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Muere Mark E. Smith, de The Fall

2018 enero 24
por Carlos Benito

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Mark E. Smith era una especie de ser mitológico, una bestia rabiosa y testaruda que parecía haber renunciado voluntariamente a los tontos compromisos de la humanidad. La carrera de su grupo, The Fall, se convirtió en una de las más singulares de la historia de la música popular: a lo largo de cuarenta años, Smith se las ha arreglado para sacar adelante su particular visión del rock, concretada en un sonido obcecado y anómalo que resultó ser una fuente continua de hallazgos. Las canciones de The Fall, que lo mismo beben del rockabilly que del Krautrock, suelen caracterizarse por unas bases repetitivas y cerriles, con cierta apariencia de inacabadas, sobre las que el airado Smith vocifera versos incomprensibles con entonación decididamente amusical. “Siempre diferentes, siempre iguales”, como los describía su admirador John Peel. A cualquier otro, esos condicionantes estilísticos le habrían dejado sin ideas al cabo de un disco o dos, pero el malencarado vocalista de Salford supo sacarles partido en más de treinta álbumes de estudio y en incontables directos y recopilaciones más o menos cogidas con alfileres. Bien es verdad que siempre dominó el difícil arte de cambiar de músicos sin que le temblase el pulso, hasta dejar por el camino decenas de exmiembros de The Fall.

Porque Mark tampoco parecía del todo humano en lo extramusical: era el padre de todos los cascarrabias, el gran capullo del fondo del pub, un tipo hosco, desabrido hasta la agresividad, tan borde que resultaba entrañable siempre que no lo tuvieses demasiado cerca. Otros artistas iban dulcificando su sonido y su carácter con el tiempo, pero él se mantenía esquinado y enfrentado al mundo, despótico y cáustico. Sus fans lo querían (lo queríamos) así, como un referente inconmovible que dejase en evidencia, por puro contraste, todas las bobadas de este mundillo de vanidades. Esta noche se ha confirmado su muerte, con 60 años, y es como si se hubiese muerto un género entero.

Vamos a despedirlo con mi canción favorita de The Fall, pero, si se quedan con las ganas, tienen más aquí o aquí.

 

Canción de la semana: ‘Lines and Shadows’

2018 enero 19

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Nuestra canción de esta semana se lanzó hace ya siete meses, pero está incluida en un álbum que salió en septiembre y la firma un grupo que toca en Bilbao la semana que viene, así que, si se considera el asunto con talante comprensivo, se puede disculpar e incluso relativizar la inactualidad. La banda de marras es The Surfing Magazines, un «supergrupo de rock garajero» que amalgama miembros de The Wave Pictures y Slow Club y cita como influencias principales a Bob Dylan, The Velvet Underground y los instrumentales surf de los 60. Ya comenté en la selección de conciertos del mes que, a mí, esa ecuación me parece incompleta e imprecisa, porque no llego a pillar claramente ninguno de esos ingredientes en su sonido (bueno, sí, algún pasaje surfero hay) y, en cambio, veo referencias insoslayables que ahí no aparecen: hay dos temas, y aquí vuelvo a repetirme, que recuperan sin complejos ni subterfugios el sonido de Neil Young y Crazy Horse en Everybody Knows This Is Nowhere, su álbum de 1969. Y no seré yo quien se queje del calco, porque se trata de uno de mis diez o veinte discos favoritos de toda la historia y The Surfing Magazines aprovechan muy bien las posibilidades que ofrece la peculiar estructura de sus canciones. En directo podrían hacer maravillas con temas como esos, así que vuelvo a recomendar desde aquí el concierto del miércoles en la sala pequeña del Antzoki.

Pero, ya ven qué cosas, no he escogido ninguno de esos dos cortes neilyoungeros, sino el sencillo que sirvió como adelanto del álbum a finales de la pasada primavera. Se titula Lines And Shadows y arranca de manera contenida, con una calma engañosa que te hace esperar la explosión, pero no te prepara para la manera en la que se va a producir esa liberación de energía: a los tres minutos y medio, la cosa se va poniendo turbulenta e incómoda, para desembocar a partir de los cuatro en un desenlace de saxo disonante que evoca a los Stooges del Fun House. Y tampoco seré yo quien se queje de eso, porque ese también está entre mis cinco o diez discos favoritos de toda la historia. Para el vídeo han usado un versión sin saxo, con final guitarrero, que también está bien pero me deja menos satisfecho.

 

Amor para Genesis

2018 enero 17

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De todos los músicos a los que se aplican adjetivos como rupturista, radical o provocador, quizá ninguno los merezca más que Genesis Breyer P-Orridge, el padre de la música industrial, un apóstol de la subversión que atormentó a la Gran Bretaña de los años 70 a través de vehículos como el colectivo COUM Transmissions y el grupo Throbbing Gristle. Aquellos «desguazadores de la civilización», como los bautizaron los tabloides, estaban obsesionados por asuntos como la pornografía, el ocultismo, el sometimiento de las masas y la violencia. Posteriormente, en los 80, P-Orridge canalizó su carrera a través de la iglesia Thee Temple Ov Psychick Youth y su brazo musical, Psychic TV, para finalmente centrar su actividad artística en su propia persona: junto a su segunda esposa, Lady Jaye Breyer, emprendió un proyecto bautizado como Pandrogeny, en el que los dos miembros de la pareja se identificaban como mitades de un mismo ser (Breyer P-Orridge) y trataban de unificar su apariencia a través de la cirugía. Ambos recibieron implantes mamarios, de pómulos y de mentón, se operaron la nariz, se sometieron a terapia hormonal y se hicieron tatuajes gemelos para parecerse cada vez más.

Lady Jaye falleció en 2007 y Genesis atraviesa ahora mismo horas bajas. Le han diagnosticado leucemia y, al sufrimiento por su enfermedad y su tratamiento, se suman unas estrecheces económicas que aumentan sus penalidades. No creo que la música industrial haya hecho rico a nadie (con el rock industrial sí que ha habido algunos afortunados), pero la situación de Genesis parece particularmente preocupante. Su amigo Douglas Rushkoff (hey, el tipo que acuñó el concepto de viralidad aplicado a internet) ha desvelado que P-Orridge «está en la ruina y debe tres meses de alquiler» y ha puesto en marcha una campaña de crowdfunding para ayudarle: aquellos biempensantes escandalizados de hace cuarenta años se asombrarían o se asombrarán hoy al ver que a Genesis le quiere tanta gente, porque se han recaudado 50.000 dólares en un mes. También hay iniciativas artísticas con la intención de echarle una mano. El sello Unknown Pleasures ha organizado un par de discos de tributo en los que participan artistas como Peaches, Der Blutharsch o nuestros Esplendor Geométrico. «Para nosotros, Genesis siempre ha sido un modelo musical, filosófico y espiritual», justifican los promotores del proyecto. Aquí tienen la primera entrega y aquí la segunda.

Así les ha quedado a Esplendor el Discipline de Throbbing Gristle, uno de sus grandes clásicos, con perdón. Digamos que la convierten en una canción infantil.

 

Canción de la semana: ‘Brother’

2018 enero 13
por Carlos Benito

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Tengo la impresión de que, con bastante diferencia, Kate Pierson ha acabado siendo el miembro más conocido de los B-52’s (yo les sigo poniendo el apóstrofo que han perdido por el camino), y no por su carrera con la colorista banda de Athens, sino por sus exitosas colaboraciones con R.E.M. (ya saben, Shiny Happy People) y con Iggy Pop (ya saben, Candy). La otra chica de los B-52’s, Cindy Wilson, tendrá que conformarse con los fans de la banda, que actualmente anda celebrando sus cuarenta años de trayectoria. Kate y Cindy coinciden en un rasgo curioso: las dos han tardado muchísimo tiempo en animarse a lanzar álbumes en solitario. El de Kate se editó (esperen que mire) en 2015 y el de Cindy ha salido en diciembre y conserva aún el calor del horno. Se titula Change y, en efecto, supone todo un cambio con respecto a lo que estamos acostumbrados a oírle hacer: predominan las canciones pausadas, susurrantes, con arreglos electrónicos… Ella misma lo describe como “un mundo completamente diferente” al rock and roll mutante, el corazón ultrapop y el look retro y locuelo de su banda.

Eso sí, con nuestra canción de la semana no se van a hacer una idea muy atinada sobre el álbum, porque constituye la gran excepción del lote, un corte más agresivo con unas bases que sí pueden remitir a los B-52’s inquietos y saltarines y unas guitarras que barren todo lo que se les pone por delante. En parte vigoroso y en parte narcótico, sirve lo mismo para conducir de noche que para animar clubes decadentes.

 

Lana reciclada

2018 enero 11
por Carlos Benito

U.S. singer Lana del Rey smokes a cigarette as she performs on the Pyramid Stage at Worthy Farm in Somerset, during the Glastonbury Festival June 28, 2014. REUTERS/Cathal McNaughton (BRITAIN - Tags: ENTERTAINMENT SOCIETY)

 

Lo de Lana del Rey y su presunto plagio de Radiohead me tiene un poco estupefacto. En primer lugar, porque me parece prácticamente imposible que uno escuche Get Free sin pensar en Creep, y claro, también me parece prácticamente imposible que alguien que se dedica a la música no conozca Creep. Si tenemos en cuenta que en la producción de una canción, y más de una canción de este tipo, participa un montón de personas además de la intérprete más o menos solipsista, la imposibilidad se vuelve ya definitiva: no puede ser que nadie se diese cuenta de que, caramba, tanto la progresión de acordes como la melodía son clavadas a las de esa cancioncilla popularcilla de Radiohead. ¡Si lo que desconcierta es el cambio, cuando de pronto Lana del Rey pasa de cantar Creep a cantar otra canción que no nos resulta familiar! Casi estoy por ponerme conspiranoico y pensar que todo es un pacto publicitario entre los implicados. Por supuesto, Lana del Rey ha plagiado una canción plagiada: ya saben que Radiohead tuvieron que incluir en los créditos a los buenos de Albert Hammond (sí, el gibraltareño, el padre del guitarrista de los Strokes) y Mike Hazlewood, porque Creep recordaba demasiado al The Air That I Breathe que ellos compusieron para los Hollies.

Como vivo en un refugio atómico que me preserva de la música que triunfa y, sobre todo, de las minucias sobre ella que se consideran noticia, este asunto me ha servido para adquirir conciencia de la dimensión que han alcanzado las querellas por plagio en los últimos tiempos: éxitos como Blurred Lines, Uptown Funk, Stay With Me o Shape Of You lucen hoy una lista de autores más larga que cuando se editaron, y veo que al reincidente Ed Sheeran le acaba de salir un lío nuevo. ¿Será verdad que la combinatoria del pop se está agotando? Lo reflexionaré mientras escucho mi versión favorita de Creep, que en realidad era mi motivación principal a la hora de emprender este post.

 

Canción de la semana: ‘My Former Baby’

2018 enero 5
por Carlos Benito

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Esto que les traigo hoy es un nuevo himno que debería sonar en tabernas, hogares y cabalgatas de Reyes. En serio que me parece un temazo irresistible, con esa inmediatez chispeante que tantos pretenden y tan pocos consiguen. Lo firman Faerground Accidents, un grupo de Sheffield centrado en la personalidad compleja y deslumbrante del cantante y guitarrista Bomar Faery, de quien se suelen mencionar dos rasgos: uno, obvio en cuanto se reproducen dos vídeos, es su afición a vestirse vistosamente de mujer (sí, es esa especie de joven Robert Smith del centro de la foto); el otro, menos evidente, es su paso por una institución psiquiátrica. Como referente para su sonido se suele tirar de sus paisanos Pulp (Faery es megafán de Jarvis Cocker, que a su vez ha elogiado a Faerground Accidents) y de Suede, pero me gusta mucho la descripción que brindó el propio líder en una entrevista: «Como si Roy Orbison encabezara a los Buzzcocks en un cabaré pasado de moda».

El quinteto ha editado un álbum de debut repleto de glam doméstico, en el que brilla con luz propia esta canción sobre una exnovia muy temperamental que ahora «es la novia de otro». En realidad, casi estamos ante una de las escasísimas canciones de amor dedicadas al nuevo novio de una exnovia, un chico «dulce y amable» para quien Faery solo tiene buenas palabras, como «mi antigua chica me hace sentir pena por el tío majo que ha ocupado mi lugar» o «me gustaría ser un buen amigo suyo cuando ella le haya vuelto loco». Tengo tantas ganas de que la escuchen que me da mucha rabia verme obligado a usar un enlace de Spotify, porque sé (sí, lo sé, lo sé) que muchos de ustedes no van a complicarse la vida en darle al play.

 

 

Algunos conciertos de enero

2018 enero 4

 

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Musicalmente, los meses de enero siempre tienen para mí algo de arrepentimiento, porque descubro que entre los 456.678 discos del año anterior que no había escuchado hay alguno que habría merecido estar en mi lista de favoritos. Como si a alguien le importase, ya. En la selección de conciertos de este mes (seis en seis salas distintas) van dos de esos deslumbramientos tardíos.

El Desvän del Macho (día 12, Shake!). Este es, para mí y para más gente, el concierto del mes, mi segunda oportunidad de ver al grupo de Mondragón, siempre esquivo y subterráneo. El Desvän del Macho, anatomistas del ruido y exploradores de la carne, son los grandes supervivientes de aquella escena apasionante de los últimos 80 y primeros 90, objeto de tantas nostalgias en este blog. Son también una de las muestras más incómodas de su generación, con su rock contaminado de sonoridades industriales, su rítmica anómala y su lírica turbadora. La velada se redondea con los teloneros, nada menos que Cancer Moon (Onplugged), la refundación del mítico grupo bilbaíno, tan emparentado originalmente con El Desvän, a manos del guitarrista Jon Zamarripa y el batería de su última formación, Javier Letamendia.

Dogo (día 13, Satélite T). A veces siento la necesidad de disculparme por mi propia viejitud, pero… ¿cómo voy a recomendar otra cosa si anda por aquí Dogo? Juan Diego Fuentes Casas nació en Madrid y vive actualmente en León, pero pasó a la historia como pieza clave de la escena sevillana al frente de Los Mercenarios, un grupo que hacía a la vez rock clásico y punk y acababa no haciendo ninguna de las dos cosas. Su disco Llueve en Sevilla es una obligación y esta entrevista casi también.

Ricardo Lezón (día 18, Kafe Antzokia). Antes de los juicios están los prejuicios, eso resulta inevitable, y lo cierto es que me daba pereza el álbum en solitario del líder de McEnroe: lo recomendaba por todas partes gente de gusto muy clásico, fanáticos de artistas que suelen aburrirme a los diez minutos, así que lo fui dejando hasta que el amigo Cubillo lo eligió como su disco del año pasado. Pues bien, es una preciosidad con la emoción a flor de piel que no aburre ni a los diez ni a los cuarenta ni a los ciento veinte minutos. Esta canción, en concreto, ya está entre mis favoritas del año (el pasado, este, el que quieran). Ya solo me quedan 456.677.

Léonore Boulanger (día 19, Alhóndiga). Yo conocía a la artista francesa por La maison d’amour, un absorbente disco de odas persas junto al músico iraní Maam-Li Merati, pero me imagino que en su visita a la Azkúndiga, con banda y encuadrada en el programa de músicas experimentales, interpretará su repertorio habitual. Lo de Léonore tiene algo de pesadilla infantil con instrumentos inventados y encontrados, como si el sombrerero loco de Alicia hubiese diseñado un parque de atracciones. Es gratis y, ay, demasiado temprano para los que trabajamos.

The Surfing Magazines (día 24, piso superior del Antzoki). Con el debut de The Surfing Magazines, editado hace cuatro meses, ya solo me quedan 456.676. Bueno, en realidad serían menos, porque también he escuchado unos cuantos discos de 2017 que ni fu ni fa, pero este se habría situado seguramente entre mis favoritos. El cuarteto británico se define como «supergrupo de garaje», porque amalgama miembros de The Wave Pictures y Slow Club, y enumera como influencias a Bob Dylan, la Velvet y la música surf, aunque esa ecuación resulta incompleta e imprecisa a la hora de describir lo suyo. The Surfing Magazines hacen canciones tranquilas pero con cierto aire obsesivo, clásicas pero con cierto ramalazo excéntrico, y personalmente me privan algunos ecos del Neil Young de Everybody Knows This Is Nowhere, que es mi Young preferido. Yo creo que volveremos a hablar de ellos en la canción de la semana.

Svetlanas (día 26, Nave 9). Y terminamos con los ruso-italianos Svetlanas, que según la leyenda son exmiembros del KGB sometidos a cirugía plástica. Olga, la vocalista rusa que les saluda en la foto de arriba, era durante la Guerra Fría un legendario espía conocido como el Oso. Bueno, vale, esa segunda parte de la leyenda me la acabo de inventar, pero el caso es que nuestra nueva amiga tuvo ciertos encontronazos con las autoridades de su país por aficiones inocentes como la de quemar fotos de Putin. En Italia ha encontrado compinches con los que arrasar escenarios a ritmo de punk-rock rabioso y excitado.

Les dejo en la mejor compañía, con El Desvän del Macho en visión panorámica.

 

Coleccionistas de disco (un texto repescado)

2018 enero 4

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Las fronteras entre el mero aficionado a la música y el coleccionista de discos no están muy definidas, pero entre los rasgos distintivos hay uno que no suele fallar: cuando uno posee varias copias de un álbum en el mismo formato, eso suele significar que el interés por el objeto se ha emancipado en alguna medida de su contenido musical. Hay entusiastas que tratan de hacerse con un ejemplar de cada una de las ediciones de algún disco mítico, aunque las variaciones en la imagen gráfica sean mínimas, solo por la satisfacción completista de haber trazado la equis sobre todas las casillas de este peculiar juego. Pero, curiosamente, cuando esa pulsión se lleva al extremo, da la impresión de que hemos traspasado una frontera más y estamos hablando ya de otra cosa: es el extraño reino de los coleccionistas de disco, de uno solo, dedicados a acumular el máximo posible de copias de una misma referencia. Y, ahí, la música y el coleccionismo se entremezclan de una manera confusa con el arte.

Hay dos personajes que han dado visibilidad a esta figura. Quizá, de hecho, sean los únicos del planeta dedicados a este extravagante empeño, y entre sus historias se pueden encontrar algunos paralelismos. El primero, evidente, es que ambos viven en Nueva York, pero lo más importante son los puntos de contacto entre los respectivos discos a los que consagran sus esfuerzos: se trata de álbumes de finales de los 60 cuyo significado cultural va más allá de la música, ya que sus carpetas se convirtieron en hitos del diseño, y además los dos tienen portadas que muestran de manera especialmente visible las huellas del paso del tiempo y de los sucesivos propietarios. Hablamos, claro, de The Velvet Underground & Nico (es decir, el disco del plátano), debut de la banda liderada por Lou Reed, y de The Beatles (más conocido como el álbum blanco), noveno elepé del cuarteto británico.

El caso de Mark Satlof fue difundido por la cadena radiofónica NPR con ocasión del 50 aniversario del disco de la Velvet. Hablamos, sin duda, de uno de los álbumes más influyentes de la historia del rock, aunque eso nadie lo habría sospechado cuando se editó, en 1967, ni tampoco un par de años después, cuando solo se llevaban vendidas 60.000 copias. Pero, con el tiempo, miles de bandas se declararon deudoras de aquellas once canciones que empujaron el rock hacia senderos adultos, a veces escabrosos, barajando con absoluta naturalidad la dulzura y la disonancia. Y la portada, el vistoso plátano pop de su mentor Andy Warhol, se convirtió en un icono reproducido en miles de objetos.

disco-platano-u212967354942jth-575x322el-correo-elcorreoMark Satlof tuvo su primer contacto con el disco cuando estudiaba en la universidad, allá por los años 80, y asegura que ya en la primera escucha supo que recordaría aquel momento hasta el día de su muerte. Muchas personas han experimentado The Velvet Underground & Nico como un disco iniciático, que cambió de alguna manera su manera de entender la música e incluso la vida, pero nadie ha llevado su obsesión tan lejos como Satlof. En 1987 se compró una copia supuestamente firmada por Warhol, aunque más tarde descubrió que la rúbrica pertenecía en realidad a Reed, y ya no paró: ha acumulado más de ochocientos ejemplares de la edición original del álbum, en la que la banana era un adhesivo que se podía despegar para descubrir la carne de la fruta, inesperadamente rosácea. «Cada copia es única», resumía Satlof en la NPR, y no le faltaba razón: en su colección se combinan plátanos pelados y sin pelar y abundan las carpetas modificadas por anteriores propietarios, que han dibujado sobre la obra de Warhol, han escrito sus cosas e incluso han agujereado el cartón. El propio Satlof, por cierto, jamás ha retirado la pegatina de uno de sus discos.

Mientras que Satlof trabaja de publicista en el sector de la música, Rutherford Chang es artista, y sus motivaciones a la hora de reunir álbumes blancos tienen que ver con ese oficio: «Los colecciono como artefactos culturales -explicó en una entrevista con Dust & Grooves-. Estoy interesado en los discos como objetos, para observar cómo han envejecido, así que, para mí, un álbum de los Beatles con la portada blanca es perfecto». También esta carpeta, como la de la Velvet un año antes, fue diseñada por un ilustre del movimiento pop, en este caso Richard Hamilton, que optó por una portada blanca con el nombre del grupo en relieve (o el título del disco, según se mire) y un número de serie estampado como si se tratase de una edición limitada. Rutherford Chang ya ha conseguido 1.877 copias de la edición original, según la cuenta que mantiene actualizada en su web, y con ellas ha organizado exposiciones donde las coloca como si estuviesen en una tienda de discos, ordenadas por sus números de serie. También en su colección abundan las manipulaciones por parte de anteriores propietarios, como esa carpeta que es más blanca que el resto porque alguien decidió pintarla.

Chang ha ido todavía más lejos en la exploración de las diferencias, a veces sutiles, entre unas piezas y otras de su colección: eligió cien de sus discos, los reprodujo y superpuso las cien grabaciones, con sus ruidos y sus desfases. El resultado da mucho más miedo que Revolution 9, el corte experimental del álbum blanco que espanta a tantos fans de los Beatles más tradicionales.

 

 

(publicado originalmente en Musi-K)

La frescura suiza (un texto repescado)

2018 enero 3
por Carlos Benito

KleenexCada vez que hablamos de la explosión punk de hace cuarenta años, tendemos a abrir la caja de los tópicos y reutilizar las mismas ideas: la ruptura abrupta con el pasado, por ejemplo, y también el hazlo tú mismo, la ineptitud técnica y la nueva libertad que estas nociones traían consigo. Pero, en realidad, esos rasgos definitorios no acaban de ajustarse a los mascarones de proa del movimiento: uno coge a los Sex Pistols y se encuentra con canciones que, lejos de masacrar toda tradición, trataban de recuperar la vieja energía del rock and roll (incluso, ay, con versiones de clásicos) y que quizá no constituyan ejercicios de virtuosismo, pero tampoco sirven precisamente como cartilla de párvulos del instrumentista. Para colmo, fueron editadas por discográficas establecidas y se ceñían siempre a unos parámetros muy definidos, estimulantes pero en absoluto imprevisibles.

Habrá que concluir que, si lo valioso del punk eran esos cuatro conceptos liberadores, deberíamos buscar su aplicación práctica en otra parte. Y tal vez el lugar más indicado, por improbable que pueda parecer, sea Suiza: pocas bandas encajan tanto en las descripciones del espíritu punk como Kleenex, el grupo surgido en Zúrich en 1978. En cinco años de carrera, les dio tiempo para rebautizarse (una demanda de los fabricantes de pañuelos les obligó a mutar en LiLiPUT) y para cambiar incontables veces de formación: fueron trío, cuarteto y quinteto, casi siempre exclusivamente femenino. Kleenex y LiLiPUT sí que rompían con el pasado, sí que operaban al margen de todo, sí que ignoraban de manera casi absoluta la manera ortodoxa de utilizar un instrumento y sí que sonaban esencialmente libres, insolentes, con un planteamiento formal que invadía a menudo el terreno de lo desconcertante e incluso lo demencial. El estadounidense Greil Marcus, vaca sagrada del periodismo musical y fan fatal de la banda suiza, no ha dudado en dar el paso de vincular su estilo y su sexo: «Lo que producían eran ruidos absolutamente femeninos que a los machos les habría dado vergüenza hacer en aquella época y probablemente también les daría vergüenza hacer ahora: ‘iiiiiii’, ‘uuuuu’, un pulverizador ‘wuwuwuwu’». Son tesis siempre delicadas, pero es cierto que bandas como The Slits, The Raincoats, X-Ray Spex o Essential Logic, todas ellas femeninas o encabezadas por mujeres, estuvieron entre lo más auténticamente punk del punk.

Los orígenes de Kleenex son un puro dedo levantado ante lo convencional. Al principio, el grupo solo tenía cuatro canciones, que constituían otros tantos atentados contra el gusto establecido, pero esa escasez de repertorio no les impedía ofrecer conciertos de hasta cuatro horas, en los que los cuatro temas de dos o tres acordes se repetían una y otra vez para deleite de un entregado público de amiguetes. Un día, el guitarrista (un chico) se hartó y dejó colgadas a sus compañeras en mitad de actuación, así que se subió al escenario una espectadora que tocaba en otro grupo y que, a fuerza de repetición, se había aprendido las canciones. Así surgió la primera formación clásica de Kleenex. «Era todo tan divertido que pensamos que a lo mejor deberíamos componer una quinta canción», relató en una entrevista aquella guitarrista espontánea, Marlene Marder, que junto a la bajista Klaudia Schiff se convirtió en la única componente fija de la banda. «Durante un año tocamos sin afinar la batería, la guitarra ni el bajo», ha admitido.

Kleenex y LiLiPUT fueron una conjunción afortunada de anarquía, amateurismo y creatividad. Sus canciones siguen senderos propios, basados habitualmente en la repetición, con ritmos que se entrecortan y aceleran según una lógica propia. Las voces se desgañitan, estallan en onomatopeyas, gritan versos en inglés anómalo (las principales compositoras prácticamente no conocían el idioma) o en alemán de Suiza. Hay silbidos, hay saxofón, hay violín, hay incluso un silbato antiviolacion con el que acompañan su canción sobre el autostop. En todo momento queda claro que se lo pasaban muy bien y que su ambición era nula, pero aquel primer sencillo que les editaron unos amigos llegó a John Peel, la estrella de la radio musical británica, que se prendó del grupo y lo programó con su habitual desmesura. Los responsables de Rough Trade sintonizaron también con la propuesta y ficharon a las chicas, que de pronto se vieron girando por el Reino Unido. Y el pope Marcus hizo sus deberes de crítico cultural y vinculó su gozoso caos con el dadaísmo de sesenta años antes, que también había nacido en Zúrich, aunque las primeras sorprendidas por aquella asociación fueron las artistas: «Sabía que había ocurrido en Zúrich, pero nunca se me ocurrió que LiLiPUT tuviese que ver con ello. Al final, me imagino que sí existirá una conexión, porque lo he leído en muchos libros, ja, ja…», se burlaba Marlene Marder, que falleció el año pasado.

La banda suiza solo editó dos álbumes, ya como LiLiPUT, y un puñado de sencillos, pero su huella fue mayor de lo que esa exigua discografía permite suponer. Se ha vuelto casi obligatorio mencionar que Kurt Cobain incluyó a Kleenex/LiLiPUT en su famosa lista de cincuenta discos favoritos, aunque las herederas más directas de nuestras protagonistas fueron las riot grrrls de los 90. Kill Rock Stars, el sello más representativo de aquel movimiento feminista y contestatario, reeditó en el año 2000 todo el material oficial de las suizas y las reconoció como «ancestros» de Bikini Kill y compañía. A finales de 2016, la discográfica estadounidense ha reincidido en el homenaje y ha lanzado First Songs, un doble elepé que repasa de manera exhaustiva todo el material previo a sus dos álbumes, incluidos varios temas inéditos. Todo suena igual de fresco que el primer día.

 

 

(publicado originalmente en Musi-K)

Las visiones del bicho raro (un texto repescado)

2018 enero 2

Kevin Martin (The Bug)

 

 

Si organizamos los estilos musicales en uno de esos gráficos con forma de arco iris, con el ambient más atmosférico en uno de los extremos y el metal más desquiciado o el jazz más disonante en el otro, Kevin Martin sería el visionario tozudo que se empeña en cerrar el círculo por la zona oscura, tratando de llenar de sonidos toda esa región imaginaria en la que todavía no hay nada. El músico y productor británico lleva veinticinco años dando forma a híbridos para los que existían pocos precedentes, como un científico obsesionado por engendrar criaturas quiméricas y lanzarlas al mundo: el resultado son extrañas grabaciones para el baile apocalíptico, o incómodas mutaciones del reggae, o paisajes desolados de dureza industrial, todos ellos con rasgos en común como la pasión desbordada por los sonidos graves (muuuuy graves) y el volumen ensordecedor.

La carrera de Martin (quizá más conocido por uno de sus alias, The Bug, el bicho) es una densa maraña de proyectos y colaboraciones: completar su discografía como músico ya serviría de entretenida afición para toda una vida, pero a eso hay que sumarle sus remezclas para artistas como Thom Yorke, Grace Jones, Primal Scream o Beastie Boys, por citar cuatro ejemplos dispares. La trayectoria de nuestro hombre (con su gorra de béisbol, la capucha puesta y el gesto hosco) presenta puntos de contacto con el free jazz, el metal extremo y la música industrial, pero el aglutinante de todo ello siempre ha sido el dub, la versión hipnótica y estupefaciente del reggae jamaicano: en los 70, algunos productores de la isla caribeña se dieron cuenta de que, al prescindir de la pista vocal y añadir efectos de estudio, las canciones se metamorfoseaban y podían prolongarse hasta el infinito. Martin, criado en el post-punk, descubrió el dub poco después de mudarse a Londres a principios de los 90, cuando asistió a una batalla de sound systems, y ya nunca se ha sacudido la fascinación por el concepto mismo y por los bajos que hacen temblar el corazón. En cierto modo, se podría decir que las modas han seguido algunos de los senderos que él exploró: el dubstep comparte buena parte de sus presupuestos y le ha aportado imprevistos compañeros de viaje, aunque la conexión no deja de ser circunstancial y Martin prefiere seguir desafiando las expectativas.

Su nueva referencia como The Bug es un álbum en colaboración con otro visionario, también enamorado de las frecuencias más bajas: Earth es el proyecto instrumental del estadounidense Dylan Carlson, pionero de un rock repetitivo y lento hasta lo tectónico que en los últimos tiempos ha evolucionado hacia una revisión contemplativa de los sonidos americanos. «Son como maestros pintores que exploran un mismo asunto a lo largo del trabajo de su vida», describe a Martin y Carlson el sello Ninja Tune, que edita el disco. Snakes vs Rats ha servido como tema de adelanto: debajo del vídeo, vamos a repasar cinco etapas del itinerario artístico de Kevin Martin.

 

 

GOD

Fue su primera banda, «un intento de fusionar noise rock y free jazz», según ha resumido el propio Martin en una entrevista con Los Angeles Times. El resultado se aproximaba mucho al sonido de la no wave neoyorquina y sus secuelas más aventuradas, con una formación que acabó incluyendo a tres bajistas, dos baterías, varios percusionistas africanos, dos guitarristas, tres saxofonistas, un intérprete de viola eléctrica y el propio líder, que «gritaba y tocaba el saxofón». GOD editaron dos álbumes con temas como este, en el que colabora el mismísimo John Zorn, el gran pope de la vanguardia estadounidense.

 

 

Techno Animal

El cómplice más habitual de Kevin Martin es otro personaje peculiar del underground británico: Justin K Broadrick pasó fugazmente por Napalm Death (toca en la primera cara de su debut, el mítico Scum, disco fundacional del grindcore) y es conocido, sobre todo, como líder de Godflesh, quizá la banda que mejor ha entendido las posibilidades de alear el metal con la música industrial. Broadrick aparecía ya en el segundo disco de GOD y ha puesto en marcha varios proyectos junto a su amigo Martin, como Ice, Curse Of The Golden Vampire, The Sidewinder o los más exitosos, Techno Animal, una bestia biomecánica que se alimentaba de ambient, ritmos industriales, hip hop y, cómo no, mucho dub.

 

 

 

The Bug

Durante mucho tiempo, Kevin Martin no prestó atención al dancehall electrónico jamaicano, centrado como estaba en sonidos más añejos y menos acuciantes. «Yo era un gilipollas del reggae, un estúpido esnob blanco que pensaba que el dub era el único reggae guay y que otras cosas eran mierda por definición. Me costó un poco sintonizar los oídos con el ragga y el dancehall digital», ha explicado a Bomb. Eso sí, su conversión al estilo derivó en una chifladura que le llevó a crear en 1997 The Bug, que viene a ser su visión personal y contaminada del dancehall, en la que cuenta con la colaboración de varios vocalistas.

 

 

King Midas Sound

En activo desde 2007, este proyecto junto a los cantantes Roger Robinson y Kiki Hitomi suele destacar dentro de la producción de Kevin Martin por su sutileza, un valor que no se puede predicar muy a menudo de nuestro protagonista. King Midas Sound se ha descrito como una variante gélida y tecnificada del lovers rock, el reggae romántico influido por el rhythm and blues, aunque algunos de sus lanzamientos más recientes se alejan de esa cómoda etiqueta: en unas ocasiones han escorado hacia el territorio más intimidante y abrasivo de The Bug y en otras, como su colaboración con el austriaco Fennesz, tienden hacia el ambient.

 

 

Recopilaciones

En los años 90, Kevin Martin se encargó de seleccionar el contenido de cuatro recopilatorios de la serie Virgin Ambient, y el resultado fueron discos absorbentes e iluminadores, que incluían algunos de sus proyectos junto a temas de otros artistas afines a sus planteamientos. Isolationism, en concreto, guiaba al oyente en un viaje alucinante por los rincones más oscuros de la música ambiental, donde cabían desde nombres cercanos al rock (Disco Inferno, Labradford, Seefeel…) hasta veteranos de la composición y la improvisación de vanguardia (Paul Schütze, AMM, David Toop…), pasando por el propio compilador y sus colegas bajo distintas máscaras (Scorn, Lull, Final…). Lo ideal es escucharlo a oscuras y, como todo lo de Martin, con el volumen bien alto.

 

 

(publicado originalmente en la revista Musi-K)

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