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Misericordia, caridad y justicia social (Editorial Sal Terrae, 2016)

2016 mayo 24
por José Ignacio Calleja

 

 

 Misericordia, caridad y justicia social es un libro (Sal Terrae, 2016) que invita a re­pensar la dimensión social de la fe, para ir en cristiano un paso más allá de los lugares comunes. Están cambiando muchas realidades de la vida cotidiana y han sonado las alarmas en el diálogo de la Iglesia con el mundo.

La evangelización sin conciencia social nos da aspecto de gente indiferente. No hay atajos espirituales para evitar la historia y llegar a Dios. Así es nuestro mundo, así la estructura general de la vida humana, así la trama del Reino de Dios. Cuando lo evitamos, el anuncio de Cristo nace sin encarnación; el testimonio de la fe, sin credibilidad; el gobierno de la comunidad, sin carisma; la caridad misma, sin oídos políticos para la misericordia.

Pero queremos ser cristianos sin vaciar nuestra conciencia social y el presente libro nos anima a retener razones, acentos, voces y olvidos que vienen de los pobres del mundo. Al elegir los tres conceptos del título, misericordia, caridad y justicia social, el autor quiere llamar la atención sobre la unión profunda que entre ellos establece el cristianismo. Parecería lógico sumar sin más la misericordia a la justicia social, y todo queda dicho, pero no es así; la fuerza de la idea es que la misericordia es el alma de la verdadera caridad y lo es también de la justicia social.

Afirmar esto parece una obviedad, pero hoy no lo es. Cuando la doctrina social de la Iglesia dice que la justicia es el «primer camino» de la caridad y su «medida mínima», de modo que «nadie puede dar en caridad lo que debe en justicia», está hablando también de la misericordia. Este libro ayuda a pensar con afecto la encarnación misericordiosa de la fe en la justicia social y la refiere a Jesucristo sin complejos. No es una lección, es un servicio; un cuadro a retazos cuyo valor está en aquello a lo que convoca. ¡Ojalá que lo logre!

El Papa viaja a Lesbos, y ¿qué?

2016 abril 16
por José Ignacio Calleja

 

 

 

El Papa viaja a Lesbos, y ¿qué?

 

            Que el Papa viaja a Lesbos, y ¿qué? No hace mucho tiempo esta decisión hubiera impresionado dentro y fuera de la Iglesia, los medios se hubieran volcado sagaces sobre ella y la gente lo comentaría en el mercado como un imprevisto de la vida. Francisco es capaz de esto y mucho más, pero nuestra cultura de la comunicación instantánea digiere las sorpresas con la misma facilidad que pasan las imágenes de un audiovisual. Ningún sufrimiento ajeno permanece más allá de un instante en la retina ni nos conmueve después de una primera impresión. Filósofos de reconocido prestigio han puesto el acento en un modo de vida que deposita todo en un lago cultural tan opaco como viscoso. Las ideas y los valores en discusión, los acontecimientos y hasta los sufrimientos de las personas, nada dura el tiempo suficiente para que nos estremezca y eche andar el proceso de la justicia y la solidaridad.

 

            Hay muchos motivos para vivir con preocupación la llegada masiva de refugiados y migrantes obligados hasta nuestros países, atravesando, nunca mejor dicho, desiertos y mares. Pero hay muchos otros para entenderlo y asumirlo como un reto indeclinable, un reto que no se puede echar a un lado y seguir a lo nuestro. Entre todos esos motivos, uno es fundamental para entrar en la consideración de todos los demás. La conmoción de entrañas por el sufrimiento de millones de personas a las puertas de Europa, en una situación general de necesidad extrema, no nos deja otra opción moral que una salida política solidaria en la justicia. Y a esto va Francisco a la isla de Lesbos en su visita a los refugiados, a recordarle a Europa que esa gente son personas, que la inmensa mayoría de ellas están ahí por razones de extrema necesidad para ellos y sus hijos, y que Europa reconoce un derecho internacional que cumplir y unas obligaciones de solidaridad con las que interpretar ese derecho y las políticas subsiguientes. Para entender a Francisco, es preciso reconocer que, por más fallos que tenga su Iglesia, y tiene muchos, este hombre y esta institución exigen traer al centro de Europa, al corazón de sus políticas y de los ciudadanos de Europa, la conmoción de entrañas por el sufrimiento de las víctimas en la que arranca una convivencia moral justa. En Francisco, su motivación ha de ser religiosa, porque así lo exige su fe cristiana, pero su fundamento no es menos laico, porque si no hay conmoción absoluta de entrañas en la gente, si no hay ruptura del corazón en cada uno de nosotros hasta decir indignados “no hay derecho, no tenemos derecho” a consentir esto, la convivencia democrática de Europa se asienta sobre el barro, la política es incapaz de justicia, la justicia languidece como legalidad sin potencia moral, y la ética de los derechos humanos es un apartheid para los pueblos de la Unión; y en cuanto se encarece la democracia, un artificio para las élites que se parapetan en sus privilegios aprovechando el miedo de la gente a vivir de otro modo.

 

            Es probable que la Europa política busque apropiarse del viaje de Francisco a Grecia, es posible que hasta acuda a recibirlo al aeropuerto y lo acompañe entre las islas, es posible que el ayer proscrito Tsipras, mañana sea nuestro embajador de circunstancias, es posible que los medios no acierten (o no les dejen) a leer el acontecimiento en toda su profundidad.  Pero siendo posible casi todo, y que todo muera en unas portadas al uso, los pueblos de Europa, y sus dirigentes en particular, tienen que entender que Francisco acude a Lesbos por la gente, por la dignidad de la gente sufriendo y sin futuro, y que la conmoción que esto provoca en las personas de bien, la ruptura que introduce echando a un lado todo lo demás en nuestras vidas, es lo que le mueve a realizar este ejercicio de ética aplicada, escenificada al máximo nivel, y tan pobre o exitosa, al cabo, como las transformaciones sociales que provoque. Si la gente, mucha gente, lo asume como una experiencia de ruptura con el cálculo político y la indiferencia ante los sufrimientos ajenos, estamos reconstruyendo el ser moral de nuestro mundo en Europa, aunque rebajemos nuestro estatus económico. (Y ni eso, con la oportunidad laboral que esta emigración representa). Y de esto se trata, de que un gesto de profeta nos hable, mucho más que de política, de la condición moral del ser humano, del ser o no ser de esta condición en la capacidad de conmoción de nuestras entrañas ante el sufrimiento ajeno; y, enseguida, de si en esta experiencia renace un movimiento social que ve, valora y actúa políticamente a favor de la justicia con los refugiados y migrantes pobres y, particularmente, con sus niños. Lo que vamos a hacer en concreto y con qué sacrificios viene después en política, de esto hay que hablar y exigirlo, pero la convicción de que hemos de hacerlo para vivir con dignidad ética nosotros mismos, eso es así. Y el Papa, lógicamente, lo pretende. Si la política europea es este juego de intereses electorales y los pueblos en buena medida se dejan arrastrar por el egoísmo y las llamadas neonazis a retener lo propio con alambradas, o por tratados de arrendamiento de la represión a los países del entorno y odas a la pureza cultural de la propia nación, todos entendemos que, en el fondo, se trata de defender un modo de vida  cuyos valores, sin el dinero, ya no importan. Francisco va a Lesbos, y ¿qué? Pues que la indignación o conmoción radical de su persona por los sufrimientos de los refugiados pasa al centro de su ver, valorar y actuar en el mundo, y lo exige de los demás como indignación moral y justicia social.

 

J. Ignacio Calleja

Profesor de Moral Social Cristiana

Vitoria-Gasteiz

 

El Correo, 16 de abril de 2016

Francisco, ¡vete a Lesbos, sí!

2016 abril 7
por José Ignacio Calleja

        

         Francisco, ¡vete a Lesbos, sí!

 

         Me preguntan, con razón, que por qué hablo de una campaña “Francisco, vete a Lesbos, sí”, cuando es prácticamente seguro que va.

 

         Es posible que el desconfiado sea yo. Simplemente es crear una corriente pública de apoyo alrededor de ese hecho, para que suceda y para mostrar que la mayoría del mundo cristiano, y la gente de buena voluntad, quiere ir con él hasta el final; es para que todo esto no muera en un gesto y mil portadas; es para ir en la solidaridad justa con los refugiados y migrantes pobres, hasta el final, con todo el significado humano y político que para Europa ha de tener; con toda la intención de mostrar que no se puede alabar el gesto del Papa y seguir en casa, o en la misma política, o en el mismo silencio, o en la misma pastoral cristiana, o en los mismos consumos y egoísmos, o en el mismo mundo y sus repartos, o en las mismas élites satisfechas de su simpatía por el Papa, o en la misma visión de la vida, o en los mismos objetivos económicos para los mismos, o en los mismos fraudes…

 

         Es una oportunidad de concienciación en el problema mucho mayor que si lo hace solo y entre gobiernos que en dos días lo apagarán. Seguramente, es que el desconfiado soy yo y de ahí, lo de de hacer nuestro el hecho y la campaña de ir con él, de contarla como nuestra, de sumarnos socialmente a su denuncia y exigencias.

 

         En cristiano, es “ir a Galilea porque allí veréis al Resucitado”. Así avanza la dignidad de los grupos sociales más pobres a la medida humana, sin duda.

 

He tenido que explicarlo así, como digo arriba, y si llega a gente, vale. Mi Diócesis está preparando una acción conjunta. Lo comparto. Mi idea de campaña la he dicho: No dejar que el viaje de Francisco, al menos en el mundo cristiano, sea un gesto de portadas de periódico, sino pensarlo éticamente (misericordia) y políticamente (justicia). Se trata de remover esta idea para que una acción eclesial diocesana -allí donde se realice- la reclame mucha gente, sea clara en el gesto, duradera en el tiempo y con intención social interpelante.

Campaña: FRANCISCO, ¡vete a Lesbos, por favor!

2016 abril 7
por José Ignacio Calleja

 

 

 

Amigos y amigas, ¿por qué no podemos impulsar nosotros una campaña? ¡Qué oportunidad!

   

 

 

  

 

 

  

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Campaña: FRANCISCO, ¡vete a Lesbos, por favor!

 

 

 

 

FRANCISCO, ¡vete a Lesbos, tienes que ir! “Él va delante de ti a Galilea: allí lo verás, como nos dijo”, Mc 16, 7. Francisco, ¡vete a Lesbos, por favor!

Por una Pascua con historia

2016 marzo 28
por José Ignacio Calleja

Por una Pascua con historia

 

En cristiano, no deberíamos precipitarnos al proclamar la victoria de la Vida sobre la Muerte, sin aclarar bien su significado de FE y el compromiso de justicia y amor en que consiste; a menudo, siento que en el día de PASCUA hacemos un uso obsceno del lenguaje, como si fuera YA la victoria HISTÓRICA Y GENERAL de la Vida sobre la muerte; olvidamos que mucha gente no conoce una vida humana, ni probablemente la va a conocer, o, sencillamente, la pierde de una manera tan cruel como injusta. Por eso, muchas veces el lenguaje de la PASCUA lo percibo como un lenguaje sacrílego; convierte YA en historia general (la PASCUA) lo que es una realidad incipiente y CREÍDA. CREEMOS, con temor y temblor, en el triunfo de la Vida sobre la muerte en Jesús (la Pascua) y confesamos nuestra CONFIANZA en que esa Vida es -YA SÍ/TODAVÍA NO- la última palabra contra la muerte de los inocentes, y por ellos, para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, los hombres y mujeres que han hecho lo posible por ampliar el espacio de la dignidad humana de todos. El otro modo de la PASCUA -ya, general, histórico, contra la realidad de cada día para las mayorías marginada y, a lo sumo, como alegría interna de unos pocos-, es evidente que no. Así no puede ser Dios. Es sacrílego desde la no-vida de tantos. Sé que hablar así de la PASCUA suena pesimista, pero el pesimismo lo pone la historia humana de la injusticia contra tantos, no yo. El evangelio es alegría en la lucha por la vida digna de todos, pero no es una manual de autoayuda para los salvados. Demos una oportunidad histórica a la Pascua, podría ser la conclusión.

 

Uso y abuso del concepto “misericordia”

2016 marzo 13
por José Ignacio Calleja

 

 

 

 

            El concepto misericordia se escucha por doquier y bien merece un repaso en moral social cristiana. Nadie puede dar en misericordia lo que debe en justicia. Más aún, justicia y misericordia no son dos realidades morales en paralelo, o una después de la otra, sino que van juntas, trenzándose para la mutua plenitud.

 

            La misericordia inspira que la justicia sea cada día más y más humana en su conciencia de los problemas que trata; en ella, en la justicia, encuentra la misericordia su mediación primera y mínima; cuando hablamos de derechos humanos la primera palabra es de la justicia; con compasión, pero de la justicia. El caso de los refugiados y migrantes lo explica sin rodeos.

 

            A su vez, la misericordia sustituye excepcionalmente a la justicia, cuando ésta no hace su trabajo; sólo entonces la sustituye, y lo hace por un tiempo, con denuncia social y como excepción. Por desgracia, demasiadas veces y hasta perderse la conciencia de su provisionalidad.

 

            Por fin, la misericordia desborda a la justicia con acciones propias, las obras de misericordia, en lo que no es exigencia de la justicia sino del amor entrañable y gratuito de los humanos entre sí, a imagen y semejanza del Padre (en la fe).

 

            Por eso es tan importante al hablar de la misericordia referirse a la vez y con claridad a la justicia. Si es la justicia bíblica, para ver cómo ha de mediarse en nuestra vida histórica en justicia y misericordia efectivas para todos; y si es la justicia del mundo, para ver cómo ha de realizarse en cuanto justicia humana equitativa (“la ley justa siempre mejorable”). Y entonces, sí, el creyente debe hablar de la misericordia gratuita y sus obras propias y de cómo exigen, humanizan y prolongan la justicia. (En lenguaje laico, y a su modo, la solidaridad).

 

            Entiéndase bien. Caridad, misericordia, compasión, justicia humana, justicia misericordiosa de Dios… tienen cada una su significado especial, pero en su trazo grueso, en lo fundamental, cobran el significado que acabamos de ver. Y ahora sí es mucho más fácil verificar esta máxima repetida: nadie puede dar en caridad/misericordia/solidaridad lo que debe en justicia, porque la justicia es el primer camino, la primera vía, la medida mínina de las anteriores.

 

            En lo concreto, las obras de misericordia -corporales y espirituales- tienen su valía excelsa, como el juicio final de San Mateo 25 lo explica, pero nosotros, hombres y mujeres del siglo veintiuno, ya sabemos que el pecado social -las estructuras sociales de injusticia- tienen un peso extraordinario en facilitar o no una vida misericordiosa. No podemos engañarnos en esto y mostrarnos inocentes o desinformados.

 

            Luego la justicia social nos reta como tarea ineludible de la misericordia. ¿Más que la vida misericordiosa? Las comparaciones son odiosas. Las buenas personas en estructuras de injusticia se pierden con las mejores intenciones, y las mejores estructuras sociales sin personas buenas, se desploman. Personas buenas (justas y misericordiosas) y estructuras justas (dignas de las personas e inclusivas para los pobres), a la vez. Nadie puede escapar a esta doble interpelación social y cristiana.

¿Acoger a los refugiados? Sí, ¡lo vamos a lograr!

2016 marzo 10
por José Ignacio Calleja

Manifiesto #YoAcojo

Espacio Acogedor 

Quienes firmamos este manifiesto queremos acoger. Y consideramos que Europa no está dando la respuesta adecuada a las personas refugiadas. Al contrario, todo su esfuerzo hasta ahora se ha centrado en proteger las fronteras y convertir Europa en una Fortaleza.

La consecuencia de esta absurda situación es que centenares de miles de personas se ven empujadas a emprender viajes peligrosos por mar o tierra que pueden costarles la vida. Miles ya no podrán contar su historia porque mueren en el camino, muchas veces ahogadas. Otras se han quedado atrapadas en campamentos de refugiados, sobreviviendo en condiciones extremadamente difíciles.

Especialmente trágica es la situación de mujeres y niñas expuestas a explotación y violencia sexual, y la de las personas en situación de mayor vulnerabilidad, como por ejemplo, las que tienen una discapacidad. Todas ellas han visto cercenada la vida que llevaban y se enfrentan a abusos y violaciones de sus derechos que nunca hubieran imaginado. Por no hablar de las miles de familias que se han roto y que encima sufren rechazo en los países que deberían ofrecerles una acogida digna.

Queremos que los países de la Unión Europea, y España como parte de ella, garanticen a las personas refugiadas el apoyo que les corresponde, que den un paso adelante, que escuchen nuestra voz, que ACOJAN.

Queremos que Europa grite #YoAcojo.

Por ello, pedimos al gobierno de España:

  • Que garantice una respuesta rápida para las personas refugiadas y solicitantes de asilo que llegan a Europa, bien por tierra, bien por mar.
  • Que cumpla con sus obligaciones internacionales y aumente el número de plazas de reasentamiento, especialmente para mujeres, niñas y personas en situación de especial vulnerabilidad.
  • Que garantice unas condiciones de acogida dignas.
  • Que se comprometa a impulsar medidas que garanticen el derecho de asilo  y al establecimiento de rutas legales y seguras para que nadie tenga que arriesgar su vida en busca de refugio.

Europa ya tiene su mercado de esclavos

2016 marzo 8
por José Ignacio Calleja

Las entidades de acción social de la Iglesia en España rechazan el acuerdo suscrito entre la Unión Europea y Turquía para devolver a todos los refugiados SIC 8 marzo, 2016 Las entidades de acción social de la Iglesia en España rechazan el acuerdo suscrito entre la Unión Europea y Turquía para devolver a todos los refugiados2016-03-08T14:06:44+00:00 Envío, Iglesia en España Cáritas refugiado TurquíaLas entidades de acción social de la Iglesia que trabajan con refugiados y migrantes —Cáritas, CONFER, el Sector Social de la Compañía de Jesús y Justicia y Paz— expresan su consternación y su más absoluto rechazo ante el acuerdo alcanzado ayer en Bruselas entre la Unión Europea y Turquía que permitirá devolver a territorio turco a todos los refugiados que en los últimos meses han llegado a Europa desde las costas del Egeo. Estas entidades quieren denunciar un acuerdo inédito, que supone un giro radical en la política migratoria y un serio retroceso en materia de derechos humanos. De hecho, la Unión Europea ha decidido comprar, con el desembolso de una partida extraordinaria de 3.000 millones de euros adicionales al Gobierno de Ankara y otras contrapartidas, la contención de los refugiados fuera de las fronteras comunitarias y permitir la devolución —incluso colectiva— a Turquía de todas las personas refugiadas que llegan a la Unión. Con ello, la imagen de una Europa de los mercaderes vuelve a emerger como escandaloso colofón a la larga serie de acciones caóticas, confusas y represivas que en los últimos meses vienen adoptándose contra los refugiados en la Frontera Este. El acuerdo adoptado con Turquía viola los convenios internacionales y europeos ratificados por los Estados miembros que prohíben expresamente la devolución de personas que son objeto de persecución o víctimas de guerra. Es, por tanto, inaplicable. Además, supondrá un incremento mayor si cabe del inmenso saldo de sufrimiento, dolor y muerte por parte de quienes siguen arriesgando cada día sus vidas mientras buscan bienestar, seguridad y protección a las puertas de Europa. Pedimos a los Estados miembros que defiendan la Convención de Ginebra y se atengan a los valores proclamados en sus constituciones. Instamos una vez más a la UE a que ofrezca canales legales y seguros para acceder a nuestro territorio, garantizando la protección de los derechos humanos y la dignidad de estas personas que huyen del terror y la desesperación. Invitamos a la comunidad cristiana y a toda la sociedad a expresar su rechazo inequívoco a este acuerdo, que condena a todos esos seres humanos —mujeres y niños en su mayoría— a ver cercenados sus anhelos de libertad. Como el Papa Francisco señaló en su discurso ante el Parlamento Europeo, “Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración (…) si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos —causa principal de este fenómeno–, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos. Es necesario actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos”. (Cáritas) ¡Compártenos!

Memoria viva del 3 de Marzo en Vitoria-Gasteiz

2016 marzo 4
por José Ignacio Calleja

 

¿3 de marzo en Vitoria-Gasteiz? No quería intervenir en este tema, pero la tentación es fuerte. Yo estuve allí, en todas las asambleas de San Francisco, y en la del 3 de marzo; era joven y corrí mucho en la estampida; recuerdo perfectamente por qué puerta de la iglesia salí y en qué portal de Reyes Católicos me refugié. Corríamos arriba y abajo por la escalera de la casa y la gente nos abría sus pisos. Esto no me da más razón moral sobre aquellos hechos, ni me la quita. El 3 de marzo es de todos los que creen y están por la justicia. Y no se ha hecho justicia, no se ha hecho, y es imperecedera.

 

            Creo firmemente en la justicia, pero no puedo digerir actitudes de odio o venganza; quiero creer que en minorías; lo creo y es inevitable, no está bien; no es que yo sea bueno, es que no puedo con la justicia que sustenta sentimientos enfermos de odio después de cuarenta años. Me pasa con todas las memorias históricas: las encuentro tan justas como dislocadas en demasiados. Aquella lucha social era legítima por democrática y justa por sus reivindicaciones obreras, pero era y es discutible en su ideología global. Yo estaba de acuerdo, y en gran medida lo estoy todavía, pero los asesinados no sacralizan mis ideas sociales y, menos aún, las ideas nacionales de nadie. Ni ayer ni hoy. No va todo en el mismo lote. Debo diferenciar y lo hago. Lucha social y justicia para las víctimas, sí, sin silencios para nadie; ideologías globales, libertad de opinión.

 

            Y no puedo con el odio para conseguir la justicia. Ya lo he dicho. En cristiano, no cabe. (Respeto la rabia de las familias, cuidado). Que así, con esos criterios, perdemos la lucha social y política. Puede ser. Que la derecha social se aprovecha de las buenas intenciones morales, puede ser. Quizá algo de esto paso con Jesús, ¿no? Astutos como los hijos del mundo, y nobles como los hijos de la luz -decía-, pero cómo.

 

            Creo que en cristiano es posible exigir justicia sin merma ética para la ciudadanía. Y en ética social democrática, también. Tal vez deberíamos celebrar la memoria de aquella masacre de alguna forma propia en aquella iglesia; no en alternativa, abierta a todos, pero con la especificidad cristiana ante la justicia inaplazable. Hay otro modo más ético de memorizar la historia de la justicia. ¿Sería crear división social? Puede ser. El evangelio, de todos modos, interpela y divide, y debería hacerlo más veces.

 

            Para tener los mismos sentimientos del fascismo en la lucha social contra ellos, me busco la vida justa por otro camino. He dicho los sentimientos, no las prácticas ¡Cuidado! Y digo, lo intento. Por eso amo tanto la política justa, y no valgo para ella. 

 

José Ignacio Calleja

Vitoria-Gasteiz

Padrenuestro en Barcelona

2016 febrero 17
por José Ignacio Calleja

 

            Al saber del uso irreverente de nuestro padrenuestro, en un acto oficial del Ayuntamiento de Barcelona, el enfado es lo primero que nos viene a los católicos a la cabeza. Pero yo no me lo tomo tan a la tremenda. Alrededor de la política se mueve mucha gente con dificultades muy grandes para respetar a los otros. Va en el espíritu combativo de los personajes. Ganar y conservar el poder, sobreactuar a su alrededor, es un objetivo de vida o muerte para demasiados. Temibles.

 

            La actividad política que tanto defiendo y aprecio en su necesidad social y moral, en la práctica es un mundo de conciencia muy limitada en muchos de sus actores y pautas. Se molestan si lo dices, pero es así: si te gobierna el PP, no sabe hacerlo sin cobrarse el sueldo de varios modos, los legales y los ilegales; la corrupción cobra mil formas, se hace estructural y la gestión general presume de eficaz para parir un ratón, y contra los vulnerables. Si te gobierna el PSOE, la corrupción cobra (casi) otras mil formas y su gestión te lleva a la ruina en cuanto hay dificultades de caja. Si te gobiernan los que ahora llegan, todavía no sabemos de su eficiencia económica y social, pero de sus dificultades para respetar a los otros en sus convicciones religiosas, esto ya lo sabemos de muchos.

 

            La izquierda social más gritona tiene muchas dificultades para criticar y respetar a la vez a las gentes con idearios religiosos. Ahora hablamos de ellos; otro día será de nosotros. Criticar y respetar a la vez. Esto es así para todos. La diferencia de ideas salta del debate a la mofa, sin solución de continuidad, y de aquí al argumento ad hominem sin reparo. Desde luego, la solución no está en decir que “con el Islam no os atrevéis”, porque al cabo es un signo de calidad ética que se atrevan con el cristianismo: están reconociendo que nuestro sentido de la justicia en los medios de respuesta es noble; que será a la medida de la dignidad nuestra y suya. Esa convicción ajena sobre nosotros, nos honra y me alegra comprobarlo. Debemos cuidarla.

 

            Luego esto de Barcelona no me lo tomo a la tremenda, sino que intento situarlo en su contexto: éste es el país y su momento, ésta es la gente que lo dirige, ésta es la dificultad en muchos de respetar al distinto, ésta es la soberbia de buena parte de la izquierda en la cultura. Tranquilos. No son pocos los intelectuales de izquierda que ejercen como liberados en casi nada, para liberar de la nada, y a la fuerza, a quienes no se lo han pedido. Tranquilos. La derecha es más elitista y sus desprecios, parecidos, se le notan menos. Tranquilos. (Mañana hablaré de nosotros, hoy no toca).

            ¡Calma! Todos los creyentes sepan de su derecho a creer y ser respetados, y crezcamos, más y más, en opciones sociales de justicia y solidaridad ejemplares en la crisis. Por ahí va el Evangelio, lo que de veras nos importa para anunciarlo entero. Podemos mejorar.

 

            Así que ante lo sucedido y por venir, yo lo vivo con calma, porque la cultura, y la cultura religiosa también, es fuerte en la respuesta por la justicia, y fina para no repetir la vacuidad y el atropello de algunas vanguardias culturales subvencionadas. Eso queremos evitar. No es fácil enfadar a los cristianos por una mofa, no debería serlo.

 

            Calma, fortaleza y a mejorar.

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