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Teoría del apagón

2009 abril 20
por IÑAKI CERRAJERIA

POR CARLOS PEREZ URALDE 14/12/2003

De todos los desastres que ocasiona la falta de electricidad, uno produce pánico: quedarse en el ascensor

De vez en cuando, y cada vez más a menudo, la compañía eléctrica de turno obsequia a sus clientes con fulminantes cortes de luz que dejan a oscuras barrios enteros. Las únicas explicaciones sobre ese variado surtido de apagones consisten en tres o cuatro melonadas que no se traga nadie, pero el mal está hecho. Miles de ciudadanos se quedan de pronto sin calefacción, sin tele, sin ducha caliente, sin microondas, sin cocina en la que plantearse un plato de superviviencia, sin ordenador, y sin ganas de vivir sometidos a la triste dictadura de la oscuridad completa. La suministradora del fluido puede condenarnos a las tinieblas sin que cuando se recupera la luz tenga el detalle mínimo de pedirnos disculpas por carta o reducirnos el importe de la factura bimensual.

Pero de todos los desastres que puede ocasionar un apagón hay uno que produce un pánico especial sólo con imaginarlo: se trata de viajar en ascensor y que en un momento dado el aparato se quede varado en cualquier piso durante horas. Los claustrofóbicos sufren terribles ataques de ansiedad, los histéricos gritan como poseídos por todos los diablos con Satanás al frente, los calmados se aburren porque no han adoptado la precaución previsora de traerse un libro o un periódico, los tipos con secreta vocación antropófaga distraen su mente pensando en un asado cuyo ingrediente principal es ese vecino gordito que comparte el encierro, los salidos se montan en la mente una tórrida escena pornográfica con la chica de enfrente y la señora que viene de la compra se va comiendo la barra de pan y el jamón de york sin ninguna intención de compartir el refrigerio con sus colegas de infortunio. Se han dado casos de asalto brutal a la señora, desprovista de sus viandas a mordiscos mientras dura el accidente.
Sin embargo hay una entre las desgracias que pueden sucedernos en un ascenso durante un corte de energía eléctrica que no se la desearía ni a mi peor enemigo. Usted se encuentra en ese trance agónico compartiendo el exiguo espacio del cubículo y junto a usted sólo hay un tipo que fuma un puro apestoso de segunda mano, cuyo alerón le canta con efectos estupefacientes y que lleva el ‘Marca’ bajo el aromático sobaco.
Este sujeto, de índole cabalmente celtibérica, procederá a proporcionarle todo tipo de datos acerca de los avatares de la Liga sin darle tiempo a preguntarle si le importan un rábano las hazañas de Beckham o los tropezones del Alavés. No cesará su perorata hasta que los bomberos acudan en ayuda de usted, que exhausto y menoscabo, pedirá a sus salvadores que utilicen las hachas de salvamento para partir en dos al comentarista deportivo. Cuando por fin se abran las puertas del ascensor, usted saldrá de estampida, y no tanto por el miedo y la angustia que ha pasado como por huir de un psicópata peligroso.
Tengo un buen amigo al que le pasó algo muy parecido durante un apagón de los que le gusta organizar a Iberdrola para animar un poco el tedio de sus clientes. Desde entonces no ha vuelto a subirse en ascensor, ni siquiera el de su casa. Menos mal que vive en un segundo y se mantiene en buena forma. Otro día les contaré la aventura padecida por una chica que conozco también y que profesa una fobia incurable hacia los perros. Se quedó encerrada en un elevador con una emperifollada matrona que adornaba su presencia invasora con un caniche feroz que no dejó de ladrar ni en un instante de tregua para tomar aliento.
Mi amiga se gastó después una fortuna en valium y desde entonces sufre extraños espasmos musculares que podrían explicarse como el gesto inconsciente de patear a un chucho. O a su dueña.

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