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De todos los colores

2009 mayo 9
por IÑAKI CERRAJERIA

POR CARLOS PEREZ URALDE 12/10/2003

La plazuela de Santo Domingo es uno de los espacios de Vitoria que sería irreconocible para nuestros ancestros

Si cualquiera de nuestros venerables ancestros pudiera volver a la vida para darse un paseo espectral por ciertas zonas de su ciudad, seguramente sospecharían que la máquina del tiempo les estaba gastando una broma. Imaginemos aquella Vitoria en la que toda o casi toda la población vasca era blanca, vestía de manera acorde a la clase social de cada cual, se recogía en casa a la misma hora y sólo había visto extranjeros exóticos en las películas. Una vez trasladados aquí por la máquina de marras, asistirían al espectáculo asombroso de un paisanaje incomprensible para ellos: hombres y mujeres con la piel del color del ébano, señoras con chador y vestimenta hasta los pies o caballeros tocados con un gorro de fieltro rojo con forma de cubilete de timba.
Y también encontrarían en su paseo las iglesias católicas de toda la vida a pocos metros de mezquitas musulmanas, las carnicerías especializadas en los gustos de moros y cristianos, los locutorios telefónicos en los que se dan cita cada día las gentes que han venido aquí a encontrar esa vida mejor que se les niega en su tierra y que les sirven de hilo casi umbilical con lo que dejaron tan lejos. He visto llorar con lágrimas oceánicas a un tipo enorme con piel muy oscura aferrado a un teléfono y estoy seguro de que jamás expresaría los dolores de su alma en ninguna situación salvo en la de acordarse de sus seres queridos.
Todo esto sucede cada mañana, cada tarde y cada noche, y si sus ancestros venerables o usted mismo recorren los aledaños de la plazuela de Santo Domingo, se dan una vuelta por la Herrería, Barrancal, Portal de Arriaga, Zapatería o los cantones que las comunican se darán cuenta de que la cara de la ciudad sería ya irreconocible para quienes nos precedieron en el tiempo. Permítanme anotar que me alegro mucho de que así sea. Ver siempre las mismas caras es un ejercicio óptico harto fatigoso y mortalmente aburrido: la llegada de gentes diversas, ataviadas de modo extravagante para nosotros, con costumbres diferentes y por lo general respetuosas con las que seguimos, nos ha ventilado el ombligo antes de que la borra lo tape del todo.

Son las 11.30 de la mañana de un viernes milagrosamente soleado y en la plazuela de Santo Domingo parlotean en lenguas extrañas ciudadanos de orígenes más o menos remotos, sentados en los bancos. El único inconveniente para el peatón consiste en aplicar técnicas de supervivencia para no ser arrollado por las furgonetas de reparto y los coches que saturan la anchura minúscula de las calles medievales. Es desesperante cómo una de las zonas que deberían ser más apacibles de la ciudad se convierte en un tormento para cardíacos por la proliferación demente de monstruos mecánicos. En los bancos de Santo Domingo, los paisanos fuman, hablan de sus cosas en idiomas raros y esperan la hora del tránsito por la mezquita, la carnicería especial o el locutorio en el que recuperar el trozo más valioso del cordón umbilical, aunque sea en forma de hilo telefónico.
Volviendo a nuestros venerables ancestros y concluida esta visita guiada al nuevo paisaje urbano que ellos no hubieran concebido nunca, no sería descartable la imagen de uno de esos viajeros del tiempo abriendo una sonrisa solar ante lo que ve. A las comunidades cerradas hay que darles oportunidad de airearse, porque si no corren el riesgo de creer que su pequeño mundo es el único que vale la pena. No es imprescindible que usted, vitoriano de toda la vida, cambie de dieta y compre su carne en una tienda árabe. Basta con que acepte que exista.

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