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La plaza del arte

2009 mayo 6
por IÑAKI CERRAJERIA

POR CARLOS PEREZ URALDE 23/11/2003

Acceder al espacio que ocupa el museo Artium tiene su dificultad: zanjas, vallas, obras y motos a mil por hora

La única dificultad real para acceder a la plaza del Artium y al museo en sí mismo consiste en la travesía: si usted consigue sortear zanjas y vallas, motos a mil por hora que han convertido la zona en una pista de carreras para descerebrados y otros inconvenientes casi siempre provocados por la pertinaz política de obras públicas emprendida por nuestro Ayuntamiento, llegará a la plaza, podrá sentarse en un banco, disfrutar de la escultura de Miquel Navarro con mucho cuidado de que no se le caiga encima e incluso tomarse un vino en alguno de los bares del lugar. Si usted pertenece a la estirpe de los ilustrados o de los curiosos incluso puede ingresar en el museo a las horas adecuadas para salir de él un poco más sabio o un poco más atónito.
A las 13.25 horas del mediodía la plaza que acoge al Artium está tan desierta como un solar vacío, pero no por ello dejan de deambular ancianos, señoras con la cesta de la compra y un evidente chino que acude a su trabajo en el Pabellón Celestial, restaurante oriental cuyo escaparate está decorado por unos inmóviles ositos de peluche. El gentío se reúne en La Bilbaína, histórico local siempre repleto de paisanos, llueve o truene, en la salud y en la enfermedad y hasta que el camarero les atienda. En la puerta hay un vendedor de boletos de la ONCE con gran capacidad de persuasión que alivia los rigores de su trabajo practicando las artes infatigables de la charla con los perseguidores de la buena suerte. A esta virtud hay que añadirle la de soportar con estoico heroísmo el ruido del tráfico infernal que sacude la calle.

En este mediodía de otoño, el peatón se fija sin poder remediarlo en una señora de pelo amarillo, labios rojos como la sangre y un paraguas incongruente que no va a servirle ni para cubrirse en caso de lluvia ni para guarecerse de los ataques del sol. A la dama también otoñal la acompaña un perro diminuto dotado de barba canina y con ojos de pícaro perpetuamente cabreado, uno de esos ejemplares de caniche que si se les cruza el cable pueden llegar a ser más peligrosos que un rotweiller.
El microscópico perro ladra a cuanto se le pone por delante, y lo hace con el tono agresivo de un matón de taberna que parece buscar a toda costa que alguien más grande que él le rompa la cara o, en este caso, se lo coma sin salsa, de un bocado certero. Su dueña asiste a estas exhibiciones provocadoras de su mascota con la indiferencia de una sorda, pero lo más curioso es que un par de perros enormes se limita a mirar con desdén aristocrático al chucho y le perdonan la vida como si para ellos devolver la afrenta del enemigo tan menguado fuera un desdoro personal.
La que fuera estación de autobuses, escombrera, ruina urbana donde la hubiese y paraíso de ratas contiene hoy un museo de arte contemporáneo y una plaza imaginativamente decorada con bancos de diseño y esculturas de vanguardia. En cuanto a la señora de cabellera dorada y labios de rubí, ya se ha perdido hacia el Casco Viejo con su fiero animal de compañía. Tal vez haya visitado alguna vez el museo o tal vez no, pero lo que está claro es que se encuentra tan acostumbrada a los ladridos atiplados del animalito que le importa un rábano controlarlos. Un día de estos, y que me disculpen los partidarios de la bondad innata de los irracionales, algún doberman con un mal día responderá al desafío del enano y se lo zampará sin remordimientos. Y la señora llorará tan inolvidable pérdida hasta que el Señor la convoque a su seno.

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