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¿Qué es la fe cristiana? (Testimonio preteológico)

2012 noviembre 18
por José Ignacio Calleja

Maribel, he estado pensado en tu comentario sobre el testimonio de la fe entre la gente de nuestro entorno, y la clásica reserva de que “no se necesita la fe y, además, todos hacemos lo mismo”. Tampoco yo estoy en condiciones de despachar el tema en un “pis-pas”, ni quería bloquear la reunión de trabajo pastoral entrando a fondo en esa pregunta. Personalmente, creo que no es fácil dar cuenta de una respuesta alternativa, – nos falta experiencia para que brote a tope y obras para que resulte evidente a los ojos ajenos -, ni es fácil que nuestro interlocutor lo entienda. Escribo a vuelapluma

Este interlocutor, – con todo respeto y tacto -, no cae en cuenta de que al interpelarnos con un para qué sirve la fe en términos prácticos, no ha entendido la cosa; la sitúa en el ámbito de la rentabilidad o eficiencia tangible, lo cual es la máxima de nuestra cultura productiva, más no de la fe. Es decir, que nuestra cultura, incluso cuando abandona el ámbito de la producción de cosas, y aborda la pregunta por el sentido de la vida y de los bienes principales para que sea humana, sigue pensando en términos pragmáticos. Su pregunta clave sigue siendo para qué sirve esto, y si tal cuestión se traduce en frutos de justicia y solidaridad tangibles y mensurables, o de felicidad personal, ya tenemos el porqué de algo.

Y claro, qué sucede, que la fe en primer lugar no es algo eficiente, con una eficiencia tangible, para lograr más objetivos de justicia y solidaridad, o de bondad como persona y vecino; no se puede medir su eficiencia fácilmente, – luego me refiero a esto, también -. La fe es una opción personal sentida, necesitada, acogida o querida, – no sé bien en qué porcentaje cada cosa, pero nunca impuesta por un raciocinio filosófico o tecnocientífico -, para al situarme ante el sentido de todo, – y pensando que lo tiene más allá de la corta vida de cada uno y de todos juntos -, preferir que ese sentido es más claro y atractivo, me fortalece y me compensa, si concluyo que Alguien-Algo me trasciende, me acompaña en lo más hondo cada día, me quiere y perdona siempre, me sostiene en la adversidad y me anima a la bondad, – incluso con quien no se la merece; tal vez, yo mismo -, me hace presentir que el Amor ha de triunfar finalmente sobre el mal en la creación, y me ha de recoger al cabo en su Vida cuando todo haya concluido de tejas-abajo en la mía y la de los míos más queridos. O sea, que la fe es una forma de arriesgarse a vivir la existencia desde Dios, por considerarla más hermosa y acorde con lo que resuena en mi corazón. No sabemos por qué una gente lo siente más necesario así y otra no. Creemos que a todas se ofrece y nunca se pierde la misma llamada. No somos privilegiados de Dios. La llamada es universal y un día comprenderemos que la repuesta siempre es servicio desinteresado. Esa fue la experiencia de Jesús, – hasta llamar a Dios, mi Padre, y concluir, “soy así, porque Dios es así” -, y de esa experiencia vivió toda su existencia de Hijo y hermano, y a ella se han entregado muchas personas para vivir su vida confiados en que, desde Jesús, esa vida fue y es digna de Vida. Esas personas, mal que bien, han hecho Iglesia, y conservan esa tradición juntos, si bien ni siempre han sido fieles, ni la cuentan bien, ni la salvan de acartonarla en un credo más mágico y metafísico, que histórico y vital. Pero esta es otra cuestión. Hablamos de qué es la fe, y no de si muchos de los creyentes somos insufribles. Se suelen confundir las dos cosas. Hablamos de qué es la fe, y no de si entiendo el credo a la manera mágica que supongo obligatoria. Se suele confundir y es otra cosa.

Antes he dicho que volvería sobre si la fe tiene alguna eficacia no evidente a primera vista, pero realmente impactante sobre la vida del que cree, como el caso de Jesús de Nazaret. (O debería tenerla). De hecho, hay muy buenas razones para ser buen vecino y persona, conforme a la dignidad humana y los derechos humanos de todos. Pero la fe tiene la particularidad de sumarse a este camino, – puede y debe hacerlo -, y añade como propias exigencias de bondad, – no propiamente morales o éticas, pues si lo fueran, serían universales; lo moral, en sentido estricto, siempre es obligatorio para todos, y por eso lo tiene que ver también la recta razón, y no sólo la fe -, decía que la fe añade exigencias propias de bondad como el perdón ofrecido siempre a todos, también al enemigo; el amor a los que no se lo merecen, porque no te corresponden; la preferencia por los más pobres y vulnerables en todos los supuestos humanos, aunque yo pierda y no me convenga; la gratuidad en la relación de familia o de amistad o de compromiso social, yendo más allá de lo que en rigor te toca; el pensar en los bienes propios sobrantes como bienes para compartir, y en caso de extrema necesidad, hasta para compartir lo que necesitamos; el reconocimiento de las víctimas de las injusticias más flagrantes como causa propia; la oración, la liturgia y el silencio, como experiencias llenas de sentido en su justa proporción; la historia cotidiana como lugar de algunas posibilidades buenas siempre y en todos, porque Dios lo ha tocado todo con su salvación en Cristo y con los ingredientes humanos trajina su acción de amor en la historia; la perseverancia en el amor por la vida y la justicia, en la esperanza contra toda esperanza, cuando la vida y la gente te devuelven fracaso u olvido, … no te corresponden, no avanzan, incluso te decepcionan… Sólo la fe en el Dios Salvador de todo puede reconciliarte con la vida en esos momentos, con la gente que falló, con tu familia o pareja quizá, contigo mismo que cansado de todo no ves por dónde seguir con ganas y sin provecho material o emocional especial. Podríamos continuar.

Por tanto, eso de que la fe, y la no fe, son lo mismo y siguen el mismo camino vital, sí, pero no. Lo que ocurre es que, a menudo, hay mucho creyente con poca o mala fe, y mucho no creyente con alma buena, y esto confunde como que es igual. Pero en rigor, no es igual ni en el plano de la eficiencia vital. No hablo de superior e inferior, hablo de que la fe es muy rica en aportaciones vitales. Pero insisto, estamos lejos de hacer esto verdad en los creyentes, lo reconozco; en muchos, en la mayoría, quizá; pero no confundamos ese reproche con un “todo es igual y da lo mismo”, con fe y sin fe. No es así. Qué significa la fe en Dios, en nuestro caso a través de Jesús de Nazaret, – sin él no sabemos en cristiano lo fundamental de Dios, y hay epidemia en la Iglesia en silenciar esto -, y qué aporta a la vida del que cree, representa una particularidad, – puede y debe -, que desde el lado de por qué, de para qué y de cómo, es muy singular. Una singularidad, eso sí, amistosa, sencilla, débil, gratuita, respetuosa, paciente, sincera, clara, vivida y, en lo posible, contada. La singularidad de Dios, del Dios de Jesús, siempre es la de quien “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”, y los humildes nunca creen saber de Dios más, mejor y antes que los demás. Por eso, digo a los laicos que me hacéis esta pregunta: confiad en vuestro instinto de bien para responder a esta pregunta, y la gente os entenderá. Ya vendrá quien diga que la respuesta no es completa, pero eso, para la reunión de “ociosos”, catecismo en mano.

Si has sido capaz de llegar leyendo hasta aquí, muchas gracias. (Algún día seguiré).

elcorreo.com

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