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Elegía para un emblema

2014 diciembre 14
por IÑAKI CERRAJERIA

 

MOBILIARIO URBANO por ÁNGEL RESA

Quizá se tratase de una muerte anunciada, pero la esquela del Felipe duele como el adiós del símbolo que es

Me disponía a escribir sobre mobiliario urbano, como referencia directa al título de esta sección que se publica en fiesta de guardar. Tanto del estacional, que toma las alturas y el suelo de la ciudad en torno a las navidades, como del que nace con vocación de permanencia. Dentro del primer grupo pensaba referirme al Belén mo-nu-men-tal (pronúnciese como lo haría José Luis López Vázquez) de La Florida y a la iluminación callejera que enciende la caldera del ánimo. Al margen de fe o de falta de ella siempre he admirado la disposición de las figuras sobre un escenario natural espléndido, que parece hecho a propósito con su gruta incluida en el magnífico jardín botánico. (Nótese el tributo metálico a las letras esdrújulas de Radio Futura). En el segundo apartado, el de la gestación nueva para integrarse definitivamente en el paisaje de la ciudad, quería aludir al riachuelo que brota de las entrañas de la Avenida de Gasteiz. Ignoro si era preciso forrar de verde el Europa o ver el manantial. No acabo de asimilar tanta floresta, aunque ahí piden paso los gustos de cada cual. Dicen que cuando el río suena, agua lleva.

El caso es que el deseo de ciscarme en el bárbaro que hirió la efigie del carnicero puesto por el Ayuntamiento en el Belén se va a quedar en el prólogo de este artículo. Porque leo la portada de ayer y me topo con un aviso que asumo mal, como una esquela. Quizá se tratara de una muerte anunciada, pero hasta los decesos previstos duelen y remueven las vísceras. Faltan diecisiete días hasta que el Felipe baje la persiana para jamás volver a levantarla. No al menos con la identidad o el sentido de pertenencia a Vitoria desde hace 56 años. A quienes creemos en los bares como centros irrenunciables de encuentro, la mala nueva nos incita a musitar un responso y entonar el Agur Jauna. Sí, es la despedida de un establecimiento caballeresco de la hostelería, un lugar de concordia ajeno a la televisión que anula charlas y al sonido inclemente de las tragaperras. Un sitio donde dueños y camareros se dirigían a los clientes por sus nombres de pila con una frase corta que lo condensa todo. “¿Qué va a ser?” En el que demostraban la capacidad de conjugar cortesía, calor amistoso y profesionalidad. Tasqueros –en el mejor sentido del término- vocacionales dentro de un mundo donde algunos pisan el sector como un peldaño con destino a incertidumbres futuras.

Cada uno cuenta la feria según le ha ido en ella. O en función de las semblanzas que se hacen posos en el cuarto sentimental de la memoria. Así que recuerdo una comida antigua con el amigo del alma para mostrarle un emblema que hizo nido en la capital alavesa. El picoteo de medios bocatas o bocatas enteros en el estricto sentido familiar, ella y yo con los críos. Rebobinando las cintas que son reliquias me detengo en su anterior emplazamiento del Resbaladero. Ese almuerzo a media mañana cuando tampoco el periódico se había mudado. Pero tanto antes como ahora, el Felipe me sabe a bonito con mayonesa y a chopera de tinto joven. Quizá el mejor vino de año que haya probado en cualquier bar, fruto de la bodega propia en la Rioja Alavesa. Trato de recordar algún pasaje defectuoso entre las cuatro paredes de este pendón –en el mejor sentido, insisto- hostelero y no lo encuentro. Sin recuperarme por el cierre del Senda ahora llega esta clausura. Hay años en los que resulta inconveniente levantarse de la cama.

Algo, o mucho, tiene el bar en la calle Fueros de relevo entre generaciones. La última vez que acudí fue el miércoles, alentado por mi hijo. Le comenté que después de unas compras picábamos algo por ahí. Y la memoria gustativa del chaval le llevó a reclamar el lomo curado del Felipe.

-Ya sé qué vas a pedir tú. Atún con mayonesa.

Acertó. Pero quizá por darme un homenaje póstumo reclamé que añadieran el picante rojo que azuza el cuerpo y pone el alma en combustión.

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