¿Cómo iré al Partido?

Ya os he contado que estaré en el Partido (bueno, cerca del Partido) y que tendré que trabajar. Ahora me toca pensar en el transporte. Puesto en lo mejor, mi sueño sería ir en avión. Como si lo viera:un asiento espacioso, de esos en los que te puedes repanchingar a gusto, cambiar de postura sin depender de que el vecino sea tan enorme que ocupe su sitio y el de los dos de al lado… Vamos, viajar medio tumbado en un triclínum (sí, como en las películas de romanos) mientras una encantadora señorita te ofrece un desayuno con pastas suizas y té verde de China. “Más garbo con ese abanico, que estoy empezando a sudar. Y sí, me apetecen unas uvas”. Una hora y listo. En Valencia como un marajá.

Pero podría ser peor, mucho peor. En vez de esto, podría tocarme ir en autobús. De una hora de ensueño a diez o doce de pesadilla. El autobús (una prueba más de que el Maligno existe) es lo más parecido a viajar enlatado que conozco. Mover una pierna supone pedir al vecino de delante que no incline tanto su asiento, que esto es un autobús, no un spa; y al de al lado, que se despierte, que mi hombro no es una almohada (si encima babea, ya sería el colmo). Lo digo por experiencia. Hace años, cuando los viajes de avión no eran tan baratos como ahora, se nos ocurrió a mis amigos y a mí la brillante idea de viajar a Londres en ese artefacto del demonio. ¡24 horas de ida y 25 de vuelta! ¡Fabuloso!

Pues ni uno no otro. Resulta que iré en tren. El martes día 12 por la noche. No está mal, nada mal. Me gusta la idea. Eso sí, espero sobrevivir a la alocada afición con la que compartiré vagón. ¡Chuchcuuuuuuuuuuuuuu!

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