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Cristianos y anticapitalistas, ¿cómo no?

2013 mayo 23
por José Ignacio Calleja

Leyendo a cristianos y cristianas que admiro, me acerco con gusto a sus palabras más interpelantes, y a fe que proponen una denuncia de la realidad social muy viva y clara. Por su fondo espiritual y evangélico, y por su forma directa y comprometida, están resonando voces de calidad en el catolicismo social español. Vienen de la tercera o cuarta fila, incluso de las filas del fondo, – casi nunca de la primera -, pero llegan nítidas y cada vez más directas. Ante ellas me encuentro conmovido e interpelado, y casi siempre socialmente superado. Lo digo como es, porque tengo ojos para mirar y ver. No me preocupa no ser el primero en la frontera social, sino no estar a tiempo y con alguna eficacia donde las víctimas nos reclaman.

Con ánimo de sumar e impulsar este diálogo moral y social en la Iglesia, me pregunto muchas veces, – y lo reproduzco aquí -, por qué defiendo un cierto liberalismo social o un cierto socialismo liberal, – según se mire la idea-, como propuesta todavía digna para una vida pública justa; por qué mantengo esta idea si hay otras por lo menos igual de legítimas en el cristianismo, y desde luego más contundentes contra la injusticia capitalista y con las víctimas.

Y, sin embargo, la veo como una propuesta social necesaria; ciertamente, de paso hacia otras más radicales, pero un escalón necesario en la historia real de nuestros pueblos. Y mi razón, la muestro desde el principio. Doy mucha importancia a ir de la mano en lo social con los más posibles y, por tanto, facilitando tejer redes de caridad social y alianzas de justicia social con ellos. Pienso en los cristinos, pero vale igualmente para la sociedad civil. En el fondo, se trata de no romper demasiado pronto con casi todos, – de convertirlos por casi nada en nuestros enemigos sociales, por causa de la mínima diferencia cristiana o laica -, y así hacer imposible una mayoría social por los derechos de los más pobres del mundo. Hablo de una ortodoxia flexible y sabia en la vida civil, y tambien en la lucha social de los cristianos: en su caridad y en su compromiso por la justicia. Avanzar siempre con los más posibles, ya que no con todos, ¡ojo!, porque no pocos son irrecuperables en su riqueza y poder. Para ellos, convertirse es transformar su existencia material y política a la justicia.

Una y otra vez repienso con inquietud esta opción social tan prudente, – lo repito -, al ver que en la vida cotidiana se multiplican las razones que exigirían prima facie alternativas políticas y sociales más rotundas e inmediatas en su identidad transformadora. Por tales razones, pienso en la crisis general del capitalismo neoliberal, anclado a una lógica economicista e instrumental en todas las direcciones y fines; y pienso en todas las víctimas que esta economía neoliberal provoca con su gestión economicida y sin remedio en los diversos pueblos de la tierra; y pienso en las víctimas de tantos lugares cuya situación sólo entendemos cuando somos nosotros quienes la padecemos; y recuerdo a los adalides del pensamiento social cristiano, – al modo de Ricardo Alberdi -, que mostraron muy bien, – y lo comparto -, por qué el capitalismo es incompatible con el cristianismo; como moral y como religión, el cristianismo es incompatible con el capitalismo real e histórico, – decía Alberdi -, porque obedece a una lógica tan clara como inevitable: la que persigue el máximo beneficio monetario posible y su privatización extrema por pocos frente a casi todos; y, además, ¡a cualquier precio!; lo que dictan los mercados de dinero, frente a las personas, las culturas, la tierra y la familia humana, – decimos hoy -. Es la cosificación de la vida social y de las personas, y de ese modo, – cabe concluir -, es imposible hacer comunidad, proponerse la justicia, y creer en Dios. El Dinero es Dios de sí mismo, y no admite a ningún otro a su lado, – sugería también Ricardo Alberdi -. Merece la pena volver sobre sus textos y ver cómo trataba la cuestión del capitalismo de un modo que parecía extraño a la ciencia económica, “razones cristianas para el rechazo del capitalismo”; releyéndolos, uno comprende qué hay al fondo del único capitalismo realmente existente.

Todos sabemos que la doctrina social de la Iglesia a menudo ha desarrollado la idea de diferenciar capitalismos y capitalismos, para decir que alguno sí es compatible con el cristianismo. Cuando la más reciente enseñanza social de la Iglesia ha querido decir cuál sí y cuál no, – al describirlos -, ¿qué ha ocurrido? Que ese capitalismo que puede ser compatible, – si por capitalismo entendemos… pero si por capitalismo entendemos -, no existe, ni ha existido, y para existir en el futuro, exige un control social de la Propiedad, del Mercado, del Estado y de la Información, que ya es otra cosa que el capitalismo. No sé cual, – yo lo llamo, liberalismo social o socialismo liberal -, pero es otra cosa. David Schweickart lo ha mostrado. Una sociedad con mercado es posible, pero una sociedad de mercado y propiedad privada absolutos, no. Una ruina social.

Me impresiona en este problema, por fin, el testimonio que el evangelio repite una y otra vez acerca de la predicación de Jesús sobre “el Dinero” y “la Riqueza”; apabullan sus dichos y parábolas innombrables para un oído moderno sobre el corazón de Dios ante los pobres y los ricos, y sus relaciones de injusticia. Eran otros tiempos económicos los de Jesús, – todos lo sabemos -, pero la clave de fondo en el uso común de lo de todos y del servicio a todos en la gestión de lo propio, esto no tiene muchas vueltas exegéticas. Evidentemente, en esos dichos hacen pie los mejores manifiestos cristianos por otro modelo social alternativo al capitalismo neoliberal de nuestros días, – José Antonio Pagola, por ejemplo -, y las prácticas políticas cristianas más exigentes en lo social, – las de la red de comunidades cristianas populares, por ejemplo -; en fin, las de todos aquellos cristianos que se suman al movimiento civil de indignados y, en la más variadas formas, luchan por una sociedad más justa y democrática, – movimientos apostólicos obreros y tantos otros -; las de todo el voluntariado cristiano de caridad que acoge y cura inmediatamente, sin perder el sentido de la justicia social. Sabido es que reclamo de mil maneras esta cautela en nuestra caridad.

En este marco de reflexión, y reconocido que el Evangelio de Jesús y su mejores lecturas y práctica samaritanas nos inducen a una posición social antisistema, contra el capitalismo neoliberal, financiarizado, economicida y totalitario, – el que ha dejado sin márgenes morales no sólo a la gente sencilla, sino a sus grandes instituciones sociales, – Mercado, Propiedad, Estado y Cultura -, ¿por qué seguir hablando de las oportunidades humanas, – y por tanto, cristianas -, habidas en un liberalismo social o en un socialismo liberal, y esto como una opción social, – intermedia o de paso, pero real -, no menos ética y evangélica que otras más radicales en lo social? Voy a dar dos razones. Una de índole política y otra antropológica; y en las dos, con un fin muy preciso: sumar el mayor número posible de cristianos a un sujeto social y político alternativo, que se implica por una sociedad más justa para todos, en los más pobres, y, por ende, más próxima al reino de Dios; y que piensa en un mundo interdependiente, más allá del propio país o unión de pueblos. Pienso en Europa.

En cuanto a la primera razón, desde luego no puedo mostrar en unas pocas líneas que es posible y moralmente muy cuerdo pretender un camino político que defienda ya una reforma en profundidad del modelo social capitalista, y que esta reforma, se sitúe en la dirección correcta para facilitar una alternativa democrática y económica mucho más justa, y no capitalista. En este caso, yo la pienso en clave de decrecimiento y de soberanía democrática en todas las direcciones y ámbitos. Pero esto es el final feliz de una película que requiere de pasos intermedios para ganar a la gente, a mucha gente, como sujeto revolucionario. No veo a las clases medias dispuestas a aventuras políticas revolucionarias, y no veo que sin ellas se pueda ganar a la sociedad civil para un movimiento democrático de masas. No veo a la mayoría de los cristianos sumándose ética y políticamente a una alternativa social radical y ya. En consecuencia, la necesidad de un cambio social verdadero, – en las estructuras sociales y en la conciencia moral de las personas -, requiere pasos intermedios, prácticas compartidas, organizaciones abiertas, ritmos soportables por las mayorías,… hasta componer un movimiento civil muy extendido por la justicia social y la dignidad humana, y la mayoría del cristianismo en él. Creo en los que abren camino y movilizan a los demás tras objetivos sociales claros y exigentes, pero con la modestia de un solo paso por delante del movimiento civil o cristiano. Las vanguardias omniscientes para dirigir a todos y ya hacia “el bien social”, no van conmigo. Creo mucho más en la concienciación compartida y en la posibilidad de moverse por pasos intermedios contra un modelo social imposible, por lo injusto e insostenible, a otro que tiene que acogernos a todos, ganado entre los más posibles, e impuesto sólo a quienes lo impedían con su poder no controlado ni democrático, su propiedad acumulada sin límite, su verdad poseída e inapelable. Hacer juntos el mismo camino, aceptando algunas diferencias no menores y hasta trechos cortos que suman a los más posibles, de esto hablo en la iglesia y en la sociedad. No es un cambalache moral y político con todos, sino un movimiento civil y eclesial que acoge, crece, reconoce y exige a los más (el pueblo) un práctica autónoma frente a los menos (las élites), sin cuya deposición está claro que no hay justicia.

Por supuesto, – enésimo reconocimiento -, veo las insuficiencias de mi propuesta básica, pues cuando algo multiplica sus injusticias e ineficiencias sociales hasta límites insufribles, – el sistema social capitalista neoliberal -, es difícil pensar en algo que solo parece, – ¡parece! – su mejora desde la perspectiva de las víctimas o de la ecología integral. ¿Para qué darle aire y vida al desastre? O cuando algo se ha ido retocando de mil modos, y cada intervención multiplica los males sociales anteriores y somete a dictados más opacos y concentrados sus instituciones centrales, -Mercado, Propiedad, Estado, Información -, es difícil verle una salida que no sea deconstruir y reedificar. Y cuando en clave de conciencia cristiana, repugna ver los intereses y falacias que concurren en torno a la práctica real sobre los derechos humanos, la persona y la vida digna, el trabajo decente, la función social de la propiedad, la soberanía democrática de los pueblos, la irrenunciable satisfacción de las necesidades básicas de la población, la relación fundamental de medio a fin entre los factores de producción y las personas, el derecho natural primigenio al uso común de todos los bienes creados, la atención preferente a los más pobres y vulnerables de la vida, la familia humana que todos los pueblos conforman, la responsabilidad solidaria que todos tenemos con todos, hecha derechos y deberes, … el uso sobrio de lo escaso, la austeridad de vida y la solidaridad compartida, el aprecio de lo espiritual no mercantilizado, de la gratuidad, del perdón, … en fin, y sin resbalar hacia la quimera social, de las oportunidades dignas de vida para todos y para las generaciones venideras… cuando alguien sabe esto, – decía -, ¿cómo no pensar en una posición política de rompe y rasga como la única ética y cristianamente digna frente al único capitalismo realmente existente? Pero, ¿quién ha dicho, – devuelvo la pregunta -, que el camino de las gentes y los grupos tejiendo una inmensa red de iniciativas sociales de hondo significado humano y social alternativo, – casi siempre a nivel local y con las posibilidades limitadas de nuestra realidad civil o eclesial -, sea menos revolucionario o liberador que el proyecto radical y completo de una vanguardia, – o de una profecía -, que lo sabe casi todo para todos desde el principio?

Y en cuanto a la segunda razón que doy, ésta: Tengo para mí que una posición social de rompe y rasga también debe contrastarse con claves antropológicas muy crudas, y en ellas, pensar si las toma en cuenta en sus opciones sociales concretas, para evitarnos decepciones muchas veces, y hasta fundamentalismos en otras. Cuando eliges el mejor proyecto de sociedad posible, hay un gran riesgo de que el fracaso social genere “decepción” en los voluntarios, – ¡qué lejos quedamos de lo soñado -, o fundamentalismos, – si era esto, mejor no movernos -. Por tanto y adelanto mi tesis final, las opciones sociales alternativas ante una crisis como la presente, – en moral política laica y en conciencia cristiana -, pueden tener un sesgo más reformista o más revolucionario, – o como yo defiendo, ser pasos sucesivos de un mismo proceso histórico, – según maduran en él las fuerzas sociales y cristianas que lo van respaldando en su evolución -; pero, en todo caso, no debemos renunciar a una concepción del ser humano muy realista, para saber de la frágil condición humana y contar con ella en todo momento. El ser humano que somos, – y cuánto condiciona la sociedad que tendremos -, sí que lo tenemos que acoger desde el cristianismo más alternativo en nuestra práctica social por la justicia. (Ya sé que esto se presta a dar aíre a nuestros adversarios en la sociedad y en la iglesia, pero aún así, lo digo). Saltamos rápidamente de nuestra condición social de humanos con otros, a nuestra condición connaturalmente solidaria. La primera es un hecho observable en cómo nacemos y crecemos, la segunda, es un hecho en discusión sobre si obedece a nuestra condición natural humana o a nuestra educación moral sobre lo preferible y mejor. Advertir de esto, significa dotar a la acción pública por la justicia de un toque de realismo imprescindible.

De hecho, la impresión es que a menudo, no pocos de nosotros somos dados con facilidad al egoísmo social y al cambio de opciones políticas en cuanto se resuelve lo nuestro. También con esto hay que contar al constituir movimiento moral y político alternativo. En este sentido, me alegra mucho escucharle a Adela Cortina que la idea de que el apoyo mutuo nos constituye no es una idea abstracta, surgida sólo de la tradición filosófica, sino que tiene también bases científicas. Realmente, es muy importante esta aportación al fundamento moral de la sociabilidad compasiva (Neurofilosofía práctica, se titula su obra). Vieja como la vida misma es mi advertencia: la antropología de base en nuestras opciones de lucha social tiene que integrar este factor de distorsión de la vida buena en común que es el pecado personal, – el egoísmo y la incoherencia de que salvado la mío, todo va bien -, para evitarnos decepciones sobre nosotros mismos y sobre los otros, y para tener siempre los pies en la tierra. Todo lo haremos a la medida de los humanos; las alternativas sociales, también. Lo que importa es que nuestras incoherencias morales o sociales, no sean definitivas, porque, en la fe, el pecado nunca es la última palabra sobre nadie, y en la confianza humana, tampoco. Nadie es definitivamente malo y con necesidad ontológica.

De esto último, la teología y la Iglesia más conservadora saben mucho, pues es su especialidad, ¡y hasta su disculpa moral, al callar sobre los males sociales y las estructuras en que se inscriben! De hecho, prologan la influencia de la codicia personal hasta oscurecer el peso de las estructuras de pecado y los grupos sociales que las sostienen. Esa insistencia tan sesgada en los rincones egoístas del alma humana, viene de donde viene, – dicho queda -, pero no hay que despacharla por la vía de ignorarla al enfrentarnos a los males de nuestro tiempo, y a los cambios que requiere una convivencia social en justicia, una civilización del amor que gustamos decir. Por eso hacemos bien al insistir en el cambio de actitudes y valores en las personas que requiere la vida social buena, a la par que afirmamos la justicia de las condiciones sociales en que aquéllas germinan y crecen. Nadie es definitivamente malo y con necesidad ontológica, he dicho, y ahora añado, nadie deja de serlo si se mantiene pasivo en estructuras de pecado, las que cristalizan desde el afán de ganancia y la sed de poder, y éstas a cualquier precio. O sea, el sistema social neoliberal.

Era “algo” sobre diversas cuestiones cristianas y laicas que aparecen alrededor de una alternativa social más justa, y los caminos que nos han de acercar a los más posibles en trechos y complicidades varias. Algo frente a cómo situarnos los cristianos (y otros) ante la injusticia del capitalismo neoliberal, el único realmente existente.

Contra la crisis, personas buenas y estructuras justas

2013 mayo 13
por José Ignacio Calleja


Desde que Carlos Marx escribiera que los filósofos hasta el presente sólo habían interpretado el mundo y “lo que importa es transformarlo”, parece inútil volver a discusiones sobre lo social. A su modo, mucha gente que se implica con ganas contra las peores consecuencias de la crisis, piensa lo mismo que ese filósofo. Sucede, sin embargo, que el combate por la interpretación de una realidad social tan convulsa como la nuestra, – la española, por ejemplo -, es feroz y con efectos tangibles sobre la vida cotidiana. Cuando el debate alcanza a las referencias de sentido y a los valores que caracterizan a una cultura, la interpretación de su significado en el pasado y de si subsisten en el presente es una cuestión muy importante. Mucha gente cree que si se soluciona su caso o problema material, el mundo ya se ha arreglado, pero cualquiera puede saber que esto no es así. Ni éticamente resulta aceptable mirar sólo por uno mismo, ni en la práctica puede durar esa respuesta mucho tiempo sin violencia.
Esta sencilla observación de la vida cotidiana, en un momento de desconcierto social tan extendido y denso, nos hace sentir a muchos que todas las voces son pocas para comprender qué nos pasa y cómo podemos escapar con bien. Y entre todas esas voces, no faltan las que subrayan de mil modos que la crisis de Europa, o de España, es de referencias morales fuertes y de objetivos culturales en común; de prácticas cívicas sanas y de instituciones políticas democráticas; de respeto, al cabo, a las tradiciones humanistas y religiosas que nos caracterizaron. Las variantes son muchas y todas ellas apuntan con ganas a factores inmateriales. Como yo me muevo dentro de este mundo de pensamiento social, a fe que lo atiendo con celo no exento de afecto. A veces cobra perfiles antropológicos o históricos de mucha vistosidad en sus explicaciones, pero, en el fondo, repite con convicción algo muy sencillo: nos hemos perdido como sociedad porque en ella vivir es consumir y poder hacerlo yo es lo único absoluto. Así, el relativismo es inevitable y el Absoluto no tiene resquicio por el que llegarnos. La penumbra lo inunda finalmente todo. Volvamos a tradiciones religiosas y humanistas, empero, que nos han de librar de esta ruina de sentido.
Yo no puedo negar este punto de vista y su importancia, pero lo cuestiono profundamente en su articulación sesgada. Si pensamos en la realidad social, no me equivoco si digo que la mayoría de las personas y colectivos que se sitúan en ese camino, no están especialmente afectados por lo peor de la crisis material. Es decir, que los ciudadanos más metafísicos en sus lecturas de la crisis social, son la población que antes y ahora, mantiene un estatus económico y profesional más seguro. No digo que libre de todo peligro y sacrificio, digo razonablemente seguro. Y por esa razón me pregunto si pueden en serio mantener una visión intensamente culturalista de la crisis social, cuando no están viviendo en carne propia las consecuencias más dramáticas de la falaz estructura política y económica de España. Esto es muy importante. No se acierta en la visión de una crisis social si no se asume el cambio de estructuras que las pobrezas más injustas exigen. No vale pensar la crisis social bajo el prisma cultural o espiritual, y estar personalmente a cubierto de los grandes dramas del paro o la pobreza. (Por supuesto, hay otros grupos sociales que no entran siquiera en estos debates. Callan y encargan a otros que ofrezcan las explicaciones más acordes con su gestión neoliberal de la sociedad que viene. Siempre me he preguntado de qué viven aquellos medios de información, – y sus profesionales -, cuya visión del problema social y la crisis es liberalizar, recortar, expulsar, exigir, ajustar, y caridad). Por tanto, – y con todo el equilibrio de causas que el análisis de los problemas sociales reclama -, mantengo que tenemos un problema de estructuras sociales, económicas y políticas muy injustas. Y que si todos fuéramos santos, el mundo mejoraría mucho, pero la injusticia social no tanto; las mejores personas en las peores estructuras son muy buenas personas, pero llegan hasta donde llegan; si el Estado, la Propiedad y los Mercados han alcanzado este nivel de determinación alienante sobre la vida de millones de personas, – mientras no los controlemos socialmente en serio -, las mejores almas serán más benditas que justas. Es evidente que el cambio de conciencia de las personas es fundamental, pero las estructuras en que se inserta nuestra vida personal y familiar también son vitales para hacernos buenos. Y la prueba de nuestro atrevimiento con la verdad social, es si elegimos gestionar la crisis, – como crisis moral y material -, desde experiencias de pérdida de empleo, de necesidad y de exclusión, o más bien, desde posiciones sociales, políticas y culturales de grupos a cubierto. Porque entonces, – aun reconociendo que la crisis es para casi todos -, la percepción moralista de ella es un síntoma de resistencia a sus exigencias políticas. En sencillo, a sus exigencias sobre hasta dónde llevaremos la justicia del cambio social en cuanto a la Propiedad, los Mercados y el Estado.

José Ignacio Calleja
Profesor de Moral Social Cristiana
Vitoria-Gasteiz
En El Correo, Opinión, 29 de Abril de 2013

Argi, Tele 5 y las víctimas de ETA

2013 mayo 11
por José Ignacio Calleja


Al parecer Argi es una concursante bilbaína de Gran Hermano, en la cadena Tele5, que ha sido expulsada por haber comentado algo así como que “la única manifestación a la que estuve a punto de acudir fue para pedir la vuelta de ETA”. A partir de ahí se originó un gran revuelo mediático y social, y ella dijo que era una broma, que se disculpaba con las víctimas de ETA y con todos los ciudadanos. La cadena de televisión valoró el hecho y decidió expulsarla por razones éticas. La popular presentadora, Mercedes Milá, mostró su apoyó a esta inapelable decisión. Después, la Cadena y la Presentadora parece que se están desviviendo en invitaciones públicas para que esta chica, Argi, vuelva al plató de Tele5. Dicen que lo hará, porque está obligada por contrato; y dicen que a Tele5 le importa mucho sacarle el jugo a este grave desliz de la joven. Esto es lo más seguro del tema.

Meterse en esta historia, – rozarla siquiera -, es entrar en un avispero. Digas lo que digas, no convencerás a nadie que no piense de antemano como tú. Pero que Tele5 se constituya en un referente moral contra lo que ha dicho esta chica, Argi, ya suena bastante cínico; falta sujeto con legitimidad moral para aleccionar a otros; sujeto colectivo, – no sé si cada uno de los miembros de Tele5 son más dignos que yo -, pero como sujeto colectivo, sus lecciones de moral están más desprestigiadas que las cuentas de Bárcenas.

Es bueno que una cadena de televisión, como cualquier empresa, pueda mostrar y muestre las líneas rojas que nadie debe traspasar en una democracia; y las bromas sobre ETA y su vuelta contra algunos, es un límite incondicionalmente prohibido, por ley y en conciencia. Forma parte de la moral civil compartida, la moral básica de una sociedad. Pero que la dirección de Tele5 se rasgue las vestiduras morales con la frase de esta chica, Argi, y que la expulse para expresar un rechazo absoluto de ese comportamiento, me suena falso donde lo haya.

Con lo que está pasando en la vida social, con cientos de personajes que se llevan todavía lo de todos en bonos y compensaciones absolutamente injustas, con mentiras sin cuento en paraísos fiscales que seguro la dirección de la cadena conoce de primera mano, con destacados accionistas – no sé si Berlusconi al frente – en una trayectoria social y política que echa para atrás, … callando todo lo que importa en injusticia contra los emigrantes y pobres, – por ejemplo -, y enredando en mil tonterías casposas de la vida social española, y salen ahora a dar lecciones morales a la sociedad, porque una chica ha soltado en su infesto programa una opinión inaceptable.

Y claro, ¿quién les dice esto, – con la Milá al frente, por la que todavía tengo un respeto -, quién les dice esto si han tomado una decisión para defender a las víctimas de ETA? Si uno defiende a las víctimas de ETA contra alguien, ¿ya está legitimado en lo demás? Pues digo que no. Y es muy habitual en España. Y Tele5 hace bien en pronunciarse contra la opinión de Argi, pero Tele5 está metida hasta los tuétanos en un modelo informativo tan injusto con la causa de millares de víctimas sociales, como opaco en la trayectoria de su negocio. Desde luego entre Argi y Tele5, me fío más de recuperar éticamente a Argi.

José Ignacio Calleja

Vitoria-Gasteiz

Rubén Múgica, tampoco es eso

2013 mayo 8
por José Ignacio Calleja

“Rubén Múgica, hijo del dirigente socialista Fernando Múgica, asesinado por ETA, ha dicho hoy que le gustaría que al etarra arrepentido Valentín Lasarte “lo atropellara un camión en cuanto pusiera un pie en la calle y pasara la verja de la cárcel”.

No estoy de acuerdo; estos sentimientos no son humanos; es así; las cosas por su nombre; han pasado años como para no declarar esto y así; no cuenten conmigo para compartirlos y rubricarlos. Yo entiendo casi todo, y me lo explico casi todo, pero justificarlo, no.

Claro que entiendo lo que es el dolor y la justicia, y entiendo que una víctima o mil no participen de interpretaciones de la ley como la que favorece a Valentín Lasarte. Pero expresar ese odio, con esa crudeza… le llaman sinceridad, pero a mí no me convence, y para confiar como persona, ¡uff! Por cierto, ¿quién lleva el camión?

Sé que sólo son palabras, y las palabras son palabras, ni más ni menos que palabras, pero ¡uff! Las personas somos prisioneras de nuestras palabras. Creo que Rubén Múgica se debe a sí mismo un punto de humanidad que no es traición a su padre.

El dedo en la llaga de la crisis económica

2013 mayo 6
por José Ignacio Calleja

Dejándonos llevar por la deriva financiera y virtual de la economía, la historia solo puede terminar, de forma trágica, en la descomposición social. El dinero que fluctúa gracias a la libre circulación de capitales se ha concentrado por encima de la cabeza de los Estados y hoy es un poder mucho más fuerte que la política. Hace falta que Europa diga “se acabó”. Cerrar los paraísos fiscales, y traer el dinero de vuelta. Es facilísimo. Hay una solución jurídica: dejar de reconocer los actos jurídicos firmados en esos países. El problema es que, cuando el dinero manda, todo parece moral. La desregulación financiera y la economía virtual aniquilarán el factor humano y social de la economía. Cuando se conozca el nombre de quienes guardan sus cuentas en los paraísos fiscales, todo va a quedar mucho más claro. Lo más positivo de esta crisis es la toma de conciencia de la gente. Hace falta crear un nuevo sistema económico, con valores humanos y que respete las leyes de la naturaleza. A menudo la Historia es así. Muchas veces ocurre lo improbable. Palabras del economista René Passet (Francia, 1926).

El calendario escolar es como un queso “gruyere”

2013 mayo 1
por José Ignacio Calleja

Lo reconozco, otra vez me quedo perplejo al ver a muchos niños de primaria con diez días de “parón” a estas alturas de Abril y Mayo. Cuando lo pienso, unido a otros diez o doce días de vacaciones de Pascua, – hace tres semanas -, y con poco más de cuatro semanas por delante para cerrar el curso escolar, me inquieta mucho que esto corresponda a alguna lógica. Me refiero a lógica escolar, no a costumbres laborales.

Si yo, que trabajo con adultos, veo que se rompe por completo el ritmo de estudio en un curso universitario, no sé cómo lo resuelven en el ámbito de la primaria para recuperarlo. De hecho, si escribo estas líneas es por la observación de que lo padres de esos niños se tienen que implicar a fondo en mantener el tono escolar en los acueductos, si quieren sacar algo en limpio. Hay que ser intelectualmente muy bueno y flexible para que un niño se reponga de estos parones escolares y llegue a los exámenes de primeros de Junio con cierta tensión.

O dicho de otro modo, si los padres no están especialmente preparados y atentos a la marcha escolar, – lo que suele coincidir con los niños menos concienciados en cuanto al estudio y lectura fuera del aula -, ya sé quiénes son los candidatos naturales a rondar el insuficiente. Pero no sé por qué el resultado escolar tiene que depender tanto de los padres y de las ayudas externas a la escuela. Tengo serias dudas de que el sistema se evalúe considerando estas aportaciones. Y tengo para mí que se mandan tantos deberes para casa porque el curso está muy “agujereado”.

Se me dirá que el curso tiene muchos días y que para primeros de Junio, todo está decidido en cuanto a la evaluación. No me convence. Pienso más bien en el tono de dedicación continua que requiere leer bien, memorizar datos, interpretar explicaciones, dominar algunas operaciones y ser trilingüe,… Esto requiere tiempo, acompañamiento y continuidad. Y no hay otro camino. Los alumnos más cualificados pueden pararse mil veces sin resentirse gravemente, los demás, no.

Supongo que esto se ha dicho mil veces y otras tantas se olvidará, pero ¿por razones escolares? No lo creo. Los hábitos de los profesores pesan demasiado en la planificación del curso escolar.

A la Iglesia española le desborda la crisis social

2013 abril 29
por José Ignacio Calleja

De pronto me he dado cuenta de que iba a titular este pequeño apunte moral de un modo que suena a disculpa personal, “yo soy un teórico, pero…”. Al pensar en por qué instintivamente quería comenzar mis palabras así, me doy cuenta que en el mundo cristiano se ha extendido la idea de que importa la caridad concreta, y que todo lo demás es demasiado teórico. Se ha extendido demasiado. Me atrevo a decir que es un tópico bien simple eso de que importa actuar masivamente ante los casos más sangrantes, y que hablar no conduce a ninguna parte.

Desde luego, no estoy de acuerdo en esa idea. En primer lugar, hay que ver cómo se verifica el compromiso concreto en cada uno de nosotros. De antemano, nadie es más que nadie en la caridad, y el supuesto de que los teóricos no practican o se comprometen en realidades concretas, es otro tópico y un simplismo. Como es lógico nadie va a salir a dar cuenta por internet qué hace y qué deja de hacer. Hay que tener cuidado con estos prejuicios hacia las ideas que nos descolocan. Todos tenemos que estar atentos a los tópicos. La idea de que no tenemos tiempo para las ideas, es inaceptable.

Pero es que en este caso quiero dar un paso más. Estoy convencido de que la acción caritativa de la iglesia española no está siendo acompañada por un trabajo de concienciación social y de denuncia seria de las situaciones de injusticia social. Entiendo por acción caritativa de la Iglesia tanto la organizada y representándola, como la particular o de grupos cristianos de libre iniciativa. Tiene razón la gente que se queja de que la Iglesia española no está reflexivamente a la altura de las circunstancias sociales que vivimos. Sí está comportándose dignamente en cuanto a la caridad activa, no está concienciando a fondo, ni activando una reflexión crítica de fe (teología) en tal sentido, ni denunciando con la radicalidad del dolor propio y ajeno lo que pasa. Seguramente no nos está llegando tan de cerca como pensamos lo peor de nuestro tiempo. (No soy masoquista, ¡cuidado!, pero la verdad es la es).

La jerarquía de la Iglesia española no se está haciendo notar, probablemente porque su cúpula más reconocida y mediática está viviendo a contrapié el papel de la Iglesia en una crisis social como ésta. Creían que todo se jugaba en la secularización de la cultura y se encuentran con que las buenas familias no tienen trabajo decente del que vivir; creían que el catolicismo se iba a jugar todas las cartas en la enseñanza y la bioética, y se encuentran con que la miseria amenaza la vida de mucha gente de bien. Creían que todo consistía en recomponer la identidad espiritual de la Iglesia española y sucede que la gente les reclama la fe de Jesús con el pan compartido y la justicia de los derechos. Ya sé que las cosas en la fe tienen varias caras, – no sólo la social -, pero nos entendemos. En esta situación la Iglesia española más reconocida ha intentado comprender la crisis, – y casi lo consigue -, como crisis cultural, religiosa y ética, pero una y otra vez las injusticias sociales más crudas le llegan a la puerta y la gente pregunta por la fe en la Encarnación y el Reino de Justicia y Amor. Y de ahí, surge un rotundo, – sí, la crisis es ética, pero no sólo -; es política, y es social, y es material y de justicia. No vale escaparse a la ética evitando la justicia social. No es vuestro cometido inmediato crear trabajo, pero sí es vuestra responsabilidad reflexionar, concienciar, denunciar y actuar desde la fe en términos de justicia social. Y si no lo hacéis, la misma caridad se tambalea.

Tampoco la teología española está comportándose a la altura de las exigencias de la crisis en reflexión, concienciación y denuncia. Sí hay voces y voces, – cómo no reconocerlo -, pero no logramos componer una gran corriente de opinión teológica que haga a la Jerarquía sentirse especialmente exigida y ayudada, y – a la gran comunidad-, arropada para dar un giro social a su presencia caritativa. La teología está siguiendo su camino, – como si fuera cosa de algunos moralistas o pastoralistas decir algo público con sentido teológico de la crisis y la inhumanidad que la acompaña -, mientras los demás teólogos se ocupan de lo suyo. Hay una dificultad grande por incorporar la extraordinaria dimensión de injusticia social a la fe pensada y refleja. Seguimos prisioneros del supuesto de que la justicia y el amor social son consecuencias de la fe, pero no sustantivos en su alma; puedo decirlo así, o puedo decir “los más pobres y vulnerables de la vida”. La teología sigue sin acogerlos como experiencia personal y social fundadora para decir qué Dios, qué Reino, qué Iglesia, que Mesías, que Salvación, qué Fe.

Propongo, por tanto, que construyamos una gran corriente de opinión teológica que sume más claramente reflexión, concienciación y denuncia social a la acción caritativa de los cristianos ante la crisis, – todos somos cristianos -, y exija con más claridad la responsabilidad que en términos de justicia social toca hoy a los Pastores. O, ¿es que tenemos miedo de que si hablamos de justicia social, – y no sólo de caridad -, la comunidad se rompa por arriba y por abajo? Pues, sabido es, no podemos servir a Dios y al Dinero.

PERMÍTANOS TRES REFLEXIONES, MONSEÑOR

2013 abril 25
por José Ignacio Calleja

PERMÍTANOS TRES REFLEXIONES, MONSEÑOR

AMELIA SÁNCHEZ, tonomeli@hotmail.com

VITORIA-GASTEIZ.

ECLESALIA, 25/04/13.- En el preciso momento en que el pasado lunes 15 de abril, el Presidente del Gobierno, obsequiaba al Obispo de Roma con la entrega de la camiseta de la “Roja”, por cierto, será por lo de la “Marca España”; en Madrid, Monseñor Rouco Varela abría la asamblea plenaria de los obispos españoles, mostrando su descontento con el Gobierno, por su supuesta indolencia para resolver las cuestiones del aborto. “No es fácil entender que todavía no se cuente ni siquiera con un anteproyecto de Ley que permita una protección eficaz del derecho a la vida de aquellos seres humanos inocentes… sangrante problema social que está teniendo efectos palpables en la demografía. España envejece y se debilita”.

Del matrimonio entre parejas del mismo sexo, que atañe, dijo: “a la estructuración básica de la vida social. Se trata de proteger adecuadamente un derecho tan básico de los niños como es el de tener una clara relación de filiación con un padre y una madre, o el de ser educados con seguridad jurídica como futuros esposos o esposas. “

De la formación ética y religiosa,” demasiado permeable al relativismo y la ideología de género “.

Permítanos solo tres reflexiones a sus palabras, Monseñor.

En primer lugar, que consideramos que está en su perfecto derecho de hacer tales manifestaciones, a título personal, o en representación de la Conferencia Episcopal si es el caso, y no solo eso, sino que también lo está en pedir al Gobierno, con todos los medios que le otorga el estado de derecho, la plasmación de lo que pide en el papel del B.O.E. ¡Faltaría más! Puede hacerlo al igual que cualquier ciudadano o cualquier otro grupo, puede pedir lo contrario.

Ahora bien, Monseñor, lo que no debe olvidar, es que la modulación de la estructura jurídica del estado de derecho, corresponde en exclusiva al poder civil, mediante las leyes que elabora o convalida el parlamento como expresión de la voluntad general de la ciudadanía, nunca al poder religioso, expresión de una parte de esa ciudadanía. Ya sabe, aquello de “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.

Por último Monseñor, nos gustaría oírle a Vd., y en general a la jerarquía de la Iglesia Católica (alguna excepción sí que hay), un discurso claro y alto y una denuncia profética ante determinadas actuaciones del poder civil, que entendemos dañan brutalmente, a esos niños, a esas familias y en general a los más desprotegidos de la sociedad.

Pongamos unos ejemplos:

¿Por qué no dijo nada, cuando se les retiró el pasado año “la tarjeta sanitaria”, a los 150.000 sin papeles, o inmigrantes “irregulares”, que quedaron fuera del sistema sanitario común, salvo en determinadas situaciones o urgencia?

¿Por qué no se oye su rotunda voz, ni en general la de la jerarquía, cuando según la última E.P.A., el número de los desempleados bordea los seis millones de personas, de las que más de 2.600.000 no perciben ninguna prestación, y mas de 1.800.000, perciben un subsidio de 426 € mensuales o los 400 € del Plan Prepara?

¿Por qué no hemos oído una sola palabra cuando la reforma laboral de febrero de 2.012, posibilita el despido de trabajadores a través de un E.R.E., sin necesidad de autorización administrativa, conlleva el riesgo de desaparición del convenio colectivo, establece contratos indefinidos con un período de prueba de un año, y su resultado es que ha generado una subida en el número de parados, de 380.000 en un solo año?

¿Dónde está la defensa de los jóvenes, cuando el desempleo entre dicho colectivo supera el 55% de su población y muchos de ellos ya han tenido que emprender el camino de la emigración, a Inglaterra, Alemania, Países Nórdicos, Arabia Saudita, Emiratos árabes…?

¿Y cuando ya, esos hogares, que tienen a todos sus miembros activos en desempleo, son más de 1.750.000? ¿Por qué este sangrante silencio?

¿Y cuando tenemos el 27% de los ciudadanos del estado viviendo por debajo del umbral de la pobreza (menos de 7.300 € año) y también hay silencio…?

Qué poco se dice, por parte de de esa jerarquía eclesiástica, de todos los que han perdido su única vivienda como consecuencia de los desahucios.

Cuando a causa de la crisis el 25% de los niños españoles menores de de 16 años sufre malnutrición y sin embargo se quitan las becas comedor sabiendo que la dieta diaria en la escuela es la única garantía para muchas familias de alimentar de forma equilibrada a sus hijos ¿Tampoco esto merece una palabra de denuncia?

Cuando sabemos que el 30% de de los hijos de familias que subsisten con menos de 640€ al mes no consigue el graduado escolar. ¿Acaso no es tampoco momento adecuado para defender a los niños?

¿Acaso, todas las situaciones relatadas no son un atentado a la familia? ¿O el atentado a la familia, sigue pensando, Monseñor, que está en el matrimonio de personas del mismo sexo?

Ante estas situaciones y tantas otras que se están dando, también, queremos Monseñor, que alce su grave voz y diga de una vez por todas que un sistema económico que pone el beneficio de unos pocos por encima de la dignidad de las personas es inmoral, intrínsicamente malo, e incompatible con la moral cristiana, y que otra economía es posible y hay que emprender ya su búsqueda. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Comentando el Evangelio

2013 abril 18
por José Ignacio Calleja


Domingo IV de Pascua (C)

Evangelio de Juan 21, 27-30

La presentación de Jesús com buen pastor siempre ha despertado la imaginación de los predicadores cristianos. Todavía no hace una semana que el papa Francisco se refería a que los sacerdotes tienen que oler a oveja; quería dar a entender que han de vivir implicados con el pueblo hasta las cejas. Pastores es el cariñoso apelativo con que el cristianismo reconoce a su clero, – particularmente -, a sus Obispos. Es, por tanto, un lenguaje y un símbolo que ha perdurado. Lo respeto. No me entusiasma. En la cultura actual, no lo veo demasiado significativo fuera del mundo cristiano. No sólo porque la gente joven no conoce el pastoreo, sino también, – y sobre todo -, porque es muy sensible a su autonomía como mayoría de edad innegociable. Quizá somos autónomos de una manera solitaria, – debemos pensar esto en su exceso -, pero, a cambio, hay que cuidar mucho el lenguaje de la autonomía al referirnos al hombre y la mujer de hoy. Es mejor cuidar el lenguaje que extenderse en explicaciones sobre el sentido en que sí vale y en el que no vale alguna imagen del pasado.

Con todo, – y sin rizar el rizo en cada palabra -, cualquiera puede saber lo que en la vida cotidiana representaba un pastor bueno. Todo el mundo puede suponerlo. Cuando yo era niño sabía que el pastor conocía a sus ovejas, las cuidaba todo el día con los mejores pastos y aguas, y no era raro que trajera algún cordero en brazos cuando el parto sucedía en el campo. Era la vida del pueblo y la vida de estos hombres entre nosotros. Y, por cierto, casi siempre gente con pocos medios; trabajaba para otros que tenían más ovejas o que sumaban un rebaño a una hacienda o tierras, siempre modesta por cierto. Pero había una diferencia y una fidelidad. El pastor era muy fiel a las ovejas y a los amos de las ovejas. Y el amo lo era al pastor. Fidelidad mutua, esta es la palabra.

Pues bien, los dirigentes judíos le preguntan a Jesús si es el Mesías, porque no quieren seguir en vilo. Y la respuesta es extraña para el que se mueve en la lógica de “tú me muestras algo y yo calculo, y saco mis conclusiones”. Les dice: no sois de mis ovejas, – y no me conocéis como el pastor que os ama y cuida -, porque no podéis ver las obras de Dios en mí. Yo y mis ovejas, por el contrario, nos reconocemos al punto; confiamos mutuamente en quiénes somos y cuánto nos necesitamos; los dos sabemos cuál es el obrar de Dios en lo pobre y débil del mundo; ya no necesitamos contratar con cautela entre nosotros; nos sale espontáneo confiar y caminar.

Luego la lógica del “tú me muestras algo y yo calculo, y saco mis conclusiones” no le sirve a Jesús, porque la suya es, “yo te muestro el amor de Dios en mis obras y tú lo amas de todo corazón en mí”. Es en este camino segundo donde el pastor y las ovejas se reconocen y se descubren mutuamente, amándose a fondo perdido. Ya no hay examen de ortodoxia para reconocer al pastor y seguirlo; hay experiencia de seguimiento que connaturalmente ilumina quién es el buen pastor, quién es Dios y qué suma a una vida humana cabal.

Paz y bien
José Ignacio Calleja (Vitoria-Gasteiz)

La Iglesia y el derecho de Autodeterminación de Cataluña

2013 abril 16
por José Ignacio Calleja

El empuje del movimiento político por la autodeterminación de Cataluña que la última Diada (11 de Septiembre de 2012) puso de manifiesto, representó para muchos de nosotros una gran sorpresa. Embebidos en comprender la crisis económica, cuando apenas nos hacíamos a la idea de su dimensión social y cultural, hemos tenido que advertir su dimensión política. Y en la política, – zarandeados por las corrupciones de muchos y el desgobierno de casi todos -, instituciones fundamentales del Estado como la Monarquía están siendo cuestionadas y ya veremos cómo subsisten en unos años. Yo creo que sí, porque el Estado y la clase política dirigente se lo juegan todo en esas cartas y no veo bajo ningún prisma que las vaya a repartir para perder. Defiendo que la política y los políticos son necesarios, pero no me confundo si veo en muchos una vocación de supervivencia con la apariencia de servicio. Es difícil hacer un modo de vida del poder, constreñir su acceso en listas electorales cerradas y bloqueadas, y seguir creyéndolo socialmente como un servicio. Es difícil, aunque todo tenga sus excepciones y su mezcla en las personas concretas.

El caso es que en ese revolcón de la crisis económica sobre la política y sus instituciones, buena parte de la sociedad catalana, primero en la Diada, y luego por medio del presidente Artur Mas, planteó su derecho y voluntad de decidir, o en sencillo, de autodeterminarse. Mucha gente ha opinado alrededor de esas ya lejanas elecciones y sobre las consecuencias políticas en cada supuesto. Por mi parte apunto a algo mucho más elemental y que me corresponde directamente como estudioso de la filosofía y ética políticas. Me parece muy importante captar la naturalidad con que se ha planteado en Cataluña el derecho de autodeterminación de los pueblos, o “derecho a decidir”, en su analogado para sociedades democráticas como la nuestra. En filosofía política, nos educaron en una presentación de este derecho de los pueblos, exigente por el lado del motivo, – “los pueblos claramente sometidos a otros” -, y por el lado de su fundamentación, – “los pueblos con conciencia de comunidad política originaria” -. Así vinimos hasta 1989, cuando Alemania y la Europa del Este, caído el muro de Berlín, lo reclamaron directamente como patrimonio propio de sus pueblos y como nuevo enfoque del derecho internacional. A nadie se le oculta la dificultad política que surge de esta nueva conciencia, cuando se habla de cientos de casos que podrían cumplir los requisitos de un “pueblo que se autodetermina en Estado”, pero el hecho es éste. Y los viejos Estados europeos, – aleguen quinientos o cuatrocientos años de historia en común entre sus pueblos -, no escapan a la idea de base que he mencionado.

La cuestión que a la ética política formula esta nueva concepción social del derecho de autodeterminación, – derecho a decidir -, no es ya la de su legitimidad democrática, sino la de su equilibrio ético en cuanto a las obligaciones de justicia y solidaridad adquiridas entre pueblos que conviven juntos desde siglos, y si éstas hacen imposible o muy difícil el autogobierno que algunos de ellos necesita para desarrollar su identidad. Éticamente hablando, esto es lo fundamental. Autodeterminarse como pueblo es legítimo, tanto más, si se concitan mayorías muy extensas en todos los sectores y territorios de un país. Pero no basta con decir, éticamente hablando, somos más y tenemos el derecho, lo queremos y punto; menos aún, decir que seremos más ricos y nos irá mejor disponiendo de lo nuestro; éticamente se requiere elevar la legitimidad del derecho político de autodeterminación hasta considerar que es una necesidad de un pueblo para superar una injusticia política manifiesta o para preservar su identidad cultural y social únicas. En el encaje honesto de libertad, justicia, solidaridad e identidad de un pueblo, está la calidad del derecho a decidir de pueblos como el catalán (o el vasco) y su legitimidad ética.

En este sentido, y viniendo yo del mundo eclesial católico, sí me sorprendió la facilidad ética con que la Iglesia de Cataluña anunció que ella aceptaría lo que diga el pueblo catalán al respecto, “porque el derecho de autodeterminación lo reconoce plenamente la doctrina social de la Iglesia”. Lo cual es cierto, pero no de cualquier modo con que se justifique su necesidad por un pueblo que convive de lejos con otros. Habrá que valorar, – y la Iglesia es maestra en estos distingos de moral aplicada -, cómo se conjugan los valores, – libertad, justicia, solidaridad e identidad -, que están implicados en propuestas como la catalana, y qué discernimiento de fondo merecen en términos de equidad para todos, al margen de mi conciencia nacional particular. Yo creo que el Evangelio de Jesús, a través de la moral, es más exigente en el tema que un simple, “lo que el pueblo vote”. Políticamente, sin duda, esto es la democracia. Pero, éticamente, es una pobre respuesta eclesial en moral social cristiana. Legítima, pero pobre. Yo no la veo inapelable.

(Lo anterior lo escribía yo hace unos cuarenta días, y lo guardaba hasta mejor ocasión. Hace cinco días, dos destacados militantes cristianos catalanes, Arcadi Oliveres, – Presidente de Justicia y Paz de Catalunya -, y Teresa Forcades, – teóloga y religiosa benedictina -, han hecho publico un Manifiesto para la convocatoria de un Proceso Constituyente en Catalunya, y sin duda, por la regeneración social y política de ese pueblo. Por una alternativa social e integral. Me siento muy cercano a este planteamiento, – aunque yo como sacerdote o religioso, no lo hubiese protagonizado -, pero no entiendo que toda “la justicia y solidaridad” en que se inscribe el Manifiesto tenga como marco previo al pueblo de Catalunya, y éste como si no tuviera obligaciones con nadie, ni razón alguna para plantearse algo en tal sentido. Me cuesta esta idea “moral” tan benigna para con la conciencia nacional de “mi” pueblo y para su derecho a salir de la crisis general por su cuenta. Me cuesta. Entiendo el cansancio de caminar con otros que le niegan a uno el pan y la sal, a menudo, pero me cuesta).