A raíz del interesante reportaje que elcorreo.com nos ha entregado sobre las bandas callejeras, especialmente latinas, como ciudadano se me ocurre destacar varios puntos. Durante años he sido usuario habitual del metro de Barcelona. Ahí, la jungla humana es de lo más variopinto y, en términos generales, de lo más educada y civilizada. Con lo cuál, mientras sepas cuidarte, las posibilidades de sufrir un altercado menor de delincuencia son ciertamente mínimas. Lo que sí he de señalar, y cometiendo la injusticia de generalizar, es que hay dos colectivos que siempre me molestaban: los marroquíes y los latinos. Los primeros sencillamente son unos groseros con el sexo femenino. Sus miradas, que desnudan, escupen lujuria y superioridad de género. Los latinos, sin más, dan miedo. Te apartas, evitas la mirada y el mínimo contacto, en suma, procuras pasar desapercibido. Y, lo curioso, es que el fenómeno parece preocupar ahora a nuestros dirigentes («Las bandas latinas crecen en las grandes ciudades y ponen en alerta a la Policía»). ¡Seremos pendejos! Casi todas las bandas que amenazan nuestros barrios desde años son filiales de otras, ya decanas en los bajos fondos, de implantación internacional. Y sus métodos son de sobra conocidos. Hemos importado, conscientemente o no, un problema. Nuestros políticos lo han ignorado, en algunos casos. Otros lo han acunado, en Barcelona sobre todo. Si no, no se entiende que la estrategia fuera integradora, censando a los Latin Kings, y otras pandillas del estilo, como agrupaciones culturales y, claro está, financiándolas con erarios públicos. El asunto parece que empieza a explotarnos en pleno rostro y es ahora cuando nos dicen abiertamente que se encuentra «al final de su fase embrionaria». Lo que me aterra es que, hasta la fecha, ignoramos que no nos enfrentamos a un simple grupo de delincuentes. Su perversidad les diferencia de la delincuencia común. A título de ejemplo, en ciudades norteamericanas, el proceso para la víctima es el siguiente: captura con golpes suficientes para dejar claro quién domina la situación, robo de todo lo que tenga valor económico, casi siempre violación y, para terminar, el macabro juego del pincho-o-pellizco. Aquí es cuando ella o él debe decidir si le clavan en el vientre un cuchillo (pincho) o le arrancan un pezón con unas tenazas (pellizco). ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Seguimos de sociedad “pogre” y nos encojemos de hombros, entendiendo que el fenómeno inmigración y el de las bandas latinas son lo mismo? No hablamos de racismo, más bien de supervivencia. Carlos Benito CBC

