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15 Abr 2009

En ‘Por qué hay tantas damas de la noche’, introducción a la antología ‘Vampiras’, Charles G. Waugh, afirma que el primer cuento en el que apareció una vampira fue ‘No despertar a los muertos’, publicado en 1823 y atribuido a J. L. Tieck. Si recuerdan, recogí el dato en el post dedicado a la presunta devoradora de sudarios cuyo esqueleto enladrillado fue encontrado recientemente por el peculiar antropólogo italiano Mateo Borrini. El escritor José Luis Calvo precisó en un comentario que “en realidad ya aparecía una vampira en el cuento ‘Vampirismo’ de E.T.A. Hoffmann escrito en 1821 (o 1819 según otros) y basado en el cuento de Abdul Hassan y su esposa Nazilla de ‘Las 1001 noches’”.

Reencuentro esta referencia en ‘Los vampiros ¡Vaya Timo!’, de Jordi Ardanuy, muy recomendable libro publicado por Laetoli y que he podido leer de gorra por gentileza de Javier Armentia, que dirige la colección de la que forma parte. En el capítulo 6, ‘Los vampiros en la literatura y el cine’, Ardanuy añade dos apariciones literarias de vampiras previas al relato de Hoffmann, sólo que no se trata de cuentos, sino de poemas. “La primera referencia en este sentido -indica Ardanuy- es la balada de Johann Wolfgang von Goethe ‘La novia de Corinto’ (1797), una adaptación del episodio de la Empusa de Corinto de ‘La vida de Apolonio de Tiana’”. Tres años después, Samuel Taylor Coleridge escribía el poema inconcluso ‘Christabel’ (1797-1800), protagonizado por la joven que le da título, que es víctima de una vampira ‘psíquica’ llamada Geraldine.

En la parte más interesante del libro, Ardanuy recorre la transición de los vampiros del folklore a la literatura. Me quedo con un dato que ignoraba: el introductor de la palabra ‘vampiro’ en España fue fray Benito Jerónimo Feijoo en 1754. Por supuesto, el monje escéptico no se creyó ni una palabra de las sorprendentes historias de cadáveres andantes y bastante molestos que le llegaron a través la ‘Disertación sobre los vampiros’ de Dom Antoine Augustin Calmet. Gracias a él, la voz ‘vampiro’ entró en nuestro país y acabaría por asentarse en la novena edición del diccionario de la RAE en 1841 con este significado: “Nombre que dan en ciertos países septentrionales a los cadáveres que suponen salen del sepulcro a chupar la sangre de los vivos”. Les invito a compararla con la primera acepción de la edición actual.

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11 Mar 2009

El primer relato en el que apareció una vampira fue ‘No despertar a los muertos’, publicado en 1823 y atribuido a J. L. Tieck. Sin embargo, la creencia en estos personajes es mucho más antigua, como se ha podido comprobar tras el hallazgo en Venecia del esqueleto de una mujer que vivió en el siglo XVI y cuyo cadáver fue objeto de un ritual para impedir su transformación completa en una ‘no muerta’. En ‘Por qué hay tantas damas de la noche’, introducción a la excelente antología ‘Vampiras’, Charles G. Waugh cita un artículo de Bruce Wallace publicado en ‘Omni’ en el que se sugiere que la creencia en estos seres podría remontarse a la prehistoria, una pirueta cronológica un tanto cansina y sin fundamento.

Tal y como recogen las noticias sobre el hallazgo veneciano, el antropólogo Mateo Borrini sitúa en la Edad Media la aparición constatable de creencias y costumbres relacionadas con los vampiros. El caso del esqueleto de Lazaretto Nuovo parece reproducir un ritual bastante común en Europa por lo menos desde el siglo XIV. Se trataba de impedir que el difunto redivivo se alimentara por el sencillo, nada mágico y definitivo método de introducirle un ladrillo o una piedra en la boca. Según ‘New Scientist’, un profesor estadounidense ha excavado varias tumbas medievales en Polonia con esqueletos ‘enladrillados’, similares al de la mujer veneciana. Al parecer, la creencia en los vampiros estaba ligada a las supersticiones relacionadas con la peste. Se temía la presencia de una clase de vampiro que no parece haber tenido mucho éxito literario: los devoradores de sudarios. Estos seres se reanimaban en sus tumbas y comenzaban por alimentarse de sus propias mortajas. Después, seguían con la sangre de los difuntos enterrados a su alrededor hasta recuperar las fuerzas suficientes como para abandonar sus tumbas y atacar a los vivos, propagando así la epidemia. Esta creencia popular llegó a tener su expresión académica gracias al teólogo protestante Philippus Rohr, que publicó en 1679 en Leipzig un mamotreto titulado ‘Dissertatio Historico-philosophica De Masticatione mortuorum’.

La imagen de un cadáver que se dedica a deglutir otros muertos no es nada romántica, pero la tentación es demasiado fuerte y algunas informaciones sobre la desdichada ‘vampira’ de Venecia no han podido evitar referirse a ella como ‘bloofer lady’, término utilizado por Bram Stoker en ‘Drácula’. En la novela, Lucy, la hermosa víctima del conde transformada en vampira, se dedica a abandonar su sepulcro por las noches para alimentarse de niños. Los pequeños supervivientes, interrogados por Van Helsing, describen a su visitante de dormitorio como ‘bloofer lady’, palabras de ’baby talk’ que podrían traducirse como la ‘señora guapa’. No hay una imagen más alejada de la evanescente Lucy de Stoker que la de la devoradora de difuntos que los enterradores de Lazzaretto Nuovo creyeron encontrar en una fosa común de apestados. Pero en el fondo a todos nos gustaría escribir la noticia de que un arqueólogo ha encontrado la tumba de Carmilla.

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