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A la Iglesia española, desde dentro

2012 diciembre 28
por José Ignacio Calleja

No me gustan los profetas de calamidades ni quiero serlo. En los últimos tiempos la calamidad moral y espiritual del mundo parece la causa, – entre todas las causas -, de un mundo en crisis. ¿Sí, un mundo en crisis? ¿Un mundo? ¿Europa es un mundo? ¿Las sociedades de la OCDE son un mundo? ¿Los países emergentes, los BRIC, son un mundo y el mismo mundo? ¿Los países del Sur, el sur de todos los nortes en todos los lugares de la tierra, son un mundo y el mismo mundo? ¿El África subsahariana es un mundo y el mismo mundo? De pronto en España y en Europa sólo hay un mundo en crisis, el propio.

La crisis moral es ya, desde ahora mismo, la manera de hablar de mundo: El mundo está en crisis material y espiritual, – ¡y, por supuesto, antropológica y religiosa!, ahora que nos afecta de lleno a nosotros, – en España y en Europa -. El mundo ahora sí es el mundo y mundo único, porque la crisis nos afecta a nosotros. Es un “ombliguismo” moral y social tan injusto que deberíamos avergonzarnos por el espíritu neocolonial que lo sustenta. “Se sobreentiende”, – se me dirá -. Pero, – digo -, “no, aquí no se sobreentiende nada”. Aquí se sobreentiende que “las pobrezas” y “las fragilidades” han importando cuando amenazan un modo de vida de las mayorías sociales, – las clases medias -, en las sociedades ricas de Europa y América. Yo pertenezco a ellas, lo sé, y la justicia es una realidad moral y política que se nos debe por nuestra dignidad de personas. Hay que luchar por ella, pero es cierto que se nos debe. Nadie nos la puede usurpar.

Pero, – esto quería subrayar-, la dignidad de los más vulnerables y pobres, – personas y pueblos -, estaba ahí, y está ahí, y no muchos contaban con ella en serio hasta ver amenazada la nuestra. La dignidad humana desde los más pobres, – injustamente pobres casi siempre; sin culpa propia que pagar la mayoría de la veces; pobres y víctimas por la injusticia acumulada de otros más fuertes que ellos -, esa dignidad desde los más pobres y débiles del mundo ha sido ignorada antes de la crisis, gravemente, y en la crisis, más gravemente. Y la Iglesia Católica, y las Iglesia cristianas de los países ricos, tampoco han estado a la altura desde la clausura del Concilio Vaticano II. Hay buenas expresiones de Doctrina Social de la Iglesia sobre la justicia en el desarrollo humano global y sobre el trabajo decente, pero son doctrinas colaterales a la presentación del Evangelio y la fe. No se ha pensado la fe desde la periferia del mundo y los pueblos perdedores, – no se ha asumido ese lugar como experiencia hermenéutica de la fe en Jesucristo; incluso se ha perseguido hasta hoy -, sino desde el centro del mundo que cuenta, con consecuencias caritativo-diplomáticas benefactoras. Y poco más.

Tal vez sea injusto con no pocos cristianos decir esto en términos generales, pero, como Iglesia, hay que reconocerlo porque es el negativo de la fotografía oficial. Y no hay peor error que ignorar cómo es uno cuando se mira en el espejo de la moral de la dignidad humana y del Dios Amor. Amor a todos, desde los últimos, desde la asunción de la justicia para con ellos, con el precio en justicia que tenga para ellos y para todos, y especialmente, para los que hayamos acumulado en bienes de todo tipo algún modo posición de dominio o propiedad contra los demás y a su costa. Cuando decimos que Dios no practica la acepción de personas, no lo veo mal como expresión que quiere curarnos de imágenes demasiado simples en cuanto a sus “sentimientos”; pero es inapelable que nosotros hacemos acepción de personas; que vivimos en ella y con ella; que alcanza por millones de veces a la dignidad fundamental de otros tantos; y que queremos que esa acepción tan injusta cuele como ajena a Dios; que haga como que no la ve, o que no le incumbe en su eterna majestad; para que Dios no tenga opciones de parte, que no sienta ni padezca, que haga la vista gorda a las pobrezas y riquezas humanas; no y no; si no se mira el mundo desde los márgenes creados por la injusticia, si no se asume toda la realidad desde ellos, – social y espiritualmente -, ninguna crisis religiosa puede tomar el hilo de la antropología justa y enhebrar los pueblos en la civilización del amor. No hay camino religioso o moral ajeno a la justicia radical para con los más pobres del mundo, personas y pueblos, – dentro de cada país y en todos ellos -, y su realización en estructuras sociales y conciencias más humanas. Son dos ingredientes, – estructuras y conciencias, conciencias y estructuras -, que caminan indisolublemente unidos y en mezcla “sacramental”. Así es la historia, porque así es el ser humano, y así lo acoge la encarnación y la redención. Sin la más elemental justicia para con los más pobres del mundo, no hay camino cristiano a Dios, – porque nunca será el de Jesucristo -, Sin embargo, con el empeño por la más elemental justicia para con los más débiles de la vida, la fe tiene todas las posibilidades de dar con el camino de Jesucristo.

Esta es la primera idea, no por repetida, menos válida. Porque su verdad es práctica histórica, es vida real, – a la medida de los humanos, no de los dioses -, o, en su defecto es ideología; la peor de todas. Ahora que está de moda decir que debemos preservar la fe cristiana de las ideologías sociales, la peor de todas es que se quiera construir el camino de Jesús desde la equidistancia social; parece que es peor desde “el silencio en lo social”, y, sin embargo, la equidistancia es tanto o más temible. No sé dónde he leído que Jesús se acercó y amó a todos, pero nunca dejó a alguien “rico y evangelizado a la vez”. Ya sé que la riqueza que genera riqueza, en una sociedad post-industrial y globalizada, es un bien social; bien pro la gente emprendedora; hablemos por tanto de qué riqueza, que participación en ella, cómo se logra, quién la controla, cómo se comparte, si es sostenible, qué trabajo genera, cómo paga… el cristianismo no está cerrado a sociedades con mercado, ni mucho menos, sino a sociedades convertidas en un mercado y, éste, explotador y abusivo sin medida. Hace tiempo que sabemos dónde está el problema del mercado; en su falta de subordinación social, por los fines, sujetos, dimensiones y controles que lo protagonizan; pero, ¡ay!, como la sacrosanta libertad del capital es el analogado moderno de la libertad de pensamiento y religión, ya me veo expulsado del templo por los mercaderes que lo han recuperado. Y no son peores que yo, desde luego que, necesariamente, no; pero sí son menos claros en la lectura primordial del Evangelio desde los pobres del mundo; y si no son creyentes, en la lectura primordial de la dignidad igual de los humanos en la tierra única; porque los pobres del mundo casi siempre lo son por injusticia y a la fuerza; se trata de una pobreza impuesta, injusta, real y padecida; y los pobres según el Evangelio, son estos mismos; y a ellos, la pobreza evangélica, – la pobreza espiritual -, no les añade otra clase de pobreza, sino la plenitud moral y espiritual de toda pobreza; todas las pobrezas exigen justicia social en serio, y ser vividas con espíritu de justicia y no de revancha, lo cual, en el Evangelio, es abrirse a la justicia de Dios; pero no es justicia del alma, la de Dios, sino justicia bien humana, vivida con vocación de que llegue a todos, de que a nadie aplaste en su camino, de que perdone a los propios enemigos, de que se compadezca siempre, y de que de todos logre apertura a un Amor que nos constituye.

No se puede acceder, en suma, a la pobreza evangélica y espiritual por caminos que atajen sobre la injusticia social. Ni siquiera la enfermedad bien vivida lleva directamente a la pobreza evangélica, si concurre con la injusticia social por otro motivo. Yo lo diría de otro modo, así: las pobrezas, como la condición de víctima, no se compensan entre sí, ni en uno mismo; cada uno somos responsables, – siempre confiados en el perdón de Dios -, de nuestra particular riqueza o poder abusivos, y lo somos en la carencia que como pecado nos afecta o nos marcó. Hijos del perdón de Dios, pero sin ocultar, – hablando de justicia social -, lo peor de cada cual en lo mejor.

Este desahogo moral y vital, – amistoso siempre -, me lleva a reclamar algo muy sencillo finalmente en Navidad, y a hacerlo a la Iglesia a la que pertenezco: El mundo que está en crisis ya estaba para millones de personas antes y ahora; así que seamos serios para decir a qué nos referimos y por qué ahora con este ahínco. La crisis es material y moral y espiritual, y es antropológica; pero ya lo era antes, lo era desde la no dignidad de hecho de millones y millones de personas, y entonces era un problema relativo. Pidamos perdón. La Iglesia Católica no ha asumido desde hace mucho tiempo, – hablo en siglos -, la causa de los pobres y amenazados del mundo como su causa; no son su centro, ni en teología, ni en magisterio, ni en liturgia ni en moral ni en administración de bienes, ni en posición “política”. Esto es así. Hay gente extraordinaria en el cristianismo, quizá mejor que en cualquier otro lugar social, – es probable -, pero como cuerpo social e institución de pensamiento, la Iglesia Católica de Jesucristo es muy convencional en cualquier sentido que se tome.

No voy a entrar por este camino. Otros lo hacen con más descaro y conocimiento. Hablo de lo que sé un poco más, de la justicia social como concepto hecho estructuras sociales, conciencia y actitudes, y, en este sentido, la ingenuidad social con que el catolicismo quiere moverse es palpable. Entre nosotros, el cristianismo católico español no tiene respuestas económico-financieras precisas, – no es su cometido y saber propios -, pero sí sabe lo suficiente como para definir el concepto “mundo” y “mundos”, “pobreza y riqueza”, “nortes y sures”, “interdependencia en la justicia”, “desarrollo humano y, acaso, – yo así lo creo -, decrecimiento”, “dignidad humana de los más débiles y vulnerables”, “libertad en solidario”, “responsabilidad compasiva”, “caridad que no acalla la justicia”, “gratuidad que no es beneficencia con lo sobrante”, “derechos humanos de todos y con todos”, “derecho de propiedad y estructuras sociales de pecado”, “ganancia y explotación”, “precio del dinero y usura”, “pago de hipotecas y ruina de vidas humanas”, “recortes de gastos sociales y mantenimiento de toda la estructura política del Estado”, “préstamo público a los bancos y propiedad social del capital”…

(¿Demagogia?). El concepto cristiano sobre cómo disponer de los bienes de la tierra es “el destino universal de todos los bienes creados”; a su servicio, “el derecho natural al uso común de todos los bienes por todos, según las necesidades de una vida digna en común y universal”; a su servicio, subordinado, “el derecho derivado e instrumental a la propiedad privada para mejor servir a ese uso común de los bienes”; y la propiedad privada, siempre con ese fin instrumental, cuando cobra formas de acumulación como lo que conocemos por “empresa”, tiene en el trabajo decente para todos los que lo necesitan y buscan su verificación más razonable como justicia en una sociedad con mercado libre. (¿Y más demagogia?). En moral cristiana (y humana), “en caso de extrema necesidad, todos los bienes son comunes”. La democracia puede reglar esto, y debe hacerlo con orden, pero el principio subsiste. Y en moral cristiana (y humana), “los bienes que nos sobran, no son nuestros, sino de los más necesitados e injustamente tratados”, y en moral cristiana, “aún de los que necesitamos, en casos de extrema necesidad, tampoco todos ellos son nuestros”. Esto lo ha explicado muy bien Luis González Carvajal, en El clamor de los excluidos. Reflexiones cristianas ineludibles sobre los ricos y los pobres, Santander, 2009. (El cristiano ante el dinero, 108-113). Yo lo he intentado en Los olvidos sociales del cristianismo. La dignidad humana desde los más pobres, Madrid, 2011. Y por si alguien está pensando algo así como, “¿este señor qué hace con lo propio; igual que casi todos?; ¡pues que se calle!”, digo que yo sólo intento contar lo que parece traslucir el evangelio de Jesús; sería una pena “disparar” antes de tiempo contra el mensajero. O con más sencillez moral, mirar al dedo y no a la luna. Paz y bien. Muy feliz Navidad.