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Carlos Benito

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El extraño Battiato de los 70

Franco Battiato

 

La carrera de Franco Battiato es una de las cosas más raras que uno puede echarse a la cara. Hay muchos casos de artistas que empiezan haciendo música más o menos accesible y evolucionan después hacia la experimentación, o que parten de la vanguardia y van retrocediendo hacia terrenos más amigables y cercanos al pop, pero lo del italiano han sido sucesivas idas y venidas, tan bruscas y extremas que a menudo hacen difícil ubicarlo. Hay un mundo entre el Battiato de los álbumes visionarios de los años 70 y el que participó en televisión y triunfó (también en España) en los 80, pero ni aquel explorador sonoro era el Battiato original (antes, ya había probado suerte como cantante sesentero, más o menos yeyé) ni la posterior estrella tirando a friki fue el Battiato definitivo (a partir de 1987 ha publicado, por ejemplo, siete óperas). Y sin embargo, de alguna manera, la personalidad fascinante y un poco misteriosa del músico siciliano logra englobar todos estos battiatos hasta hacerlos compatibles, como manifestaciones distintas de una invidualidad libre, inconformista e hipercreativa.

La reedición de sus primeros tres álbumes por el sello californiano Superior Viaduct permite regresar a aquella época, los primeros 70, en la que Franco Battiato se internó decididamente en la experimentación. Antes de eso, afincado en Milán, ya había publicado varios sencillos de pop que no obtuvieron el éxito pretendido y que de ninguna manera permitían pronosticar la siguiente fase de su trayectoria. Los tres discos en cuestión (Fetus, de 1971; Pollution, de 1972, y Sulle corde di Aries, de 1973) asumieron y excedieron los presupuestos de la música progresiva de la época, especialmente influyente en Italia, y sirvieron de transición hacia la producción todavía más radical con la que Battiato ocuparía el resto de la década. En cierto modo, guardan cierta simetría con su etapa más conocida: mientras que en los 80 confeccionó superventas que jamás sonaban del todo normales, en este periodo se dedicó a experimentar sin romper aún el vínculo con el pop. La electrónica ocupa un lugar determinante en estos álbumes (el artista estaba fascinado por las posibilidades de su sintetizador VCS3), pero también se escuchan guitarras y bajos con fuzz, al estilo del rock progresivo, y acústicas y cuerdas más propias del folk rock. A todo eso se suma la singularidad inevitable de Battiato, que entona textos crípticos con su voz melancólica de dicción precisa, introduce efectos de sonido y pasajes de música clásica e incluso asume sin complejos la vanguardia culta de tipos como su admirado Stockhausen.

Battiato asume «riesgos audaces y casi estúpidos que siempre acaban funcionando», según escribió en su comentario a Fetus Julian Cope, el gran erudito de todo lo progresivo. Y, ciertamente, la suma de elementos dispares podría conducir a un desastre estrepitoso, una empanada pretenciosa e inaudible, pero en cambio atrapa al oyente con una frescura que no se ha marchitado en estos cuarenta y tantos años. En su mayoría, estos discos publicados originalmente por el sello Bla Bla se componen de piezas fragmentarias, pequeños frankensteins que pueden saltar abruptamente del folk acústico a turbulencias casi industriales. Resulta difícil resistirse a aportar unas pinceladas que reflejen la suma extrañeza de su contenido. Fetus está dedicado a Un mundo feliz, la novela de Aldous Huxley, y se centra en asuntos de ingeniería genética: se escuchan corazones, niños, conversaciones de los astronautas Armstrong y Aldrin y, seguramente, el verso más extraño contenido en canción alguna. Pertenece a Fenomenologia y dice así:

 

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Pollution se suele catalogar como el más roquero de los tres, pero arranca con una grabación del vals Cuentos de los bosques de Viena, de Johann Strauss hijo, sobre la que Battiato recita versos como «el silencio del rumor de la válvula a presión». El vals se ve interrumpido por una explosión y, a partir de ahí, el rock a lo Pink Floyd y las acústicas a lo Space Oddity conviven con efectos de cinta, más música clásica (Smetana), electrónica desmadrada y letras inspiradas por el Centro Internazionale Studi Magnetici, una institución pseudocientífica que defendía ideas como la existencia de un corazón magnético que late en el centro del sol. Este fue el disco que dejó boquiabierto a Frank Zappa, un individuo curtido en rarezas, y le llevó a describir a Battiato como «genio». Finalmente, Sulle corde di Aries prescinde de todo rockismo y se compone de cuatro suites electroacústicas, deudoras del minimalismo y libres de esa peculiar estructura entrecortada de los discos anteriores: aquí Battiato ya se ha alejado mucho del pop, en un viaje cósmico hacia la experimentación que parecía irreversible.

Escuchando los repiqueteos y las notas repetidas hasta la extenuación de Sequenze e frequenze, el tema central del álbum, nadie habría imaginado que en la década siguiente vendrían cosas como Centro de gravedad permanente, Yo quiero verte danzar, el quinto puesto en Eurovisión con la maravillosa I treni di Tozeur y, lo más inconcebible de todo, Martes y 13 y su Nappiato.

(publicado originalmente en la revista para suscriptores Musi-K)

 

Temas

años 70, electrónica, Franco Battiato, Italia, reediciones

Por Carlos Benito

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