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¡Feliz Navidad y feliz año nuevo!

2015 diciembre 28
por José Ignacio Calleja

 

 

               He buscado para mi familia y amigos una foto donde pareciera contento y a fe que me ha costado; siempre miro a la cámara como si me robara el alma; esta puede valer… Y sin más, que quería felicitaros la Navidad y desearos lo mejor a vosotros y a vuestras familias, a toda la gente de bien que anda por la vida con corazón y manos abiertas; a la que se merece una pizca más de suerte y ha pasado el año esperándola; a los que se me han acercado con expresión de que se sentían mejor al coincidir; a los que me reclamaban más tiempo y los he dejado a un lado con descuido; a los que me han soportado con paciencia en el desacuerdo “político”; a los que saben que la persona más frágil y olvidada es mi primera confianza y credo.

 

 

               Porque Dios, lo que sea que fuere, esto sin duda que es: el ser que pasa por su corazón el dolor de los últimos y más necesitados, y que lo hace propio. Confío en que esta experiencia de Dios crezca en Navidad para todos y se haga tierra que acoge, medicina que cura, capital que emplea, autoridad que sirve, ley que respeta, pareja que ama, niño que juega, pueblos que acuerdan, oración que se encarna, ideología que no ofusca… Os deseo lo mejor en todo, y hagamos lo posible por ponérselo más fácil a Dios. Eguberri On eta Urte berri On. Feliz navidad y feliz año nuevo.

 

José Ignacio Calleja

Vitoria-Gasteiz

El Pacto de las Catacumbas (1965) – Vaticano II

2015 diciembre 4
por José Ignacio Calleja

EL LIBRO DEL MES: ‘El Pacto de las Catacumbas. La misión de los pobres en la Iglesia’

Publicado el 27.11.2015

Una obra de Xabier Pikaza y José Antunes da Silva, editada por Verbo Divino

El pacto de las catacumbas. La misión de los pobres en la Iglesia, Xabier Pikaza y José Antunes da Silva (Verbo Divino)

JOSÉ IGNACIO CALLEJA| Este es un libro en colaboración, hecho con mucho amor a la causa de la Iglesia y los pobres, y eso fluye por todos los espacios y los alumbra. Hay diferencias en estilos y compromisos con la idea, pero en lo fundamental es muy coherente. No uniforme, que sería otra cosa, sino coherente. No puede evitar algunas repeticiones al acercarse a los hechos históricos (el Vaticano II) y los conceptos (el Pacto y los pobres), pero preserva muy bien la identidad y el interés de cada parte (I-VI). Bien escrito, bien presentado por la editorial Verbo Divino, bien distribuido en sus temas y claves, ¿qué más se le puede pedir a un libro en colaboración?

La obra responde a que, durante el Concilio Vaticano II (1962-1965), un grupo de obispos, principalmente de América Latina, liderado por Hélder Câmara y conocido como Iglesia de los Pobres, se reunía periódicamente en la estela de “la Iglesia de los pobres” de Juan XXIII y del impactante discurso del cardenal Giacomo Lercaro al concluir la primer sesión.

Poco tiempo antes de la clausura conciliar, unos 40 obispos de ese grupo se reunieron en las Catacumbas de Domitila de Roma, el 16 de noviembre de 1965, para celebrar la Eucaristía y firmar un compromiso, el llamado Pacto de las Catacumbas, al que se adhirieron otros 500 obispos del Concilio. Probablemente, lo compartían unos 700 de los 2.400 padres conciliares. Junto a ciertos compromisos de tipo personal, los firmantes añaden distintas opciones apostólicas y sociales, que definen el perfil pastoral y social de la Iglesia que amaban. Leído desde el hoy, todo un antecedente de Francisco.

Origen y evolución

La participación de los veinticuatro colaboradores se ordena alrededor de seis capítulos que van desde el texto del Pacto –su “sentido y origen” (1)– a la “teología de fondo” (2), “El Pacto en la Iglesia de América Latina (3), “Un Pacto misionero: evangelizar a los pobres, los pobres evangelizan” (4), “Un Pacto de vida cristiana” (5) y dos testimonios, de los obispos Proaño y Angelelli (6). En la primera parte, la colaboración de Joan Planellas –”Los artífices del Pacto. Origen, evolución y crepúsculo del grupo llamado ‘Iglesia de los pobres’” (pp. 81-109)– es muy importante para entender el hecho eclesial del que hablamos. La sexta parte tiene un subtítulo –“Madurez, pobreza, comunión”– que da más de lo que promete ese epígrafe.

He adelantado mi impresión tan positiva sobre el libro al comienzo. La importancia que se le concede al Pacto está justificada, pero que haya influido tanto fuera de América Latina no es claro. De hecho, varios de los autores reconocen no haber oído hablar de él (pp. 111 y 400). En las facultades de Teología de Europa, apenas se ha mentado este hecho “conciliar”. También añadiría que en varios momentos es muy benigna la lectura del Vaticano II y su asunción de la Iglesia de los pobres; las citas son importantes y varias, pero de significado teológico impreciso; y su perfil eclesial –pastoral y social–, bajo. Yo sería en el juicio más exigente con el Vaticano II.

También me ha llamado la atención que no se incide mucho en la perspectiva de que “los pobres nos evangelizan”; sí aparece que son sujeto de la evangelización, pero no queda tan claro como en la Evangelii gaudium de Francisco que ellos nos evangelizan a nosotros, a la Iglesia que viene pensando en ellos y dirigiéndose a ellos y con ellos. Esta clave me parece vital y lo más interpelante de la Teología de la liberación para toda la teología actual. Muy interesantes, como lector, las aportaciones sobre la Iglesia en África, India y China, y la emergencia de las mujeres en la renovación del Pacto hoy (Mercedes Navarro).

Gracias, Pikaza y Antunes da Silva, por esta obra que retoma el surco de una Iglesia toda ella testigo y samaritana, como Jesús.

Lo recomiendo por…

Porque creer y actuar desde los más pobres de la vida nos convierte y evangeliza. ¿No es eso el Vaticano II hoy?

Otro imprescindible

Marciano Vidal, Concilio Vaticano II y Teología Pública. Un “nuevo estilo” de ser cristiano en el mundo, Perpetuo Socorro (Madrid, 2012).

 

FICHA TÉCNICA

Título: El Pacto de las Catacumbas. La misión de los pobres en la Iglesia

Editores: Xabier Pikaza y José Antunes da Silva

Editorial: Verbo Divino, 2015

Ciudad: Estella (Navarra)

Páginas: 521

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Católicos a la greña sobre los refugiados sirios

2015 noviembre 16
por José Ignacio Calleja

 

 

            Dicen que si un miembro de los comandos terroristas de París entró como refugiado, y ya está aquí la polémica social y católica. O sea, ¿quiere decir que si un yihadista (o veinte) se ha colado entre los refugiados, eso transforma el problema de la justicia con los refugiados de moral a inmoral? Y ¿quiere decir que esto mismo hace oportunas las palabras del cardenal Cañizares sobre que todos no son trigo limpio, y verdadera su idea de que han de primar los derechos de la civilización cristiana de Europa? ¿Pero alguien cree que los refugiados vienen porque hemos ido allí a decirles, “pasen y vean, vacaciones gratis”? ¿Alguien cree que en la vida humana se puede decidir nada en justicia absoluta? ¿Alguien cree que no se puede correr ningún riesgo en el trato con las víctimas? ¿Alguien piensa que el mejor de los grupos humanos no va a tener excepciones y garbanzos negros?

 

            Cañizares se disculpó, viendo lo equívoco de sus palabras. Pero sabíamos que otros volverían. Munilla lo ha hecho y detrás, un buen grupo de católicos. ¿Por qué? No es la perspicacia cultural y la vocación de justicia, no. Hay que ser un demagogo del tres al cuarto para volver a esto y así. Porque es no saber discernir el ministerio eclesial de la vocación política que los consume; es un ego descontrolado que los hace creer que son vigías y salvadores del occidente cristiano, cuando solo ven a dos palmos de sus narices.

 

            Son agoreros que se pasan el día diciendo que son las doce, y al final, necesariamente, aciertan dos veces. Y se lo creen. ¡Qué cruz!

¿El Sínodo, una decepción? Hay tiempo, Francisco

2015 octubre 26
por José Ignacio Calleja

 

            Compone Religión Digital (JMV) una buena relación de pros y contras al concluir el Sínodo de la Familia, y quiere salvar a Francisco. Hace bien. Lo que sea de Francisco lo vamos a ver en veinte años, cuando el nuevo Episcopado represente a “los pobres nos evangelizan“. Todavía es el de Juan Pablo II y no es lo mismo. Cada Papado, si dura dos docenas de años, lo cambia todo. Francisco no va a tener tiempo. Depende de si le prepara al “Espíritu” un candidato que, sumando, cumpla ese plazo. Hace falta más tiempo, pero vamos muy bien; hace años, esto era impensable. En lo de la comunión de los divorciados vueltos a casar, están crecidos, porque una lectura literalista del Evangelio pesa mucho, pero es una cuestión menor; el literalismo se volverá mañana contra ellos; sinceramente, su importancia es más simbólica que real; no creo que mucha gente sufra por esto; uno solo, ya es mucho, pero no creo que sean muchos, felizmente. No es la batalla de una Iglesia convertida a los pobres y evangelizada desde ellos. Está surgiendo algo nuevo a nuestro alrededor pero necesitamos la paciencia y fortaleza del Reino.

 

 

            Insisto, está surgiendo lo nuevo, pero los dolores son de parto, y hay que pasar por ellos. Así crece el Reino, los pobres nos evangelizan y, en esta experiencia, podemos recuperar con otra hondura el Evangelio de Dios en Jesucristo. No me atrevo a decir con “Verdad“, en mayúscula, que es palabra muy osada; digo con más hondura; su secreto es el Dios “encarnado” de Jesús y el samaritanismo de la compasión y la justicia, y estamos cerca de entenderlo. Nadie se atreve hoy a cuestionar esa experiencia de Dios, hecha en la vida de los más pobres y olvidados del mundo, en los más injustamente tratados; nadie se atreve; todos compiten por ser maestros en este sentir y decir (¿y vivir?); retorciendo a veces su significado, o haciendo mutis por el foro, pero lo de “los pobres nos evangelizan” ha venido para quedarse, y su “potencia”, supera a Francisco. El Evangelio, cuanto más directamente se lea, más incisivo es con el poder, la riqueza, la clerecía, las formas, los honores, la academia, la curia, la teología y la doctrina… Hay tiempo. Nosotros o los siguientes, pero los pobres nos convierten y esto va en serio. Hay tiempo.

Por qué la religión y su moral es un asunto privado y público. Y cómo.

2015 octubre 21
por José Ignacio Calleja

            Un comentario en el tema, una vez más, XXX, con el que puedo cansar. Revisa tu texto, y si el amigo XXX, con todo respeto, es la última palabra sobre cómo y dónde busca la felicidad la religión, como mínimo es un argumento pobre y discutible. XXX estará contento, pero no creo que se tome por referencia obligada en el tema. Después confundes creencias y valores, y dices que se manifiestan a través de los partidos; y tampoco es eso; las creencias se manifiestan democráticamente por quien quiera, tomando la fuente o inspiración de donde estime, con respeto de la dignidad humana de todos; y los valores y normas morales, estos sí, han de ser democrática y argumentativamente expuestos por todos, sin parapetarse los creyentes en la revelación y los no creyentes, en una racionalidad sólo para los liberados de la fe. Los valores, y su concreción en normas morales o éticas universales y precisas, son tarea de todos, argumentando todos, y concretando todos, sus mínimos de interpretación y su práctica social. Logramos certezas éticas en la vida civil, a la medida de los humanos, no de los dioses; tampoco los creyentes somos dioses.

 

 

            Ambos, creyentes y no creyentes, tienen (tenemos) obligación ética de dar razones humanas para calificar, de bueno o malo, esto o aquello. Y tienen (tenemos) que poder entenderse, aunque no se pongan de acuerdo en su fundamento último y en algunas concreciones de la excepción; pero el lenguaje moral como argumentación, tiene que entenderse; y no vale que la fe nos haga escapar a una verdad que otros no ven, fuera de la religión, o su contrario, que la razón de un creyente ya no vale como razón, porque está prisionera del dogma. Quizá sí, quizá no, pero hay que probarlo en cada caso. En la vida civil, el argumento de razón humana es el que vale, pero lo puede dar de la misma calidad el no creyente y el creyente. Basta que el creyente no confunda planos y el no creyente no despache el tema sin haberle escuchado mostrado sus carencias.

 

 

            Que la experiencia histórica sobre las religiones y su aportación a la moral pública civil, o “ética civil común”, sea muy negativa, de acuerdo; que su aportación a través de la ética, además de apelar a la revelación -fuente privada-, ha de apelar a la razón humana argumentadora y común -fuente pública, laica y común-, sin duda. Si alguien no apela a esta razón, está hablando como predicador, y su palabra solo vale en ese plano; no aporta nada como moral civil. Tiene que añadir por qué es humano eso que dice y cómo le puede explicar su valía humana a otros que no tienen fe, o que teniéndola, se exigen una moral para adultos. Luego no es la religión la que te saca del diálogo ético democrático y laico, sino la minoría de edad de muchos creyentes al saltar de la religión a la ética civil sin red, sin argumentos de razón humana que hagan de su postura digna de escucha y muy digna, o sencillamente, ni plantearse esto de la moral civil y sus fuentes.

 

 

            Que a la sociedad plural y laica le importa esta ética religiosa y la propia religión, también. O sea, que a través de la ética civil -a la cual digo que está obligada a hacer su aportación argumentada humanamente la ética religiosa-, la religión no es sólo un asunto privado; tampoco lo es como religión, en cuanto que puede extenderse según la libertad de expresión y los derechos humanos de todos los hablantes y ciudadanos, predicándose como fe. Por fin, la moral religiosa, si tiene exigencias concretas propias, ¡si las tiene concretas, en condicional!, -pues no pocos pensamos y razonamos que las llamadas exigencias morales propias de la religión cristiana, cuando difieren de las de la moral civil, no son normas morales propiamente hablando, sino llamadas a la santidad o perfección religiosa que se sitúa en otro plano que el normativo como moral-, si tiene, decía, no hay que equivocarlas con la moral civil común, ni sustituirla. Hay que sumarlas a ella con razones de humanidad, y si no, el camino no vale en la democracia plural y laica.

 

 

            Por eso, nosotros, muchos creyentes, hablamos de los mínimos de moral humana o lo humano básico, común e irrenunciable -la moral civil-, y los máximos de perfección cristiana -lo que se espera del santo- y, en el humanismo agnóstico- del héroe. No hay que confundir estos dos niveles. Lo hacemos a diario.

 

 

            La religión, así, no es un asunto privado, su moral tampoco; la historia de su presencia social es dolorosa, pero no son un asunto privado, sino las dos tan público como quieran los ciudadanos libres; eso sí, en cuanto a la moral, obligatoriamente por los cauces de argumentación ética y de validación política de la democracia. Lo repito, la primera, la religión, se hace pública, respetando las leyes libres del espacio público plural, como todo discurso cosmovisional; es pura predicación de ideas; y la segunda, su moral religiosa, colabora a la moral civil, compartiendo sus concreciones con argumentos de razón humana que todos puedan entender, y participando de la ley con la forma que digan las mayorías, con respeto de las minorías y, en los supuestos, de los derechos fundamentales de todos. Aquí la cuestión de la objeción de conciencia, etc.

 

            Me alegraría haber aportado algo para el debate. Un saludo.

Laudato si’, para su presentación en Vitoria-Gasteiz

2015 octubre 6
por José Ignacio Calleja

 

 

 

7 de octubre de 2015

            Al presentar la encíclica social de Francisco, Laudato si´ (2015) (LS) -Alabado seas, mi Señor-, me gustaría comenzar recordando su conexión con la Evangelii gaudium (2013). Si allí la inclusión social de los pobres y la paz social que brota de la justicia era la columna vertebral de su reflexión, aquí se prolonga en sus conexiones indeclinables con la Tierra y la comunidad de vida de todo lo creado. Las personas, los seres vivos, los bienes de la naturaleza… la Tierra toda, como casa, hermana y madre nuestra, “Todo está interconectado”, repetirá varias veces LS como experiencia decisiva de lo que va exponiendo (nn 91/117).

 

            Por eso he titulado, la tierra y los pobres la misma causa, porque la Tierra y la vida misma son uno más entre los pobres del mundo. La Tierra y los pobres, la misma cuestión social, este será el hilo conductor de mi lectura.

 

            La encíclica es larga, así que entresacaré algunas claves que la configuran y que su introducción, en el número 15, enumera perfectamente:

 

            1) Los hechos y una pregunta. A) Las manifestaciones más destacadas de la          crisis ecológica global. B) La respuesta a una interpelación de la ciencia y la    cultura laica: por qué nos atrevemos a hablar desde la ética y la religión.

            2) Los motivos de la Teología cristiana de la Creación, del mundo y el ser       humano, que deberían facilitarnos una especial sensibilidad ante la crisis      ecológica global. El problema del antropocentrismo desviado.

            3) Las causas más profundas de esa crisis ecológica global; en particular el            modelo o paradigma cultural tecnocrático, y su lógica propia ocupándolo           todo: pragmática, instrumental, economicista.        

            4) La salida en común como ecología integral, es decir, ambiental y social,      moral y espiritual,… de los seres humanos, de la vida toda y de la Tierra en          cuanto tal.

            5) Los diálogos que se necesita realizar, los sujetos que los emprenderán y las       acciones en que se concretarán.

            6) La educación en los valores que la ecología integral requiere, los hábitos   nuevos en que la conversión consiste, y las experiencias de la espiritualidad       cristiana que nos sostendrán.  

 

            Un apunte valorativo

 

            7 de octubre de 2015

 José Ignacio Calleja

¿Cómo interpela la crisis económica y social a la Iglesia?

2015 septiembre 23
por José Ignacio Calleja

 

   

         Hace no demasiados años, hablar de la dimensión social de la fe era tanto como meterse en política. Había minorías cristianas que defendían ese empeño de la fe en la justicia social, pero la mayoría de los creyentes presumía más bien de evitar el mundo. Vivíamos al abrigo de riesgos mundanos: “Solo tengo un alma que salvar, de la inicua política la debo preservar”. Así discurría la vida social de no pocos católicos y la Iglesia española se refugiaba en nombramientos episcopales y movimientos cristianos de signo conservador.

 

            Al estallar la crisis económica y social hemos querido taponar la sangría de parados y pobres con palabras de moralidad individual y con no poca caridad colectiva. Desconcertados, hemos mirado a la crisis, y alguien ha recordado, “estaba ahí, incubándose, ahí, bien cerca, pero no la queríamos ver”; bien dicho, pero es igual: casi nadie ve una crisis hasta que no le afecta de lleno. El caso es que ya no había remedio y con prisa nos hemos lanzado a la caridad organizada, y hemos hecho cosas importantes, pero sin aceptar de inicio el porqué de los perdedores y quiénes tienen mayor responsabilidad en ellas, y cuál ha sido la nuestra y en qué vamos a cambiar.

 

            Ahora ya la conciencia social de la fe es imparable. Respiramos por el amor de Dios y vivimos para que fluya como vida buena y justa en nosotros, es decir, como Reino de Dios que – ya sí, todavía no en plenitud- quiere nacer de las entrañas de la historia cotidiana de la gente como equidad social y salvación; de la historia de la gente más pobre y vulnerable al rehacer su dignidad de persona: en su familia, en su casa, en su ciudad y, sobre todo, en los niños que tienen derecho a unas oportunidades de vida digna. Sin vida digna para esas personas, pronunciamos el nombre de Dios en vano. Porque “Dios trajina su salvación con nuestras vidas cotidianas cuando son buenas y justas”, ha escrito alguien. O de otro modo, porque hacerse prójimo del necesitado y débil es el primer mandamiento moral. ¿Quién está necesitado de mí para que yo me aproxime?  Ante tamaña pregunta, sólo me atrevo a añadir que todo empieza en casa, en el barrio y en el trabajo; y que la justicia también son estructuras económicas y sociales equitativas. Nunca olvidemos esta relación, aunque no nos convenga.

 

            Y en esto, llegó Francisco, y dijo, los cristianos todos en misión, y la justicia, al centro de la vida social, y el sistema económico de propiedad absoluta y especulación masiva es idolatría pura; más todavía, mata cerca y lejos. Y han vuelto los nervios. Los cristianos -a los que pertenezco-  se saben entonces convocados a implicarse en la red de acciones de caridad inmediata en lo que no puede esperar, y de denuncia social en lo que es injusto por demás, y de programas de promoción de personas y concienciación social en lo que da más tiempo, y de apoyo al movimiento civil de que otro mundo más justo es posible, porque de otro modo y con menos, podemos vivir todos y bien.

 

            Ya no preguntamos quién lo sabe todo sobre el futuro, sino quién quiere buscar con nosotros algo nuevo y más justo para todos. Nos sabemos, así, nudos en la red del movimiento cristiano y civil por un mundo más justo, y reconocemos que la esperanza en esa lucha por la justicia es hija de la ética y de la fe: lo que hicisteis a uno de estos más pequeños, conmigo lo hacíais. Cada persona a la que ayudamos a recomponer su dignidad maltrecha, nos libera a nosotros de vivir indignamente. Cada lucha por la justicia que nos convoca y mueve, se suma a nuestra Eucaristía como su harina más necesaria. En cristiano, fe y vida justa no se separan  -lo uno sin lo otro es imposible-; no se confunden  -lo uno no es en todo igual que lo otro-; en cristiano es imprescindible reconocer que se mezclan constituyendo una realidad única: la encarnación de la justicia del Reino de Dios. ¿Hay mayor motivo para la concienciación social y el compromiso por la justicia?

 

José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete (Vitoria-Gasteiz)

El PP tiene un problema y no lo aborda

2015 mayo 27
por José Ignacio Calleja

Un aspecto quizá menor, pero no despreciable. Y no lo entienden en el PP. Creen que es una cuestión de promesas incumplidas y yo no lo veo así. Hay tres millones de votos que buscan al PP si la cosa se pone económicamente mal con la izquierda; en cuanto se ve un poco de luz -y si además la gestión ha sido nefasta en corrupciones y ajustes de abajo a medio, ¡que no arriba!-, esa gente ya no les vota. Son tres millones que los votan para hacer un trabajo sucio y no porque los estimen en su ideología y en sus personas. Es un voto prestado a los adversarios (PP) que no dejan de serlo hagan lo que hagan. Tres millones de votos prestados que, en cuanto escampa, se van. Tres millones de votos que no ven al PP como un grupo gobernante, sino como una “clase dirigente”, la que hay que soportar un tiempo, pero sin confianza, ni afecto ni identificación. Me sorprende que no caigan en cuenta en este aspecto. La sociedad española tiene un imaginario social heredado y bastante estable, y ahí el PP es la riqueza y el poder nada desinteresados. No lo ven, y se sorprenden cuando pierde esos tres millones. Me sorprende. Es que hoy por hoy no son suyos, son prestados, y lo serán mientras el PP no represente una derecha liberal, moderna y social que atraiga a esos tres o cuatro millones por sí misma, y no como un remedio pasajero, tan inevitable como indeseable. Es mi punto de vista de lo que ha pasado.

La Iglesia española vuelve sobre sus pasos ante la larga crisis “económica”

2015 mayo 5
por José Ignacio Calleja

 

Para profundizar en la Iglesia, servidora de los pobres

 

            En realidad, esto que sigue es una lectura inicial de la Instrucción Pastoral de la CEE, La Iglesia, servidora de los pobres (abril de 2015), acogida con gran afecto y compartida muy de cerca. El lector verá si le aporto alguna clave de lectura que le resulte significativa para implicarse más en la evangelización social y, en algún caso, para llevarla más allá de sus actuales orillas. Así entiendo yo el acoger una enseñanza eclesial con afecto. Veamos

 

            Los nn 2-14, me parecen muy logrados en cuanto al tono moral y espiritual que adoptan; y me gusta la selección de hechos que nos presentan para hacernos cargo, cargar y encargarnos de la realidad social que nos interpela. Podían elegirse algunos otros, pero esta selección está muy bien para lo que se pretende.

 

            En el n 15, los factores que explican esta situación, dice: “una crisis previa: “La negación de la primacía del ser humano”, (y debió añadir desde el enunciado “negación de la primacía del ser humano por una economía del dinero a cualquier precio y, por ende, de la exclusión social de los sobrantes”. Algo así, explicaría mejor la negación del ser humano pues, a secas, se presta a un uso etéreo del principio, aunque luego se explique sobradamente. Tanto más, cuanto que está muy extendida la idea de que “la crisis es moral”, dicho como un eslogan apolítico).

 

            En el n 16: Urge recuperar una economía basada en la ética y en el bien común. (Lo de recuperar es optimista al mirar al pasado. El presente es tan negativo que estamos mitificando el pasado del capitalismo).

            En el n 19: “Entre nosotros, las causas de la actual situación, según los expertos, son la explosión de la burbuja inmobiliaria, un endeudamiento excesivo,…”. (Comentario: Aquí había que haber profundizado más en la denuncia de por qué esa burbuja y no dejarlo sólo en un endeudamiento excesivo. Se ha querido evitar la discusión sobre las causas. Esto es muy benigno con los prestamistas de Europa y los Bancos españoles; muy benigno con los gestores de la política española desde hace veinte años; muy benigno con el capitalismo de casino en cuanto tal. Queda muy corta la frase y se corresponde con el principio de las deudas se pagan. ¿Sí? ¿Todas son justas? ¿No hay que hablar de esto? ¿No había posiciones de privilegio al conocer, al facilitar y al decidir? No es fácil acordar las causas y su orden, lo reconozco).

 

            En el n 23: el concepto ético de la dignidad humana, y a continuación, la cita de los pobres, queda con un vínculo tenue, sin la fuerza ética y política que debería tener aquí, y que en otros momentos adquiere.

 

            En el n 26, el concepto de propiedad privada podía cobrar más fuerza como problema social, al ser, hoy, propiedad privada capitalista, acumulada en pocas manos de un modo y cantidad tan incontrolables, que de facto hace inviable el uso justo de este derecho. Además es el que más afecta a la Iglesia y al uso social de su patrimonio.

 

            En los nn 27-30, muy bien haber presentado con esa fuerza la solidaridad, como alma de la justicia social, y cumplida la justicia, prolongada en el don y la comunión. Y algo obscura la cita de la caridad política como forma excelsa de la caridad. Noble y atinada la conexión de la defensa de la vida (n 28) con la exigencia de una legislación protectora de la infancia y la maternidad.

 

            En el n 31, muy bien la llamada de atención para que el Estado no descargue su responsabilidad de justicia social en las instituciones privadas. Y debió tener más fuerza el contrapunto de que, por solidaridad con los más pobres, el Estado tiene que controlar  la iniciativa civil de los más fuertes cuando, con apariencia de libertad democrática y de empresa, se hacen con un poder económico o cultural omnímodo. Ésta es en gran medida la situación internacional y nacional.

 

            En el n 32, muy bien la expresión de un trabajo digno y estable; ahí es nada, y como forma destacada de caridad y justicia social; yo hubiera dicho, como forma absolutamente primordial.

 

            En el n 33, al decir, “En la Palabra de Dios encontramos luz suficiente para ordenar las cuestiones sociales”, se entiende, pero lo de suficiente suena pretencioso sin añadir en qué plano se mueve esta convicción. Los de las ciencias sociales pueden pensar que competimos en el mismo plano. Trenzados, sí, el mismo, no. Y muy bien decir que “la Iglesia es Caridad” como su Cristo.

 

            En el n 34, al apelar a la conversión, la idea debería estar más expresada desde la primera línea como conversión al Evangelio del Reino, Buena Noticia de la Salvación para los pobres, y por ellos, para todos. La palabra conversión, a secas, se presta a usos muy espiritualizantes y tarda en conectarse a Dios y a Cristo por los pobres y a éstos, desde ese Dios samaritano, vaciado de sí, crucificado, y ahora sí, resucitado.

 

            En el n 35, “El servicio privilegiado a los pobres está en el corazón del Evangelio… no sólo como destinatarios… sino como configuradores de nuestro ser y nuestro hacer”. Amén. ¿Cómo decirlo mejor?

 

            En el n 36, muy lograda y directa la teología del Dios cristiano para fundar en su Amor la vida cristiana, y el vínculo indisoluble y único de vida activa y contemplativa, de mística y política: evangelizadores con Espíritu.

 

            En el n 38 prosigue con acierto y gusto exquisito la espiritualidad trinitaria del compromiso cristiano de la caridad y su conexión absoluta con la Eucaristía. Hermoso pasaje, y denso.

 

            En los nn 39-40, “Entre la evangelización y la promoción humana existen lazos muy fuertes”, un lugar clásico en la teología de la caridad… El compromiso social en la Iglesia no es algo secundario u opcional sino algo que le es consustancial y pertenece a su propia naturaleza y misión”. Mil veces repetido y poco a poco, aceptado.

 

            En los nn 41-45, “porque la Iglesia existe para evangelizar… y Si Dios es amor, el lenguaje que mejor evangeliza es el del amor… No podemos olvidar que la Iglesia existe, como Jesús, para evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos y que, evangelizar en el campo social, es trabajar por la justicia y denunciar la injusticia. Nuestra caridad no puede ser meramente paliativa, debe de ser preventiva, curativa y propositiva…El acompañamiento es otra forma muy válida de presentar el Evangelio… y el recto ejercicio de la función pública representa una forma exquisita de caridad, … y, así, en el modo justo de gobernar, en la promoción de políticas fiscales equitativas, en propiciar las reformas necesarias para una razonable distribución de los bienes, en la efectiva supervisión de las instituciones bancarias, en la humanización del trabajo industrial, en la regulación de los flujos migratorios, en la salvaguardia del medioambiente, en la universalización de la sanidad y la educación… Tenemos, además, el reto de ejercer una caridad más profética. No podemos callar cuando no se reconocen ni respetan los derechos de las personas, cuando se permite que los seres humanos no vivan con la dignidad que merecen… La caridad social nos urge a buscar propuestas alternativas al actual modo de producir, de consumir y de vivir. (Comentario: A mi juicio, una parte muy lograda en la concreción de la caridad interpersonal y social o lucha por la justicia).

            Y en el n 47: “El acompañamiento a las personas es básico en nuestra acción caritativa. Es necesario “estar con” los pobres – hacer el camino con ellos- y no limitarnos a “dar a”… Ya no se trata sólo de asistir y dar desde fuera, sino de participar en sus problemas y tratar de solucionarlos desde dentro. (Es un rosario de perlas prácticas, ¿qué decir?).

            Y en el n 48: “La pobreza no es consecuencia de un fatalismo inexorable, tiene causas responsables. Detrás de ella hay mecanismos económicos, financieros, sociales, políticos… nacionales e internacionales… Los principales obstáculos para conseguirlo (removerlos) no son técnicos, sino económicos y políticos”. (Aquí el texto está siguiendo la Evangelii gaudium de Francisco, y por eso mismo, es más directo en el juicio moral de las estructuras económicas de pecado; más directo con la perversión de las estructuras capitalistas que en otros pasajes).

            Y en el n 49, para eliminar esas causas estructurales de las pobrezas, hay objetivos ya factibles e irrenunciables, como crear empleo digno, mantener y mejorar el Estado de Bienestar, la responsabilidad social de los mercados, el protagonismo de la sociedad civil y un Pacto Social contra la pobreza, aunando los esfuerzos de los poderes públicos y de la sociedad civil, las actitudes de vida más austeras y modelos de consumo más sostenibles, iniciativas de economía social y de comunión, el cuidado de la cooperación internacional y formación de la conciencia socio-política.      

            (Comentario: Es una buena relación de lugares sociales para mejorar nuestra convivencia, pero en términos de cambio de modelo social, de superación de las causas estructurales de la pobreza, es posibilista. Es como si el texto echara el freno político, finalmente; también digo que más por sentido común que por temor político partidista; así lo creo; al final, la gente de Iglesia tenemos este punto insuperable de contención política, y más todavía, si un Episcopado lo refrenda. El paso dado, de todos modos, es muy importante).

            Y prosigue, “Es preciso superar el actual modelo de desarrollo y plantear alternativas válidas sin caer en populismos estériles” (n 52). (Comentario: A este gran objetivo de fondo quieren apuntar esas medidas recién citadas. Debió reconocerse que son dos caminos de no fácil encuentro y que casi siempre siguen cursos políticos paralelos. La misma crítica del crecimiento debió tener en cuenta que un modelo social más justo, hoy y para todos, seguramente tiene que pensarse en clave de decrecimiento y postcapitalista en cuanto al alcance que en éste tiene ya la propiedad privada financiera, y la propiedad privada en cuanto tal; no tiene por qué significar lo mismo que negar la libre empresa y la competencia de mercado; mercado libre, según su alcance efectivo, ; sociedad sometida a los mercados, no).

            Y añade, “Es preciso dar paso a una economía de comunión, a experiencias de economía social que favorezcan el acceso a los bienes y a un reparto más justo de los recurso”, dice el n 53, siguiendo a la Caritas in veritate. (Comentario: Lógico que se cite, pero ver ahí una alternativa, cuesta; no es un camino despreciable, todo suma, pero cuesta como alternativa social).

            Y la caridad, toda ella, la interpersonal y la social, es y ha de ser obra al cuidado y responsabilidad de toda la comunidad eclesial (n 54), con todo el apoyo y cuidado, en formación y espiritualidad, que este voluntariado social requiere (n 55) (Comentario: Apuntes tan clásicos como necesarios y acertados). Dando prioridad absoluta a los procesos que crecen con cercanía y ternura hacia los pobres, y con dedicación y tiempo de los protagonistas para incluir a todos y cambiar a fondo la realidad (n 58). (¿Cómo no compartirlo?).

            Y por fin, el n 50: la vida y la familia constituyen los pilares fundamentales y bienes inmateriales supremos de la vida social. (Comentario: Lógica esta reflexión, después de lo que se ha dicho sobre el ser humano y la dignidad que corresponde ver respetada y cumplida en todos). “Nos preocupan las desigualdades que sufren las mujeres en el ámbito familiar, laboral y social… Nuestras instituciones sociales deben movilizarse para asistir, acompañar y ofrecer respuestas suficientes a las mujeres que se encuentran en estas difíciles situaciones” (con tentación de abortar). (Comentario: Bien tratado el problema, con cercanía y auto-implicación).

            Y conclusión, n 56, el genial y necesario, “pedimos perdón por los momentos en que no hemos sabido responder con prontitud a los clamores de los más frágiles y necesitados… Las víctimas de esta situación social sois nuestros predilectos”.

            Así de “pedagógica”, por compañera de lectura, es mi aportación a esta Instrucción Pastoral, La Iglesia, servidora de los pobres. Dejo al lector de estas notas que saque sus consecuencias. No es difícil.

            Buen camino a todos en este hacerse cargo, cargar y encargarse de la vida digna de todos, desde los más pobres y desvalidos del mundo. Así es Dios.

Un filósofo se cae del caballo y despierta

2015 mayo 1
por José Ignacio Calleja

            Juan Carlos Monedero, argumenta su marcha: “A veces (actuando por los votos) nos parezcamos a lo que queremos sustituir. Eso es una realidad”; los grupos entran “en el juego electoral y empiezan a ser rehenes de lo peor del Estado, de su condición representativa”; “el baile electoral es muy frustrante porque no deja espacio para los matices… Y perdemos insolencia, desobediencia, coraje. Podemos se ha construido así y es importante que no perdamos esa frescura”; y se pierde, “si su meta es tener responsabilidades de gobierno, que incluye explorar pactos, hacer equilibrios con el programa y, en definitiva, ser un partido político”.

 

            Me encanta escuchar esto en clase de filosofía política y en el círculo de un movimiento social, pero ¿en boca de un político que piensa gobernar? ¿Si no pasas por el juego electoral y por la representación, y por las responsabilidades de gobierno y por los pactos, cómo llegas al poder y gobiernas en sociedades tan diversas, ideológica y materialmente, como las nuestras? No puedes aspirar a gobernar sino a influir como contrapoder y ganar a la gente para formas de democracia más reales; más -adverbio de cantidad y quizá de calidad-, no absolutamente, que eso es para el aula y el cielo. Las dos cosas a la vez, no. La política tiene unos mínimos de organización y pacto que, sin ellos, no subsiste como actividad colectiva. O eres movimiento social o eres partido, no hay salida.

 

            (Claro es que Monedero había sido maltratado por una asunto económico que seguramente no puede desvelar que era del partido, y se ha tenido que tragar “el marrón”; lógico que piense que “a ese precio”, no le compensa seguir, cuando ese estigma le va a perseguir en cuanto aparezca en público. Le entiendo perfectamente).

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