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Los rayos espléndidos del ‘veroño’

2014 octubre 26
por IÑAKI CERRAJERIA

 

MOBILIARIO URBANO por ÁNGEL RESA

Este octubre primaveral avala la teoría del cambio climático para disfrutar la calle antes de plegarnos en casa

No se requiere una titulación universitaria superior para entender la verdad del cambio climático. O dicho de otra manera, como afirman nuestros mayores con la memoria que construye el tiempo, ya no hay nevadas como las de antes ni aquel frío ártico de Vitoria. A punto de entregar las llaves de octubre, chuto castañas para colarlas debajo de los bancos igual que hacía de pequeño. Caprichosas pelotas marrones que se desvían justo antes de cantar el gol definitivo. Pero visto ropa que sobrará en hora y media, la fresca temprana solo es un tránsito hacia la temperatura primaveral del mediodía y los peregrinos del deporte acuden en tropel a su nuevo santuario, la tienda de atletismo que ha abierto Martín Fiz enfrente del circuito pedestre de El Prado. Los chavales calientan en el patio del colegio público antes de la fiesta que supone el partido de cada sábado bajo la bóveda azul celeste sin máculas en formas de sombras. Por las redes sociales y el inevitable ‘guasap’ ya circula el término recién salido del horno. Disfrutamos del ‘veroño’, una especie de estío de efecto retardado. Y aún nos queda el veranillo de San Martín, esa extraña pero regular bondad atmosférica que nos empapa de luz antes de la inmersión en el reino largo de las tinieblas.

Pero llega la costumbre semestral del cambio horario, esa famosa madrugada durante las que nos empeñamos en dormir una hora más. Una realidad subjetiva porque basta levantarse según el reloj biológico de cada cual y asunto resuelto. El problema no radica en lo que se ve, sino en lo contrario. Hoy, para las siete menos cuarto nos guiaremos por las luces artificiales que combaten la negrura de una noche anticipada. Quizá algunos lo vivan de distinto modo, pero esa prisa que se concede el día para acostarse sienta como un rejón de castigo en el lomo de los ánimos decaídos. Es una especie de invitación al recogimiento, a plegarnos en nuestras casas y a hibernar junto al armario de las prendas invernales. Y la madriguera vitoriana es honda, nada menos que medio año donde las sombras ganan a las luces. Eso, si mayo no vuelve a su costumbre moderna de deparar frío y agua.

Es hora de apurar los últimos rayos de un sol aún vital. Como en las terrazas, esos escenarios exteriores de los bares, lugares tan gratos para conversar. Incluso de noche durante este octubre de clima benigno que retrasa el momento de hacernos un ovillo en el hogar. Tal que el viernes, bajo la iluminación amarillenta de las farolas era un placer ocupar un velador –preciosa palabra- en buena compañía y escenarios acordes. “Tiene Vitoria mil bellezas que admirar”, entonaba el bardo Alfredo Donnay en una de sus odas a la capital alavesa. Tal vez por el gen derrotista que viaja en nuestra sociología o debido a que la naturaleza humana repara menos en lo que ve más, no rendimos cuentas a los recodos espléndidos de un Casco Viejo patrimonialmente notable. Esa misma ‘almendra’ medieval que sorprende a los visitantes y nosotros valoramos por debajo de lo que se merece. El pasillo que muere en la tienda de cuchillos a los pies de la balconada, el ascenso empedrado junto al lateral de San Miguel, la plaza de la Herrería desde donde se divisa la torre longitudinal de San Pedro… Y tantos otros que cada cual ordena en su particular tabla de las preferencias.

Ronda el mediodía. Las madres y los padres de chavales que apenas levantan tres palmos en el patio escolar bajan la cremallera de sus cazadoras. Incluso hay uno, intrépidos nunca faltan, que cruza el campo en mangas de camisa. Otros adultos ya circunvalan El Prado bajo una atmósfera que deberíamos clonar para salpimentarla entre tantas jornadas de cielo turbio que nos aguardan cuando rebasemos la festividad de San Martín y sus rayos crepusculares. Gente pedalea sobre el sillín en este velódromo llamado Vitoria. Como he escrito recientemente, la capital alavesa es una ciudad científica. Químicamente física.

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