La fuerza de la fantasía

Todo ha cambiado para que nada cambie en la izquierda abertzale. Con la operación Bildu ha conseguido, sin costos y de una tacada, legalización, propaganda sin cuento, resultados electorales de cuento y poder local a raudales. Tras el éxito, vuelve por sus fueros, que nadie piense que se han convertido en unos flojos. Retornan las manifestaciones/demostraciones –con preso triunfal a la cabeza-, los abucheos fascistas al concejal del PP en Elorrio, las movilizaciones soberanistas por las reivindicaciones de siempre, la negativa a que haya escoltas en los espacios bilduinos, zona liberada. Siguen anclados en las viejas recetas del pasado, por usar un lema que fuera del gusto de Batasuna que, como es sabido, nada tiene que ver con su hijastra putativa Bildu, usurpadora, que no sucesora. Todo vuelve a sus cauces. Hasta detienen a un (presunto) miembro de la organización que había estado de compras en Italia: material electrónico para activar bombas. La tregua es pacifismo armado, si vis pacem para bellum. O sea, que ya estamos todos, sólo falta la kale borroka.

Nada ha cambiado y al mismo tiempo ha saltado todo. Retrocedemos unos quince años o peor, al haber recibido el nacionalismo radical una sobredosis de legitimación que le ha propiciado espacios impensables. Quienes han diseñado la estrategia tienen serias razones para felicitarse, porque van ganando.

Asombra la superficialidad con que los partidos democráticos han aupado a Bildu hasta el mayor éxito de la historia abertzale. Se compartiese o no, cabría entender que a los políticos –y al gobierno, jueces, salvadores de la patria y demás- les hubiesen entrado escrúpulos por la ley de partidos y entendido que el derecho de presentarse a las elecciones prevalece sobre cualquier otra consideración. El argumento hubiera tenido su peso: la democracia se suicida pero lo hace por sus convicciones sobre los derechos individuales. Estúpido, pero con un punto de nobleza.

No es el argumento que se ha usado. Si se quitan los desvelos de corto alcance –cómo nos irá al partido después de…- y la defensa nacionalista de “los nuestros”, sólo se ha oído el sobreempleo de la idea según la cual así daban pasos irreversibles hacía la desaparición de ETA. Eso, pese a que no sea posible entender por qué una organización que consigue el mayor éxito de su historia optará justo en ese momento por hacer mutis. Sería como si Aníbal y demás cartagineses pasan los Alpes y deciden disolver su ejército porque la violencia no gusta a los romanos.

En los bandazos ha destacado el PSOE/PSE, obsesionado con que legalizar bilduinos nos acercaba a la paz y difundiendo la especie de que Batasuna se ha caído del caballo y convertido. Ha puesto más empeño que los propios afectados, a los que quizás les cueste contar esta historia sin que les salte la risa. Tal y como han ido las cosas, da la impresión de que este estropicio formaba parte de alguna operación astuta (Conversaciones de Loyola II o Arrepentidos del Goiherri) en la que tras un par de triquiñuelas ministeriales la organización diría adiós muy buenas. Es el modelo de cierre por el que se ha apostado –modelo birlibirloque-, “dejadme solo que esto lo arreglo yo” sin más que cenar en la mesa de partidos, un par de referéndums y de postre reconciliación: la mirada hacia otro lado institucionalizada. No es que a uno le disguste el borrón y cuenta nueva, si lo hubiese: pero el procedimiento de premiar a Hitler no sirvió para apaciguarlo. ¿Saldrá otro buitre de la chistera? De momento, el animal se está dando una buena zampada. Mientras, los sociatas se han quedado a dos velas: en el pecado han llevado la penitencia –pero los penitentes iremos a escote-.

Tampoco en el nacionalismo civilizado están para echar las campanas al vuelo. Se muestran contentos los de EA por su pacto histórico, pero lo suyo es de nota. Habrán triunfado, pero también desaparecido, engullidos. En los discursos de la coalición Bildu no se ven secuelas de su pensamiento, si existía. No está claro si lo suyo es victoria o derrota, pero sí que es póstuma. Lo de Aralar e IU quizás sea altruismo puro, al desaparecer por el éxito de su apoyo a Batasuna, a no ser que pretendiesen sacar tajada.

Su paternalismo sobre la comunidad nacionalista le ha jugado una mala pasada al PNV. De tanto alabar a estos buenos chicos y a sus ansias democráticas los ha elevado a la santidad electoral. Si pensaba encontrar una peana sobre la que subirse al altar, se ha encontrado con una criatura respondona. De pronto, tiene un competidor entre los suyos, a sólo cinco puntos. ¿Y si le arrebata el santo y la limosna? Como para soberanista ya está Bildu, al PNV le peligra la tradicional ambigüedad, uno de sus pilares históricos. Tiene ahora muy difícil ser radical y moderado a la vez. En un postrer intento por sostenerse equívoco, ha dejado que Bildu se haga con los sacramentos. Dicen las malas lenguas que confía en que enseguida muestre sus torpezas y además se peleen. En un par de años el PNV recuperaría las riendas. Si lo piensan, algo les va mal. No está claro que las malas gestiones quiten votos (hay jurisprudencia) y a lo mejor al soberanista le gustan más las pancartas que el buen gobierno. De que se echen los trastos a la cabeza… olvidan que este coronel sí tiene quien le escriba; las cartas podrían sugerir el buen camino y hay consejos que no se pueden rechazar.

Todo este asunto es de enjundia, pero se ha llevado de forma frívola. Los partidos han actuado según sus fantasías, sin cotejar la realidad. Las fábulas son fabulosas, pero no dejan de ser fábulas.

Publicado en El Correo

Una nueva era

Las elecciones del 22-M crean un nuevo punto de partida en el País Vasco. Son las del retorno de la izquierda abertzale a la contienda electoral y las ha saldado con un resultado espectacular, convirtiéndose Bildu en el segundo partido. Habrá contribuido el papel protagonista que le han adjudicado la política y los medios de comunicación; quizás también la expectativas que hayan podido suscitar las promesas de alejamiento del terror. Al margen de qué razones le han aupado, la irrupción de Bildu –con sólidas posiciones en las tres provincias, el mayor número de concejales y la primacía en Guipúzcoa- constituye el dato más relevante de la noche electoral en el País Vasco.

El éxito de la izquierda abertzale tendrá repercusiones en la política general de la comunidad autónoma. Además, abre una nueva circunstancia, que estaba larvada pero que se convierte desde ahora en una cuestión clave: se está escenificando la lucha entre el PNV y Bildu por la hegemonía dentro del nacionalismo. El “polo soberanista” frente al nacionalismo moderado: el combate por la primacía en la comunidad nacionalista puede convertirse en uno de los ejes de la vida política vasca. La nueva marca de la izquierda abertzale se acerca al nacionalismo moderado, incluso superándole en la provincia más nacionalista.

La nueva situación coloca en una difícil encrucijada al PNV, que venía ejerciendo una especie de defensa paternalista respecto al que se está convirtiendo en su principal adversario. No sólo pone en riesgo su histórica hegemonía sobre el nacionalismo. Además, le sitúa en la tesitura de profundizar en el soberanismo –ámbito que, de momento, parece arrebatarle Bildu- o de sostener su tradicional ambigüedad entre el autonomismo y el soberanismo. Una u otra opción le comporta serios riesgos políticos, entre ellos el de perder su identidad frente a la fuerza ascendente. Además, ¿podrá el PNV llegar a pactos en los ámbitos políticos importantes con una izquierda abertzale que, por ejemplo, cuestiona de raíz obras públicas que considera institucionalmente decisivas?

Los resultados de estas elecciones tienen también su impacto en el ámbito constitucionalista. El efecto más relevante es la pérdida de posiciones del PSE. Sin duda, repercute en la caída de sus votos la debacle general del PSOE –“no será una buena noche” para los socialistas, aseguró su portavoz en la primera hora-, pero también se evidencia que no está cuajando electoralmente la gestión del Gobierno Vasco, a veces explicada con criterios evanescentes y planteamientos dubitativos.

El PP, en cambio, rentabiliza su apoyo parlamentario al PSE, convirtiéndose por ejemplo en el primer partido en Vitoria y en Álava. De hecho, al sostener su pacto con los socialistas, su discurso resulta más nítido que el del PSE, el principal beneficiado por el acuerdo, que queda atrapado por el mensaje antiderechas de Zapatero, con una actitud ambigua respecto a quien les apoya.

Estas elecciones han cambiado las cosas, pero pervive el pluralismo característico de la sociedad vasca. Ahora tiene una nueva formulación. Cada territorio histórico presenta un partido mayoritario: Bildu en Guipúzcoa, PNV en Vizcaya, PP en Álava; y sin que cumpla tal papel en ninguna provincia el partido que tiene el Gobierno. La circunstancia es insólita.

Un Gobierno vasco políticamente debilitado, un Bildu recién creado y avocado a asumir responsabilidades locales al tiempo que se desgaja de las tutelas históricas que ha tenido la izquierda abertzale, un PNV en apuros al ver cuestionada su hegemonía en el nacionalismo –Azkuna obtiene mayoría absoluta en Bilbao, pero al tiempo el PNV la pierde en las Juntas Generales-: tales son algunas de las claves con las que arranca la nueva era política en el País Vasco. También está la casi desaparición de pequeños partidos (EA, IU, Aralar, con resultados que les alejan del papel destacado que llegaron a ejercer, o subsumidos en la coalición en la que por su composición quedan diluidos). En cierto sentido la política vasca se simplifica, con dos grandes bloques en el nacionalismo y otros dos, de menor entidad, en el constitucionalismo. Y hay una paradoja: el socialismo que tiene el Gobierno autónomo es la fuerza que sale más dañada de las urnas.

La nueva era exige pactos y se adivina que serán complicados, de cara a instituciones claves como las Diputaciones y algunos Ayuntamientos cruciales. La coalición nacionalista entre un PNV institucional y un Bildu con actitudes antisistema resulta complicada, pero será la cuestión a dilucidar las próximas semanas.

En el País Vasco se ha abierto una nueva era cuya dinámica es aún difícil de intuir. Y en lo que se refiere al panorama que se presenta en el conjunto de España, cabría definirlo como el principio del fin del periodo socialista. El PSOE ha sido derrotado en todas las líneas. Ha perdido poder autonómico; sus bastiones históricos los ocupa el PP. Todo es por la crisis, vienen a decir sus dirigentes. Sin duda, pero también por la forma en que la han gestionado, confiando en medidas voluntaristas, en la difusión imposible de optimismos y derrochando desconcierto, lo que no suele gustar a la ciudadanía.

Es el principio del fin y el PSOE lo ha de afrontar en condiciones dificilísimas. Con un Gobierno cuyo apoyo electoral se ha evaporado, ha de entrar en la búsqueda de un candidato mediante primarias que pueden trocear al partido, a una distancia de diez puntos con el partido de la oposición y sin políticas bien definidas. Los meses que van desde aquí hasta que llegue el fin de su estancia en el poder pueden serle verdaderamente agónicos.

Publicado en El Correo.

El reto del futuro

Estamos salvados. Nuestros políticos se han puesto de acuerdo. Todos se presentan a las elecciones con el mismo objetivo: afrontar retos. Uno, para asumir el reto de superar la crisis. Aquel, para esto y por el reto de crear empleo. El otro, para ambas cosas y porque tiene el reto de darnos “un gobierno serio”. Y así sucesivamente: retos, retos y retos. La gente de a pie planea irse de vacaciones o quedar con los amigos. El político nacional, más sofisticado, afronta el reto de descansar o el reto de relacionarse con su entorno afectivo.

Los políticos hoy no se plantean propósitos normales, como gestionar de forma razonable o desarrollar sus idearios. No. Ambiciosos, acometen retos. Reto: “Objetivo o empresa difícil que constituye una ocasión para superarse o demostrar la propia valía”. Les gusta proponerse el no va más, los triples saltos mortales. Para superarse. Para demostrar su valía. Unos héroes.

Todos lo dicen, izquierda, derecha, nacionalistas. Hay consenso. “Mejorar la economía local, un reto”, afirma el PSOE, que además “se marca como reto la creación inmediata de empleo”. Para el PP autonómico “el reto es poner a España y a Andalucía a funcionar”, mientras el nacional “asume la creación de empleo como el gran reto”. Todos están de acuerdo. También CIU, pues Mas “se ha marcado como reto reducir el paro en Cataluña a la mitad”. El PNV, pragmático, tiene el reto de sacar más votos, el reto de la pacificación y “el reto de la apuesta decidida por la cohesión de nuestra nación”. IU también se plantea un reto concreto –arramblarle 2,5 millones de votantes del PSOE- y “el reto de la austeridad”.

El esquema se repite en los candidatos a alcaldes. Todos asumen las elecciones como un reto, todos se plantean como un reto la misión de gobernarnos: nos ven difíciles. El palabro, que se va desgastando, debe de figurar en el Vademécum del político, que habla paralenguaje. El político no se enamora: asume el reto de enamorarse. Prefiere dar un tono épico a su trasunto por la vida pública.

Además, nuestros políticos comparten objetivo. Todos quieren afrontar el reto del futuro. Es la moda. Lo asumen todos. Hace unos años les dio por invitarnos a coger el tren del futuro (y ellos de maquinistas). Ahora, están preparados para el reto del futuro. Suena heroico. Rajoy lo tiene claro: el PP, dice, tiene el reto de la globalización, del crecimiento económico y de afrontar el reto del futuro. Blanco, hombre más concreto, asegura que los trenes están preparados para afrontar el reto del futuro. El candidato socialista asegura que Albacete está preparado para los retos del futuro, el de Santander se plantea “un futuro ilusionante de grandes retos”. El verso sirve en todos los sitios. El PP afrontará “los grandes retos del futuro de la capital riojana”, mientras el candidato verde del PSOE se planteaba en el Albaicín “los problemas del barrio y los retos del futuro”. El futuro se convierte en el fetiche. Ahorra concretar propuestas y sale airoso: a ver quién le tose al candidato que asegura que afrontará los retos del futuro. Sin embargo, cuesta aclararse. Todos coinciden: “el 22 de mayo nos jugamos el futuro” y están preparados para ese reto. Como no podemos votar a todos a la vez, se agradecería que especificasen más.

Ojalá asumiesen el reto de abandonar esta retórica vacua.

Publicado en Ideal.

La victoria del demiurgo

Alguien ha sido, pero no se sabe quién ha sido. Ni siquiera los miembros del Tribunal Constitucional, gente avispada, ve pruebas de la autoría. No hay vídeos, no hay actas notariales, no hay certificados: así no hay forma.

Quizás un golpe anímico espontáneo animó a unos cientos de candidatos a la unión electoral. O una súbita pasión antiviolenta les ha coaligado. Quién sabe. Entramos en la era del misterio. Es una experiencia nueva en el País Vasco, donde desde hace décadas no ha habido enigmas. Se podrán decir muchas cosas sobre nuestras cuitas, no todas buenas, pero hasta el día no solían quedar espacios para las cábalas.

Ignoto el arcano fundador, llamaremos demiurgo a la entidad creadora o impulsora, al enigmático principio activo del mundo de Bildu. Es de bien nacidos reconocer proezas, por lo que toca felicitar al demiurgo. Su triunfo ha sido completo, arrollador. No sólo ha conseguido el objetivo, sino que la forma de lograrlo es otra victoria en sí misma. La publicidad obtenida hace época: ni las mejores empresas del marketing electoral. Desde la esquina, se ha convertido en el centro del escenario. Todos se hacen lenguas de esta creación del demiurgo, por el natural asombro que provoca la generación espontánea. La gestión local ha pasado a último plano, pues es menudencia frente a tamaño augurio de solución de los problemas seculares. Cualquier político que se precie –presidente de gobierno, lehendakari, jefe de oposición, ministro, juez, meritorio, exmando, consejero, candidato de postín, mediopensionista, pretendiente- ha dado su opinión, siempre sin medias tintas. En eso el triunfo del demiurgo ha sido total. Hay más: han vuelto para convertirse en la manzana de la discordia, el arma arrojadiza que se lanzan unos y otros para descalificarse. Miel sobre hojuelas, pues gusta al demiurgo que su obra ocupe el centro del mundo.

No todo el mérito de su victoria ha de atribuirse al demiurgo. Le han echado una mano los políticos de la democracia, que no han parado en mientes con tal de lucir sus diretes sobre lo que tendrían que hacer los jueces. La facundia nacional ha derrochado jaculatorias para que sus deseos fuesen atendidos. Ha estado algo descentrada, todo hay que decirlo, pues apenas ha mencionado la cuestión de los derechos electorales, que cabría pensar era la fundamental –la importancia del derecho de sufragio pasivo y en qué condiciones se puede invalidar-, sino acerca de la (presunta) marcha hacia la paz que nos traerá la legalización del ilegal. Todo en forma de axiomas, la mejor manera de difundir la buena nueva en un país proclive a la fe con preferencia a la razón.

Concedamos: nadie ha presionado a los jueces, los jueces han pasado de presiones. El problema reside en que todos han actuado como si fuese así: como si presionasen, como si se dejasen presionar. El demiurgo puede creer y difundir que su presión –incluidas las movilizaciones- ha tenido éxito. También podría decirlo el frente nacionalista, que amenazó ruptura. Nadie habrá influido en el Tribunal –no se dejaría, un suponer-, pero tal y como se ha escenificado, alguien puede obtener la impresión de que ha sido así. En política las imágenes hacen las veces de realidades. Conviene que la mujer del César parezca honesta, no sólo que lo sea: el principio se asentó hace dos mil años.

De resultas del desaguisado, ha quedado volatilizada la Ley de Partidos, el TC ha perdido el prestigio, si le quedaba alguno; el PSOE hace añicos; el PP ha vampirizado; el pacto antiterrorista –si todavía existe- ha quedado hecho unos zorros; la política vasca, definitivamente sindromeestocolmizada.

El triunfo del demiurgo impresiona. No es su menor éxito la reflexión final de los socialistas, cuando tratan de salvar los muebles. Vienen a decir que la presencia electoral bilduina nos acerca a la paz. No se entiende: el retroceso del terror ha coincidido –será por casualidad, pero hasta la fecha se establecía relación causa/efecto- con la ausencia de sus secuaces en las elecciones. No se comprende porqué ahora su presencia tendrá el mismo sentido y le dará la picota. Tampoco la idea según la cual ahora los coaligados pedirán aún con más entusiasmo el final del terror. Si han llegado a la legalidad sin más que promesas a futuro, no se ve porqué en la hora del triunfo hayan de ir más allá.

El demiurgo habrá comprobado que las posiciones de la democracia no eran tan sólidas como las pintaban. Hasta es posible que entienda que su logro triunfal es un paso en su estrategia y que, por tanto, llega el siguiente escalón: conversaciones, diálogo, negociación, mesa de partidos, proceso resolutivo, territorialidad y autodeterminación. Todo el paquete. Según han parecido las cosas, podrían llevar a error y al equívoco de que la fruta está madura ya. El demiurgo, no necesariamente lúcido, quizás se engañe y crea que el partido gobernante anda exánime y que a lo mejor le gustaría probar la suerte antes de su despedida y cierre.

Menos mal que en este país los criterios antiterroristas están bien asentados. Gracias a la ortodoxia antropológica sabemos que el gobierno no podría engañarse ni engañarnos en cuestión tan peliaguda. No se metería en materia de negociaciones al margen de la opinión, del otro gran partido y del sentido común. No nos vendería por un plato de lentejas. No hará nada de esto, pero, tal y como han representado, las cosas se da pábulo a tales insidias. También motivos de fantasía al demiurgo, que puede caer en malentendidos. Por eso conviene que, además de parecerlo, la mujer del César sea honesta.

Publicado en El Correo

Tu, te, contigo

Anda la campaña electoral huérfana de grandes promesas. Será porque no está el horno para bollos. A los políticos les incomoda que haya crisis y demás problemillas, que les cercena su capacidad de ilusionarnos. Tienden a pensar que nuestra suerte consistiría en que ellos pudieran gobernar sin oposiciones (con frecuencia, en el discurso el mayor problema son los otros partidos, a los que se culpa de la crisis y de todo) ni frenos económicos para poder desarrollar toda su energía y creatividad. Quizás piensan que gobernar consiste en demostrar qué buenos son, y no en tomar decisiones, procurando al menos que las cosas no se pongan peor.

A falta de grandes ideas y expectativas, a los partidos les ha dado por ponerse amorosos con nosotros, familiares, íntimos, algo pegajosos. No nos dicen adonde quieren llevarnos, pero sí sugieren que están con nosotros. El pronombre de segunda persona es omnipresente en esta campaña. En cualquiera de las versiones.

El PSOE lo tiene claro. Tenemos que votarle “para que gane tu ciudad”, “para que gane tu barrio”, “para que gane tu pueblo”… Al entusiasmado ciudadano le dejan elegir su identidad preferida, que se sienta de pueblo, de barrio, de ciudad, pero importante es ese tu que lo invade todo. El sonsonete se repite en las versiones locales (el PSOE se ha fragmentado desde el punto de vista de la propaganda electoral), pero la intimidad del pronombre personal se repite. Tomás Gómez se presenta “con ilusiones, con valores, contigo” y lo clava en ese “contigo” final. Su página web, en justa correspondencia, se llama “contigotomás”, nada menos. Esa intimidad empalagosa subyace en lemas sociatas del tipo “díselo a Paco”, “tus propuestas para Carboneras”. En algún caso el “a tu lado”, “contigo” se transforma en “yo voy con [la candidata] 2001”. El glorioso “Somos como tú” es del grupo “Comprimís”, en Elche, demostrando que también está a la altura.

El PP no se queda atrás. “Centrados en ti”, su lema central, proclama también que quiere estar encima nuestro, quizás dentro de nuestro ánimo. En esto el mejor es el candidato popular de Leganés, de nombre Jesús Gómez y lema contundente: “Contigo cara a cara”, que impresiona casi tanto como el rotundo “Centrats en tu” del cartel desde el que sonríe Camps el de los trajes. “Centrados en ti” es, por supuesto, el lema central de Esperanza Aguirre, pero aporta también su personal intimidad, pues su vídeo promocional afirma: “Los madrileños con vuestro empuje y con vuestro trabajo habéis puesto Madrid a la cabeza de España”. Conclusión del peloteo: en consecuencia, espera “vuestro voto”. “Nos gusta Madrid, nos gustas tú” será el lema del autobús de Gallardón, en un PP lanzado de pleno en el tuteo.

El tu, ti, te, vosotros, vuestro, tuyo… nos invade en unos candidatos que sobre todo se sienten nuestros y que aspiran a que los veamos así de inseparables. Izquierda Unida no falla en este punto. Según su propaganda su candidato es, sin más, “tu alcalde”, en un discurso lleno de proximidad pronominal: “Muévete”. “Tu voto cuenta”. Todo bastante acaramelado, en la línea de que están “Con la gente de izquierda” -no que son sino que están con- que también proclama.

[El término “gente” es otro de los que hacen furor en esta campaña, en plan “el programa de la gente” que presenta algún socialista, o la preocupación popular por “los problemas reales de la gente”. Gente, gente, gente. Y tú, siempre tú. O sea, nosotros. Se nota que nos toca votar].

Los lemas del PNV suelen ir siempre por otros derroteros. Su “Es el momento de dar lo mejor” tiene su miga, pero por si acaso su página web proclama “Euskadi lo haces tu”, para estar a la moda. Tampoco en CIU se despistan. Lo suyo será “un cambio en positivo” pero lo que mejor difunde es ese glorioso “Tu & Trias”, convencidos de que ese emparejamiento (¡tú y el candidato a solas!) llevará al voto y no lo espantará, como a primera vista parece.

Conclusión: como los partidos no saben bien qué hacer con nosotros nos quieren mostrar que confían en nosotros… para que les votemos, al menos. Nos están convirtiendo en unos héroes.

Novedades en el frente

Donde no se aprecian novedades es en el frente terrorista. Se fabulará lo que se quiera, pero a juzgar por sus comunicados y actuaciones, ETA sigue donde estaba. Hablando de las opresiones que sufre Euskal Herria, de la territorialidad e independencia (identificándolas con la paz auténtica) y de que la organización y sus agentes políticos y sociales nos salvarán. Nada indica que ETA esté pensando en dejarlo, que la de ahora sea otra cosa más que una tregua rutinaria de las que nos declara de vez en cuando para tomar aliento y otear cómo los demócratas se hostigan los unos a los otros. Su comunicado de Aberri Eguna viene a ser el de siempre, esta vez con el ditirambo de que llega “una nueva era”. Suena estimulante, pero el escribidor terrorista siempre suele imaginar que las gestas de ETA inauguran una nueva etapa, un nuevo ciclo, abren un nuevo escenario, nos sitúan ante una nueva oportunidad… En este punto no se ven novedades bajo el sol.

Nada indica que estén pensando en echar la toalla. No se hace una tregua con la expectativa de dejarlo –y si no hay tal intención todo lo demás es pura filfa- mientras se almacenan quintales de explosivos o se tirotea a gendarmes (¡lo justifican ahora porque “los gobiernos de España y Francia y sus fuerzas armadas […] hostigan, detienen, torturan y encarcelan a ciudadanos vascos”!: están de atar).

Se quieren ver cambios en este frente porque ha caído el potencial terrorista de ETA. No ha sucedido por su voluntad sino por la acción policial, pero se prefiere imaginar que son las circunstancias políticas las que le han llevado a bajar el pistón. Subyugan dos presuntas nuevas, a las que se ve como la panacea: que la trama civil del terror quiere que éste desaparezca, querencia que está aún por ver; y el supuesto, no demostrado, de que si “la izquierda abertzale” abomina de ETA, los terroristas lo dejan.

De momento, ETA está donde solía. Pero sí hay novedades. Las encontramos entre los demócratas. Consisten en la reaparición virulenta de la fragmentación, con visiones distintas entre los distintos partidos y dentro de ellos, lo que asegura la algarabía. Cualquier ocasión –los comunicados de ETA, las negociaciones de hace cinco años, las decisiones judiciales, las candidaturas electorales, rumores misteriosos…- dan excusa para los juicios de intenciones y el cruce de acusaciones. Como si el terrorismo fuese una cuestión más del debate electoral, sin su carga siniestra para nuestro sistema político.

El campo demócrata se rompe en migajas. ETA y los suyos han vuelto al centro de la escena política y todo gira en torno a ellos. Unos sostienen que ya están liquidados y que hay que apoyar al frente político para consumar la despedida: lo afirman como un axioma, como si en cuestión tan delicada bastase la fe. Otros vienen a decir que sólo sirve la mano dura y que, por ejemplo, cualquier excarcelación es culpable. O se carga contra la oposición asegurando que habla de terrorismo para desprestigiar al Gobierno, como si no cupiesen las discrepancias.

Los partidos han vuelto a las andadas. Incapaces de establecer criterios claros contra el terrorismo, pactarlos y seguirlos, prefieren la bronca sobre ETA: exactamente lo que favorece al terror. Actúan como si el asunto no fuese serio -en ello nos jugamos la convivencia-, sino al albur de sus imaginarios, forjados según sus voluntarismos y quimeras. No por la exposición de estrategias argumentadas, sino en función de lo que a cada cual le gustaría fuese el final del terrorismo.

En tiempos no muy lejanos, la lucha contra ETA era nítida: la democracia frente al terror, los demócratas contra la barbarie. Exigía la conexión entre los partidos y los ciudadanos. Habría discrepancias, pero las líneas de referencia estaban bien marcadas. Ahora no, el esquema ha cambiado a peor.

Por una parte, los secuaces del terror se trasmutan en una suerte de oráculo de la democracia, que la reclaman auténtica y verdadera (¿?). Siempre han hecho este juego, por lo que la novedad consiste en que ahora hay quienes les dan pábulo, sin pruebas convincentes.

Y por el otro lado no hay ni apariencia de unidad, sino una trifulca en la que cada uno tiene su fórmula secreta, que por lo común no explica ni justifica. Se actúa como si lo importante no fuese el fin del terror, sino demostrar que las fábulas propias sobre ETA son las verdaderas. No hay exposiciones de altura (bien mirado, ni de bajura) y esto se asemeja a una trifulca de tenderos cutres que quieran comprar la paz al pormenor comprando caro y vendiendo barato, especulación que lleva a la ruina.

Se ha llegado a esto debido a la tendencia de los partidos a olvidar lo fundamental, que es el sostenimiento de la democracia, no apta para segmentaciones doctrinales. Y así la lucha contra ETA se diluye. Los partidos la han convertido en cancha donde campee el partidismo. Han aislado a la ciudadanía. La resistencia contra el terrorismo ha perdido su carácter de compromiso político esencial y se ha disuelto en las tomas y dacas de los partidos. Hasta se ha propuesto la ruptura del PSE con el PP por lograr la paz. Como si ésta fuese posible formando una especie de coalición desde Batasuna (y adláteres) hasta socialistas contra uno de los dos partidos de gobierno.

La principal novedad en el frente consiste en que, mientras ETA y los suyos mantienen posiciones, los distintos grupos democráticos hacen de sus capas unos sayos.

Es como si se quisiera sacar un clavo golpeando con la mano abierta la punta que sobresale. Lo normal es que la mano quede ensangrentada y que el clavo siga.

Publicado en El Correo.

Cuestiones colaterales

La política nacional se ha sumido en el escapismo. De ello da idea la forma en que están planteando las elecciones locales. Todo gira en torno a cuestiones que no atañen al objeto fundamental que se dilucida en mayo. Si alguien tiene alguna propuesta sobre la gestión de los ayuntamientos, de las provincias o de las autonomías (donde toca) se la calla, la dice con la boca pequeña o la subsume en fórmulas estereotipadas (“todo por los barrios”, “más zonas verdes”, “estamos con la gente”, “muy cerca de ti”).

La política se ha ido de lo que toca –la gestión local- y vuela sobre asuntos que son importantes por otros conceptos, pero que para estas elecciones son colaterales. Estamos desubicados porque a los partidos les puede el gusto por sus cosas, que no tienen que ver con las bagatelas de lo local. Es como si hubiesen perdido la noción de las prioridades colectivas.

A juzgar por la atención mediática y política, los asuntos que parecen dilucidarse en estas elecciones son, por este orden: quién sucederá a Zapatero, qué partido ganará las elecciones generales del año que viene y cuántos candidatos imputados y/o acusados figuran en las listas. Todo lo demás parece sobrar.

Las crónicas electorales se centran en las luchas internas del PSOE. Lo primero que narran es el entusiasmo con el que los militantes-pelotas han gritado en el mitin “Presidente, Presidente”, cuando brotan Rubalcaba, Chacón o el mismísimo ZP. Como no cambien el sonsonete la ciudadanía les cogerá grima. Si algún domingo de éstos le gritan “Presidente, Presidente” a Tomás Gómez, Leire Pajín o Pepiño Blanco (cosas más raras se han visto) toda la campaña giraría en torno a la buena nueva, incluso en la hipótesis, poco verosímil, de que algún candidato se haya desgañitado presentando el programa municipal del siglo (o sea: sin decir todo el rato que quiere un desarrollo sostenible, que ama a los barrios y que a él le preocupan los problemas reales de la gente).

Nuestra política, monotemática e incapaz de pensar en dos cosas a la vez, gira en torno a las elecciones generales, quién llegará a la Moncloa, si Rajoy –a la tercera la vencida- o el nuevo que unja el PSOE. Al día de hoy las encuestas no informan sobre qué pasará en las elecciones locales –cuestión considerada de orden menor-, sino cómo va el tour de force de cara a las generales de 2012. Lo importante es cuánto ha subido el PSOE gracias a la renuncia de Zapatero: lo gracioso es que los socialistas lo consideran un éxito. Las encuestas sobre las elecciones de dentro de mes y medio quedan en la letra pequeña y no llegan a los titulares. Lo local no es una cuestión de Estado y queda para disfrute de los políticos de tercera o meritorios, como antes se conformaba de monaguillo o sacristán el que no le daba para obispo o gentilhombre de palacio.

Cuando se conozca el resultado de estas elecciones, lo importante no será si Castilla La Mancha o Sevilla caen del lado del PP o del PSOE, sino la distancia que sale entre los dos partidos. En la perspectiva mediática, las elecciones vienen a ser una especie de encuesta que informa sobre qué pasará en las elecciones generales del año que viene. Si proporcionan margen para que el PSOE se recupere –todavía le queda la posibilidad de que ZP renuncie a la secretaría general para otro salto hacia arriba-: se analizarán en función de esa única variable.

Metidos en ese carril, la tercera cuestión de la campaña que arrastramos tiene que ver con la corrupción. Los partidos están demostrando su incapacidad de atajarla y hasta de planteárselo como objetivo prioritario. Es problema fundamental y nadie dice nada de cómo vamos a acabar con ella. Así que acusan a los demás de llevar imputados en las listas. Sobre los que aportan ellos cae el manto de la indulgencia. En casos resulta razonable, pues la eliminación política del adversario por la mera imputación podría convertir esto en un patio inquisitorial –aún más- sobre el que se lanzarían acusaciones sin ton ni son, por si el juez no es muy avispado y cuela.

Sin embargo, la autocomprensión se convierte en indignación con los imputados ajenos. La inocencia se presume a los propios y, lo peor, se aplica también en casos en los que no casa, cuando hay evidencias y acusaciones que, al margen del destino judicial que tenga, no encaja con una actuación política normal.

Lo peor es esa imagen por la que tiende a suponerse que los electores son una especie de jurado o de tribunal supremo, de modo que un buen resultado electoral les redimirá del pecado y lo hará sin penitencia. Desde este punto de vista estas elecciones parecen un juego para saber qué imputados serán indultados. Lo presentarán así y seguirán riendo, pues una nota rara de los imputados que van en listas es que salen riendo en las fotos, como en el colmo de la dicha, sin que sepamos de qué se ríen.

La política española se coagula, pues pierde liquidez y solidifica sin cambiar de estado: hace costra. Para salir de ésta –y de la losa según la cual los españoles consideran que los políticos son el tercer problema más grave- a los partidos no se les ocurre otra que esos esquemas pueriles según los cuales ellos son la honestidad, eficacia y compromiso hechos políticos y los demás una caterva de impresentables. Al infantilismo de creerse los mejores unen el de creer que toda la ciudadanía lo ve así. Si no, sería incomprensible el desparpajo con el que anuncian al universo mundo la suerte que tenemos al contar con los políticos perfectos. Si no se preocupan por las cuestiones locales es porque están llamados a más altos destinos y no pueden distraerse en menudencias.

Publicado en El Correo.

El hecho sucesorio

Sorprende la alegría con que el PSOE se ha lanzado a buscarle sucesor a Zapatero. No como consecuencia de su derrota electoral o de que los suyos lo echen, que en política son las formas más sanas de acabar con el anterior. Tampoco con el modelo yo me voy pero aquí os dejo a mi hijo, tipo Aznar: queda fatal pero tranquiliza a la ciudadanía y sobre todo a la militancia, que no tiene que sufrir meses haciendo cábalas sobre quién ganará, para demostrar que siempre ha estado con él. Lo del PSOE es un harakiri basado en una ficción y dos imposibles. La ficción: ZP se va porque quiere, sacrificándose por el partido y la nación. Y están las ideas inverosímiles de que se aplazarán las tensiones entre candidatos un par de meses, sin condicionar las elecciones locales, y de que habrá unas elecciones prístinas tuteladas por el árbol caído -que sigue con mando en plaza- absteniéndose de intervenir en el proceso interno, como si no le fuera nada en ello.

Nada de esto tiene sentido. Sólo la ingenuidad o su contrario pueden llevar a sostener que un proceso así puede funcionar. El PSOE se hundirá en arenas movedizas si oculta que ZP se marcha por la debacle en las encuestas. En ese caso el partido –y los candidatables- tendrán que sostener que el Gobierno ha sido siempre perfecto (cuando mantenía la política social contra la crisis y cuando hace lo opuesto, sin arrepentimiento en medio). Resulta imposible que cuele entre la ciudadanía, ya escaldada.

Como era previsible, los candidatos y los suyos van tomando posiciones; su pelea enturbiará las elecciones locales. Por último, inevitablemente el presidente caído (y sus cientos de asesores jugándose el puesto) condicionará todo el proceso interno, por salvar su imagen. A los candidatos no les quedará más remedio que alabarle todo el rato. Encima, el hecho sucesorio no tiene las reglas claras. Unas veces recurren a congresos, otras a primarias, otras a la cooptación o a la aclamación. Cosa bien diferente sería que la democracia interna fuese inamovible y no estuviera al albur.

En esos términos el hecho sucesorio tiene todos los ingredientes para que el PSOE se haga trizas por dentro, invalidándose como alternativa para una década. Los barones, gente astuta, sabrán que esta forma de suceder no es forma de suceder. Habrán pensado en dar un golpe de mano al futuro expresidente, pero nadie se atreverá a ponerle el cascabel al gato, convencidos de que en política quien desenfunda primero muere.

Además, en España la sucesión política es dificilísima. Hasta la fecha ninguna ha funcionado a la primera. El sucesor de Suárez se estrelló. El de Calvo Sotelo no digamos. Entre Fraga y Aznar hubo algún heredero fallido. De Felipe a Zapatero pasaron un par de sucesores, que el viento se llevó. El sucesor de Aznar va por dos legislaturas penando entre quienes lo quieren quitar y los que no quieren írsele. Sí ha llegado el sucesor de Pujol: tres elecciones después. El de Chaves lucha agónico por alcanzar las elecciones. La sucesión de Carrillo fue un rosario de la aurora permanente.

Aquí cuesta que los herederos hereden. Esto debería llevar a la cautela a los socialistas, al menos para que su travesía por el desierto les sea leve y breve. No todos van a tener la suerte de encontrarse frente a un Gobierno autista que facilite el retorno al poder.

Publicado en Ideal.

El arte de sobrevivir

Se trata de que cuando haya candidato sucesor quede claro que desde el principio ha estado con él. Eso piensa el Militante Meritorio, que busca con ahínco los recovecos que le permitan mejorar posiciones para demostrar al mundo su valía y convicciones, en algún puesto sino radiante sí lustroso.

Ahí está el problema. Ell Militante ha de mostrar su fidelidad previa a un candidato que por ahora todavía no sabe quién es. Por eso muchos militantes envidian en secreto el dedazo, que se lo dan ya hecho y ahorra semanas de zozobra.

Meritorio, como todos los militantes que progresan adecuadamente, se preocupó cuando anunciaron elecciones internas. No se tranquilizó cuando fue a la agrupación. En ocasiones como ésta parece más sencillo quedarse en casa, para no meter la pata alabando al perdedor, pero un Militante Meritorio ha de mostrar cuajo en tiempos de tribulaciones.

Le inquietó la seriedad de los mandos, conversando solemnes, sin su habitual campechanía. Discutirán sobre sus preferencias, pensó Meritorio. Pues no: no hablaban de sus gustos, sino que evaluaban quién podía ganar.

También los mandos están nerviosos, se dijo el Militante, pues han de acertar si quieren mantenerse. Para eso sopesan: para votar al ganador cuando llegue el momento.

Por ahora, los mandos y militantes expresan una única opinión: qué injusta ha sido la sociedad española con el compañero José Luis; y qué cabrona la derecha. Da la impresión de que todos lo querían a perpetuidad.

Ni mandos ni militantes se detienen en el lamento, sin embargo. Les preocupa más el futuro. Conjeturan qué hará el Federal, Madrid, Barcelona, qué peso tienen sus militantes. Es difícil acertar la quiniela, pero va la vida política en ello.

-Pues a mí me gusta el compañero Tomás, dijo el Militante Novato.

El silencio que siguió y la mirada fría del secretario de organización convencieron a Meritorio de que los tiros no iban por ahí.

Nuestro héroe decidió, así, que él apoyaría lo que dijeran los mandos de la agrupación. Si éstos acertaban, tendría su oportunidad, como leal de toda la vida: ninguna si se les hubiese opuesto. Aunque había que elaborar una estrategia por si éstos fallaban, para no arder en la misma pira.

La carrera política es lo que tiene, dificultades y trabas. Quien las supera demuestra que está preparado para servir a la patria y al partido en un puesto lustroso. No resulta fácil, no. Es una especie de selección natural, piensa Meritorio.

El hombre tiene cuajo. Lo dijo:

- A mí me gusta Leire para Presidenta.

Todos se rieron, como cosa de tontos. Pues voy a abrir en facebook la página “leirepresidenta”. Meritorio ha estado inspirado: si Leire sale candidata él habrá sido el primero, y ya se sabe. Si no, como cuarta en discordia pactará con el ganador. Y él con ella. Meritorio ha estado listo.

El secretario de organización se rió, pero luego, pensativo, apuntó “leirepresidenta” para ser de los primeros en apoyarlo cuando lo cuelgue en la red.

(Continuará)

La renuncia no es el final

La renuncia de Zapatero a ser candidato el año que viene inaugura un nuevo ciclo, pero no cierra el anterior. Abre un interregno imposible en el que el árbol caído ha de convivir con unas elecciones locales, las luchas sucesorias internas y varios meses con su sucesor. A buen seguro, éste no tendrá otra que deshacerse en continuas loas sobre el Presidente, entusiasmarse con las medidas que vaya tomando, sin otra opción que asumirlas, sostenerlas y, con cierta probabilidad, estrellarse electoralmente. Su única oportunidad será lucir la herencia ajena. Quedará exento de la derrota el timonel que ha dirigido la nave hasta el naufragio. Su imagen será la del que se ha sacrificado por España y por el partido, renunciando a repetir y haciendo una política desinteresada. En el reparto le toca la gloria. El que venga detrás, que apenque.

Se está convirtiendo en hábito. De los cinco presidentes que ha tenido la democracia española serán ya dos los que pasarán a mejor vida política sin perder elecciones. Su derrota se carga en el haber del heredero.

Por eso la renuncia de ZP no es aún el término del zapaterismo, sino su realización más estilizada: la traca final en la que puede llegar a sus expresiones esenciales. Hasta cabría el caso de que durante el año y pico que le queda, la política gubernamental no se centre exactamente en lo que suele entenderse como bien general, sino en la imagen del líder que día a día se cubre de gloria con su marcha heroica, todo por la patria. Quizás ZP siga identificando la suerte de España y la del PSOE con la del presidente optimista antropológico, como ha venido pasando estos siete años. La misma manera en que ha anunciado la renuncia parece ideada según tal esquema. Se ha ido creando la expectación, desplazando el interés de toda la política a su decisión, pese a la que está cayendo.

Lo de menos son las razones que le han llevado al paso que ha escenificado hoy: que si la limitación a dos legislaturas estaba pensado (en la intimidad) desde el principio de los tiempos; que si ha habido presiones familiares; que si son normales los apuros en vacas flacas. Lo importantes es que llega en plena debacle socialista, con las encuestas por los suelos y una imparable imagen de deterioro político, hasta el punto de que sus candidatos temían verle en sus mítines.

Aunque sobreviva en plan zombi, en lo fundamental el zapaterismo ha quedado liquidado. Ha sido una política centrada en el voluntarismo y el políticocorrectismo. Lo fundamental eran las derramas benefactoras, el radicalismo sectorial y una cohesión social nunca bien definida. Y, por encima, el discurso, sobre el que ha girado todo: el relato se imponía sobre la realidad misma. Se negó la crisis cuando llegó, se buscaron salidas a fuerza de anunciar brotes verdes que no brotaban e imaginar luces al final del túnel. Probablemente, la quiebra de esta forma de hacer política la haya precipitado no la crisis –sin negar su importancia, pues es capaz de hacer temblar al gobierno más atinado-, sino la manera en que se ha afrontado. En particular, la renuncia a tomar las medidas necesarias, a ver si pasaba el cáliz, y la obligación de tomarlas a contrapié, sin antes avisar que llegaba el sangre, sudor y lágrimas.

En términos políticos ahora viene el peor momento para los socialistas, por la dificultad de afrontar el hecho sucesorio sin haber perdido elecciones y sin poder posicionarse contra el tipo de política que les ha puesto en tal trance. No tienen capacidad de formular una alternativa siquiera velada al zapaterismo, porque se interpretaría que es echar piedras contra el tejado propio y porque el presidente seguirá siéndolo. Tendrán que glorificar el pasado y prometer continuidad, pues no hay noticias de que en el partido haya críticas al respecto y no es improbable que los zapateristas estén bien situados en los órganos decisorios.

En España todos los procesos sucesorios han resultado dificilísimos, sin que nunca el sucesor primero haya ganado aún unas elecciones. Esta vez será el más difícil todavía, al tener que producirse entre las tinieblas de la crisis y el apoyo póstumo a la política periclitada.

El propio planteamiento de la elección del candidato 2012 se las trae. Es verdad que anunciando ahora la renuncia, ZP se ahorra el mal trago de hacerlo tras la verosímil derrota de las elecciones de mayo. Mantiene la ficción de controlar los acontecimientos incluso en el calvario y da la imagen de un sacrificio personal y político no forzado. Sin embargo, resulta política-ficción imaginar que en un partido de gobierno puedan aplazarse los movimientos sucesorios unos meses y que después será un proceso prístino, de elección según las querencias ideológicas de una militancia sin condicionamientos. La imagen es zapaterismo puro. Los candidatables se habrán empezado a mover ya. Si alguno se ha distraído, lo habrán hecho sus partidarios, que entenderán que les va el puesto en el envite. En unos días la organización se irá convulsionando, de arriba a abajo y viceversa. Todos dirán que lo único que les importa son las elecciones inmediatas, mientras miran de reojo lo que hace el compañero. Es posible que como sin querer se escape alguna zancadilla.

Si nadie lo remedia los catorce meses que quedan de zapaterismo en ejercicio prometen espectáculo. El parto de los montes.

Aunque quizás suceda que tras los aplausos y las alabanzas que acompañan al “sacrificio” de Zapatero, éste descubra que los ovacionadores están pensando ya en otra cosa y que en política cuenta más un candidato –incluso un candidatable- que un inminente expresidente.

Publicado en El Correo

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