Vejez.
Qué festival de sentimientos nos brinda esta palabra, o más bien, este concepto.
Enfermedad, longevidad, nietos, vida, residencias… Nos da miedo pero a la vez nos hace reflexionar.
He estado visitando una residencia de mi provincia, no muy lejos de mi ciudad, donde poco a poco estoy apreciando cada día más cada minuto de mi vida.
Hay varios módulos, pero suelo moverme en dos de ellos que clasifican a los ancianos en personas independientes y conscientes y personas totalmente dependientes y con claros casos de demencia, ictus recientes…etc. Resulta escalofriante ver que una puerta separa dos realidades y dos mundos completamente distintos.
Les veo pasear con y sin auxiliares, hablando solos o tomando el sol. Nunca sabes quién se encuentra en la terraza y siquiera si va a reconocerte, pero acudes con la mejor de las ilusiones a su encuentro.
Está Luis, un ingeniero industrial y economista jubilado que siempre se encuentra en su pequeña esquina a la sombra de su sombrilla con su crucigrama. Un hombre bonachón y agradable donde los haya y con un exquisito repertorio léxico con vocablos propios de la jerga adolescente de hoy en día.
Últimamente le acompaña una coqueta mujer llamada Ana, compañera de su módulo y pasan tardes enteras juntos. Comparten lucidez, independencia y vivencias que recordaban con nitidez. Pero falta alguien, una señora encantadora que se reía de la picardía de Luis hacía unos meses.
Al abrir la puerta del módulo de personas dependientes, me encuentro a Amelita, esa señora. Víctima de un ictus, no razonaba y había quedado postrada en una silla de ruedas.
Entonces miro y pienso lo rápido que pasa el tiempo y lo cruel que es la edad. Los años se ceban con las personas sin piedad y les consumen a pasos agigantados.
Puedes encontrarte genial y estupendamente y no saber que al día siguiente el azar trae vientos de cambio para tu suerte.
Además de intentar cuidar y escuchar a todos estos ancianos que un día levantaron familias enteras por las que hoy estamos aquí, me doy cuenta de que no aprovecho mi tiempo como debería hacerlo.
Siento que lo tengo todo y que parece que nunca voy a ser esa ” chica mayor” a la que yo quería imitar de pequeña portándome bien y haciendo los deberes y desperdicio cada segundo como quien deja un grifo abierto.
Ahora soy joven, pero dentro de nada comienza la universidad, el título, el trabajo, los hijos, el matrimonio…
Antes de darme cuenta he pasado de las muñecas a estar a punto de poder sacarme mi primer carnet de conducir en un “pis pás”.
La vida son dos días y vamos por el primero. Animo a todos a vivir vuestra vida como si mañana no tuvierais la oportunidad de volver a abrir los ojos. Porque si no lo hacemos así ahora, esta gran experiencia y oportunidad que nos dieron nuestros padres al traernos a este mundo, ha resultado servir en vano.

