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“Paz y reconciliación ahora. Nuestra contribución como cristianos/as e Iglesia del País Vasco y Navarra, (Navidad de 2017)”

2017 diciembre 2
por José Ignacio Calleja

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“Paz y reconciliación ahora. Nuestra contribución como cristianos/as e Iglesia del País Vasco y Navarra, (Navidad de 2017)”

 

 

 

Sumario

 

  1. A vueltas con la fe cristiana, la paz y la reconciliación después de ETA

 

  1. 1. Vengo ahora a lo concreto del tema que tratamos: ¿qué nuevos Hechos y Retos hay que tener en cuenta como Iglesia, hoy, en nuestra pacificación y reconciliación, pensando como estamos en el País Vasco y Navarra? Hablo todavía de hechos y retos nuevos, pues el hacer depende mucho de esos hechos y retos.

           

  1. 2. Vistas todas estas claves, vengamos por fin a los que parecía objeto único de vuestra invitación, es decir, la aportación de los cristianos y su iglesia a la paz y reconciliación de nuestras sociedades, después del final de ETA como terrorismo. Hablemos de esa APORTACIÓN.

 

            Para concluir

 

__________________________

 

 

 

         Introducción:

 

           

            – Quisiera decir en este primer momento que el lenguaje es muy importante pero que no voy a plantear una batalla en torno a términos como conflicto vasco, los vascos, los navarros, el terrorismo de ETA, el pueblo, la sociedad, etc. Considero que para el objetivo de esta conferencia sería imposible avanzar si a cada paso entramos en sentidos y matices. Lo advierto porque sé todo lo que en el lenguaje está en juego y no quiero imponeros el mío. Lo utilizaré además con mucha libertad y cambios en él.

 

            – Entre nosotros hay excelentes lecturas cristianas sobre la reconciliación y la paz, después de ETA; yo me fijaré más en cómo ordenar nuestra conciencia ética ante los conflictos sociales, en general, además del terrorista, para hacer posible esa paz y reconciliación que añoramos. La mía es una mirada muy social, que se suma a la más directamente eclesial sobre el mismo problema, y que está más trabajada. En los dos casos se trata de una mirada cristiana.

 

            – Insisto, sé que me habéis invitado a hablar de la aportación de los cristianos como Iglesia en Navarra y el País Vasco a la paz  y la reconciliación de nuestra sociedad y, si posible fuera, al perdón entre enemigos. Sobre esto se ha escrito y hablado tanto que parece fácil sintetizar. Todos tenemos delante la experiencia extrema que nosotros y aquí hemos conocido como “el conflicto vasco”, “el terrorismo” que decíamos, pero os propongo no aislarlo de las violencias y conflictos sociales en que vivimos. No lo es lo mismo, lo sé, pero no está bien aislarlo. Distinguir, siempre, separar, no. Además, del famoso conflicto vasco lo que duele y pesa en la conciencia es su expresión como violencia terrorista, porque en sí mismo en todas las expresiones civilizadas, y después de lo vivido en Cataluña, ya no puede verse como un drama.

 

– Al final importa saber que actitudes habrían de ayudarnos a pacificar y reconciliar una sociedad de violencias[1], y recién salida de la violencia en su expresión terrorista[2]; terrorismo de intención política, pero terrorismo al cabo; y la finalidad, la acción, es decir, hacer memoria en verdad de lo sucedido y hacer justicia, y sobre esta base, pacificar y reconciliar; en fin, avanzar hacia una convivencia donde las diferencias más profundas adquieran formas de expresión no-violentas y democráticas; por tanto, no sólo las diferencias políticas más profundas, sino también las sociales, económicas y culturales.

 

 

  1. A vueltas con la fe cristiana, la paz y la reconciliación después de ETA

 

Cierto que le damos muchas vueltas a esta cuestión. Algunos entre nosotros han tenido una palabra muy pensada y reconocida (el Obispo Uriarte, por ejemplo) sobre lo que podríamos aportar los cristinos a la paz y la reconciliación entre nosotros, después de ETA. (Otras voces eclesiales no lo han visto igual; el Obispo Fernando Sebastián, por ejemplo). Yo os ofrezco el modo en que me he ocupado de este asunto de vez en cuando.

 

Primera parte

 

 

4.1. Vengo ahora a lo concreto del tema que tratamos: ¿qué nuevos Hechos (son retos) tener en cuenta como Iglesia, hoy, en nuestra pacificación y reconciliación, pensando como estamos en el País Vasco y Navarra? Hablo todavía de hechos y retos nuevos[3].

 

Hace años que contamos con reflexiones cuya lectura recomiendo vivamente[4], pero todo está cambiando a marchas forzadas. Si tuviese que citar algunos hechos y retos nuevos, diría lo siguiente en relación a la Iglesia del País Vasco.

 

– Cuando ETA anunció el cese definitivo de su violencia terrorista en el 2011, mi alegría fue inmensa, y confiado en que iba en serio, alcancé esta convicción: el cosido político de la paz tiene otros actores legítimos y competentes; a nosotros, en cuanto Iglesia, nos toca hacer ahora un servicio ético y religioso de primera magnitud, pero poco vistoso. Así lo he pensado hasta hoy.

 

Tenía y tengo la convicción de que la sociedad democrática vasca y navarra contaba con sujetos políticos perfectamente capaces y legitimados para conseguir una salida justa al final de terrorismo.

 

– Más todavía, el protagonismo de la Iglesia en el proceso de negociación sólo podría obedecer a cierto neoconfesionalismo.

 

-Me pesó y pesa, además, la idea de que entre una cosa y otra el catolicismo vasco se vaciaba de voceros de la fe en sentido estricto.

 

Nunca he creído, sin embargo, que la atención a la paz y la justicia nos hayan distraído de Dios; al contrario, son factores definitorios del camino de la fe y su anuncio; sin ellos, todo termina en ideología religiosa sin encarnación. Pero es lógico analizar si la atención de horas sin cuento al logro del final del terrorismo y el comienzo de la paz, nos ha mermado posibilidades de evangelización dirigidas más explícitamente a la confesión de fe. Por desgracia, la gente tenemos ideas fijas sobre qué es la fe.

 

– Por cierto, la significación pública de la fe que defiendo siempre, en un contexto tan conflictivo, ha hecho parecer que estamos muy politizados, pero más bien cabría decir que son otras Iglesias las que están poco politizadas, o poco problemáticamente politizadas. En fin, la significación pública del evangelio es real, lo cual no gusta ni a la derecha, ni a la izquierda; en esto, las dos son hijas de la cultura laica que entiende la fe como algo privado y en los templos. Craso error, porque ni debe ser así siempre, ni luego nos libramos de las “religiones” de sustitución.

 

– Durante años, la iglesia vasca (y navarra) defendió la necesidad de cuidar los espacios de encuentro y las actitudes que facilitan que “la sociedad” o “el pueblo” no se rompa en su convivencia. El valor de “la convivencia popular logradasigue ahí, sin duda, decíamos una y otra vez. La iglesia ha creído siempre que el pueblo, la convivencia popular, no estaba rota; sobre todo, que no había dos comunidades y dos culturas frente a frente; cuidar esa convivencia popular pensaba que era su aportación más moral y evangélica. ¿Ha sido algo ingenua? Yo creo que sí. Veremos.

 

– Por lo demás, no debería confundirse este valor y su cuidado, con lo que se conoce como proceso de construcción nacional de un pueblo. De hecho, si algo aporta el cristianismo católico a la cuestión nacional es una sensibilidad muy intensa para distinguir cultura particular y política partidista, símbolos de la tradición popular y “cuestión” nacional, derechos de una colectividad y terrorismo en la lucha política, legalidad democrática y abuso de poder.

 

– Antes he dicho lo de la Iglesia “algo ingenua” en cuanto a su presupuesto de una convivencia popular fundamentalmente lograda y a preservar como un tesoro en plena situación de violencia; y sí, es verdad, … pero era una visión algo artificial y amable de quienes simpatizaban con la idea de un pueblo vasco que convivía en armonía social en los círculos en que ellos se movían; en mi opinión, ha sido un presupuesto moral de mucho valor para la convivencia, pero bastante forzado respecto a la realidad social del pueblo vasco (y navarro) en su complejidad. Sería prudente, a medida que desaparece ETA, no dar por bueno demasiado pronto que somos un pueblo poco complejo y bien cohesionado, que lo somos con evidencia en las principales expresiones culturales, que lo quieren así todos los ciudadanos, y que ya está el bien común en marcha con un poco de buena voluntad de todos. Creo que hay bastante ingenuidad en esto, y es muy tentador, pero no es un buena asunción de la realidad para prolongar la reconciliación social de hoy, al final del terror, y proseguirla como respeto de la legítima diversidad popular compleja, mañana, si así lo quiere la gente.

 

Me importa mucho traducir esta intuición para el futuro en lo que sigue. Pienso que todos debemos rebajar el peso metafísico que le damos a la conciencia nacional y a la historia de cada uno -pueblo y personas- y mirar a cómo hacemos ahora política democrática y justa, que no es siempre lo mismo[5]. A medio y largo plazo, se concreta en relativizar los absolutos políticos identitarios que pueden recobrar más fuerza en poco tiempo. El mayor riesgo es olvidarlo por una visión de la reconciliación que mire sólo al pasado de terror y que, superado, la Iglesia católica acoja acríticamente el papel de iglesia nacional del lugar (vasca, navarra o catalana… o española, que ya es).

 

– Así situada socialmente ante el pasado y el futuro -repito la misma idea por su importancia-, la Iglesia católica vasca (y navarra) tiene que recordar que, en la presente situación de cese definitivo del terrorismo, la cuestión ética y social que tanto nos preocupa como paz y reconciliación desde las víctimas, no puede separarse del problema de las ideologías políticas y convicciones nacionales absolutizadas, y de su traducción en desgarro social. De otro modo dicho, tiene que haber una convicción firme y última de que una cosa es la causa política del “pueblo” -la que sea en justicia y se exprese en democracia– y otra, la vida, la dignidad y la libertad de los ciudadanos, que es un absoluto moral para todos por encima de las convicciones nacionales. El servicio reconciliador de la iglesia tiene aquí una tarea prepolítica ineludible[6].

 

– Quizá, ideológicamente, el empeño por depurar conceptos como sociedad”, “pueblo”, “nación”, “gente”; o los derechos humanos como realidad indivisible, interdependiente e histórica, con el eje en la vida digna de cada persona en su pueblo y en comunidad de vida con todos los pueblos y con todo lo creado, la madre Tierra, bien podría atemperar la política que se asienta en el equívoco de hablar de “los vascos”, “los navarros”, “los catalanes”, “los españoles”, “la gente”, mediante conceptos cortados a la medida de una parte de la sociedad, y pensados como “obligantes” éticamente para todos. Este lenguaje es periodístico, no de ética y política. Todo es más sutil en ética política.

 

– Opino, de todos modos, que si a la Iglesia vasca o navarra, o la que esa, las pensamos en un contexto de identidad indiscutida, es decir, donde no se cuestione la unidad nacional del pueblo, su problemática no difiere del propio de una Iglesia en una sociedad europea y en la cultura “líquida” del comienzo del tercer milenio. Su principal tarea y dificultad es cómo hacer significativo el Evangelio, en el sentido de culturalmente vigente en una sociedad que lo ignora como referencia religiosa para las personas. El encuentro del Evangelio con la cultura es el problema de los setenta hasta hoy, y su asunción siquiera como interrogante vital para muchos, otra forma del mismo reto.

 

 

Segunda parte:

 

 

  1. 2. Con todas estas claves (hechos/retos), vengamos por fin a los que parecía objeto único de vuestra invitación, es decir, la aportación de los cristianos y su iglesia a la paz y reconciliación de nuestras sociedades, después del final de ETA como terrorismo. Hablemos de esa APORTACIÓN. Pues bien:

 

            – Para mí, desde el ámbito cristiano vasco, destaca el reto que mira hacia el pasado y hacia el hoy más inmediato, y se concreta en la voluntad de hacer memoria en verdad y dignidad en justicia a las víctimas; lo cual comienza, desde ellas, por un relato veraz y justo de lo que ha sucedido, y prosigue con un compromiso por compartirlo los más posibles como primera piedra de la reconciliación social entre todos; éste es el reto más evidente y ahora mismo tratado por muchos, y por nosotros aquí. Esto es difícil, pero no imposible. (A la vez, está el mirar hacia un futuro que, en realidad, ya está aquí, nunca se fue, y para mí se concreta -lo hemos visto- en relativizar los absolutos políticos identitarios que pueden recobrar más fuerza en poco tiempo[7]. Dicho queda. No vuelvo a esta clave). Atender ahora al reto del relato veraz no es fácil; sabemos que es un proceso multicausal, multidimensional y complejo por enredado, pero hay que intentarlo, pues si se instala que “cada cual tiene su relato, todos igual de válidos”, la pacificación nace muy viciada de origen y la reconciliación es imposible.

 

Nosotros podemos colaborar mucho a ese relato por aquello de la libertad evangélica, pero estamos igual de próximos a la tentación de la desmemoria particularista. Nunca olvidemos que en el secreto de cada corriente social está la idea de preservar y hacer triunfar un relato que salve a “los nuestros” y nuestra ideología de base[8]. También en el nuestro.

 

            – He dicho hacer memoria, verdad y justicia desde las víctimas. Ni ética ni evangélicamente cabe otra opción. Luego la cuestión de quiénes son las víctimas tiene mucha importancia. Mi punto de partida es que todos los seres humanos que sufren son dignos de compasión por el hecho mismo de sufrir, pero esto no significa que las personas que sufren sean en rigor y sin más víctimas, y que los sufrimientos deban equipararse en su causa y en las responsabilidades implicadas. Propiamente, la víctima, y la víctima del terrorismo en particular, siempre lo es porque padece un sufrimiento gravemente injusto; es decir, que padece en este caso la injusticia de un grupo terrorista (ETA, la mayoría de las veces, pero no sólo ETA) o, algunas veces, demasiadas siempre, del Estado utilizando la fuerza al margen de la ley. Por tanto, toda persona que sufre, merece compasión, pero no es propiamente víctima del terrorismo cuando padece las consecuencias regladas de la ley común contra el delito. Todo esto dicho en sencillo. En la práctica, las cosas se complican. De hecho, alguien puede ser terrorista y, a la vez, víctima de la peor violencia: víctima de la tortura estatal y verdugo de otras víctimas inocentes; o haber sido antes torturador y luego víctima del terrorismo. Los casos dan para mucho y se complican en cada persona, pero lo fundamental creo que está en el concepto primero: sufrimiento gravemente injusto, infligido a una persona por otras. Habrá que valorar, por tanto, todos los casos, se ha dicho con razón, y hacerlo con esas diferencias en el concepto: hay crímenes, grados y responsabilidades personales ineludibles e incomparables, y de todo esto hay que discernir. Y ¿qué hacer si hay víctimas en ambos lados? O ¿no pocas lo serán como víctimas y verdugos? ¿Cómo tratar esto, por dónde salir? Las víctimas no se comparan ni menos aún se compensan entre sí. Las víctimas, como las pobrezas, son magnitudes que no admiten ser intercambiadas. De una en una y con los criterios éticos claros.

 

            – Como siguiente aporte eclesial-cristiano a la pacificación y reconciliación en que pensamos, saco consecuencias de lo dicho. Nuestra  aportación política es ante todo ética y religiosa, es decir, facilitar unas actitudes (1) justas (derechos humanos y asunción del daño causado), (2) pacificadoras (empatía, solidaridad, compasión, diálogo, escucha, silencio, perdón humano…), y (3) religiosas (anuncio del Dios de la compasión radical, hasta el perdón del enemigo, adelantado y gratuito, escándalo para los judíos y necedad para los griegos) (¿por qué no?) y (4) hacerlo a la par de la denuncia de las estructuras sociales más injustas con los más débiles, porque la paz, nuestra paz, es un hilo en el conjunto de una injusticia global contra millones de personas sin vida digna. Prefiero una iglesia muy implicada en el sustento ético del proceso de paz (verdad, justicia, reconocimiento, generosidad, respeto, fraternidad, libertad…), traducido a procesos de concienciación y presencia social muy depurados de política partidista, que no una presencia directa de los eclesiásticos en la mesa de los acuerdos. Lo he dicho. Y esto, dentro de su acción pacificadora a fondo, propósito principal donde los haya.

 

– Obviamente, la condición de posibilidad de este servicio ético-religioso de los cristianos y la Iglesia a la paz y la reconciliación deriva de su capacidad para pedir perdón por sus errores, omisiones y acciones del pasado y el presente contra las víctimas.

 

            – Los que nos movemos en clave de lucha por la dignidad democrática para todos, al no buscar el poder de gobierno sobre nuestra sociedad (nación), les parecemos a los demás grupos “sociales” unos compañeros de viaje poco fiables y escurridizos, necios incluso. Es lógico, dado que nuestra posición más moral que política, los avala en su legitimidad democrática contra el terror, pero los cuestiona en su estrategia partidista y nacional. Y en el caso de las víctimas y sufrientes -que por su dolor reclaman adhesión total a su causa, ¡sin distingos ni matices!-, también. Y si no provocamos este tipo de reacción, asumiendo el dolor de todos pero distinguiendo en las causas y responsabilidades de cada caso, algo falla en la aportación moral y religiosa cristiana. Desde luego, desde la mayoría de los sectores del nacionalismo radical (de todos) estas distinciones sobran (y en la catalana y española lo mismo), porque es obvio, para ellos, que el final de ETA es el comienzo de un proyecto nacional uniforme por vías políticas (España vs. EH). Aquí, al catolicismo ni está ni se le espera como sujeto de peso en la reconciliación. En el caso de la izquierda abertzale, la reconciliación como pacto duradero de identidades en libertad, es traición a un pueblo unitario. ¿Qué diremos? Lo he adelantado.

 

            Vuelvo a la tarea reconciliadora. A la Iglesia le toca, no sólo a ella pero ella lo tiene por vocación y misión como tarea primera, el empeño por depurar, extender y practicar todos los significados de la reconciliación. Promover esta reconciliación, “alma de la paz”, decía el Obispo Uriarte, significa respetar a las individuos y sus procesos de conciencia sicológica y moral, y respetar las reglas mismas de una reconciliación sana e integral entre las personas, y no ignorar la dimensión estructural de una reconciliación con cimiento de justicia social, etc. Su relación con la verdad histórica (la memoria), y con la justicia reparadora, ya está dicha.

 

Y el perdón como posibilidad antropológica y como propuesta cristiana irrenunciable. El perdón es una tarea única, necesitada de tiempo, y sometida a la libertad de las persona, pero, sin duda, para la Iglesia es irrenunciable y, para la sociedad, para una convivencia humana verdadera, valiosa y bien razonada. Perdonar y reconciliarse no son normas de moralidad universal, pero sí son valores antropológicos muy razonables, y, en cristiano, una meta como signos de perfección para una vida santa. Por supuesto, nadie se hace con el perdón que gratuitamente se le ofrece, sin entregar a la vez el suyo. Para la comunidad eclesial y para los cristianos, una preocupación, dolorosa en lo personal, pero innegociable.

 

            – En el desarrollo de la labor reconciliadora, es claro que la Iglesia no va a renunciar a su libertad para desarrollar una tarea misericordiosa con las víctimas del terror de ETA, con las víctimas de los abusos del Estado de Derecho, y, en general, con los que más han sufrido de cualquier modo en ese río de violencia. Creo, por supuesto, que la Iglesia no puede conducirse en esto por un análisis político selectivo, los inocentes y los culpables, las víctimas y los verdugos. Y, a la vez, tampoco puede hacer un análisis ingenuo y dar a su acción misericordiosa la impronta uniformadora de “aquí, lo pasado, pasado, y todos culpables e inocentes, según se mire”. Algo de esto ha de lograrse acercándose a todos desde la compasión más gratuita, viendo en cada caso la ayuda requerida, escuchando y eligiendo ella, la Iglesia, el modo peculiar de la ayuda y, sobre todo, la palabra o el silencio que la acompañará, en aras de mantener la libertad ética y política necesarias[9]. A veces, el silencio ante la víctima es una manera de aceptar mi pasado personal de omisiones o un desacuerdo particular en algo.

 

– Habrá que atender a la humanización de las situaciones de los presos, siempre, y facilitar una salida de justicia restaurativa, y no sólo punitiva, a los que la buscan, e indagar en el potencial de la propia ley cuando el terrorismo organizado de ETA se disuelve. No podemos obviar esta cuestión en la reconciliación y la paz. Reducir la violencia y el sufrimiento humano, siempre es motivo suficiente para indagar en la justicia restaurativa. Humanizar también significa reconocer el mal causado y lo injusto del proceder violento, y vivirlo como un logro moral inigualable para quien lo reconoce.

 

            La Iglesia puede y debe proclamar el significado RELIGIOSO del perdón, con su lugar tan original en la fe cristiana y con la pléyade de razones y experiencias que lo acompañan, en relación a la raquítica forma de concebirlo en el realismo de la ética civil cotidiana. Esta contraculturalidad del perdón cristiano, originariamente regalado por Dios en su forma de experiencia radical del creyente, (que de tenerla lo cambia todo en la vida personal), no puede hacerse ley democrática común, ni puede exigirse como regla moral externa, (¡ni siquiera es regla moral cristiana, sino vocación de santidad cristiana, que es más, pero es otra cosa que la ética!), pero sí puede proponerse, en la fe, como aquello que sitúa las relaciones humanas en conflicto en una perspectiva que, sin escapar del mundo, las ilumina desde Dios, el que nos hace entender a Jesús en su perdón, “hasta setenta veces siete”, en su no violencia activa, “hasta la muerte de cruz injusta donde las haya”, y en su compasión, “hasta hacerse prójimo del sufre, sólo por su estado de necesidad y sufrimiento”[10]. Y por cierto, pasar de la justicia punitiva, sin más, al perdón y la reconciliación siempre conlleva sufrimiento personal.

           

            – En este sentido, al apelar ahora a Jesús, creo que al cristianismo más evangélico (¡otros, ni lo intentan!), le falta hábito para establecer conexiones y diferencias entre las actitudes de Jesús y su significado político en la vida social de hoy. A mi juicio, tiende a la mezcla indiferenciada, cuando no al olvido de la política. Por eso es tan difícil la comunicación política del cristianismo evangélico, porque los cristianos con idénticas palabras no siempre hablamos de lo mismo. (El cristianismo conservador no tiene este problema, porque su lenguaje es fundamentalmente el mismo de la política). Así, víctimas, perdón, memoria, justicia o reconciliación, diálogo, pacto, pueblo, a la luz del Evangelio, tienen significados teologales como mínimo peculiares con respecto al común en la política. Esto hay que evaluarlo bien y tenerlo muy en cuenta, pues, en caso contrario, si no hablamos de la diferencia y su fundamento, políticamente es como tomar un atajo en las responsabilidades y la valoración. (El caso de muchos biblistas me parece muy significativo: su sabiduría bíblica a menudo no garantiza su experiencia política).

 

            En cuanto Iglesia de Jesucristo en el País Vasco y Navarra es lógico pensar que su propia reconciliación interna ha de ser el primer servicio social que de ella cabe esperar en un proceso de paz. Cierto que entre nosotros la sangre no ha llegado al río, pero, es igual de cierto, que el conflicto social y político, y las formas (casi) antagónicas de juzgar su expresión como violencia, sobre todo en cuanto a la violencia terrorista de ETA, ha sido el modo más normal de convivir en la “comunión eclesial”. Todos sabemos la difícil convivencia de los cristianos políticamente distintos en la Iglesia y el recelo, la desconfianza, si no ignorancia, con que nos hemos mirado unos a otros en los bien nutridos extremos. Así que la tarea es inmensa y, el caso catalán y español, buena prueba de la dificultad objetiva que tiene. Porque el choque de identidades nacionales, en los extremos de la única Iglesia (como del “pueblo”), es un choque casi religioso; y es tocar hueso hablar del choque eclesial y social en torno a las víctimas, y las razones de por qué éstas, en general, participan de una legitimidad moral peculiar con respecto a otras personas que también han sufrido en el mismo conflicto, ¡que no por la misma causa!, siendo todas dignas de misericordia pero, según creo y repito, de modo acomodado a cada supuesto para no dejar de lado la justicia en la misericordia.

 

            – La Iglesia puede ser creadora de espacios de reconciliación claramente inclusivos, como corresponde a la vida cristiana, y fuertemente expansivos en ella y, desde ella, en la sociedad. Hay una red de presencia de lo cristiano en la sociedad que sin duda puede hacer un servicio reconciliador importante. Pienso en todos los movimientos eclesiales de base, en la enseñanza y en la acción pastoral de la iglesia en general. Quizá peco de optimista. ¿Más en Navarra que en el País Vasco?, no lo sé, porque en Cataluña parecía que la Iglesia estaba fuera del juego social y bien que la han solicitado en el proceso hasta hoy, y hasta como facilitadora del diálogo político.

 

            – Y cada uno de los creyentes está obligado a revisarse como agente de verdad, reconciliación y paz. Hemos hablado mucho en términos sociales y eclesiales, pero, al final, importan sobremanera las personas. Una vida reconciliadora requiere de personas con el temple moral de quien “espera” en cada ser humano siempre, sabe de la necesidad de la justicia social, la comprende desde el lugar de las víctimas, la exige desde la no-violencia activa, vigila el uso justo de la fuerza del Estado democrático, comparte un modo de vida y consumo sostenibles con la vida de los pobres, y cree en el perdón como experiencia moral que dignifica a quien lo ofrece y a quien lo acepta. Pero esto, el perdón, es algo muy personal y siempre de conciencia. No se puede forzar, sólo contar como lo más interpelante de Jesús. Así de sorprendente y gratuito se revela Dios en la fe de Jesús y en el Jesús de Dios. Siga cada uno su reflexión reconciliadora, es decir, la que acoge al otro, reconoce la verdad, realiza oportunidades sociales y perdonahasta setenta veces siete”.

 

 

Para concluir. Hemos visto que la opción fundamental de la Iglesia vasca y navarra, y de cualquier otra, pasa por acompañar un relato verdadero y digno con las víctimas y todos los que sufren; por humanizar este proceso con el ejercicio de llamadas y acciones de reconocimiento justo del otro; con el perdón pedido y ofrecido por quienes tengamos responsabilidades más claras y variadas; por la denuncia de la ruina que son siempre el odio y la venganza; por la humanidad de todos y el valor añadido que la fe cristiana ofrece a las personas en su vida y a la sociedad en su política.

 

– No está demás decir que la oración, la oración por nosotros, por la paz de todos y por nuestra paz en ella, ha de ser una necesidad muy sentida de aquéllos que cuenten más hondamente con una experiencia verdaderamente religiosa y cristiana. Ya sé que no hay eucaristía ni celebración litúrgica sin una oración por la paz, pero hablo de algo más radical y comprometedor.

 

 

Intentado concretar esto, hemos visto que:

 

 

(1) Habrá que trabajar-participar en la construcción-escucha de un relato lo más veraz posible de lo que ha sucedido, desde las víctimas y quienes más directamente han sufrido (no son los mismo).

 

(2) Habrá que cuestionar las ideologías políticas y sus absolutizaciones de partido y nacionales, ayer y mañana.

 

(3) Habrá que empeñarse en definir y compartir un cuerpo de valores éticos en clave de paz y reconciliación (profundamente cristianos, por supuesto)[11]: la verdad, la justicia, el diálogo, el respeto, la compasión, la fortaleza, el coraje, la no-violencia, la perseverancia, la prudencia, el perdón…

 

(4) Habrá que ofrecer, cómo no, las claves de la sabiduría moral cristiana, ¡sin duda!, para la conversión y reconciliación[12]; pienso en las bienaventuranzas, y pienso en nuestro aprecio de la gratuidad y el don, la conversión, la oración, la reconciliación y el perdón radical y adelantado siempre, “porque Dios es así”.

 

(5) Habrá que hacer revisión crítica de la trayectoria eclesial, pedir perdón, y escuchar especialmente a las víctimas, y acercarse a ellas con empatía fraternal.

 

(6) Habrá que atender a la humanización de las situaciones de los presos, siempre, y facilitar una salida de justicia restauradora a los que la buscan, e indagar en el potencial reconciliador de la propia ley cuando el terrorismo organizado desaparece.

 

(7) Y habrá que recordar que pedir perdón y aceptarlo siempre será un acto moral libre, pero, sin duda, pleno de sentido en lo humano e irrenunciable por valioso en cristiano.

 

 

José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete

Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz

jigcalleja@gmail.com

 

25 de noviembre de 2017

Pamplona, (Parroquia “San Alberto Magno”)

[1] Cfr., GÓNZALEZ CARVAJAL, L., En defensa de los humillados y ofendidos. Los derechos humanos ante la fe cristiana, Santander, Sal Terrae, 2005, 331-336.

[2] Otros la llaman “violencia de motivación política”. Cfr., El Informe sobre “vulneraciones de derechos humanos” ocurridas desde 1960-201,  elaborado por cuatro expertos por encargo del Gobierno Vasco.

 

[3] Entre los hechos y retos remito al recién tratado en el apartado anterior: cómo entendemos, aquí y ahora, la relación de un pueblo que reclama soberanía política (libertad) con la solidaridad debida a otros pueblos (responsabilidad), particularmente a los más cercanos en pactos, historia o cultura.

[4] Pienso en lo publicado por el Obispo Juan María URIARTE. Muy recomendables en el tema son diversos trabajos de Galo BILBAO y de José Luis ACHOTEGUI del IDTP de Bilbao.

 

[5] Cfr., VOEGELIN, E., Las religiones políticas, Madrid, Trotta, 2014: sobre cómo los símbolos políticos modernos se configuran religiosamente, sustituyendo “lo trascendente” de la fe por “una ideología” de análoga pretensión.

[6] Recuérdese que, en el caso catalán, recientemente, Hilari Raguer, consideraba que reconocer la nación catalana y su derecho a decidir es una cuestión prepolítica, de democracia sin más; lo mismo pensaba el obispo Xabier Novell, por eso votó en el referéndum ilegal; Salvador Pié-Ninot, pensaba sin embargo que eso de la nación es una cuestión ya de política partidista, y por ende, en la que la Iglesia no debería elegir. Yo pienso como este último. Como tal Iglesia, ella no sabe de naciones donde hay una población que lo discute. Estas cuestiones, la Iglesia, en cuanto Iglesia, yo creo que la tiene que recibir resueltas por la sociedad política democrática. Y si no es así, ella no tiene una palabra obligatoria para los cristianos.

[7] Lo he desarrollado antes, en la relación de retos y hechos nuevos, y concluía que corremos el riesgo de olvidarlo por una visión de la reconciliación que se concentre en el pasado de terror y que, superado, acojamos acríticamente el papel de iglesia nacional del lugar (vasca, navarra o catalana… o española, que ya es).

[8] En el pórtico de la reconciliación está (1) cuestionar el relato de “los nuestros”, (2) hacer memoria de las víctimas (todas pero sin uniformarlas) y (3) cuestionar las ideologías nacionales y sociales que amamos de manera (casi) absoluta.

 

[9] Como he dicho y reitero, siendo cierto que el sufrimiento acerca y define a todas las víctimas, no las unifica en cuanto a la valoración de las causas directas del sufrimiento, ni en cuanto a la memoria de los hechos y la justicia reparadora que se les debe, ni en cuanto a los requisitos personales y públicos de la reconciliación. En cristiano, su derecho moral a la compasión es incondicional, por víctimas y sufrientes. Pero esa exigencia de compasión, absolutamente gratuita, sabemos que tiene naturaleza estrictamente religiosa y moral, y expresión pública no partidista, y nada más. Todo esto es sutil, pero no puede ser inapreciable.

[10] Antes he escrito que el amor cristiano es, sin duda, gratuidad en las relaciones humanas, “porque si sólo tratáis bien a los que os aprecian, ¿qué hacéis distinto de los paganos? (Mt 5, 46-48); es confianza en que Dios ha dado ya posibilidades inéditas a sus criaturas en esta historia; y es perdón siempre ofrecido, “hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22), como oportunidad universal, que llega “hasta los enemigos” (Lc 6, 27-38).

[11] ETXEBERRIA, Xabier, Virtudes para la paz, Bilbao, Bakeaz, 2011 (Escuela de Paz, 24).

[12] Imprescindibles las reflexiones del Obispo, Juan María Uriarte, y en momentos anteriores, José Antonio Pagola.

Catalunya y ETA/MLNV

2017 octubre 29
por José Ignacio Calleja

¿Lo bueno IMG_0915del proceso catalán? Cierto, con matices claros; utilizan la no violencia, y les honra, pero la democracia la utilizan con muchos claroscuros; y el principal, que no hubo una mayoría independentista en votos en las últimas elecciones al Parlamento (sí en diputados) y han decidido como si tal cosa, y tampoco hubo otra mayoría del censo en votos positivos en el malogrado referéndum, y también lo dan por bueno para las leyes de independencia. Sinceramente, yo no podría hacerlo. Da la impresión de que medio pueblo les sobra. No está claro lo de la mayoría por la independencia; sí está claro lo de la mayoría que quiere votar y decidir, y que se lo prohíben con la ley y la fuerza (ilegítima por abusiva y torpe).

 

Y otra cosa, ese uso de la no violencia está demostrando que tiene mucho pueblo detrás, mucho, y a la vez que ETA y Batasuna tenían poco pueblo detrás, poco. Nunca consiguieron movilizarnos igual ni de lejos. Teorizaban sobre ello como algo cierto, pero no. Porque una cosa es no condenar las acciones de ETA y otra ser el pueblo que se comprometía con su causa por vía de desobediencia civil. Nunca lo intentaron porque no tenían nada que hacer. Ahora caemos en cuenta. Ahora queda probado que ETA recurrió al terror contra la conciencia política y moral de la mayoría de su pueblo y que no recurrió a la estrategia de desobediencia civil, en absoluto por ineficaz, sino porque sin violencia la gente no los seguía ni callaba. Son los hechos. De haber sido como en Catalunya, mucho pueblo por la independencia por vías de desobediencia civil, el Plan de Ibarretxe, e Ibarretxe mismo, hubieran tenido en las calles otra respuesta de apoyo masivo. Esta es la lección que para mí ETA debe sacar de las dificultades de Catalunya: van a ir mucho más lejos, con mucho más apoyo popular, y sólo con desobediencia civil, (y barriendo con descaro para casa, así lo pienso, en el recuento democrático y sus consecuencias). Puede que no todo lo pretendido, pero a años luz de lo logrado por ETA y el MLNV. Qué bueno para descubrir el valor de la desobediencia civil no violenta de un pueblo. (Y no envidio en absoluto a Catalunya; me gusta Euskadi y que siga su proceso, eso sí, siempre con mucho pueblo en las decisiones arriesgadas, y tomándose el tiempo que le convenga y que, por pacto, haya prometido respetar; todo es pasajero, pero el juego de libertad con solidaridad, perenne en todas las soluciones).

Puigdemont en la DIU hace “teología” neoescolástica, ¡genial!

2017 octubre 13
por José Ignacio Calleja

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A quienes nos dedicamos a la teología, la filosofía, la literatura y saberes análogos, el texto de Puigdemont sobre la sí-no DUI nos pareció genial en política. Y supongo que ahora responderá con aquello tan bíblico de “lo escrito, escrito está“; es decir, política, política y política. Hoy dice Urkullu desde Euskadi que recuperar la ley y acordar un referéndum de autodeterminación en Cataluña, es lo más lógico. Si hubiera mediación o facilitadores del acuerdo, esto pienso yo, no podrían ir más allá de esa doble satisfacción a la partes. Sí, eso parece. ¿Será demasiado tarde? Para la CUP, ANC y Òmnium Cultural, sí, para los demás, no; para ¿ERC? Le vale todo, porque gana siempre (todavía).

Y una cita, “Al perseguir el plebiscito como si se tratara de evitar un percance, en lugar de dejar hacer en silencio a quien le toque (con los tiempos de la ley y sus cauces reglados), se ha facilitado el lenguaje y los símbolos de la desobediencia civil a todo el que participe, y al Gobierno catalán el esconderse tras la mayoría que sí quiere un referéndum (pactado) para ocultar que su proyecto de independencia dista mucho de convocar a un pueblo unido. A la vez, el Gobierno central ha ocultado en la necesaria defensa del Estado de derecho su aversión a que se visibilice la demanda de cambio constitucional en Cataluña. Servidos están. Alberto Penadés es profesor de sociología en la Universidad de Salamanca.

Pero, sin duda, para mí, el gobierno de Cataluña y sus apoyos parlamentarios hace mucho tiempo que lo vienen haciendo mejor que el PP. Como gestor político de la crisis, el PP está siendo un desastre. Y el día del (imposible) referéndum, con un uso de la policía torpe y manipulador donde los haya. ¡A ver quién levanta ahora la de por sí, ya cuestionada profesión de esta gente! A mi juicio, sin pacto para una salida con referéndum para seguir juntos y de qué modo, o para otro Estado (no lo creo), no hay salida. Ese pacto, lo pienso y repito, colocaría al independentismo en su verdadero peso social… La estrategia del PP, sin duda, lo alimenta. (Y al parecer, alimenta también su proyecto en el resto de España. No digo que los del PP no amen la unidad nacional, pero les beneficia hacerlo, y nos complica a todos. Y sobre que el Rey en su discurso se equivoca, no lo creo; supongo que ama la unidad nacional española tal como es y supongo que sabe que él sólo puede tener futuro con esa España que se ve defendida como nación única del Estado, y que el resto de los ciudadanos, le puede agradecer un tiempo sus servicios, pero a medio plazo, ninguna de las fuerzas que apoyan un pacto y un referéndum están por la monarquía. Por eso que no creo que se la jugó tanto como dicen, sino que fortaleció sus (limitados) apoyos futuros. Eligió su mejor futuro (y su convicción, supongo).

Luego, el argumentario económico, bien, tiene su valor fáctico, pero ni pone ni quita a la cuestión de unos derechos fundamentales; quiero decir, en clave de obligaciones de solidaridad no abusiva, sí, pero en clave de “os irá mucho peor, las empresas y los bancos os abandonarán”, eso no vale en ética.

Es una macedonia lo que os lanzo, pero sea.

Y querida (…), mira si en tu hilo, al razonar sobre la dignidad de la persona, la de un pueblo y la de los pueblos, no te saltas lo que la dignidad de la persona (la de los otros que son minoría y no son como yo) puede cuestionar cómo la reconoce “un pueblo” y “cómo se da de hecho entre los pueblos”. Ay, por dignidad nacional, qué barbaridades se hacen, cuando los pueblos son Estados fuertes, contra la dignidad de las personas y los pueblos “otros”. Ya sé que en dos líneas no se puede decir todo, pero presiento cierta benignidad metafísica en tu aproximación a la construcción nacional catalana y su diversidad interna (creo). En Euskadi esto era y es muy claro.

Cataluña, España, et alii: la dignidad nacional tiene alma totalitaria

2017 septiembre 21
por José Ignacio Calleja

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En mi opinión, y sería bueno pensarlo de uno mismo, cuando los nacionalistas de “credo e iglesia-partido” plantean los conflictos políticos en términos de “dignidad absoluta de un pueblo”, aparecen los Rajoy y Puigdemont/Junqueras de turno (y otros peores), y millones de seguidores a cada lado, que ya no quieren otra cosa que ganar “el partido”. La dignidad de cada pueblo es muy importante, pero absolutizada frente a la política democrática en un conflicto, siempre termina en “religión” laica y barbarie. Con otros o por separado, pero “religión” laica y barbarie en el origen. Es ya lo que ocurre a ambos lados; pero, eso sí, con dignidad absoluta del pueblo, ese dogma que en política nos libra de pensar democráticamente lo que es constitutivamente diverso y pacto entre distintos.

 

La dignidad absoluta en política, y discernida de sí mismo por cada pueblo y ciudadano es un desastre democrático. ¿Quién es buen juez en su propia causa? Nadie. La dignidad absoluta se pierde sin remedio en un conflicto político, si se abandona el pacto democrático, el que sea, y se persigue la salida por procedimientos democráticos, siempre. Estoy pensando que la dignidad absoluta de una nación es germinalmente totalitaria siempre, sin remedio; si no tiene poder, parece pura ética, pero en cuanto tiene poder, germina la planta, y “aplastaré a Corea del Norte si no rectifica”. Invariablemente, sin remedio. Las realidades humanas, divinizadas, son temibles. Por tanto, menos dignidad nacional de todos los pueblos del Estado Español -la que nos impondría hacer esto o lo otro, o la que nos daría derecho a esto o lo otro- y más paciencia y respeto democráticos a la salida de los conflictos. Salidas definitivas, si es posible; y provisionales, normalmente, como corresponde a la vida política de las distintas generaciones.

 

Porque los pueblos acumulan sabiduría, pero las generaciones vivas deciden su presente; y no tienen obligaciones absolutas con ninguna fe nacional, sino con los derechos humanos de todas las personas y la solidaridad justa con los más débiles y excluidos. Al servicio de esta máxima de justicia universal surgen mediaciones nacionales y estatales subordinadas; a mi juicio, “instrumentales“. Los que hoy gestionan el conflicto político español y catalán, no me representan. Me oprimen con su dignidad nacional idolatrada y, germinalmente, totalitaria. Nos han traído a un lugar político corto de miras e injusto. La dignidad nacional absoluta los ha arruinado como demócratas. Me gustaría que las Iglesias locales compartieran esta independencia moral en sus pueblos. Paz y bien.

 

José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete

Vitoria-Gasteiz

Profesor de Moral Social Cristiana

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Cataluña, democracia y solidaridad

2017 septiembre 16
por José Ignacio Calleja

¿Cataluña? El problema es de ley y democracia, se dice. ¿Sí? 20160822_200312.Cjpg

Pero si el problema es el sujeto (pueblo-sociedad-población) en que esa democracia va a ser vivida. En el momento que un sujeto (pueblo-sociedad-población) no quiere compartir su democracia (soberanía) con otro-otros, sólo queda de la ley a ley, negociando políticamente. Por eso que estas reflexiones democráticas de principio son primordiales, pero obvian lo concreto del “espacio social y territorial” en que los partícipes se comprometen a respetarlas. Roto el espacio territorial y social, necesitan de la negociación política. Por eso que el buen político tiene que adelantarse cuando ve que peligra compartir el sujeto-pueblo-sociedad, o intentar recomponerlo cuando no lo ha hecho antes, pero hacer mutis por el foro en esta clave, no sirve ni en la acción ni en la reflexión política. Porque, además, tiene que saber que sus adversarios (Puigdemont-Junqueras) van a utilizar sin reparo moral la oportunidad de poner a su favor ese nuevo sujeto (pueblo soberano) o sustituir al gobernante por incompetente (Rajoy vs. Sánchez o Iglesias). Pero, en fin, la cuestión primera es que hay un nuevo sujeto (nación-pueblo-sociedad-población) y la democracia soberana la reclama dentro de sí. Éste es el problema previo que no puede aparcarse en la reflexión política sobre la democracia: los jueces, pueden hacer un ejercicio distinto, pero los políticos y los profesores, no.

 

Personalmente le doy importancia decisiva a la solidaridad de los pueblos que comparten de tiempo pactos, habla, ayudas mutuas y origen familiar en buena parte de su población… pero la solidaridad, ya se sabe, es un concepto ético que “prima facie” sólo obliga en conciencia, y ésta es de cada uno. Lo que prima es la querencia por ser solidarios, si acaso, con “los nuestros”, y si cambia el sujeto, “los nuestros”, cambia la conciencia de sus destinatarios preferentes. Y cambia lo que de la solidaridad pasa a ser de justicia hecha ley común. Yo lo vivo, por tanto, como un problema democrático, sí, y de solidaridad, también. Como lo vivo en la relación internacional con los pueblos más pobres. Al final es pasar de compartir unos presupuestos (deben ser más democráticos y justos, lo sé) a compartir el 0.7 de AOD. Así vivo la ética en esta situación política entre la democracia y la solidaridad.

El desequilibrio de partida en la Carta Pastoral de nuestro Obispo Elizalde (agosto de 2017)

2017 septiembre 1
por José Ignacio Calleja

 

 

 

Barcelona: mi autocrítica del terrorismo

2017 agosto 20
por José Ignacio Calleja

 

 

            Lees mil cosas, piensas otras tantas, muchas te llegan hondo, otras las notas más improvisadas, pero todas te rumian internamente sobre su parte en la verdad; en la verdad de Barcelona, Londres y París… y de Bagdad, El Cairo e Islamabad… ¿son lo mismo? Sí, terror puro y duro. Y ¿por lo mismo? Sí, reforzar los mismos objetivos por dos vías paralelas. Pero, ¿qué objetivos en cada lugar y por qué estrategias coordinadas? Me pierdo. Es fácil decir, por puro odio y terror allí y aquí. Y sí, es por odio y terror, pero ¿hay algo más tangible alrededor de estos sentimientos bárbaros que nos permita agostar su terreno? Sí, y leo por aquí y por allí, apuntes muy notables sobre una clave religiosa desbocada. Y de todo ello me quedo con que hay un uso estratégico de la religión por la política del terror, y lo sabía; y me quedo con que la corriente más fundamentalista y violenta del Islam está ganando terreno en la insurgencia islamista; no sólo aquí, en algunas minorías ocultas en la red de libertades de nuestras sociedades, sino sobre todo allí, en los lugares de guerra y represión del mundo islámico. Aquí, son minorías absolutamente reducidas, pero son y están. ¿Por qué negarlo en el análisis? Y allí son minorías menos minoritarias, y acaso en no pocos lugares, mayorías, ¿por qué negarlo en el análisis?

 

            Sinceramente, no estoy en condiciones de analizar las corrientes más diversas en la política/guerra de tantos lugares del mundo árabe y musulmán, así que lo dejo en planteamiento. Sólo postulo que cuestionemos más la idea simple de apelar a que las religiones siempre son mediaciones de paz y convivencia y, si se demuestra lo contrario en muchos modos de afrontar la libertad por no pocos fieles, peor para los hechos. ¡Deberían serlo siempre, es un deber y un deseo! Entre nosotros son minorías los fanáticos violentos, pues vamos a sumarnos todos a políticas de integración democrática que darán su fruto en dos o tres generaciones. Éste es un compromiso a medio y largo plazo, y el que crea que se puede resolver con dos horas de formación en la escuela y en un par de cursos, no lo entiende. Por tanto, aquí y allí, las poblaciones musulmanas con un sentido ético y religioso pacífico por la justicia, son vitales. Y las nuestras también. Y la fe, toda fe, tiene que colaborar a esto. Esta ciudadanía es la imprescindible. Todos somos necesarios, muchos muy importantes, éstos imprescindibles.

 

            En este acercarse al drama que estamos viviendo, yo le daría mucha presencia y fuerza en el análisis al factor “lucha por el poder económico y poder político” en esa región del mundo que se concentra en oriente medio, y por ende, a la variedad de objetivos de todos los sujetos enfrentados en ella; en el mundo islámico hay muchos sujetos con diversos intereses fácticos enfrentados; se sabe bien de esto por muchos analistas y estudiosos, luego hay que empeñarse en conocerlos en lo elemental (recomiendo ver Atrio-Agustín Revuelta); y en el mundo occidental hay otros tantos sujetos con diversos intereses fácticos particulares y antagónicos también: el cruce de intereses geoestratégicos y económicos en la zona es proverbial; las guerras de Afganistán, Irak y Siria, los han puesto en primer plano.

 

            Nadie, salvo los terroristas y la población que los apoya (en todos los sitios la hay) quiere ver a las víctimas por Las Ramblas de Barcelona, nadie; pero muchos jamás renunciarían a sus objetivos políticos, económicos y productivos para facilitar políticas que minen la base económica y de lucha de poder en el conflicto. Porque, ¿quién sostiene en toda esa área de oriente medio y próximo a los grupos gobernantes que dirigen los países? Y ¿quién respalda a los grupos terroristas que, persiguiendo el mismo poder, recurren a un fundamentalismo cultural y religioso bárbaro? ¿Quién recoge el dinero con el que se financian y en qué cuentas aparece? Y los bancos, ¿con qué facilidad denuncian ante el Estado que esto o aquello no aceptan porque procede de aquí y de allá, para éstos y para los otros delincuentes? ¿Quién pone en la picota a su multinacional de armamento o derivados del petróleo o constructora, ¡a la suya, no a la de otros!, y denuncia la posición de poder que disfruta o gana a la sombra de la guerra? ¿Quién desvela internacionalmente los paraísos fiscales, las cuentas en Suiza o la compra de deuda pública internacional que manejan los Reyes del petróleo, los traficantes de armas, o quizá de la droga? ¿Quién denuncia y explica si se desvían capitales de primera magnitud, y por quiénes, hacia el terrorismo practicado contra los adversarios políticos, ideológicos, religiosos y económicos? ¿Quién ha forzado en la guerra de Siria dos bandos que impiden que la gane nadie y hayan de pactar una salida compartida con el mismo déspota, en aras a intereses ajenos a la población? ¿Quién maquina ¡personas, empresas y países! para que tales o cuáles grupos terroristas tengan medios contra las corrientes militares y religiosas que podrían perjudicarles? Y así a cada paso.

 

            En fin, nadie quiere víctimas inocentes en ningún lugar, ¡casi nadie, no muchos!, pero pocos quieren pagar el precio que deberían, en aras de un mayor paz. ¡Vivo en el mundo! Los terroristas, nunca, porque el odio y la sed de poder va con ellos; los grupos gobernantes, nunca, porque el terror es muy malo, pero compartir los bienes y el poder por lo visto es peor; los gobiernos del lugar, tampoco, porque las monarquías bañadas en petrodólares no lo van a hacer, y si se les exige una postura de dureza, retiran su capital del país que las amenace en solitario; o sea, puede decirles un Estado, “sean ustedes buenos, pero no abandonen sus inversiones aquí”.

 

            Luego nuestros gobiernos sí están interesados en acabar con el terrorismo, ahormado en cierto islamismo fundamentalista, muy interesados; lo están, pero tienen que acordar con todos los demás Estados, y todos con muchos intereses en juego, y sin peder la plaza en el tablero de juego, y mirando de reojo a los otros, y con sus poblaciones (nosotros) acudiendo a votar cada cuatro años; los echamos si no hacen una buena política antiterrorista y los echamos si no hacen buenos negocios internacionales, y su espacio de mercado lo ocupan otros. Todos rechazamos la venta de armas y la guerra, pocos aceptamos las décimas de déficit público que esto acarrea. Impedirlo exige políticas fiscales más justas y de reparto más exigente para el que trabaja y gana bien, y desde luego para las plusvalías del capital, pero esto no hay quién lo venda. (Sólo con que Barcenas no robe, no llega). Hay que hablar de otras políticas fiscales y entonces las víctimas de Barcelona o El Cairo ya están muy lejos en el argumento. Pues eso. Hay que darle una vuelta a todas estas conexiones con un modo de vida. Aquello de la civilización de la sobriedad desde los pobres (Ellacuría) no es una locura.

 

            Por eso decía que la clave religiosa es muy importante, y la modernización cultural que hace posible la democracia, también, pero la tela de araña de intereses materiales y políticos en juego, pone sobre el tapete negocios y colaboraciones que afectan al modo de vida del “dinero, dinero, dinero… poder, poder, poder…. objetivos políticos, militares, financieros…”. No me distraigo de lo que sucede y las víctimas, ni me inculpo ingenuamente en favor de los terroristas, pero el problema es mucho más enredado y con sacrificios más equitativos entre las partes; sacrificios de toda índole, pero también materiales y de autocrítica a nuestro modo de relacionarnos con el mundo, como particulares, como empresas, como Estados, como civilización. Si los occidentales no somos autocríticos -objetivando al máximo los factores en juego-, no vamos a entender nada ni ser fuertes contra la injusticia radical del terrorismo político-económico, ahormado en un islamismo violento, y que nos afecta aquí y allá.

 

            Las generalizaciones como impedir su entrada (la de todos los árabes y musulmanes), sospechar de todos, terminar con las religiones, cerrar fronteras, machacarlos con la guerra preventiva, son injustas en su base, inútiles en su propósito e ignorantes de nuestra interdependencia. Para poner a las poblaciones musulmanas contra el terrorismo de forma unánime, o casi,  ¡e insisto en que la nuestra fundamentalmente lo está!, hay que transformar el trato económico, cultural, militar y político en la zona en clave de justicia social, y entonces habrá oportunidades policiales mayores contra el terrorismo de los fanáticos, y oportunidades políticas reales de articular la paz alrededor de esos pueblos. (Y alrededor de esos barrios y poblaciones, aquí). A nadie se le oculta que las religiones tenemos mucho que ofrecer en este servicio (Evangelii gaudium), y que el Islam en particular tiene un reto interno insoslayable y muy difícil, ¡según creo!, pero no se pueden poner los bueyes (la religión) por delante del arado (las relaciones internaciones de poder y dinero en justicia y respeto). A la vez, de eso se trata.

 

José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete

Vitoria-Gasteiz

Profesor de Moral Social Cristiana

Otra vez Venezuela… como yo te veo (I)

2017 agosto 6
por José Ignacio Calleja

            A mi juicio (…) no sitúa los datos en su debida magnitud y eso desenfoca el planteamiento del tema. Es una osadía por mi parte decir esto cuando mi conocimiento de Venezuela es casi nulo. Sean ocho millones de venezolanos los que han aprobado la ANC, sean siete o incluso seis, nada de esto es definitivo. El 40% del censo electoral no es el pueblo venezolano. Sin duda hay un problema de base en es participación. Aunque sean (y son) los sectores populares más pobres los que defienden a Maduro y le apoyan en esta ANC -conforme lo posibilita la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela-, hay un problema de base; y aunque la ausencia de los demás ciudadanos queda a su cargo, sigue habiendo un problema de base. Una parte del pueblo ha avalado a Maduro y su propuesta de solución y otra parte del pueblo, no. Claro, si yo dejase sobreseído que éstos no son pueblo venezolano, entonces sí puedo decir que “el pueblo ha hablado definitivamente”, pero si considero que la inmensa mayora de la gente que apoya a la oposición política es “pueblo venezolano”, entonces, qué diré. Porque no han querido participar, de acuerdo, pero en el análisis sé que no puedo decir sin más ni más “el pueblo venezolano ha dicho”. Si gobierno, tengo un problema. Y las elecciones a la Asamblea Nacional de hace poco me lo muestran.

 

 

            He leído por ahí, no sé dónde, que con el 31% de los votos gobiernan en las democracias muchos partidos, por ejemplo, el PP en España. Pero no se tiene en cuenta que una cosa es gobernar, a base de pactos con unos y con otros para sacar leyes por la mínima, y otra cambiar la Constitución, que en lo principal, sin un apoyo de 2/3 de las Cortes Generales, no puede hacerse. Quiero decir que no se puede sostener una Constitución en una exigua mayoría y, menos aún, en una minoría mayoritaria. Aunque esta minoría mayoritaria sea la más pobre y más injustamente tratada en el pasado, y una democracia formal al uso no le garantice lo mejor en el futuro, una Constitución reformada por los representantes de una parte del pueblo, uf! Y si luego va a referéndum, ni tan mal, pero es muy difícil que el resto de la población (¿la puedo llamar pueblo?) la considere suya. (Citado queda el problema de a quién llamamos “el pueblo”. Leyendo por ahí, veo muchas diferencias).

 

            Las Constituciones, y más la Bolivariana de Venezuela, dependen por completo del concepto, “quién es pueblo”. Mientras crece la revolución, el pueblo es mayoritario en el empeño (y se va tras Chávez); cuando la revolución padece dificultades desde fuera (se rehacen sus enemigos interiores y exteriores), y desde dentro (se vician los que la ganaron), la correlación de fuerzas va igualándose, hasta que por cauces democráticos convencionales (sin interpretaciones bolivarianas) la oposición se viene arriba, crece la parte del pueblo que la apoya, y el conflicto es total. Como escribí en otro hilo, la negociación y pacto político es imprescindible en Venezuela para evitar la violencia en todas las direcciones (las víctimas inocentes), pero los interlocutores (en el poder: Maduro et alii) y en la oposición (los otros) no tienen ningún motivo para pactar: Maduro y su partido ya no tiene nada que ganar con el pacto y la oposición, tampoco.

 

            Dije y mantengo que si económica y políticamente las potencias occidentales pueden ahogar al régimen bolivariano, la oposición no va a ceder. Sólo si el régimen consigue conectar sus intereses con los de Rusia  y China, no sé cómo y por qué, tiene su oportunidad. Y sólo si a ambos, régimen y oposición, les abruma  moralmente la suma de víctimas entre la población civil, pueden acercarse a un pacto. Pero el pacto casi nunca viene, en principio, por acercamientos morales, sino por intereses de supervivencia en el poder, para retenerlo o conquistarlo. Con más contenido popular o con menos en las políticas (y tiene mucha importancia), pero en última instancia se trata siempre de conservar el poder, y lo del pueblo viene después. Yo creo que el pueblo te puede llevar al poder, pero una vez en él, el pueblo más pobre se hace poco a poco periférico para todas las partes. Y, entonces, ¿la revolución? Sí, una especie de vuelta a empezar mil veces y a ver si es posible en cada momento conservar un peldaño ganado en la escalera interminable de la justicia. (Tengo que repensar este pesimismo histórico, lo admito).

 

            Luego he querido decir que se utiliza pueblo de forma particular, y esto no se quiere tener en cuenta, y he querido decir que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela es muy peculiar, a ojos de las democracias occidentales y del simple juego de mayorías y minorías; y que ésta particularidad vale mientras la derecha está en minoría, pues cuando se rehace, no la quiere así de ningún modo; donde no haya un ciudadano, un voto, sin filtros colectivos y orgánicos, no hay nada que hacer. Sé que esto último no es la postrera palabra en el tema, porque la democracia que reconocemos tal, huye de las formas directas como de la quema y está rodeada de poderosos medios de influencia desigual por doquier. ¿Mi opinión? La estimo en mucho, es un mínimo como procedimiento de decisión entre distintos, pero las reglas, los cauces, los sujetos y la igualdad de oportunidades, reclaman mucho más. Sobre todo, la igualdad de oportunidades para construir la voluntad popular y la justicia social: “La democracia, como sistema de organización social, otorga a la ciudadanía un arma potente para el ejercicio de este poder, pero, por sí sola, no es suficiente para contrarrestar la fuerza que otros actores tienen para secuestrar las instituciones y utilizarlas en su propio beneficio”, Sansón Carrasco/Mustaqh Khan.

 

            Y también he querido decir que más importante que esa discusión de filosofía política sobre la democracia real, es que siempre y en todo supuesto, si no consigues la participación mayoritaria del electorado en la Asamblea Constituyente y en la Constitución subsiguiente, no hay “el pueblo” que la avala; hay mucha gente del pueblo, pero no “el pueblo”. Y este es un problema que afecta ya a la legitimidad de Maduro, de su partido y de la condición Bolivariana de la República. Para mí, este es el problema. Si no le sigue el pueblo para aprobar la ANC y la renovada Constitución, con los millones de votos que logra, puede gobernar en una democracia parlamentaria, pero no rehacer una Constitución Nacional, ni hacer valer su Presidencia en la República. Salvando las distancias sobre qué pasa cuando “el pueblo en todas sus expresiones ya no te respalda”, el caso francés del socialista Hollande, es paradigmático.   

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            Nota: Conozco ahora el comunicado del Vaticano sobre la crisis en Venezuela, y sí, ahora sí que se entiende. Como no quiero tomar, o no, razón de él, cada cual saque conclusiones. Pero vamos, que Asamblea Nacional Constituyente, en estas condiciones, dice que no. Pero esta es una opinión sobre el procedimiento político que no puedo valorar todavía por falta de conocimiento del grado de conflicto que de hecho se da allí.

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            No te preocupes (…) por no comprender mi posición; ya le he dicho a Fortín que no conozco Venezuela; no sé valorar las condiciones del votar en este caso; pero comprendiendo muy bien tu tesis, no sé dónde le pones el punto de inflexión para decir “suficiente” o “insuficiente” al porcentaje de participación. Mira que no he cuestionado los datos oficiales, pero ¿cuántos votos serían suficientes para legitimar la Constituyente en nombre del Pueblo todo? ¿Y quién lo dice? Ya te digo que no estoy en el caso al detalle y lo valoro desde lejos, pero “si apelamos a las circunstancias” ¿quién determina si son suficientes o no para legitimar un proceso democrático? No sé, me pierdo. Y si esta pregunta es muy teórica allí, entonces sencillamente no es posible todavía la democracia.

            Y no puedo sino reconocer lo que ha hecho mucha gente del pueblo para votar -reconocer, admirar y sumarme- pero ¿si no fuesen mayoría, sus líderes no deberían acudir a un pacto con otros? Y si los adversarios no quieren, ¿no sería mejor decir que hay una democracia popular que procede de la revolución y que el sujeto que la encarna no puede transigir con los que la niegan, y que éste es el  marco de juego de la democracia en la República Bolivariana? Si se quiere decir esto, lo entiendo, pero quiero oírlo para saber de qué se habla. No pongo más intención política en ello que saber del concepto democracia en su uso allí por todos. Me lo imagino, pero lo planteo.

            En mis conceptos, ninguna revolución puede predefinir la Constitución antes de que sea avalada por un pacto entre distintos del mismo pueblo. Tengo mis preferencias políticas e ideológicas, pero prefiero entenderme con otros distintos en cuanto a las reglas de juego. Reconozco que “mis circunstancias” no son las de Venezuela y allí tal vez lo viera de otro modo; no lo sé, pero no diría que estoy en la política democrática, sino, como algo inevitable, en la prepolítica de asegurar el máximo de colaboraciones en el camino de la liberación social, recurriendo al mínimo uso posible de la fuerza en la ley. O quizá en el guerra por otros medios. Porque, a medio plazo, por muy perversos que sean mis contrarios, y hasta enemigos, en democracia yo he de aspirar a que ellos quepan y dispongan del máximo de libertad política, como yo, respetando la misma ley nacida del común. Es una reflexión lo que hago, no una batalla a favor de no sé quién. Saludos.

            Y (…), te entiendo en la respuesta perfectamente. (Quizá el caso Bachelet confirma lo que digo; no es lo mismo un gran triunfo para gobernar -con una mayoría minoritaria- que para cambiar la Constitución). Pero yo agradezco tu claridad sobre el pueblo y la revolución. Yo teorizo desde un lugar en que Podemos-IU viene a decir eso mismo y lo entiendo como declaración política, pero no sé cómo ponerlo en reglas compartidas y justas. De hecho, creo que cuando Iglesias defiende “el Parlamento y la calle”, está hablando del mismo problema. Y en clase la gente me dice “no hay democracia” y punto, es un paripé para engañar. Y yo digo, como los clásicos, vamos a distinguir, separar y valorar. Pero lo dejo aquí. Saludos.

            El discurso de Delcy Rodríguez y el de Cabello, en sus fundamentos, son un ejemplo de lo que no me gusta: los “otros”, todos, son enemigos, y la población que los apoya no es “pueblo venezolano”. Estas dos condiciones, con facilidad, te llevan al totalitarismo; con más justicia social, que no es poco, pero totalitarismo político. Yo sería mucho más autocrítico y exigente con los míos en política. Y lo soy.

En los conflictos, como el catalán, ¡ponte en su lugar!

2017 julio 24
por José Ignacio Calleja

 

 

            Me resisto a volver a la ética en la vida política española porque el lector dudo de que pase de la primera línea. Más todavía, porque a menudo masco una idea enrabietada que me atrapa: “aquí todo el mundo sabe hacer bien la tarea del otro, pero ¿qué hay de la propia?”. Es verdad, no exagero e invito a comprobarlo en el día a día de cualquiera y ya verá cuántas veces alguien dice, “lo que pasa es que tal o cual no hace bien lo que debe”. Bueno, un discurso antiguo el mío que no se lleva hoy. Rememora de lejos la cuestión de los derechos y deberes pensados a la vez para todas las personas y pueblos, la de responsabilidad justa y hasta compasiva de unos con otros, y así con todos los valores de referencia en una ética del bien común. Nada del otro mundo, sino los mínimos de justicia necesarios para convivir sin aplastar a los menos competentes y débiles. Otra vez una idea bien sencilla. Ponte en el lugar del otro y verás que no es tan difícil comprender sus razones y pretensiones. Como él tiene que hacer lo mismo, parece lógico pensar que encontraremos espacios sociales de convivencia, mínimos de justicia para definirlos y reglas de  procedimiento para sentirnos razonablemente representados en ellos. Tal vez, provisionalmente y con incomodidad creciente para todos, pero representados en ellos.

 

            Pues bien, el secreto, que no es tal, procede de aceptar algunos valores sustantivos sobre la vida social, disponer de procedimientos legales compartidos y, lo que es vital, contar con ciudadanos demócratas que se ponen en el lugar del otro. El procedimiento democrático sin la argamasa de unos valores éticos, no dura; los valores éticos, sin procedimientos democráticos, son una ideología inaceptable. Ninguno de estos ingredientes subsiste por separado, pero el vector que ha de mantener el vínculo entre ellos es la calidad democrática de los ciudadanos. Una ciudadanía con conciencia democrática es primordial en la reunión de valores compartidos y procedimientos reglados en nuestra sociedad, y la forma más sencilla de verificarlo, la dicha: ponte en su lugar y comprende siquiera las razones que mueven a tus adversarios sobre sus derechos y deberes ¡reales o supuestos! y guarda en todo momento del conflicto tres pautas: el compromiso de respetar su derecho a la palabra, las reglas para que circule toda la diversidad de propuestas y la capacidad de llegar a compromisos políticos y leyes concretas, tanto en lo compartido con alguna facilidad, como en lo que todavía sólo logra un equilibrio precario y a muy corto plazo. Pero siempre y de todos modos, este es el presupuesto: sé demócrata, ponte en su lugar.

 

            Si de la teoría pasamos a la práctica, esta larga entrada es claro que puede proyectarse sobre el conflicto político de Cataluña con el Estado, y en Cataluña internamente; no son unánimes. Y lo mismo podría aplicarse a la gestión política española tan nefasta, con la crisis económica de por medio. Esta segunda es más fácil de discernir, porque es más evidente que ni la clase política en general, ni su mentor, la clase económica dirigente, se han puesto en el lugar de las clases populares más débiles. No lo han hecho en la crisis bancaria; por ejemplo, todavía hoy sustentan una salida en la que nadie devuelve las compensaciones millonarias por una gestión tan injusta como ineficiente. Ya no pienso en que alguien deba ir a la cárcel por dinero, sino en devolver lo robado con multa e intereses bien calculados, y a vivir con lo puesto y modestia. Pero no, y así hasta hoy, ni el regulador ni la fiscalía han llevado al banquillo a los directivos de la antiguas cajas quebradas, de verdad, ni los mercados nacionales de bienes de primera necesidad dejan de estar cautivos por acuerdos políticos oscuros, ni inversiones públicas fracasadas se sabe quién se responsabiliza hoy de ellas, ni es claro cómo se han financiado los partidos, ni por qué lo bancos les condonan las deudas… Ponte en su lugar, en el de la gente de a pie, y comprenderás su incredulidad política.

 

            El otro supuesto es más complejo, el caso catalán, pero la pauta de valoración también procede con la misma lógica. Ponte en su lugar. Veo que nadie se pone en el lugar del otro. Los que dicen la ley y sólo la ley es democracia, son procedimentalistas, pero no podrían responder fácilmente al valor justicia. Para ellos, tal vez es lo mismo, pero en el fondo no es así. Otros dicen que el Estado, y sólo el Estado, es lugar de ciudadanía libre, y lo otro, la nación, es un antojo metafísico. Ya, ponte en su lugar, y responde a por qué ese Estado ya sí es justo por sí mismo y el aspirante, no lo es; pero ¿por qué? ¿Por qué llegó tarde?, ¿por qué la historia crea derechos definitivos?, y ¿qué historia? Ponte en su lugar y comprenderás que ese camino procedimental no es absoluto y que si el gobernante lo gestiona con tanta ideología y opacidad, con razón lo negarán. ¿Qué te queda? Ponte en su lugar y mira por un procedimiento democrático, unos valores éticos comunes y unos ciudadanos demócratas. Y según defiendo para el caso y ¡a pesar de los pesares!, ponte es su lugar es que nadie puede elegir ni como persona ni como pueblo lo que le da la gana, cuando le conviene y por qué es de su propiedad. Ponte en su lugar es buscar en común formas democráticas de compartir salidas políticas; es respetar la responsabilidad solidaria de unos con otros entre los pueblos que vienen compartiendo compromisos contigo; ponte en su lugar es que no te vayas porque sí, como un propietario inmobiliario, porque esa soberanía no obedecerá a fines justos, ni a valores sustantivos ni a sujetos de responsabilidad compartida. Irse en este caso, el catalán, es un fracaso de cualquier ciudadanía por más que se presente como su máxima expresión. Ponte en su lugar es reconocer que los desmanes del nacionalismo español no lo justifican todo. Ponte en su lugar, en el de las gentes sencillas y pueblos que pierden si te vas. Ponte en su lugar.

Miguel Ángel Blanco, veinta años después. No he perdido la esperanza.

2017 julio 10
por José Ignacio Calleja

 

 

13 de Julio de 2017, veinte años después del asesinato de Miguel Ángel Blanco

 

Aquel día de julio fue único para todos,… para ti.

Fue algo terrible.

Nos mirábamos sin hablar

o hablábamos sin mirarnos.

Justo las palabras imprescindibles,

incrédulos,

conteniendo la respiración.

 

Aquel día no fue un día, sino una eternidad.  

Un vacío en el aire,

una espera en vilo y hueca,

un desvivirse por creer sin motivo,

… no serán capaces.

 

¡Qué ingenuos fuimos, qué ingenuos éramos!

Por humanidad, nos decíamos,

seguro que por humanidad.

Al menos por humanidad, no lo harán.

 

Por los suyos, por la dignidad de los que los aman en sus casas,

siquiera por eso, no lo harán.

Y lo hicieron,

¡vaya que si lo hicieron!

Te asesinaron.

 

Llevábamos años contra ellos, pero…

Allí perdimos lo que nos quedaba de esperanza.

No eran capaces de humanidad,

no eran capaces ni en el momento más extremo,

no sentían nada fuera de su causa,

el odio era su partera.

No eran capaces de humanidad.

 

Y así, hasta hoy.

De esto se trata, de recuperar la humanidad.

No fueron capaces.

 

¿Cuándo lo serán?

Cuando te recuerden y digan,

¡perdón por lo imperdonable!

Para vivir, ¿tú?

No, para vivir ellos,

para vivir nosotros.

 

Reconocer el mal y pedir perdón,

para vivir.

Para la justicia, la del espíritu, también.

Para darla y reclamarla,…

 el perdón es su puerta. La del espíritu.

 

¿Cuándo lo serán?

Cuando amen la justicia del espíritu más que a su nación.

¿Es posible? Es posible. Es sencillo.

¡Ponte en su lugar

y respeta a los otros más si cabe que a ti mismo!

Es posible, es sencillo.

Algo se mueve, yo lo espero todavía.

 

La dignidad de todos, el espacio del espíritu,

no hay otra ley que la preceda.

Y ¿los adversarios? La dignidad de todos.

Y ¿los enemigos?… ¿los enemigos?,

la dignidad de todos, siempre.

Justicia del espíritu, te amo.

 

 

José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete

(Vitoria-Gasteiz)

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