Blogs

Carlos Benito

Evadidos

Coleccionistas de disco (un texto repescado)

coleccion-rutherfor-pan-u212967354942qng-u212966706395w4f-490x490el-correo-elcorreo

 

 

Las fronteras entre el mero aficionado a la música y el coleccionista de discos no están muy definidas, pero entre los rasgos distintivos hay uno que no suele fallar: cuando uno posee varias copias de un álbum en el mismo formato, eso suele significar que el interés por el objeto se ha emancipado en alguna medida de su contenido musical. Hay entusiastas que tratan de hacerse con un ejemplar de cada una de las ediciones de algún disco mítico, aunque las variaciones en la imagen gráfica sean mínimas, solo por la satisfacción completista de haber trazado la equis sobre todas las casillas de este peculiar juego. Pero, curiosamente, cuando esa pulsión se lleva al extremo, da la impresión de que hemos traspasado una frontera más y estamos hablando ya de otra cosa: es el extraño reino de los coleccionistas de disco, de uno solo, dedicados a acumular el máximo posible de copias de una misma referencia. Y, ahí, la música y el coleccionismo se entremezclan de una manera confusa con el arte.

Hay dos personajes que han dado visibilidad a esta figura. Quizá, de hecho, sean los únicos del planeta dedicados a este extravagante empeño, y entre sus historias se pueden encontrar algunos paralelismos. El primero, evidente, es que ambos viven en Nueva York, pero lo más importante son los puntos de contacto entre los respectivos discos a los que consagran sus esfuerzos: se trata de álbumes de finales de los 60 cuyo significado cultural va más allá de la música, ya que sus carpetas se convirtieron en hitos del diseño, y además los dos tienen portadas que muestran de manera especialmente visible las huellas del paso del tiempo y de los sucesivos propietarios. Hablamos, claro, de The Velvet Underground & Nico (es decir, el disco del plátano), debut de la banda liderada por Lou Reed, y de The Beatles (más conocido como el álbum blanco), noveno elepé del cuarteto británico.

El caso de Mark Satlof fue difundido por la cadena radiofónica NPR con ocasión del 50 aniversario del disco de la Velvet. Hablamos, sin duda, de uno de los álbumes más influyentes de la historia del rock, aunque eso nadie lo habría sospechado cuando se editó, en 1967, ni tampoco un par de años después, cuando solo se llevaban vendidas 60.000 copias. Pero, con el tiempo, miles de bandas se declararon deudoras de aquellas once canciones que empujaron el rock hacia senderos adultos, a veces escabrosos, barajando con absoluta naturalidad la dulzura y la disonancia. Y la portada, el vistoso plátano pop de su mentor Andy Warhol, se convirtió en un icono reproducido en miles de objetos.

disco-platano-u212967354942jth-575x322el-correo-elcorreoMark Satlof tuvo su primer contacto con el disco cuando estudiaba en la universidad, allá por los años 80, y asegura que ya en la primera escucha supo que recordaría aquel momento hasta el día de su muerte. Muchas personas han experimentado The Velvet Underground & Nico como un disco iniciático, que cambió de alguna manera su manera de entender la música e incluso la vida, pero nadie ha llevado su obsesión tan lejos como Satlof. En 1987 se compró una copia supuestamente firmada por Warhol, aunque más tarde descubrió que la rúbrica pertenecía en realidad a Reed, y ya no paró: ha acumulado más de ochocientos ejemplares de la edición original del álbum, en la que la banana era un adhesivo que se podía despegar para descubrir la carne de la fruta, inesperadamente rosácea. «Cada copia es única», resumía Satlof en la NPR, y no le faltaba razón: en su colección se combinan plátanos pelados y sin pelar y abundan las carpetas modificadas por anteriores propietarios, que han dibujado sobre la obra de Warhol, han escrito sus cosas e incluso han agujereado el cartón. El propio Satlof, por cierto, jamás ha retirado la pegatina de uno de sus discos.

Mientras que Satlof trabaja de publicista en el sector de la música, Rutherford Chang es artista, y sus motivaciones a la hora de reunir álbumes blancos tienen que ver con ese oficio: «Los colecciono como artefactos culturales -explicó en una entrevista con Dust & Grooves-. Estoy interesado en los discos como objetos, para observar cómo han envejecido, así que, para mí, un álbum de los Beatles con la portada blanca es perfecto». También esta carpeta, como la de la Velvet un año antes, fue diseñada por un ilustre del movimiento pop, en este caso Richard Hamilton, que optó por una portada blanca con el nombre del grupo en relieve (o el título del disco, según se mire) y un número de serie estampado como si se tratase de una edición limitada. Rutherford Chang ya ha conseguido 1.877 copias de la edición original, según la cuenta que mantiene actualizada en su web, y con ellas ha organizado exposiciones donde las coloca como si estuviesen en una tienda de discos, ordenadas por sus números de serie. También en su colección abundan las manipulaciones por parte de anteriores propietarios, como esa carpeta que es más blanca que el resto porque alguien decidió pintarla.

Chang ha ido todavía más lejos en la exploración de las diferencias, a veces sutiles, entre unas piezas y otras de su colección: eligió cien de sus discos, los reprodujo y superpuso las cien grabaciones, con sus ruidos y sus desfases. El resultado da mucho más miedo que Revolution 9, el corte experimental del álbum blanco que espanta a tantos fans de los Beatles más tradicionales.

 

 

(publicado originalmente en Musi-K)

Temas

coleccionismo, The Beatles, The Velvet Underground

Por Carlos Benito

Sobre el autor

enero 2018
MTWTFSS
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
293031