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Lo tediosa que nosotros queramos

2014 noviembre 16
por IÑAKI CERRAJERIA

 

MOBILIARIO URBANO por ÁNGEL RESA

Hay ciudades con más pulso cultural, desde luego, pero Vitoria programa agendas diarias  minimizadas por la crítica de salón

Estoy empezando a pensar que la aburrida Vitoria, según los abundantes profesionales de la crítica, es lo tediosa que de ella quieran hacer sus habitantes. Que resulta cómodo atribuir adjetivos peyorativos a una ciudad mientras le lanzamos dardos sentados sobre el sofá que ya tiene el molde hecho en forma del culo propio. Tampoco he caído en una enajenación mental transitoria por la que crea que esta capital alcanza el rango de juerga urbana. No sé si me explico. Ni melenas, ni calvicie. Las hay con un pulso vital más acelerado, desde luego, pero también otras equiparables que no reciben tantas flagelaciones ni azotes públicos de sus mismos moradores. Si a la vieja Gasteiz y sus barrios modernos les falta adrenalina será porque quienes componemos su demografía ejercemos a menudo la censura de salón. Nos gusta mear contra el viento, del Norte claro, para recibir el chorro de orina en la mismísima cara.

Ya sé que esta Vitoria salpicada de festivales (jazz, juegos, teatro, televisión, magia…) tapa dentro de ese calendario a saltos jornadas yermas. Que no programa un macroconcierto quincenal con estrellas de la voz, la percusión y el viento. Que no todas las semanas se da un rulo por aquí un director afamado de cine o la escritora que hipnotiza con sus letras. Entre tantos certámenes que obran como la corriente alterna faltan esos espectáculos que imprimen cartelerías y empapelan los muros de las ciudades. Pero desciendan un peldaño con el pie de la modestia. Repasen, por ejemplo, la sección ‘Agenda’ de este periódico y escuchen las propuestas que emiten las radios. Y comprobarán que sí hay cosas por hacer cada tarde en esta capital de las cuatro torres que vigilan como gigantes a humanos y cabezudos.

Salas más o menos pequeñas (Ignacio Aldecoa, Dendaraba, Luis de Ajuria…), conciertos en bares para audiencias recogidas, museos que visitan cuatro sujetos mal contados, exposiciones periódicas en edificios de un valor patrimonial notable, conferencias a las que acuden mayoritariamente las mujeres… Rara es la jornada ayuna de divulgaciones basadas en la palabra, el oído o la imagen. Luego si existen propuestas cotidianas habremos de deducir que el problema se centra más en nosotros que en el abotargamiento del decorado urbano. Que sí, que en otros sitios cuecen más pucheros de habas culturales, pero igual resulta que la demanda responde mejor a la oferta. Proclamar el aburrimiento de Vitoria entre bostezos suele delatar a quienes se quejan del hastío urbano mientras sujetan el mando del televisor mientras pasan revista a los asuntos de las vísceras y las infidelidades horizontales.

Hay veces en que el contenido de la propuesta y el continente que la alberga coinciden para elaborar piezas en tres dimensiones -como mostraron el jueves por la noche artistas locales- mediante impresoras modernas que solapan presente y futuro, tal es el imperio veloz de la tecnología. Fue en el palacio de Montehermoso, un inmueble que merece rendirle visita por sí mismo y cuyo espléndido Depósito de Aguas acogía lo mejor del fotoperiodismo mundial. A la salida, con las luces de un amarillo intenso o un naranja matizado, una postal magnífica: muralla encendida, perspectiva descendente desde la antigua Cuesta de los Bomberos, miradores en las fachadas… Toda una belleza desprovista de velos.

Es entonces cuando uno relativiza los éxitos y las miserias y repasa esos esfuerzos baldíos por medir todo cuanto ocurre en Vitoria con la vara del derrotismo. La semana pasada se juntaron el congreso médico de Anitua y un acontecimiento deportivo, de los que configuran nuestra reputada identidad urbana. Hoy concluye el campeonato nacional de pádel, que ha traído medio millar de participantes. Y en lugar de alegrarnos colectivamente ya intuyo el escepticismo recurrente en este municipio de las quejas. Las mismas que critican, al tiempo, la falta de actividades y el hecho de que se programen. Las que acusan a Vitoria de mortecina sin reparar en que hay sitios bastante peores donde vivir. Que esto no es Nueva York. Pero tampoco Alpedrete de la Hinojosa.

 

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