Avión estalla en DF: el desastre visto in situ


En un accidente aéreo aún sin esclarecer, han muerto ocho personas (seguro al fin son muchas más), entre ellas el ministro del Interior mexicano, Juan C. Mouriño, hispanomexicano e hijo del presidente del R.C. Celta. Los hechos me han sorprendido a cincuenta metros del lugar.

Eran las 18:45h., apenas han transcurrido dos horas. Yo estaba en mi silla del quinto y último piso de la agencia de publicidad donde trabajo. A mi espalda, la puerta de la terraza estaba abierta mientras caía una noche cálida de otoño.

Un ruido aparentemente lejano y seco y un empujón hacia delante me hacen voltear. Entonces, un arreón invisible me jala hacia atrás y mueve mi silla rodante y mi mesa. Me asusto y me pongo en pie. Pienso que es un temblor, tan habituales en el país. Doy un par de pasos sin rumbo, por prudencia no quiero asomarme a la terraza. En ese momento, en la fachada de vidrio del edificio de enfrente, veo cómo un hongo de fuego trepa sobre sí mismo y el calor me llega a la cara.

Cunde el pánico en el piso, nadie grita pero dicen cosas inconexas, ininteligibles. Se oye la voz de un empleado llamándonos al desalojo. Por las escaleras, llamo a mi amigo y a mi compañera de piso para contarles que estoy bien. La ciudad es muy grande como para que lo hayan oído, ambas dicen no entenderme nada pero pese a mi acento y las prisas –calculo que en breve se colapsarán las líneas- logro ponerles al corriente.

Al llegar a la planta baja, salgo y me acerco hacia la rampa del estacionamiento. Corro por mi bicicleta antes de que alguien me lo impida porque no veo peligro cercano y, efectivamente, los gritos de un conserje me detienen. En ese momento, el encargado del parking hace ver al otro que no busco un carro sino mi bici, visible a unos metros, y aprovecho la discusión para amarrarla, montar en ella y salir rampa arriba.

Lomas de Chapultepec es el corazón financiero de la ciudad e intercala pequeños edificios de comidas familiares con los altos corporativos donde trabaja la clientela. Todavía no veo dónde ha sucedido el accidente, pero ha sido muy cerca y en dirección a los edificios más altos de la colonia. Tampoco sé de qué se trata, pero mientras peloteábamos ideas en la azotea de la agencia, hemos visto durante toda la tarde tráfico de aeronaves y un helicóptero volando muy bajo, entre los edificios corporativos. Me reservo mi teoría hasta ver más obviedades, pero cuando aquí cae una aeronave en zona urbana -hace años fue el helicóptero donde viabaja Jorge Valdano-, desgraciadamente poca gente reacciona como los legisladores de Nueva York, que vetaron el espacio aéreo urbano, o como hace unos años los vecinos de Sabadell.

Necesito saber qué sucedió. Ante el aparente caos circulatorio y pedestre decido tomar la calle Montes Urales en sentido opuesto. Rodeo dos cuadras ya atestadas de coches –es la hora de salida de los corporativos- y busco una bocacalle vacía que termina en el talud de la ciclopista, que es una actual vía verde urbana por donde antes transcurría el ferrocarril a Cuernavaca. Bajo de mi bicicleta, trepo con ella los cuatro metros de diferencia y me encuentro de bruces con seis personas estáticas y el crudo panorama. Llamas de seis a ocho metros interrumpen la ciclopista a unos cuarenta metros. Cuatro hombres de negocios miran impasibles. Una chica joven llora y se pregunta por alguien a quien no encuentra y la sexta persona, una señora, aparentemente su madre, le ruega que no se vaya hacia las llamas. Entre el grupo de ejecutivos, uno me lo confirma lacónicamente: ha sido una avioneta.

Del otro lado de la ciclopista hay un parque arbolado que termina en un retorno vial al Periférico, uno de los anillos de circunvalación del centro. Sin encaramarme, giro hacia allí el manillar de mi bici y avanzo en curva guardando una distancia de unos 20 metros con las llamas. En la oscuridad se escuchan pequeñas explosiones y un creciente ruido de sirenas que empiezan a llegar. Mientras esquivo ramas sin mirar al suelo, los primeros bomberos avanzan acordonando la zona. Pasan la cinta ante mí y un hombre entre las sombras me advierte de los cables de alta tensión, que han quedado colgando hacia el suelo. Vuelvo a quedarme solo por un momento. Observo las llamas imponentes que siluetean a un bombero que quiere moverse, pero está sólo y no sabe adónde ir. Poco a poco, el perímetro acordonado empieza a llenarse de una triste mezcla de morbosos y encorbatados que exigen móvil en mano ver con sus ojos a quienes buscan, más allá de las noticias en la línea. Las llamas continúan, parecen crecer por momentos.

Permanezco tras el cordón intentando recrear los hechos en mi cabeza. Siguen llegando patrullas y dotaciones de bomberos. De pronto veo a un mozo vestido de blanco con un skate en mano y teléfono móvil en otra, que ha pasado el perímetro y con paso jovial y la más indolente de las actitudes, ya está a las espaldas de los agentes grabando a su antojo. Cuando salgo de mi ensimismamiento veo que toda la gente que estaba a mi lado ha hecho lo mismo. No puedo creerlo, pero ahora están todos a apenas a cinco metros de los primeros carros siniestrados. En ese momento, una camilla avanza presurosa entre el gentío llevada por muchos brazos, entre los que veo unas piernas desnudas inmóviles con unos pocos restos de ropa. La he visto por la nube de flashes que llevaba consigo, son carroñeros del infame diario Metro y algún que otro rotativo sensacionalista que están preparando la foto de portada. Ellos son quienes día a día erosionan en las mentes la percepción de lo que es grave. (Si este diario existiera en España -no es mismo que el gratuito Metro, sino mera coincidencia- no sería digno de llamarse prensa.) Viendo el panorama, me pregunto cómo los peritos van a llevar a cabo una investigación mínimamente fiable con semejante labor de vigilancia. Me da tristeza.

Traspaso el cordón. Me acerco a un camión de bomberos y entonces me fijo en un Polo de color granate que está estacionado. Tiene algo adosado. Es la hélice de la avioneta, que se ha hendido en la puerta y la capota como en lata de sardinas. Tras él, entre las llamas, los límites del cruce que tan bien conozco se desdibujan entre hierros grises de carros incandescentes, fuselaje ardiente y cables que flamean en los postes. A este cruce llego todas las mañanas al dejar Reforma, a quince metros, y en él tomo Monte Pelvoux, la calle de la derecha, que en cincuenta metros me lleva al trabajo. Por las tardes, muchas veces en torno a esta misma hora, llego a él por la calle de la izquierda, de nombre Pedregal. Como ayer. Pero al tratarse de una agencia, nuestros horarios de salida son más bien difusos y ello hace posible que salgamos tanto a las 18:30h como a medianoche, y hoy, por suerte, iba para largo.

Pienso en la vida, pienso en la suerte, en la muerte y en el morbo. Pienso en las pocas probabilidades de haber estado ahí en el mal momento, pero contemplarlo tan de cerca eclipsa el cerebro y no permite profundizar mucho. Ya he visto demasiado. Enfilo Reforma a contracorriente, ya cortada al tráfico, entre ambulancias y camionetas del ejército que descargan personal. Cuando me alejo de la zona, compro unos chocolates que me ayuden a apreciar mejor la vida. El desenlace, ya lo veré por la tele.


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