

           

            – En este sentido, al apelar ahora a Jesús, creo que al cristianismo más evangélico (¡otros, ni lo intentan!), le falta hábito para establecer conexiones y diferencias entre las actitudes de Jesús y su significado político en la vida social de hoy. A mi juicio, tiende a la mezcla indiferenciada, cuando no al olvido de la política. Por eso es tan difícil la comunicación política del cristianismo evangélico, porque los cristianos con idénticas palabras no siempre hablamos de lo mismo. (El cristianismo conservador no tiene este problema, porque su lenguaje es fundamentalmente el mismo de la política). Así, víctimas, perdón, memoria, justicia o reconciliación, diálogo, pacto, pueblo, a la luz del Evangelio, tienen significados teologales como mínimo peculiares con respecto al común en la política. Esto hay que evaluarlo bien y tenerlo muy en cuenta, pues, en caso contrario, si no hablamos de la diferencia y su fundamento, políticamente es como tomar un atajo en las responsabilidades y la valoración. (El caso de muchos biblistas me parece muy significativo: su sabiduría bíblica a menudo no garantiza su experiencia política).

 

            En cuanto Iglesia de Jesucristo en el País Vasco y Navarra es lógico pensar que su propia reconciliación interna ha de ser el primer servicio social que de ella cabe esperar en un proceso de paz. Cierto que entre nosotros la sangre no ha llegado al río, pero, es igual de cierto, que el conflicto social y político, y las formas (casi) antagónicas de juzgar su expresión como violencia, sobre todo en cuanto a la violencia terrorista de ETA, ha sido el modo más normal de convivir en la “comunión eclesial”. Todos sabemos la difícil convivencia de los cristianos políticamente distintos en la Iglesia y el recelo, la desconfianza, si no ignorancia, con que nos hemos mirado unos a otros en los bien nutridos extremos. Así que la tarea es inmensa y, el caso catalán y español, buena prueba de la dificultad objetiva que tiene. Porque el choque de identidades nacionales, en los extremos de la única Iglesia (como del “pueblo”), es un choque casi religioso; y es tocar hueso hablar del choque eclesial y social en torno a las víctimas, y las razones de por qué éstas, en general, participan de una legitimidad moral peculiar con respecto a otras personas que también han sufrido en el mismo conflicto, ¡que no por la misma causa!, siendo todas dignas de misericordia pero, según creo y repito, de modo acomodado a cada supuesto para no dejar de lado la justicia en la misericordia.

 

            – La Iglesia puede ser creadora de espacios de reconciliación claramente inclusivos, como corresponde a la vida cristiana, y fuertemente expansivos en ella y, desde ella, en la sociedad. Hay una red de presencia de lo cristiano en la sociedad que sin duda puede hacer un servicio reconciliador importante. Pienso en todos los movimientos eclesiales de base, en la enseñanza y en la acción pastoral de la iglesia en general. Quizá peco de optimista. ¿Más en Navarra que en el País Vasco?, no lo sé, porque en Cataluña parecía que la Iglesia estaba fuera del juego social y bien que la han solicitado en el proceso hasta hoy, y hasta como facilitadora del diálogo político.

 

            – Y cada uno de los creyentes está obligado a revisarse como agente de verdad, reconciliación y paz. Hemos hablado mucho en términos sociales y eclesiales, pero, al final, importan sobremanera las personas. Una vida reconciliadora requiere de personas con el temple moral de quien “espera” en cada ser humano siempre, sabe de la necesidad de la justicia social, la comprende desde el lugar de las víctimas, la exige desde la no-violencia activa, vigila el uso justo de la fuerza del Estado democrático, comparte un modo de vida y consumo sostenibles con la vida de los pobres, y cree en el perdón como experiencia moral que dignifica a quien lo ofrece y a quien lo acepta. Pero esto, el perdón, es algo muy personal y siempre de conciencia. No se puede forzar, sólo contar como lo más interpelante de Jesús. Así de sorprendente y gratuito se revela Dios en la fe de Jesús y en el Jesús de Dios. Siga cada uno su reflexión reconciliadora, es decir, la que acoge al otro, reconoce la verdad, realiza oportunidades sociales y perdonahasta setenta veces siete”.

 

 

Para concluir. Hemos visto que la opción fundamental de la Iglesia vasca y navarra, y de cualquier otra, pasa por acompañar un relato verdadero y digno con las víctimas y todos los que sufren; por humanizar este proceso con el ejercicio de llamadas y acciones de reconocimiento justo del otro; con el perdón pedido y ofrecido por quienes tengamos responsabilidades más claras y variadas; por la denuncia de la ruina que son siempre el odio y la venganza; por la humanidad de todos y el valor añadido que la fe cristiana ofrece a las personas en su vida y a la sociedad en su política.

 

– No está demás decir que la oración, la oración por nosotros, por la paz de todos y por nuestra paz en ella, ha de ser una necesidad muy sentida de aquéllos que cuenten más hondamente con una experiencia verdaderamente religiosa y cristiana. Ya sé que no hay eucaristía ni celebración litúrgica sin una oración por la paz, pero hablo de algo más radical y comprometedor.

 

 

Intentado concretar esto, hemos visto que:

 

 

(1) Habrá que trabajar-participar en la construcción-escucha de un relato lo más veraz posible de lo que ha sucedido, desde las víctimas y quienes más directamente han sufrido (no son los mismo).

 

(2) Habrá que cuestionar las ideologías políticas y sus absolutizaciones de partido y nacionales, ayer y mañana.

 

(3) Habrá que empeñarse en definir y compartir un cuerpo de valores éticos en clave de paz y reconciliación (profundamente cristianos, por supuesto)[11]: la verdad, la justicia, el diálogo, el respeto, la compasión, la fortaleza, el coraje, la no-violencia, la perseverancia, la prudencia, el perdón…

 

(4) Habrá que ofrecer, cómo no, las claves de la sabiduría moral cristiana, ¡sin duda!, para la conversión y reconciliación[12]; pienso en las bienaventuranzas, y pienso en nuestro aprecio de la gratuidad y el don, la conversión, la oración, la reconciliación y el perdón radical y adelantado siempre, “porque Dios es así”.

 

(5) Habrá que hacer revisión crítica de la trayectoria eclesial, pedir perdón, y escuchar especialmente a las víctimas, y acercarse a ellas con empatía fraternal.

 

(6) Habrá que atender a la humanización de las situaciones de los presos, siempre, y facilitar una salida de justicia restauradora a los que la buscan, e indagar en el potencial reconciliador de la propia ley cuando el terrorismo organizado desaparece.

 

(7) Y habrá que recordar que pedir perdón y aceptarlo siempre será un acto moral libre, pero, sin duda, pleno de sentido en lo humano e irrenunciable por valioso en cristiano.

 

 

José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete

Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz

jigcalleja@gmail.com

 

25 de noviembre de 2017

Pamplona, (Parroquia “San Alberto Magno”)

[1] Cfr., GÓNZALEZ CARVAJAL, L., En defensa de los humillados y ofendidos. Los derechos humanos ante la fe cristiana, Santander, Sal Terrae, 2005, 331-336.

[2] Otros la llaman “violencia de motivación política”. Cfr., El Informe sobre “vulneraciones de derechos humanos” ocurridas desde 1960-201,  elaborado por cuatro expertos por encargo del Gobierno Vasco.

 

[3] Entre los hechos y retos remito al recién tratado en el apartado anterior: cómo entendemos, aquí y ahora, la relación de un pueblo que reclama soberanía política (libertad) con la solidaridad debida a otros pueblos (responsabilidad), particularmente a los más cercanos en pactos, historia o cultura.

[4] Pienso en lo publicado por el Obispo Juan María URIARTE. Muy recomendables en el tema son diversos trabajos de Galo BILBAO y de José Luis ACHOTEGUI del IDTP de Bilbao.

 

[5] Cfr., VOEGELIN, E., Las religiones políticas, Madrid, Trotta, 2014: sobre cómo los símbolos políticos modernos se configuran religiosamente, sustituyendo “lo trascendente” de la fe por “una ideología” de análoga pretensión.

[6] Recuérdese que, en el caso catalán, recientemente, Hilari Raguer, consideraba que reconocer la nación catalana y su derecho a decidir es una cuestión prepolítica, de democracia sin más; lo mismo pensaba el obispo Xabier Novell, por eso votó en el referéndum ilegal; Salvador Pié-Ninot, pensaba sin embargo que eso de la nación es una cuestión ya de política partidista, y por ende, en la que la Iglesia no debería elegir. Yo pienso como este último. Como tal Iglesia, ella no sabe de naciones donde hay una población que lo discute. Estas cuestiones, la Iglesia, en cuanto Iglesia, yo creo que la tiene que recibir resueltas por la sociedad política democrática. Y si no es así, ella no tiene una palabra obligatoria para los cristianos.

[7] Lo he desarrollado antes, en la relación de retos y hechos nuevos, y concluía que corremos el riesgo de olvidarlo por una visión de la reconciliación que se concentre en el pasado de terror y que, superado, acojamos acríticamente el papel de iglesia nacional del lugar (vasca, navarra o catalana… o española, que ya es).

[8] En el pórtico de la reconciliación está (1) cuestionar el relato de “los nuestros”, (2) hacer memoria de las víctimas (todas pero sin uniformarlas) y (3) cuestionar las ideologías nacionales y sociales que amamos de manera (casi) absoluta.

 

[9] Como he dicho y reitero, siendo cierto que el sufrimiento acerca y define a todas las víctimas, no las unifica en cuanto a la valoración de las causas directas del sufrimiento, ni en cuanto a la memoria de los hechos y la justicia reparadora que se les debe, ni en cuanto a los requisitos personales y públicos de la reconciliación. En cristiano, su derecho moral a la compasión es incondicional, por víctimas y sufrientes. Pero esa exigencia de compasión, absolutamente gratuita, sabemos que tiene naturaleza estrictamente religiosa y moral, y expresión pública no partidista, y nada más. Todo esto es sutil, pero no puede ser inapreciable.

[10] Antes he escrito que el amor cristiano es, sin duda, gratuidad en las relaciones humanas, “porque si sólo tratáis bien a los que os aprecian, ¿qué hacéis distinto de los paganos? (Mt 5, 46-48); es confianza en que Dios ha dado ya posibilidades inéditas a sus criaturas en esta historia; y es perdón siempre ofrecido, “hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22), como oportunidad universal, que llega “hasta los enemigos” (Lc 6, 27-38).

[11] ETXEBERRIA, Xabier, Virtudes para la paz, Bilbao, Bakeaz, 2011 (Escuela de Paz, 24).

[12] Imprescindibles las reflexiones del Obispo, Juan María Uriarte, y en momentos anteriores, José Antonio Pagola.

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