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Raphael, Viena y los saltos de esquí

2014 diciembre 21
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por IÑAKI CERRAJERIA

MOBILIARIO URBANO por ÁNGEL RESA

Cuentas las navidades de antes a los jóvenes de ahora y dudan de pedir nuestro ingreso en una clínica para plastas sin remedio

Enhorabuena a quienes exprimen el jugo dulce a la Navidad. Han conseguido mantener más o menos incólume el espíritu infantil que los alentaba en estas fechas unos cuantos años atrás. Y a los que preferirían acostarse el día 23 –después de certificar pérdidas en el balance de lotería gastada y premio cobrado- para levantarse el 7 de enero, la mejor predisposición posible. Que una vez metidos en la suculenta harina gastronómica y la espiral consumista todo se lleva mejor de lo esperado. Además, hay que reconocerlo, existen factores externos y ambientales que contribuyen a levantar el ánimo. Por ejemplo, la iluminación de las calles que incita a curvar hacia arriba la mueca mustia del cenizo. O el ya tradicional encendido de las velas en las calles del Casco Histórico, espléndido decorado vitoriano. O los escaparates luminiscentes de los comercios que tientan a cumplir el rito del regalo con los maniquíes como señuelos. O el incremento de tráfico humano por el Ensanche a partir de la pista helada en la Virgen Blanca.

Claro, que cuentas las navidades de los setenta a la generación del siglo XXI y los chavales dudan entre pasar o pedir el ingreso del narrador en una clínica de plastas sin remedio. Ya les parece imposible que hubiera una época sin teléfonos móviles o consolas donde marcar goles, meter triples y exterminar el censo de una ciudad entera. Les hablas de que el viejo televisor abandonaba por estos días la salita para pedir asilo en la cocina y empiezan a preocuparse. Ahora pueden seleccionar canales donde las navidades no existen, aunque siempre hallarán una película con Santa Claus en el reparto. O tienen la opción de contemplar sesión doble de la NBA por la plataforma de pago. Y se tiran del pendiente o del piercing cuando comentas la oferta de aquellos años: la primera cadena o el UHF.

Antes las descargas se referían a sacudidas corporales por el efecto malévolo de la electricidad. Hoy significan la bajada de música o juegos para jóvenes con cascos similares a los de los ingenieros en los muros de la Fórmula 1. Así que la chavalería empieza a marcar el número de emergencias al oír el menú de imágenes en la mañana resacosa del 1 de enero. Recordarán, cómo olvidarlo, el concierto de Año Nuevo desde Viena con público de tiros largos que batía palmas sosas y acompasadas seguido por el concurso de saltos de esquí. Ay, la competición de los cuatro trampolines donde tratábamos de adivinar los metros que volaba cada pájaro de pies metálicos. Digan también que a la cantera de hoy poco o nada le importa lo que emita le televisión en la matinal de esa jornada. Dejar el cotillón a las ocho y abrazar la cama a las nueve parece incompatible con encender la pantalla antes de media tarde.

Todavía hay un dato que hace pensar a los jóvenes actuales que los carrozas pertenecíamos a un universo diferente. Sí, los villancicos de Raphael en el tocadiscos, ese girador antediluviano que dejaba caer el brazo sobre el surco. Las canciones de este intérprete excesivo, teatral y afectado con un chorro de voz de aquí te espero. Estoy por creer que la corriente literaria del surrealismo nació en las estrofas y los estribillos de estas canciones navideñas. Porque quien traduzca el lenguaje del sentido común ciertas letras se merece un premio de concurso televisivo. Campana sobre campana, que si cómo beben los peces en el río, el arre borriquito… Con unas ilustraciones de Dalí quedaría una obra ensoñadora para el reino del absurdo.

Bueno, entre aquellas fiestas en torno al nacimiento más famoso de la historia y las de ahora aún quedan ciertos nexos. Por ejemplo, el Belén de La Florida que uno visitaba todos los años para levantar acta notarial de que cada figura estaba en su sitio. O la costumbre de cenar en Nochebuena cinco veces más que en otra velada normal. O las apariciones televisivas desde el Vaticano del Papa. Claro que este porteño cae mejor a los agnósticos que a los apóstoles del inmovilismo.

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