“Progres’ de salón”

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MOBILIARIO URBANO POR ÁNGEL RESA

Si el Festval se celebrase en Oviedo envidiaríamos a los habitantes de la literaria Vetusta

Si el festival de televisión se celebrase cada año en Oviedo, por ejemplo, envidiaríamos a los habitantes de la literaria Vetusta. Pero como se ha consolidado en Vitoria con solo un lustro de vida hay quienes, entre nosotros, se suben a las azoteas para ejercer de francotiradores dialécticos. Surge entonces la condescendencia ‘cultureta’ que define todo lo catódico como un panoli entretenimiento para el consumo de masas incultas.. Se pasean con estrellas Michelin delante de establecimientos donde sirven el menú digno del día.Existen derivaciones de términos que reducen a parodia la sustancia. Nada cabe discutir al progreso; en cambio, las desdeñosas actitudes ‘progres’ de salón vienen a nadar en el pantano de la caricatura. Queda públicamente bien eso de menospreciar los gustos del común, parece otorgar un suplemento de nivel a los que tuercen el morro frente a la visión de multitudes acodadas sobre una valla. Algunos limitan el ‘Festval’ a grupos de quinceañeras vociferantes que aguardan la llegada por la alfombra naranja de actores cansados de dolerles la cara por ser tan guapos. ¿Qué quieren, si están en la edad? ¿No llenan los adultos estadios futbolísticos para observar cómo el fichaje supermediático se coloca la pelota en la nariz y besa el escudo del club en el que lleva cinco minutos? A otra parte con la hipocresía.Desde que en Periodismo nos enseñaron que el medio era el mensaje, según Marshall McLuhan, los hay que solo se refieren a la televisión con el término peyorativo de ‘caja tonta’. Que yo sepa a nadie se le obliga a mirarla sin parpadear. Encierra miserias y bondades, así que todo depende de los criterios de selección como espectadores. Basta apretar un botón para apagarla. Una vez encendida cabe encontrar mucho fútbol, Condénate (perdón, Sálvame) y también series de excelente factura. Que no es mierda todo cuanto se dice.Tuve la fortuna de presenciar al año pasado el capítulo inaugural de ‘Isabel’ y esta misma semana el primero de la segunda parte. Espléndida ambientación, magnífico vestuario, sobresalientes interpretaciones para un gran producto fiel a los meandros ambiciosamente humanos que jalonan la historia. Responsables de colegios han felicitado a los creadores de la serie porque, gracias a ella, los alumnos comprenden que Fernando se escribe con ‘l’ de católico, no con ‘d’ de catódico. ¿O quién de cierta edad no se ha sentido identificado al seguir ‘Cuéntame’ con las penurias de cuerpo y alma, los miedos y las esperanzas de los Alcántara?Es como si repudiásemos ‘Las meninas’ porque han visto el magistral cuadro de Velázquez millones de personas. O si condenáramos ‘Cien años de soledad’ porque la soberbia recreación literaria de García Márquez ha vendido libros como escombro. O si rechazásemos ‘El Padrino’ porque la grandeza imponente de Marlon Brando en el centro de una película monumental gusta a casi todo el mundo. Quienes identifican ventas y baratillo atentan contra la democratización de la cultura y en la TV, insisto, conviven vertederos y dignidades notables. A veces se llega a la conclusión de que lo sublime solo existe si lo admiran los pasajeros de un taxi.Qué quieren. A mí me gusta que el Festval remueva a principios de septiembre una ciudad a la que acusamos de echarse siestas con pijama y orinal. Que las cadenas tengan Vitoria marcada con rotulador chillón para presentar las apuestas que les ilusionan. Comprobar, por si no quedase suficientemente claro, que las mujeres se lanzan mucho más que los hombres a la hora de dejarse la vergüenza en casa. Ver que Chicote se ajusta como un guante en persona a la imagen que ofrece durante sus pesadillas gastronómicas. Malhablado, espontáneo, sentimental en el fondo a pesar del negocio, gordito y bajo, capa de alcachofa incrustada en la melé del rugby que ama. Y con zapatillas deportivas de colorines que parece habérselas pintado Ágata Ruiz de la Prada.

 

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