Ir al contenido

Oda al personal sanitario

2014 octubre 19
por IÑAKI CERRAJERIA

 

MOBILIARIO URBANO por ÁNGEL RESA

El hospital es un microcosmos en el que solo reparamos cuando la desgracia aprieta

Hay un microcosmos en el que solo reparamos cuando la desgracia aprieta. Me refiero a los hospitales, un universo de gentes postradas y familiares preocupados. Un recinto de hormigueo vital por las mañanas, con sus ascensores tan grandes como pequeñas son las habitaciones de las residencias universitarias. Un lugar que roe las fuerzas físicas y las emocionales. Las horas transcurren en un hastío lento, los acompañantes de los enfermos leen sin entender la hoja de una revista mientras el otro ojo vigila cualquier alteración en la cama cercana. Los reflejos languidecen, pero se activan como propulsados por un muelle cuando entra el médico. Entonces tratamos de adivinar en su rostro un lenguaje no verbal impredecible. Ya ha revisado los resultados de los últimos análisis y los consanguíneos de los pacientes tendemos a intuir malas noticias. El doctor saluda sin prisa, toma su tiempo y el pulso repiquetea las sienes y las muñecas de quienes aguardamos un diagnóstico en forma de veredicto.

-¿Qué tal hemos dormido, Zutanita?

Dios. ¿Qué dirán las pruebas de la madrugada? Claro. El especialista visita a decenas de clientes, pero a cada familiar le importa el estado de ‘su’ enfermo. Lo primero es saber si evoluciona para bien. ¿Sí? Suspiro prolongado de alivio impagable. Después, enterarnos de si la persona acostada recibe el alta o permanecerá otra jornada más en ese mundo particular de vías intravenosas, mascarillas de oxígeno y goteros ambulantes que parecen bastones altos durante el corto trayecto al baño o los paseos circunvalando los cuatro elevadores de Txagorritxu en la planta hexagonal. El cansancio se acumula, pero todo sea por la mejoría del paciente que ve en el galeno al mismísimo Redentor. Esa esperanza que alimenta el avance de la medicina y, de manera muy relevante, el cariño dispensado por el personal sanitario.

Sí. Quiero reventar una lanza de gratitud por el trato amable de un sector vocacional como pocos. Añadamos el caso de los maestros y otros servidores públicos y ya podemos abrochar el círculo de gentes para quienes el trabajo va más allá de una compensación económica por unas horas metidas. En cada oficio cueces habas, también en ese microcosmos relativo a la salud o a la falta de ella. Pero no me resisto a proclamar que, en general, tenemos una sanidad pública mucho más que decorosa. Uno ha sentido el privilegio de compartir la vida con una enfermera de categoría ‘Champions’, ‘top’ en el idioma propio del controvertido Mourinho. Ese entrenador que tanta paz lleva como descanso deja. Y el firmante tiene de prima a una médica, esa profesión que además de completar sus jornadas de trabajo ha de soportar llamadas familiares como ecuaciones con una incógnita por resolver.

Habrá de todo, tal que en la botica del mismo hospital. Y, sin embargo, predomina el cariño de las auxiliares de pijama rosa que aplican calor humano a sus frases de ánimo. El de las mujeres vestidas de azul cuyas inyecciones reales para antibióticos y sueros rivalizan con la ternura nada edulcorante en el trato con los pacientes. El del doctor o doctora que ordena electrocardiogramas inmediatos para descartar que la opresión en el diafragma proceda de algo peliagudo. Personal sanitario que empieza la mañana dirigiéndose a la enferma por su nombre de pila. Que la riñe de mentiras porque ha dejado demasiada comida en el cuenco y en el plato.

¡Ah! Por cierto, estos trabajadores sanitarios pertenecen al denostado sector del funcionariado. Tendemos a considerar empleados públicos solo a los que se sientan delante de un ordenador encendido. Y también olvidamos en esa relación imprescindible a profesores, bomberos y agentes de la seguridad. En esta época de los recortables indigna aún más leer noticias sobre el rostro pétreo y los nulos escrúpulos de tipos que blanden tarjetas de crédito para sus cosas. De individuos zambullidos hasta las trancas en escándalos que salpican a partidos, sindicatos y organizaciones empresariales. Y piensa uno que las tijeras no deberían utilizarse para sajar oficios nobles que parten de la necesidad para hacer virtud.

No hay comentarios aún

Los comentarios están cerrados

elcorreo.com

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.