Bueno, parece que ya podemos centrarnos en lo que a mí me interesa: la Final. Como ya no podéis reprocharme que no me preocupe por la Liga, os voy a contar lo que hice ayer.
En vista de que el Athletic iba ganando, decidí ver la segunda parte en un bar cercano a mi casa. Y descubrí algo muy interesante: que la culpa de todos los males del mundo la tiene el árbitro.
Es evidente que González Vázquez, el hombre de amarillo chillón ayer, no estuvo precisamente inspirado; algunos dicen que cuando el árbitro quiere ser protagonista, mala señal. Si esto es así, ¿qué mejor que quedarse solo para acaparar la atención? Resultado: cinco expulsados en un partido que no fue ninguna guerra. ¡Ahí queda eso!
Pero al margen de esto, no me negaréis que se tiende a echar la culpa de todo al árbitro . “Árbitro, ¡falta!; “arbitro, ¡penalti!”;”arbitro, ¡tarjeta!”; “árbitro, ¡mi sueldo!; “árbitro, me deben y no me pagan”; “árbitro, ¡las diez plagas de Egipto! … Es impresionante. Si existe una vida en el más allá, su alma, con todo el mal que han hecho, lo tiene bastante crudo. Y si es hinduista, se reencarna, como mucho, en rata.
Pero la cosa no queda ahí. Si el colegiado (¡cómo suena!, parece hasta importante) es malo, lo de su madre, para el aficionado, ya es el colmo. “Me cago en tu …”, “hijo de …”, “la madre que te …”. ¡Qué fijación! Cierto que alguna responsabilidad tiene; al fin y al cabo, fue ella quien le trajo al mundo para hacer el mal. Seguro que si nos damos un paseo por el infierno, nos las encontramos sentadas a la vera del Maligno. ¿Pero por qué nadie se acuerda de su padre?
En fin, que ya sabemos por qué va mal el mundo. No se conoce todavía quién pitará la Final, pero no me gustaría estar en su pellejo. Haga lo que haga, él y su se veneranda madre se van a acordar durante mucho tiempo.