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Suma teológica

2009 marzo 20
por IÑAKI CERRAJERIA

POR CARLOS PEREZ URALDE 04/01/2004

Descartes dejó escrito «si piensas es que existes», pero ahora parece que sólo existes si consumes

En los tiempos que corren la única religión verdadera es el consumo pertinaz y su liturgia más o menos solemne consiste en ir de compras. Millones de ciudadanos recorren los grandes almacenes, las tiendas, los complejos, las plazas públicas en las que se vende algo y se dejan asesorar espiritualmente por los sacerdotes del nuevo culto, que en vez de vestir con alzacuellos y sotana lo hacen con vistoso chaleco o chaqueta, minifalda persuasiva en el caso de las chicas o elegante terno en el de los caballeros.
Usted entra en el templo del sagrado consumo y una legión de clérigos laicos con uniforme ceremonial le atiende para que no se vaya al infierno de los rácanos por haber cometido el pecado de no gastar lo suficiente. Descartes, que no tuvo un duro en su vida, dejó escrito aquello de que si piensas es que existes, pero ahora de lo que se trata es de demostrar que existes si compras.
Este peatón perplejo tantas veces ante la visión del comportamiento ajeno visita también los grandes centros comerciales y tiende a sentir una controlada angustia pese a su condición de hombre tranquilo. Cientos de sujetos presos de gran agitación deambulan histéricos por todas partes, los niños chillan, los abuelos, que han ido al lugar para disfrutar de la calefacción y sin el menor interés en comprar algo, se obstinan en hacer de tapones humanos en mitad de los pasillos gracias a un talento para la inmovilidad borde realmente digna de premio, las señoras proceden a arrasar cuanto pillan con sus carritos homicidas poniendo esa cara de psicópatas que ponen las señoras en circunstancias como las que comento, y todo es caos y a uno le dan ganas de salir de ahí aunque sea rescatado por los geos.
No soy el único que piensa así: conozco hombres y mujeres de entera confianza que me han contado sus experiencias en día de compras como si estuvieran relatando ‘Apocalypsis now’. Y doy entero crédito a sus testimonios basándome en la experiencia propia.
Hace tiempo leí un artículo de Gabriel García Márquez en el que contaba lo que ocurrió en unos grandes almacenes de Londres, creo. Estaba permitida la entrada de animales de compañía, medida muy típica en un país que adora a sus bestias hasta el extremo de nombrarles de vez en cuando primeros ministros, y he aquí que una señora bajaba con su caniche querido por las escaleras mecánicas. De pronto el chucho se soltó de la mano de su dueña y fue despeñándose por la imparable escalera hasta terminar destrozado por los peldaños y convertido en un inerte amasijo de carne sobre un charco de sangre.
Les cuento este triste episodio porque desde que lo relató el maestro de los maestros no puedo subir unas escaleras mecánicas sin temer la aparición del cadáver triturado de un caniche familiar, pisoteado con saña involuntaria por un ejército de consumidores compulsivos que han ido al templo a cumplir con el rito de la verdadera religión y se han topado con el sacrificio sangriento de un ser vivo a mayor gloria del mercado omnipotente.
Acólitos de grado o por fuerza de la teología del consumo, poco podemos hacer por practicar al ateísmo radical frente al Dios de la compra. Sólo nos queda resistir de la mejor manera que sepamos, colocarnos bolitas de cera en los oídos para no escuchar los cantos del coro celestial que nos abruma por los altavoces y refrescarnos con una cerveza sanitaria después del trance.
Y menos mal que en nuestro país no se permite la entrada de los perros en los grandes almacenes. Tiene que ser espantoso contemplar cómo un lindo caniche es despanzurrado sin piedad por un artilugio mecánico y no poder hacer nada para salvarlo.

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