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Carlos Perez Uralde “Poemario”

2009 enero 23
por IÑAKI CERRAJERIA

Carlos Perez Uralde (1954 – 2006)


Carlos Pérez Uralde figura ya en la memoria colectiva de los alaveses,
y en especial en la de los vitorianos, como el gran cronista
local del tramo final del siglo XX y el arranque del XXI. Su altura
intelectual, su rabiosa independencia, su eterna curiosidad y su impagable
espíritu crítico nos legaron la mejor fotografía de quiénes somos y hacian
dónde vamos.

Tuve la enorme suerte de disfrutar diariamente, durante más de una
década, de la palabra y la ironía de Carlos. La mayor parte de las veces
para descubrir, en ocasiones para discrepar, siempre para aprender.

No pocas veces, cuando terminaba su columna diaria -‘Con remite’-, me
atreví a deslizarle una pregunta: ‘Por qué no escribes más novela,
ensayo,…y publicas?’. Carlos esquivaba con premura la cuestión,arqueaba
la ceja y rápidamente desaparecía de la redacción. ‘Hasta mañana…’.

El periodismo fue, con certeza, el gran escaparate de Carlos. Aunque
hasta el último día se sorprendiera de que alguien le reconociera en sus
diarios paseos por las calles de Vitoria (‘Si no os hubiéramos empeñado en
sacarme la foto…’, refunfuñaba). Pero, sospecho -y lo lamento-, que fue
también su gran coartada para no verse obligado a asomarse con mayor
frecuencia a los escaparates de las librerías. Nosotros, todos, nos lo
hemos perdido.

Sirva este poemario, La isla mágica’ , como gratificante reencuentro
con el rico universo de Carlos, y punto y seguido en su recuerdo.

Alberto Ayala

Director de EL CORREO de Álava

Carlos…




Describió un mundo propio en el que todo estaba magnificado: el amor y el dolor, lo bello y lo horrible, el miedo y la alegría. Vivió intensamente, a través de sus poemas, todas las experiencias posibles. Tocó los extremos de todo lo imaginable con su vieja máquina de escribir. Y sus poemas los dejó guardados a la espera de que otras manos los sacasen a la luz, protegidos mientras por su propio pudor de escritor intenso y tímido.
Carlos Pérez Uralde era primero y ante todo un escritor y un poeta y se fue sin enseñarnos el universo que creó, a veces fascinante y mágico, a veces terrible.

Este poemario, “La isla mágica” nos muestra su visión más brillante y apasionada, su amor juvenil y su ilusión por la vida.
Lo escribió cuando aún éramos ingenuos y nos imaginábamos la vida como un cuento de hadas con final feliz.

Ahora que se ha ido y que todavía el dolor gana a la nostalgia, los que tanto le quisimos le recordamos compartiendo sus poemas más vitales y luminosos, probablemente como un bálsamo para compensar la inmensa tristeza que nos produce su falta.

Mila García de la Torre

LA ISLA MÁGICA


Sometimes I hate you.
Sometimes you don’t
understand nothing.

LLEGADA A LA ISLA

Lo primero que hicimos
al llegar a la isla fue abatir contra las rocas
los relojes, convertirlos en puntas de flecha
en recordatorios de un primer amor, en anillos de
cobre.
Luego, desnudos en la
arena, nos amamos como amantes
y quedamos dormidos, dando vueltas
bajo la oscura sábana del cielo.
Recordamos los calendarios.
Las fechas de los asesinatos.
El tiempo en un trompo de sangre.
La lluvia utilizada para calentar hornos crematorios.
El testamento del mar, ejecutado.
Los rostros de doscientos majaderos.
Los furgones enrejados que atraviesan nuestros vientres.
Las patadas por botas de reglamento.
El payaso adormilado que acaricia un gato.
Las consignas que exigen levantarse del lecho.
El cemento inyectado en la vagina.
La muerte que se acuesta cada noche con nosotros.
Nos vamos. No queremos nada
con vosotros. Yo dejo mi poema, mi vómito,
mi alergia, mi locura, y me voy
lejos
a ocultar con mi amor la silueta de los carros blindados.

CANCIÓN

No te amo tristemente, como los vencidos.
Puedes oírme cantar cuando el tiempo se hace niebla
cuando la lluvia dibuja agujas en la calle
y el rostro de los hombres se hace duro
y las casas y los perros trituran esperanzas
en el suelo. Existe en mí mucho más
que los largos desfiles de mujeres despintadas
con largas venas de agua
cruzadas al pie de la garganta.
La calle y los hospitales son selvas de sangre
y yo estoy creado de deseo y de furia
y tal vez, quizá, de pequeños granos de arroz
en las solapas. No te amo tristemente, como amaría
un vencido.
Mis manos han ganado todas las batallas.

LA CARRETA DE LA MUERTE

Y llegó una fría mañana la carreta de la muerte.
Llegó con una brizna de sándalo y un tambor dormido
con un enano triste y una caja de botones
y una lámpara verde y un corazón de niña.
Llegó una fría mañana la carreta de la muerte,
cuando ella y yo paseábamos por el borde
y recordábamos tiempos y músicas y nombres.
La carreta mató cinco mariposas
y entreabrió los tímpanos de todos los duendes,
como el duende negro que lastimó una ceja
y se tornó sonámbulo. Todos huyeron
hacia el final de todo donde nadie espera
ni toca
las manos
ni abre sombras cuando el sol no mira.
La carreta de la muerte se llevó al hada azul
el hada alegre que rompía candelabros
en el palacio del Gran Ruiseñor
y hacía dormir a las niñas con el vientre de cartón.
Se la llevó dormida
con un ojo abierto
y un cruce de rayas sobre la sábana.
Y era
aquella una triste mañana, llena de agujeros.
Y la carreta de la muerte se perdió a lo lejos,
levantando cortinas de tierra, tapizándolo todo de gusanos muertos.

EL BARCO PIRATA

En un barco con el mascarón
partido,
con la bandera agujereada
y un cuervo torpe y ciego, amarrado
a la cruz de proa,
llegó una noche el capitán pirata.
Enterró
silenciosamente
el cadáver de una amante muerta
y elevó el ancla hacia el cielo
disparando veinte cañonazos.

NUESTRA CASA

Detrás de la casa del Gran Ruiseñor
está nuestra casa. El Gran Ruiseñor
es un extraño personaje, siempre dormido
y azul.
Las viejas historias dicen de él que fue ladrón

y que cantaba dormido
y dicen que inventó la música odiando
el ruido.
Su rostro era grande
como una máscara. Sus ojos
no miraban nunca. Tenía
las pupilas encharcadas
y los dedos en lanza
Tenía un vientre hondo, siempre
lleno de peces y triángulos. Cuando despertaba
miraba alrededor
bendecía las mallas del bosque
y torturaba un poco una canción
que no podía ser cantada.
Nuestra casa tiene forma de trapecio,
en recuerdo de Christine, alzada sobre una orilla
del río de los peces, las agujas
y los ballenatos. Las habitaciones eran siete,
con siete camas y un jarrón de lilas.
Fuera,
el bosque era intrincado,
impenetrable, oscuro, bello, lleno
de gansos con dos cabezas, jabalíes rojos,
ciervos con las cejas partidas,
renos con cuernos iluminados, damas errantes
sobre caballos blancos
enanos dulces y enanos perversos
y todos los tiernos amantes de la luna rodeando
un fuego,
hablando
con las manos, apenas iluminados por las llamas.

EL CABALLO

El caballo blanco casi alcanza el cielo.
Traspasa una a una las mallas de hierba
rompe todas las puertas del aire
se llena de aire y el aire lo envuelve
quedándose atrás, casi con piernas de muñeco
torpe.
El caballo huye del día y de la noche
y quiere alcanzar la lluvia del otro lado del mundo.
El caballo, al fin, se ha confundido con el viento.

CELESTE

Ella es Celeste
y se llama Celeste por un mínimo turbio bautizo
en el vientre de una iglesia desmoronada
casi un taller de tálamos.
Vive aquí porque le oprime la ciudad en que vivió
mísera cubierta de asfalto
zapatos de niebla
siempre dedos en los ojos, cabezas rotas
por ruidos
y pasos
y lunas desdibujadas con bigotes.
Ella es Celeste.
Eligió convertirse en hada
y se convirtió en hada para siempre
feliz
enamorada de un príncipe
con el cuello lleno de medallas
y la boca anegada por músicas y palabras.
Ha venido a vernos
a recordarnos un amor que permanece eterno.
“Tu amada es bella”, me dice doblándose en cuatro.
Nos prometió algo:
cuando tu amada muera será un hada.
Y tú serás un duende cuando mueras.

CANCIÓN DE AMOR

Estoy volcado sobre tu cuerpo,
casi me hacen heridas tus manos,
estoy volcado como un cisne de cartón
sobre la imagen de un río.
Estoy amándote
sobre un lecho lleno de dados dibujados
y te digo
en voz baja porque tengo el aliento cortado
que te quiero.

DESPUÉS DEL ENTIERRO

Después de asistir al entierro del hada,
entierro feliz por ser de hada
y ser azul y volar alto,
después del entierro del hada bajamos hacia el río
hablando susurrando palabras aprendidas.
Ella recordaba los vestidos nuevos
del hada y su regalo de dos pájaros azules
que vigilan nuestra cama protegiendo el amor
y la noche. Decidimos quedarnos,
esperar el amanecer que llega como un cazador,
tan lleno de aire, tan lleno de polvo
y ruidos.
Recordamos un poco, como posando en la mano un terrón
de azúcar,
la ciudad que dejamos,
el hombre gordo
y el aliento mojado de tiza.

VISITA AL CASTILLO

Y hemos llegado y has llegado
al umbral del castillo,
con el perro de felpa deformado
y ella le ha puesto el ojo que faltaba.
Te ha dado la mano
y una mano sobre la mano, hacia la torre.
Has palpado el blanco vientre de la paloma
y has querido un poco al gran Ruiseñor.
Bill Tackeray nos ha conducido a la sala de baile,
donde hemos enturbiado un espejo
y tu cuerpo
me ha hecho llorar, alegremente, lleno de carcajadas
y miniaturas de
vidrio.

BILL TACKERAY

El encuentro con el gnomo,
decididamente bautizado como Bill Tackeray,
henchido de alegría y borlas
al borde de la puerta de nuestra
casa.
Su saludo es una provisión de lilas
y un pequeño
telescopio.
Nos habla del príncipe
y el hada vestida de blanco,
como una lámpara bajo una lanza de gasa.
Le invitamos a cenar,
pequeño gnomo azul junto a nosotros.


LA GRAN HADA BLANCA

Gran Hada Blanca, abre la puerta
y penetra en nuestro pequeño paraíso.
Ella ahora duerme, hemos hecho el amor
y su vestido de gasa se ha dormido con ella
y su cabello trenzado me ha construido
un guiño.
Ven y siéntate a mi lado, Gran Hada Blanca
y hablemos de ella.
Bill Tackeray nos cubrirá la puerta
y tres ciervos bordarán sábanas para el baile
del sol. Ella es hermosa,
tiene el rostro más bello de la tierra
y un cuerpo de piel temblando contra el mío,
tiene lados de muñeca
y una cápsula de nácar conteniendo una miga
de pan,
tiene miel
en la palabra de amor que confunde con el aliento
y en los labios
que han hecho tres marcas eternas en la carne de mi brazo.
Te ríes, Gran Hada Blanca, soy un amante
violento,
le quiero con una fuerza que nunca podrá agotarse
cono no se agotará el mar
ni tú, Gran Hada Blanca
ni el pequeño Bill Tackeray, ahora también dormido,
ni el ansia de los tres ciervos
ni ella, Gran Hada,
la que ahora duerme esperando un hijo.

REY SOL

Cubriéndome, cubriéndonos
de luz, como antorchas
felices, rotas
perfectas
de risa, de boca abierta, de calor
de rojo, de todo lo que no es muerte
ni afirma muerte.
Cubriéndome, cubriéndonos
de una sábana de luz, protegiendo
un acto de amor en esta casa.
El sol
nos habla esta mañana
y yo te amo
tan lejos de la guerra
tan lejos de la sangre
tan lejos de los tanques verdes
y las lanzas
altas.
Creo en este río
y en ti
y en la paloma que oculta el agujero del tejado
y en la dulce niña dormida
y en el aire
y en la canción que ronda tu cabeza
y en el jarrón donde espera el agua
y creo
en el amor que inventamos
cada día
tú y yo, esperando al anochecer la llegada de la luna.

LLEGADA DEL VIENTO


El viento ha llegado hoy
cabalgando en un pájaro verde
tal vez desde las cimas del Empire State,
tal vez desde el corazón de una niña,
tal vez desde la bufanda de un mendigo,
tal vez desde las crines de un caballo,
tal vez desde el puente del Sena,
acompañado de dos manos
y una flor abierta.

REUNIÓN ANTE LA HOGUERA

Los amantes de la luna celebran su reunión rodeando
la hoguera, vestidos de blanco. Son veinte y no tienen
barba. Se comunican por señas y el destello de sus
uñas, largas y plateadas. Sus ritos son breves y alegres,
como los ritos de un fuego de niños. Comienzan recitando
tres poemas, tejiendo y destejiendo agujeros en el aire
con la mano izquierda. Luego tocan música con extraños
aparatos agudos y dulces, para después tenderse suavemente
sobre la hierba y contemplar la nieve en la luna. Son
felices entre ellos. No llevan cintos ni espadas,
no llevan relojes tampoco.

Este poemario fué editado
por EL CORREO de Álava en marzo
2007 en memoria de Carlos Perez
uralde, periodista y escritor

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