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A tope con la tuba

2017 junio 1
por Carlos Benito

Creo que este mundillo de la música sería un lugar mucho más sano si todos reconociésemos qué discos ilustres no hemos escuchado jamás, en vez de poner cara de póquer y ratificar su importancia con un gesto de erudita suficiencia. Con mis lagunas se podría llenar una enciclopedia, desde luego: hay unos cuantos álbumes de los Beatles o los Stones que jamás han pasado por mis oídos, por poner dos ejemplos escandalosos, y soy un ignorante radical en cuanto a la obra de Bob Dylan o Van Morrison, ya ven qué bluff. A veces, yo mismo me sorprendo, y a eso iba: la semana pasada me di cuenta de que nunca había escuchado el álbum de debut de David Bowie, que salió el mismo día que el Sgt. Pepper’s (tampoco piensen que ese lo he oído mucho) y por lo tanto cumple hoy cincuenta años. Aquel disco, el primero de los David Bowie de David Bowie, fue un fracaso más o menos notorio, que no permitía concebir muchas esperanzas sobre el porvenir como estrella de aquel veinteañero.

Hoy publico en nuestra revista online para suscriptores (si lo son, pinchen aquí) un reportajito sobre el disco, muy peculiar por su marcada influencia del music hall, que podría emparentarlo con los Kinks más cabareteros, y el uso abundante de instrumentos tan inesperados como la tuba. Tiene una fama atroz, pero he decir que a mí me ha gustado mucho: me enganchó desde la primera canción, ese Uncle Arthur que cuenta la historia de un treintañero incapaz de irse de casa de su madre. ¿He dicho ya que, además, las letras son todas estupendas?

Ahí les va, por si no lo han escuchado nunca. O por si les apetece revisarlo, claro.

 

Algunos conciertos de junio

2017 mayo 31

 

 

Los conciertos de la selección de este mes están bien repartiditos por salas, como de costumbre, pero no tanto por días: hay una fecha en la que coinciden dos y otra en la que se amontonan tres, ¡tres! Habría que hacer una selección de la selección, pero eso ya supera mis capacidades. Y recuerden, además, que junio es también el mes del BBK Music Legends y del Azkena Rock Festival. Y del nuevo Hirian, del que habrá que hablar en días venideros.

Alpha 60 (piso superior del Antzoki, día 1). El músico navarro Roberto C. Meyer, fallecido el año pasado, tuvo un impacto mucho menor del que habría merecido, pero eso solo se refiere a su extensión: si juzgamos la influencia en términos de intensidad, nos toparemos con un núcleo de admiradores profundamente marcados por su huella de creador a tiempo completo. Sus amigos de Alpha 60, su última banda, repasarán su obra en este concierto tan especial del ciclo Izar & Star, en compañía de ilustres invitados como Rober! (Atom Rhumba), Charlie Mysterio, Gari (Ornamento y Delito) y Manu (Los Tupper), otros músicos a los que alcanzó la semilla oscura y melancólica de Roberto.

Nudozurdo (Stage, día 3). El concierto de Alpha 60 es gratis y este también, hasta completar aforo, así que espero que nadie se atreva a decir que la cultura está cara. El trío madrileño se ocupa de este primer aperitivo del Bilbao BBK Live, aunque no sé si en el cartel del festival encuentro muchas propuestas afines a su tensión emocional, sus pasajes obsesivos y la inquietante presencia escénica de su líder. Aquí los recomendamos siempre.

Yawning Man (Satélite T, día 8). Los californianos Yawning Man fueron unos adelantados del stoner más desértico, aunque tardaron tanto en editar material que a veces se les contempla como seguidores de otras bandas más conocidas y no como lo que son: sus antecesores, pioneros en unas excursiones instrumentales que barren el cerebro del oyente como un soplo de aire tórrido. Telonean los cántabros Wet Cactus, también con gran poder estupefaciente.

Garazi Gorostiaga (Sarean, día 8). No conocía de nada a Garazi Gorostiaga, pero he estado escuchando en Soundcloud sus temas de electrónica ambiental, en plan exploración emocional del ruido, y me han gustado mucho. Completan la velada Fernando Carvalho, veterano de la escena electrónica bilbaína, y la jam Share de todos los meses, una improvisación abierta a cualquier creador en esta onda.

Heather y Yumi Yumi Hip Hop (Shake!, día 9). Siento mucha curiosidad por comprobar cómo funciona en directo esta expedición catalana encabezada por Heather, un grupo de sonido tan británico que cuesta hacerse a la idea de que son de Barcelona: influye la vocalista escocesa Heather Cameron, cómo no, pero también un estilo que amalgama con elegancia influencias como las de The Smiths o Ride. Se traen a sus paisanas Yumi Yumi Hip Hop, que practican un punk pop adictivo y fresquísimo, como un Frigurón recién sacado del congelador. Abren la noche los locales Cecilia Payne.

Vôdûn (La Nube, día 30). Vôdûn son las extrañas criaturas de la foto de arriba, un trío británico que combina el metal con la percusión tribal y el trance religioso de raíz africana. Si no he entendido mal su mitología, cada componente viene a ser un dios distinto y las canciones funcionan como una colisión entre ellos. Efectivamente, es todo muy loco, pero parece la mar de prometedor: eso sí, no sé si la vocalista, esa mujer de poderoso tono soul/gospel que de pronto se desmadra, podrá bailar a gusto en el reducido local santutxí. Y tampoco sé si repartirán panderetas entre el público, como acostumbran: si lo hacen, también quiero verlo.

Deep Purple (BEC, día 30). Si mi yo adolescente me viese recomendar este concierto, seguro que me cubriría de desdeñosos insultos, porque los Purple representan todo lo que yo detestaba allá por la adolescencia. De hecho, me quedé muy sorprendido el día que me di cuenta de que habían pasado a gustarme: aquellos solos y largos desarrollos de los que abominaba hace treinta años me parecen hoy (algunos de ellos, al menos) una maravilla, y creo que se merecen todo el respeto del mundo en esta gira suya del Largo adiós. Tú cállate, mocoso quinceañero. Ah, telonean Alter Bridge.

Hugo Race Fatalists (Kafe Antzokia, día 30). En cierto modo, vamos a concluir cerrando el círculo: acabamos en el Antzoki, donde hemos empezado (ya saben que, a efectos de esta selección, considero que cada piso es una sala distinta), y con un artista emparentado musical y espiritualmente con Roberto C. Meyer. El australiano Hugo Race es conocido, sobre todo, como miembro de los primeros Bad Seeds de Nick Cave, aunque quizá fuese más adecuado decir que los Bad Seeds son la parte más conocida de esa constelación australiana a la que también pertenece Hugo Race. Estará en Bilbao al frente de los Fatalists, su proyecto en colaboración con el grupo italiano Sacri Cuori.

Vamos con Yumi Yumi Hip Hop. Me encanta decir este nombre.

 

Canción de la semana: ‘An Epic Story’

2017 mayo 26
por Carlos Benito

 


Si alguien se hubiese jugado su dinero hace treinta y tantos años a que, en 2017, íbamos a tener álbum nuevo de Peter Perrett, seguro que las casas de apuestas le habrían pagado cien a uno. El líder de The Only Ones, uno de los santos de cabecera de este blog, está entre los supervivientes más improbables de la historia del rock: «Siempre flirteo con la muerte», empieza la letra de su canción más conocida, y en su caso no era un verso de postureo malditista. Perrett, un hombre de aspecto frágil y melancólico, se sometió durante años a una dieta química un tanto desmesurada (miren, aquí hablamos de ello) que convertía su vida cotidiana en un inconcebible caos. Pero no solo continúa aquí, entre nosotros, sino que está a punto de sacar disco nuevo y, qué les voy a decir… ¡ya quisieran muchos ese nivel!

Se supone que es su primer álbum en solitario, porque aquel proyecto que bautizó Peter Perrett In The One no se considera como tal, y lo ha grabado respaldado por sus hijos Jamie y Peter Jr. Primero presentó How The West Was Won, una canción que saqueaba amigablemente el Sweet Jane de Lou Reed (las maquetas de los Only Ones colaron una vez como grabaciones perdidas de la Velvet), pero este segundo adelanto, An Epic Story, nos sitúa ya en el centro de los dominios de Perrett, ese mundo vulnerable y rematadamente sentimental. En realidad, la canción cuenta una historia romántica, porque está dedicada a Zena, su esposa desde hace 47 años, pero es verdad que en su caso el amor tiene bastante de épica, ya que en su momento tuvo que ser heroico soportar al Peter más extraviado y a su excitable amante Lucinda. «Siempre seré tu hombre, / nadie podría quererme como lo haces tú. / Si pudiese vivir de nuevo mi vida entera, / te elegiría a ti cada una de las veces», dice ese estribillo que resplandece. Si la apuesta hubiese incluido que Perrett iba a publicar un nuevo clásico en 2017, yo creo que nos habrían dado doscientos a uno.

 

Un beso de treinta años

2017 mayo 25
por Carlos Benito

 

Estoy en esa etapa de la vida en la que muchas cosas importantes cumplen treinta años. Hoy mismo es el aniversario de Kiss Me Kiss Me Kiss Me, probablemente el álbum de The Cure que más veces he escuchado. Esa insistencia tiene una explicación fácil: yo me enganché a la banda británica con el recopilatorio Standing On A Beach, que ocupa el lugar inmediatamente anterior en su discografía, así que Kiss Me Kiss Me Kiss Me fue el primer disco suyo que disfruté en su momento, no en diferido. Pero también se le puede buscar una explicación más elaborada: Kiss Me Kiss Me Kiss Me es un doble álbum asombrosamente variado, inagotable, repleto de rincones que hacen interesantes las escuchas repetidas.

Cuando se habla de la obra maestra de Robert Smith y compañía se suele señalar (yo mismo lo hago siempre) a Disintegration, el siguiente a este, en el que depuraron sus oscuridades de principios de los 80. O, si no, se acude directamente a ese periodo más tenebroso y se elige el turbador y sociópata Pornography. Por Kiss Me Kiss Me Kiss Me siempre se tiende a pasar un poco por encima, aunque creo que resulta perfectamente defendible como pieza cumbre de su carrera y, desde luego, representa mejor que esos otros dos la variedad de registros que -en contra de lo que afirma el tópico- caracteriza a los Cure. Las dos primeras canciones sirven como muestra: el disco se abre osadamente con The Kiss, un holocausto de psicodelia rabiosa que parece supurar veneno («ojalá estuvieses muerta», concluye la letra), y sigue con Catch, una miniatura juguetona y serena sobre una chica del pasado. A partir de ahí, en el disco caben la fiebre oriental de If Only Tonight We Could Sleep o la desfachatez funk de Hot Hot Hot!!!, el pop parisino de How Beautiful You Are («nadie conoce ni ama nunca a nadie», dice ahí Smith) o la arquetípica melancolía made in The Cure de A Thousand Hours. En realidad, lo único que pretendo con esta enumeración apresurada y un poco chorra es animar a que lo escuchen, tan estupendo a sus treinta años, aunque antes pueden dedicar minuto y medio a aquella legendaria entrevista en TVE.

 

La domadora de vanguardias

2017 mayo 19
por Carlos Benito

Hace un par de días, Jane Weaver repasaba para The Quietus sus discos favoritos, una lista que se abría con Kate Bush e incluía a Hawkwind, Warda Al-Jazairia (francesa de origen argelino y afincada en Egipto), The Electric Prunes, el compositor checo Zdenek Liška, Ennio Morricone y Yoko Ono, por citar unos cuantos. Como la palabra eclecticismo suele sonar un poco antipática, digamos que la artista inglesa se caracteriza por una exquisita voracidad, que la lleva a explorar rincones de la historia de la música que se encuentran muy alejados unos de otros y que, a menudo, no se ven todo lo frecuentados que deberían. Su propia música es reflejo de esa actitud: ayer lanzó Modern Kosmology, su séptimo álbum, un nuevo manifiesto de pop psicodélico que bebe de todas esas fuentes y unas cuantas más, reconfigurándolas en piezas que logran sonar a la vez antiguas y extrañamente futuras.

Weaver consigue como pocos que el pop suene experimental sin dejar de ser pop, o que la vanguardia se preste a adoptar la forma de canciones pop aparentemente convencionales: en Modern Kosmology, igual que en su alucinante antecesor The Silver Globe (recuerden), hay krautrock (de hecho, el tema inicial es una lección de krautrock bien aprovechado, más allá de fórmulas y rutinas), hay mucha electrónica de aire primitivo, hay arreglos que pueden evocar a Gainsbourg y Vannier, hay borbotones de psicodelia astral, pero Jane Weaver logra domar a esas fieras tan propensas a desmandarse y las mantiene a raya en canciones seductoras que podrían ser para todos los públicos. Aunque estamos ya acabando mayo, creo que todavía no había dicho lo de «este disco va para la lista de fin de año». Pues bien, ya está en la saca.

 

Canción de la semana: ‘La federal’

2017 mayo 18

 

Hasta hace un mes, no recuerdo haberme cruzado nunca con una mención a Los Rusos Hijos de Puta. Y, desde luego, tienen uno de esos nombres que te saltan a los ojos y te obligan a retenerlos, así que supongo que realmente no me había topado nunca con el cuarteto argentino, por mucho que tengan vinilito editado en España y todo. El caso es que, señoras y señores, me he enganchado de manera irremediable y un poco obsesiva a su álbum, editado hace ya dos años y titulado La rabia que sentimos es el amor que nos quitan. Creo que he llegado a escucharlo diez veces seguidas en bucle, así que me perdonarán este paréntesis de inactualidad en la sección. Iba a esperar a que sacasen el siguiente disco, ya en proceso de grabación, pero qué caramba, mis canciones de las últimas dos semanas han sido estas.

¿Y qué hacen Los Rusos Hijos de Puta, obligados por Facebook a esconderse tras siglas pacatas y titular su página Los Rusos HDP? Pues lo suyo es punk de espíritu, un rasgo que incluye su propensión al desmadre y al despelote en los conciertos, pero no suelen tener mucho que ver con los estereotipos del punk de recetario: lo más ortodoxo que les he oído en ese sentido es Los pibe, que de hecho ha estado a punto de convertirse en la canción de la semana, porque me entusiasma cómo Luludot Viento (sí, así se llama la rubia vocalista y teclista, un memorable terremoto escénico) pronuncia la frase «me llena de mierrrda». Pero la cuestión es que siento debilidad total por las dos canciones de las que se ocupa el otro vocalista, Julián Desbats, que es además guitarrista y también rubio: tanta acumulación de cabello claro llevó a que la pareja fuese apodada como Los Rusos, un sobrenombre al que los amigos solían añadirle ese cariñoso hijos de puta, hay que decirlo más. Así que aquí tienen La federal, que a mí me recuerda de alguna manera a sus paisanos Él Mató a un Policía Motorizado (esa insistencia en unos pocos versos y líneas melódicas) y es una canción de amor y manifestaciones, de pasión y de… ¿ortivas? Después escúchense el disco entero, HDP.

 

Sobral, el de Portugal

2017 mayo 15
por Carlos Benito

 

 

Uno no se pone a ver Eurovisión esperando reafirmar su fe en el género humano, sino más bien todo lo contrario: el festival suele servir como demostración de que las cosas siempre pueden ir a peor, sin importar lo desoladoras que puedan parecer ya. Más allá de las simas inconcebibles que puede alcanzar el espectáculo, la experiencia en general suele dejar un regusto de desánimo y aflicción: la rica historia de la música europea se reduce en el festival a un espectro estilístico que más bien parece un espectro terrorífico, de lo estrecho y monótono y cerrado de miras que es. Pero ya sabrán que este año han ocurrido dos sucesos improbables, de esos que la gente llama milagrosos a falta de una palabra mejor: en el lote se coló una canción, una canción de verdad, honesta y preciosa como una flor pequeñita en mitad de un mar de plástico, y esa canción acabó ganando.

Ahí estuvo Salvador Sobral, el portugués, con el tema que le compuso su hermana y esa pinta de friki encantador al que han teletransportado hasta un corral ajeno, contrarrestando ya desde el primer verso (tan bajito que casi no se le oía) el exceso de ruido con el que Eurovisión trata de disimular el vacío. Lo único que siento de su victoria es que, el año que viene, el festival se llenará de copias baratas y chungas de lo suyo, exhibiciones de sensibilidad a flor de piel con poca cosa debajo.

También el último puesto de España ha reafirmado mi fe en el género humano, por cierto. Ni siquiera concibo cómo pudo llegar eso a un festival. Qué lejos pueden estar Portugal y España.

 

Canción de la semana: ‘Oh So You’re Off I See’

2017 mayo 12
por Carlos Benito

 

 

Hay lugares con una producción musical desproporcionada, que obliga a consultar una y otra vez la Wikipedia para comprobar si no estaremos equivocados sobre su población. El caso más evidente es Islandia (ya saben, 330.000 habitantes y un montón de estrellas planetarias), pero a un nivel más underground ocurre algo parecido con Dunedin, la ciudad situada en el sureste de la isla meridional de Nueva Zelanda: tiene 127.000 habitantes, menos que Logroño (soy un poco pelma usando mi pueblo como referencia para estas pequeñeces, lo sé), pero ha lanzado al mundo muchísima música interesante, centrada sobre todo en aquel Dunedin Sound de los 80 (The Clean, The Chills, The Bats, Tall Dwarfs…), aunque también ha alumbrado propuestas más áridas como The Dead C.

Pues bien, Kane Strang es de Dunedin, y me parece curioso que algunos comparen su música con Pavement, que a su vez estaban influidos por aquel Dunedin Sound de hace tres décadas. A mí me hace pensar más en el pop psicodélico de finales de los sesenta y principios de los setenta, o quizá en tipos como Robyn Hitchcock, pero tampoco lo tengo tan claro. El caso es que Strang grabó su álbum de debut él solito en su dormitorio de la infancia, aunque esa condición doméstica prácticamente no se notaba en el resultado, y para el segundo ha dado el salto a tocar con banda. De hecho, este Oh So You’re Off I See, que ha servido como primer adelanto de su segundo disco, es uno de los tres únicos temas que ha compuesto en colaboración con los miembros de su grupo. Les ha quedado estupendamente, a la vez esquinado y pegadizo, así que deberían perseverar en el rollo colectivo.

 

Algo sucio, algo eléctrico

2017 mayo 8

 

 

Mi lado egoísta se siente en la gloria cada vez que asisto a un concierto de Lagartija Nick en un local pequeño y acogedor, de los que a mí me gustan, como La Nube o el Satélite T. Pero mi lado idealista se pasa todo el rato rebelándose, dándome la chapa con pronunciamientos altisonantes sobre la justicia y la dignidad, y así suele seguir durante unos cuantos días, por mucho que el pitido de oídos no me permita hacerle mucho caso. Lo malo es que tiene razón, claro: en un país normal, con un ajuste más o menos defendible entre los méritos y las recompensas, Antonio Arias y compañía estarían encabezando festivales de esos que a mí no me gustan, abarrotando salas bien grandotas y apareciendo en programas de esa excelente televisión de país normal que tendríamos.

Por eso me hace mucha ilusión la iniciativa del sello Lunar, que acaba de editar Inercia (el párpado del puercoespín), un homenaje al álbum que ha quedado como obra maestra de la banda granadina, o más bien como obra maestra de su faceta estrictamente rockera, ya que Omega siempre estará ahí como referente estratosférico de la música sin fronteras. A mí de Lagartija Nick me gusta todo, también su fase de metal electrónico y sus discos más recientes, pero es cierto que en Inercia redondearon su sonido alrededor de unas cuantas canciones adictivas y mayúsculas. De los grupos participantes en el tributo, Triángulo de Amor Bizarro (que hacen Esa extraña inercia) y Perro (con Porno-stéreo) son los que más a su bola van, con una regurgitación muy personal que se agradece en un entorno mayormente conservador. Amaral reversionan en clave electrónica Universal, el tema que ya interpretaron en su excelente EP Granada, mientras que León Benavente han grabado un Solo amnesia del que podrían sacar chispas en directo. Del resto me han gustado especialmente los jiennenses Blam de Lam, a los que ni siquiera conocía, con un Algo sucio, algo eléctrico que arranca en plan Spacemen 3 guitarreros y concluye en plan Spacemen 3 electrónicos. Eso sí, no me queda más remedio que ceder la despedida a mi lado idealista, ya saben, ese abuelo Cebolleta justiciero y un poco aguafiestas: pasen un rato estupendo con Inercia (el párpado del puercoespín), que para eso son estos discos, pero, sobre todo, sigan escuchando o empiecen a escuchar ahora mismo el Inercia a secas.

 

Canción de la semana: ‘Everyone Is Ugly’

2017 mayo 4

 


Hay una cosa que me encanta del álbum de debut de Jackson Reid Briggs And The Heaters, los australianos que firman nuestra canción de la semana, y me da pena no colgarles el disco entero para que ustedes también puedan apreciarla en todo su esplendor. Los tíos empiezan a tope, con un tema de punk rock acuciante que es todo un himno, siguen en ese mismo plan con la segunda canción y, de pronto, en la tercera… van y aceleran y se ponen más cafres, hasta el punto de rebasar la frontera que separa el punk de una especie de frenético noise & roll (¿me he inventado esa etiqueta?), como unos Motörhead que han estado escuchando a Wire. Y, después, repiten la operación: tres temas de punk y, pum, un cuarto que también eleva el listón, donde más bien parecen unos Stooges (sí, algunas canciones llevan saxo demente) que han estado escuchando a The Birthday Party. Desde el primer momento he tenido claro que la canción de la semana tenía que ser una de esas dos, pero no cuál, y al final les cuelgo la primera (Everyone Is Ugly) con dudas, pero con el consuelo de que si esperan lo suficiente llegarán a la otra (Shakin’ On The Floor).

El cantante y vocalista Jackson Reid Briggs procede de Brisbane, pero el grupo nació en el gran Melbourne, y digo lo de grande no como elogio sino porque, al parecer, no residen precisamente en el mismo centro. Leo que empezaron hace tres años, tras la jornada laboral en una factoría de aparatos de aire acondicionado: «Un par de semanas después, convencimos a los colegas del pub para que nos dejasen tocar. Nunca nos han pedido que toquemos de nuevo», relata Jackson, que tiene en su listado confeso de influencias a gran parte de la australianada (Beasts Of Bourbon, AC/DC, The Saints, Crime And The City Solution, Radio Birdman…) junto a gente como Townes Van Zandt, los Swans o Sleep.

¡Todo el mundo es feo!

 

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