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La cuestión cristiana, hoy (y siempre)

2016 noviembre 18
por José Ignacio Calleja

 

 

Para pensar en el quid de la cuestión cristiana hoy (y siempre)

            … Si algo hay claro, en los evangelios, es que el centro de las preocupaciones de Jesús fue Dios. Pero el problema, que plantean los evangelios, no está en eso. El problema está en cómo tenemos que buscar y encontrar a Dios. Ahora bien, si algo hay claro en el Evangelio, es que a Dios no lo encontramos primordialmente en la “observancia de la Religión”, sino en la “lucha contra el sufrimiento humano”…. (Hay que) irse derechamente a lo mismo que hizo Jesús. En cuanto se puso a anunciar el Reino de Dios, ¿qué hizo? Ponerse a curar enfermos, aliviar penas, acoger a gentes desamparadas, comer con los hambrientos…, sin tener en cuenta para nada si aquellas curaciones y aquellas comidas, con gentes de mala vida y mala fama, estaban permitidas o prohibidas por la religión.

            Sin duda alguna, la Iglesia tiene que cambiar. Pero, ¿tenemos claro en qué tiene que cambiar? El problema no está en cambiar los cargos y dicasterios, oficinas, de la Curia Vaticana. Ni siquiera el problema está en que el Vaticano afirme la importancia capital del Evangelio, cosa que ya ha hecho tantas veces. Todo eso puede quedarse en mera palabrería. El problema central y decisivo de la Iglesia está en que ponga el motor de su vida y su presencia en la sociedad en vivir como vivió Jesús.

            La fórmula determinante (ésta): “hablamos de la necesidad de un cambio para que la vida sea digna”. La “dignidad de la vida”. En esto está el centro de la religiosidad por la que tiene que afanarse y luchar la Iglesia. Y sobre este proyecto se tiene que re-hacer la Teología. Una Teología menos interesada por problemas tales como el pecado o la salvación eterna. Y centrada, sobre todo, en: 1. Poner la economía al servicio de los pueblos. 2. Construir la paz y la justicia. 3. Defender la Madre Tierra… Y tendremos obispos más interesados y afanados por enfrentarse, si es preciso, a gobernantes que favorecen a los ricos, al tiempo que esos gobernantes tan “piadosos” dictan leyes que aumentan la distancia entre los potentados y los débiles.  Y, sobre todo, si esto se toma en serio y con todas sus consecuencias, tendremos una Iglesia, no para el pueblo, sino del pueblo. No para los pobres, sino de los pobres. Y a la que se apuntarán los ricos, si es que tienen coraje para compartir su vida (la hipoteca social de sus bienes) con la de los pobres.

            No olvidando jamás una cuestión que es decisiva. Sólo una Iglesia así, estará capacitada para conocer la Cristología y, por tanto, para enterarse de quién es Jesús, cómo se vive cristianamente y cómo se anuncia el Evangelio. ¿Por qué? Esta pregunta se responde afrontando otra cuestión, que es la que más miedo nos da: ¿Cómo conocieron los primeros discípulos a Jesús? No lo conocieron estudiando Cristología, sino viviendo con ÉL y como ÉL. De este asunto tan decisivo, la Iglesia, los seminarios, los teólogos, los obispos y los papas, no nos hemos enterado. (Y ¿cómo conoció Jesús quién era ese Dios, tan distinto, a menudo, al aprendido de niño en la Sinagoga? ¿Por revelación milagrosa en el Bautismo? No, no; fue compartiendo la vida de los pobres y aceptando, ahí, que Dios se le revelaba como Buena Noticia de salvación integral para ellos, y en su respeto, para todos; pero, eso, en el respeto de su dignidad y medios de vida para los pobres).

            El día que esto se afronte de veras, ese día la Iglesia empezará a tener sentido y a dar sentido a la vida de la gente. Y esto, justamente esto, es lo que ha puesto en marcha, con sus “llamadas” ocurrencias y originalidades, el actual papa Francisco. Por eso podemos decir que tenemos un papa que cree en el Evangelio”

Tomado de José Mª Castillo, 14-noviembre-2016, en Atrio. Los paréntesis son añadidos míos.

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