El Cervantes hace justicia a Marsé

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Cuando era niño, Juan Marsé (Barcelona 1933) quería ser escritor para contar historias como la de ‘Las nieves del Kilimanjaro’, de Hemingway, cuyo arranque, con aquella formidable imagen del esqueleto helado de un leopardo en lo alto de la montaña, tanto le impresionó; o pianista, para recorrer el mundo dando conciertos. A los 13 años, los sueños se vinieron abajo. Tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar para poder entregar dinero en casa. El empleo no parecía nada literario ni musical: aprendiz de joyero. En realidad, aprendiz de repartidor de joyería, porque el muchacho se pasaba el día en el metro, entregando pequeños paquetes en las casas. Fue su primer contacto con la burguesía catalana, su visión de la otra cara de una sociedad que ha reflejado en sus novelas a lo largo de medio siglo de carrera. Es ese retrato de la España de posguerra, con sus escasas luces y sus densas sombras, lo que ha decidido al jurado del premio Cervantes a concederle el máximo galardón de las Letras en español. Un premio para el que era favorito desde hace años, pero que se le había negado una y otra vez.

Cesar Coca

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