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El Papa Francisco, ¿es comunista?

2014 octubre 29
por José Ignacio Calleja

Francisco: “Reclamar tierra, techo y trabajo no es comunista, es la doctrina social de la Iglesia”

“¡Ninguna familia sin vivienda! ¡Ningún campesino sin tierra! ¡Ningún trabajador sin derechos!”

Redacción de Religion Digital, 28 de octubre de 2014 a las 15:55

El Papa Francisco pidió hoy tierra para los campesinos, casas para las familias y derechos para los trabajadores durante el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, en el que participa el presidente de Bolivia, Evo Morales.

“Este encuentro nuestro responde a un anhelo muy concreto, algo que cualquier padre, cualquier madre quiere para sus hijos; un anhelo que debería estar al alcance de todos, pero hoy vemos con tristeza cada vez más lejos de la mayoría: tierra, techo y trabajo”, afirmó el pontífice.

Es extraño pero si hablo de esto para algunos resulta que el papa es comunista“, añadió. “No se entiende que el amor a los pobres está al centro del Evangelio. Tierra, techo y trabajo, eso por lo que ustedes luchan, son derechos sagrados. Reclamar esto no es nada raro, es la doctrina social de la Iglesia“.

El Encuentro Mundial de Movimientos Populares “no responde a una ideología”, destacó el papa argentino. “Ustedes no trabajan con ideas, trabajan con realidades (…) tienen los pies en el barro y las manos en la carne. ¡Tienen olor a barrio, a pueblo, a lucha! Queremos que se escuche su voz que, en general, se escucha poco”.

“Jesús les diría hipócritas” a los que abordan “el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos”, señaló el líder de la Iglesia católica.

“Ustedes sienten que los pobres ya no esperan y quieren ser protagonistas, se organizan, estudian, trabajan, reclaman y sobre todo practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres y que nuestra civilización parece haber olvidado”.

“Digamos juntos desde el corazón: ¡Ninguna familia sin vivienda! ¡Ningún campesino sin tierra! ¡Ningún trabajador sin derechos! ¡Ninguna persona sin la dignidad que da el trabajo!”, exhortó Jorge Bergoglio.

Días de niebla y plomo

2014 octubre 18
por José Ignacio Calleja

Días de niebla y plomo de José Ignacio Calleja (19 agosto 2014)

Ya es posible solicitar ejemplares de la obra en esta dirección

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Días de niebla y plomo: DÍAS DE NIEBLA Y PLOMO es una novela para sentir y pensar; para sentirnos y pensarnos a fondo, ahora y siempre; y en ese espejo tan personal de la vida de cada uno, y de todos juntos, se reflejan unos personajes que nos resultan muy próximos; gentes en cuyas vidas se entrecruzan la soledad y el miedo a amar, el gozo de ser amados, la honestidad política, la traición y la fidelidad en la vida cotidiana, la violencia terrorista y las víctimas, el perdón y la venganza, la crisis social que margina a los más vulnerables, el valor de la fe y las personas que se empeñan en una vida social más justa… PLOMO en las calles, por el miedo a la violencia cuando el terrorismo amenaza a quien es distinto y lo dice; y NIEBLA en las vidas, por la desconfianza hacia lo valioso y común cuando hay que compartir los sacrificios. Y, sin embargo, un resol de fondo con el que la gente de bien nos sorprende: su amor y su dignidad vividos a la medida de los humanos. A la medida de los humanos, eso es todo lo que podemos las personas y miran los dioses.

 

Sobre el Ébola, la justicia y la fe cristiana

2014 octubre 9
por José Ignacio Calleja

 

            Sobre el Ébola, expreso dos ideas que me estallan en la cabeza. Una, que el Ébola no lo vamos a abordar con determinación mientras no alcance a nuestras sociedades ricas. Es la única parte positiva de lo que está pasando. Lo temo, no lo deseo, pero así de cruel es la situación de injusticia entre los pueblos. Y la otra convicción gustará menos y acepto los reproches. Creo que los religiosos misioneros -y la iglesia en ellos- no han (hemos) acertado ¡Evangelio en mano! pidiendo estas repatriaciones. Hablo sin señalar a personas concretas. Las palabras de la Iglesia -leo a los Obispos españoles en África ante el Domund y su “todo por la gente de esos pueblos”- hoy me cuestan demasiado. Ha sido duro para mí. Lo comprendo, seguramente yo lo pediría en su situación, pero ¡Evangelio en mano! no estaría acertando. Como Iglesia, como gente de fe encarnada en la vida del pueblo más pobre, no hemos acertado.

El Seminario de Vitoria y la Facultad de Teología

2014 septiembre 26
por José Ignacio Calleja

 

Como en tantos centros de enseñanza, un nuevo curso se inicia en el Seminario y la Facultad de Teología de Vitoria. En realidad, todo comenzó hace quince días, pero la apertura oficial se retrasa hasta el 26 de septiembre. ¿Y esto? Cambios que ha traído Europa al sistema universitario. Se quiere que el año escolar empiece a primeros de Septiembre y concluya en Julio. Y se busca un modelo escolar con metodologías más activas por parte de alumnos y profesores, distinto al magisterial que los mayores hemos vivido. Ya hablaremos de lo que esto da de sí, pero esa es otra cuestión.

 

              El caso es que el Seminario y la Facultad de Teología de Vitoria, dos instituciones distintas que ocupan el mismo edificio, -una como centro universitario de enseñanza y, la otra, como lugar de formación vocacional de seminaristas-, siguen su camino. Alrededor de ellas hay mil historias y mitos. Los más convencionales tienen que ver con el recuerdo de lo que fueron en la vida de la ciudad -sobre todo el Seminario- y lo que ese inmenso edificio despierta en la imaginación de la gente. ¿Estará vacío? No lo está, desde luego que no; en él hay varios servicios, y otros que vendrán y cabrían; está relativamente vacío, es verdad, de aquello que nos gustaría que lo ocupara: estudiantes de todo tipo y edad -hombres y mujeres, laicos en una iglesia bien formada-, y una buena representación de seminaristas y candidatos a la vida religiosa masculina y femenina. Pero esto no es así, ni parece que lo vaya a ser a medio plazo; por tanto, menos lamentos, y caminemos con fe, inteligencia y perseverancia ante la realidad social de nuestra tierra.

 

            En esto último hay mucha superficialidad. Por tal tengo la tesis de que el laicado no se forma porque el clero lo ha ocupado todo en la iglesia y los ha minorizado. Sí, pero no. Ya hace tiempo que no. Más bien pienso que la propia reducción del catolicismo practicante, y las exigencias laborales extremas de la vida de hoy, hacen muy difícil liberarse para la formación y asunción de responsabilidades. (“Pocos y los mismos en todos los lugares”, se suele decir). Menos aún me convence la tesis de que hay pocos católicos practicantes en Euskadi porque el clero ha sido nacionalista o poco rotundo contra ETA. Pienso que esta explicación es demasiado fácil; si acaso influye, y más, que el nacionalismo creído con pasión desempeña funciones de religión civil en muchos vascos; sí, lo creo así. Otra tesis que no me satisface es que si la ley del celibato dejara de obligar y fuera opcional, habría muchos candidatos al sacerdocio ordenado. Sí mejoraría la cifra -además de ser una cuestión de obligado respeto a las personas, según pienso-, pero tampoco creo que esto sea decisivo para el catolicismo en nuestras sociedades. Todo suma, desde luego, y no es despreciable, pero el zarandeo de la fe en la cultura moderna tiene más enjundia. No me convence, por supuesto y es otra tesis, plantear un futuro mejor para el catolicismo como una cuestión de modernización superficial, es decir, estar a la última con las opciones y los criterios más extendidos en nuestra sociedad. Hay una modernización imprescindible –reconocer la mayoría de edad del mundo y de la gente, su legítima autonomía-, y hay otra que es infantil -cambiar esto o aquello para caer bien-. Moverse por el aplauso fácil siempre es un mal negocio. Por fin, y por citar otra simpleza bastante extendida, no veo la solución católica por el camino de huir del mundo para ser contraculturales en moral sexual y matrimonial, y domesticados en la moral social de la justicia. Sacar la fe del mundo, para preservarla como religión de los elegidos, no es buen camino para el Evangelio. No es bueno ni siquiera cuando logra que surjan vocaciones religiosas, pues obedece a una conciencia espiritualista y desencarnada, o sea, poco cristiana. Podría seguir y no quiero cansar al lector. Algo de todo esto hay, y nada de todo ello, es.

 

            Lo cierto es que nuestro curso escolar empieza, o sigue, y el Seminario y la Facultad -he dicho que cada uno con su finalidad propia y en el mismo edificio- ofrecen a la ciudad y a la iglesia de Vitoria un servicio notable de estudio y formación. Cuando decimos que lo que importa es actuar -que Jesús ante todo actuó- no estoy seguro de que sea así, sin más. Hay momentos y dedicaciones en la vida que la completan como un conjunto equilibrado. En este caso, se trata de formar en la fe -acompañar la conciencia cristiana de manera razonada y dialogada, cuestionada y estudiada, testimoniada y celebrada-, lo cual es la tarea más propia de la teología. Pienso, en suma, que dedicar una parte del día a día a la concienciación crítica en la fe -no hay por qué escapar para ello de la vida cotidiana- es una tarea y opción llena de sentido para quien estudia y para quien enseña. El esfuerzo de pensar las ideas que tenemos merece la pena, y el tiempo dedicado a esa necesidad humana está muy bien aprovechado. Hay muchos modos de hacerlo en la sociedad y la iglesia, y todos ellos amenazados de perderse en academicismos y apariencias. La amenaza no es, sin embargo, determinación; es posible hacerlo de otro modo; nosotros pensamos que somos capaces de lograrlo cuando la teología opera como apertura a la dignidad humana de todos -entrevista desde los más vulnerables del mundo-, y a la corresponsabilidad compasiva de unos con otros. Así es Dios en el Evangelio, y de esto se trata en la vida de fe, y en su reflexión.

El Obispo quiere el bien común (de su país, por supuesto)

2014 septiembre 3
por José Ignacio Calleja

            Nos dicen que no entendemos, pero no es verdad. Sí entendemos perfectamente al Obispo y a todos los que reclaman la legitimidad moral del derecho a decidir de los ciudadanos de Catalunya, sin presuponer nada sobre la decisión de cada uno y el resultado. Y que sí sabemos que lo avala “in genere” la DSI. Más aún, creo que Catalunya cumple los requisitos de una nación (si bien yo como Obispo, “como Obispo”, no lo diría en una acto de “magisterio pastoral”, si hubiese católicos en mi Diócesis que lo discuten).

Lo que me sorprende es la insistencia de la carta y de tantos otros, en “conducirse por lo que creáis mejor para el bien de Cataluña”. Primero queda elegida mi nación, la que sea, “Cataluña, Euskalherria, España, Francia, Polonia o Argentina”, y en ese horizonte, hablemos de su bien común para legitimar mi responsabilidad moral social. Es pobre. Para unos cristianos, y con mil compromisos con otros pueblos hermanos, -sí, hermanos-, es poco.

La solidaridad sufre mucho y el cristianismo debe decirlo…Yo creo que la moral social cristiana debe decir algo sobre la solidaridad más allá de mi nación identitaria, tanto más si convivo de siglos con otros; y si no también; como cristianos, un poco más que el común a la hora de decir cuál es el bien común que legitima nuestra decisión. ¿El de mi país? ¿El de mi nación? Y ¿por qué no el mío, sin más? O ¿el de mi familia, y punto? Si los pueblos y los grupos sociales más pobres no ganan con mi decisión, mi país, y en cristiano, es poco. No deja de ser otra manera de decir, “mi nación es una realidad moral primigenia”. Somos así iglesias nacionales cristianas. Me desconsuela bastante.

El movimiento social y cultural -el cristianismo- que mejor podía cuestionar la realidad nacional y estatal en Occidente -en sus realizaciones etnocéntricas y egoístas. O sea, todas-  se aviene a compartirlo como derecho fundamental de los de mi pueblo. Ahora a ver quién convierte la nación y el Estado en realidades políticas de liberación popular solidaria fuera de su territorio (y dentro). Por ahí van mis reservas.

            Por tanto, creo que un Obispo, y una Iglesia, deben asumir en su magisterio social el derecho de autodeterminación de un pueblo como Catalunya con mucha más cautela ética. La primera pregunta en moral social cristiana es yo qué debo a otros en cuanto a la justicia y la solidaridad, y no a qué tengo derecho yo para mi identidad diferenciada en solitario. Opino.

Chantal Pascaline nos quitó la paz

2014 agosto 11
por José Ignacio Calleja

Chantal Pascaline nos quitó la paz. Yo también escuché a esa mujer religiosa, Chantal Pascaline, en aquella mañana dramática desde Liberia. Con Herrera en OndaCero y, después en la COPE. En los dos casos fue un testimonio tremendo. Me admiró que los periodistas terminaran deseándole lo mejor y un abrazo muy fuerte. Es duro, pensé, el oficio de alguien que tiene que entrevistar a un ser humano en esa situación, y seguir la mañana entre chascarrillos y comentarios banales. Me pareció que el silencio era menos cínico. Lo entendí, pero pensé de este modo. Después, esa entrevista ayudó a lo del avión medicalizado para españoles. Lo entiendo en derecho formal, pero me pareció terrible. Ya me sé los argumentos del “realista”. No hablo de personas, pienso en el hecho. Sé que ayudó a que la Organización Mundial de la Salud se tome el Ébola en serio. Es muy importante. Y ¿que más pensé y que me afectara? Pues que yo mismo era deshonesto y que, al menos, lo quería reconocer. Vivo con un riesgo limitado y mi denuncia social tiene un riesgo también calculado. A veces me asusta ser un tanto escéptico, un creyente algo escéptico, es decir, de los que tiene miedo de proclamar, “por ti, Señor, todo, hasta la vida”, porque no es verdad que lo vaya a hacer; o “en la Iglesia de los pobres, hasta el fondo”, porque no es verdad que lo asuma; o ” todos somos iguales y hermanos en el único Dios, Padre”, porque no es verdad que lo exija como vida y derechos de los últimos; no puedo hacer todo esto verdad en mí como quisiera. Me sale un “se llega hasta donde se puede, Señor”. Comprendí, además, -y lo sabía-, que depende de qué país eres para tener unas u otras posibilidades en la vida, y tener derecho cierto a exigir esto o lo otro. Sentí que debía ser muy comprensivo con la humanidad ajena y, por supuesto, con la propia, para no ir gritando, aquí y allá, “el evangelio, el evangelio samaritano y gratuito”. O hacerlo, sí, con modestia, porque ese ímpetu dura mientras no tengo (tengamos) problemas mayores. Ese punto de escepticismo o de realismo es muy impropio de un creyente, pero lo defiendo; no lo hago de cabeza, sino por experiencia; lo confieso: es mejor conocer la medida aproximada de nuestro coraje evangélico -tan limitado, llegado el extremo de la vida en juego-, que repetir en vano la cantinela de “todo por el Reino”, todo “gratis y por Amor”, “vacío de interés propio, Señor”, “con una fe ciega en tu Salvación”… Añádase lo que convenga. No, no puedo; no lo voy cumplir. Abusamos de estas palabras y un día viene Chantal Pascaline, y le mandamos un abrazo y una oración. ¡Dios mío, sí, pero no! Somos humanos y la cautela es normal, pero seamos humanos también al proclamar lo que nos mueve en la vida. Esa mañana, la del clamor de Chantal Pascaline, calló casi toda la Iglesia española, europea y romana, y así sigue, casi muda. Alguna palabra menor, pero muda. No era la del Ébola una cuestión de “moral sexual” o “matrimonial”. ¡Lástima! En esta materia, ¡perdón por adelantado!, el Cardenal Prefecto para la Doctrina de la Fe, sabio en Teología y Dogma, no tiene palabra definitiva (ni inicial). Es la vida. La vida sigue con sus víctimas y sus clases sociales en ellas. Me ha tocado el lado bueno, no me quejo, pero lo tendré en cuenta cada vez que dé lecciones de hombría evangélica y me reclame de la Iglesia de los Pobres. Ya lo sabía, pero esa mañana, esta religiosa me lo recordó. Era Chantal Pascaline. Me acordé de Jesús de Nazaret y de qué hubiera hecho en mi lugar. Pensé que era complicado saber la acción concreta, pero me dio vértigo lo evidente de la respuesta en cuanto a la actitud y la opción vital. Descansa en paz, mujer de aquella mañana cruel en las ondas, Chantal Pascaline; descansa en la paz que no nos dejaste. Gracias.

Más sobre el ébola y los traslados a España y USA

2014 agosto 8
por José Ignacio Calleja

Desde el principio vi que el mayor valor de este traslado -al margen de comparaciones con la vida de una persona- es que el ébola entre en Europa y Estados Unidos, obligando a una investigación -¡al fin!- que le pueda poner coto con una vacuna. Estoy convencido de que ahora sí puede conseguirse. Mientras la epidemia no nos amenace, no habrá vacuna. Ahora puede ser.

Los misioneros y el ébola: dicho con temor y temblor

2014 agosto 6
por José Ignacio Calleja

 

Hoy es un día difícil para firmar el comentario. Si fueran mis hemanos de sangre, o yo mismo, seguramente que pedía lo mismo. Hay que estar en su pellejo. Pero la forma de ayudar tan selectiva por “naciones”, no la comparto. ¿No hay otra más humana? Lo siento. No la veo justa. Me faltarán muchos datos de juicio, lo admito. Y si me equivoco en lo próximos tres meses, a fe que lo reconoceré.

La guerra injusta de Gaza deriva en terrorismo

2014 agosto 2
por José Ignacio Calleja

 

Una guerra en légítima defensa -como por ahí se pretende- tiene unos límites en la tradición moral de occidente -por imprecisos y odiosos que sean sus requisitos- y aquí, es evidente, que ni es el último rercuso, ni proporcionado, ni con perspectivas de éxito, ni sin que provoque menos daños de los que evita, ni la causa es con claridad tan justa, ni las víctimas inocentes son inevitables… No se tiene por ningún lado; es un desastre de lucha antiterrorista que se sitúa en el mismo plano del terrorismo que combate. (Y desde luego entrar en comparaciones con que más muertes de niños hay en otros sitios y por otras causas, no justifica nada).

Los manifiestos de cristianos sobre el derecho a decidir

2014 julio 8
por José Ignacio Calleja

 

            Todo depende del hecho de ser pueblo-nación; este es le arranque del derecho; sin esto, lo del derecho de las personas, es difuso; son las personas de un pueblo; si no, quiénes son esas personas. Luego hablamos de personas en un pueblo-nación. Seguir diciendo que no hay que ser nacionalista –en sentido leve o intenso- para entender esto, es errar. Si hablamos de derecho hablamos de personas de un pueblo-nación. Es el caso de Cataluña, según creo. Si sólo se trata de una medida eficaz para conocer una voluntad general sin sujeto político, no es un derecho, sino una medida política o de estrategia para salir de un problema. Veo una diferencia que pocos reconocen.

 

            Preguntar qué piensa un pueblo que vive con otros, es justo, pero es un derecho demasiado aséptico en cristiano; sin ponderar otros bienes que también nos obligan, es una DSI a la carta. La DSI es más integral en el tema y trocearla es muy pobre. Por lo menos, y como cristianos, hay que decirlo. Del hecho de que haya pueblo, y lo hay, deriva un derecho a decidir, que la DSI reconoce en solidaridad de obligaciones con los otros pueblos. La DSI es más exigente que este liberalismo primario: somos, podemos, queremos.

 

            El derecho a decidir no deriva de la DSI, sino que la DSI lo reconoce del hecho de que haya pueblo. No hay que equivocar el orden de las cosas.

 

            El hecho moral es poder votar porque se tiene derecho como pueblo, o porque estratégicamente es mejor para convivir, donde no haya pueblo, o se discuta. Pero no es un hecho moral aislado de obligaciones; en cristiano no lo es, ni se puede absolutizar y aislar; en moral cristiana, no; en moral civil, quizá sí.

 

            Consultar es algo muy normal en cualquier Estado democrático -dicen-; y añado: sí, en un Estado democrático que tenga varios pueblos en su seno como España, o la discusión sobre esto constituya un problema político, debería serlo, pero no lo es; no es lo normal; todos los Estados se resisten con uñas y dientes a consultar; como se resistirá Cataluña si un día le toca el caso en su seno; y como se resistirá Euskadi, cuando suceda. Todos los pueblos nación creen que el problema de la diversidad identitaria es de los otros, y todos consultan cuando no les queda más remedio. No seamos acríticos.

 

            Como cristianos, y con la DSI en mano, hay que consultar a los pueblos, y es un derecho de estos hacerlo; donde se discuta si hay pueblo unitario, la consulta es una estrategia política de valor moral incalculable; pero los cristianos nunca deberíamos callar que la solidaridad tiene un peso de obligación moral extraordinario. Sigo pensando que entre los cristianos se plantea el derecho a decidir como un absoluto de un pueblo – una realidad aislada en la DSI- y con un tenor más liberal que cristiano. Pienso así.

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