Un trabajo duro… no retribuido… ni contributivo

Pretendía evitarlo. Sin embargo caí en la tentación de abordar el tema estrella que regurgita en cualquier tertulia de la calle y el fin de semana último publiqué un post sobre la socialista medida de retrasar la edad de la jubilación.

A raíz de que el tema tiene recorrido informativo es difícil dejar de pensar en el mismo. En uno de esos momentos, un pensamiento, tangencial al asunto, se me quedó enquistado: encontré un colectivo que trabaja duro, posiblemente más duro que ningún otro, y que ni tan siquiera aspira a una triste jubilación.

No me refiero al ama de casa. También ella trabaja de sol a sol y pocas veces es recompensada con un reconocimiento, y mucho menos con una pensión de jubilación.

Quiero desviar el tino de mis palabras para ofrecer un homenaje a tan incansables trabajadores.

Se levantan algo después de que el cuco cante la hora séptima. El invierno se les hace tan duro como a los demás y ¡claro que les molesta que el gallo aún descanse en brazos de Morfeo!

Como todo hijo de vecino, toman el transporte privado o el público para empezar sus labores, algunos a las 8:30 otros a las 9:00.

A partir de aquí cada centro organiza los horarios. Pero nadie les quita seis horas laborables con jornada partida. Lo que significa que desde que salen de casa hasta que vuelven le pueden estar dedicando al asunto fácilmente diez horas.

Más aún, casi todos los días, la mayoría se trae trabajo a casa. No es que sean adictos al trabajo es que… a la fuerza ahorcan. Así que tras la merienda, vuelven al tajo.

A veces, algunos no levantan la cabeza hasta que se les llama para cenar. Y si vienen mal dadas, luego hay que seguir hasta que el peso de los párpados les señale la cama.

El día siguiente en nada se diferencia al anterior… pues más de lo mismo. Aunque su fin de semana sí es distinto: dado que es diferente al del resto de los trabajadores, ya que ellos no se rascan la panza todo el sábado y el domingo. En ciertas épocas del año, su jornada, con las tareas que se traen a casa, puede ser tan dura como cualquier otro día laborable. Y es que el lunes, el jefe espera a que le entreguen todos los trabajos solicitados y, de vez en cuando, éste organiza alguna prueba de competencias profesionales. Suma y sigue, las cuentas me salen más de cuarenta horas semanales.

Los dedos de una mano no sirven para contar el número de jefes a los que hay que presentar cuentas. Y en casa, periódicamente, hay que hacer balance de lo realizado en el periodo.

Claro que sí, me estoy refiriendo a nuestros hijos, los de la generación del “sísí”, pues ellos sí estudian y por lo tanto sí trabajan.

Se admite la protesta.

Que sí, que ya sé que la niña del cuarto… ah, incluso su hijo también… que son unos pintas que ni pa’qué, vamos que ni un palo al agua, todos los días haciendo piras… y tropecientos suspensos, vamos que con Aznar habrían repetido curso, un par de ellos…

Ha de admitir querido lector que estos últimos son la excepción que confirma la regla.

Carlos Benito CBC

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