Las palabras en la mente ardían más que el café que me había tomado unas horas antes. Estaba llegando a casa y ansiaba salvar cada uno de los detalles, acababa de presenciar otra anécdota muy representativa del transporte público y la idiosincrasia de la ciudad.
En pocos segundos el metro entraría en la estación. Yo regresaba de una cita exprés, había olvidado un libro en el carro de un amigo y el no poder leerlo me traía de cabeza. Cuando llegó el convoy, el andén no estaba tan lleno como un lunes a las siete de la mañana, pero sí como un domingo a las nueve de la noche. Grupos de personas que volvían del cine y de su esparcimiento dominical se colocaban en sus puestos, mientras el tren se detenía, para entrar o para apearse. Había suficientes elementos como para desencadenar una pequeña batalla en cada puerta del vagón, como de costumbre.
Tras unos instantes de silencio tenso se abrieron las puertas, que es lo mismo que decir barreras abajo, dar el pistoletazo de salida o proferir el pitido inicial. ¡A por ellos! Desde la retaguardia, en lugar de meterme al fregado, yo me disponía a observar y después a entrar tranquilamente de una vez.
Pero no pensó igual la treintañera de primera línea, que abordaría el vagón de inmediato por el flanco derecho de nuestra puerta dos metros al frente de mí. Miró adentro, poniendo el ojo como quien ejecuta una falta y ahí quiere poner la bola, y se lanzó directa. Mas era obvio que habría una fornida barrera de parte del rival. El defensor, con el ojo puesto fuera del vagón, se disponía a salir antes, pase lo que pase y por encima de quien fuere. La chica atacante, cual caballo con anteojeras, no claudicaba con su mirada fija y no cejaba su determinación, pero el defensor había asido la barandilla interna y al instante el cuello de la chica parecía ir a quebrarse bajo el brazo masculino asido.
El choque fue violento, como de dos ciervos erguidos que se dejan caer desde la altura de sus patas traseras y quedan enramados. Por el ala izquierda y central, quien mas quien menos iba consiguiendo su objetivo y al parecer ganaron todos. Pero la batalla del lateral derecho se enrocaba, con la chica al borde del K.O. técnico, casi ahogada, pues el brazo del hombre se mostraba inamovible. Hasta que el “caballero”, adelantando con terquedad su cuerpo y sin soltar la mano, logró salir salvaguardando toda su falsa hombría, y sólo cuando dio ese pequeño paso –que era un gran paso para la virilidad- se desasió, consiguiendo que la rival entrara por la inercia y casi dando con su feminismo terco por los suelos.
Ya erguida, la chica se sentó inmediatamente al lado de la puerta, se echó la mano a la frente y bajo ella se escudó, visiblemente afectada. Yo avancé por el camino despejado y me paré entre la puerta y su asiento, recostado en la pared, en un pequeño espacio. Abrí mi libro por el separador, pero iba más pendiente de averiguar la frustración y el cansancio emocional de la derrotada, el feminismo que pretendió enarbolar y la exasperación por el ritmo de una marabunta que se dice respetuosa pero que a veces no llega ni al decoro.
No era una princesa, pero el choque de emociones y la delicada caída desde lo alto de su carácter hasta el nivel del asiento me habían enternecido desde el momento en que supe que perdería. Un joven se preocupó, pero ella lo ignoró. Sentía que tenía que decirle algo. Lubriqué el cerebro y hallé el guión para mi intervención: a veces un mea culpa es la salida más rápida y satisfactoria para erradicar la rabia que uno siente. Intentaría infligírselo. Comenzaría con: “ánimo, que esto pasa todos los días.” A esa afirmación aparentemente comprensiva –pero insuficiente y vaga- ella reaccionaría descolocada, más si cabe por el acento. Luego, ante una posible respuesta corta y cortante le hubiera objetado: “es que deberías haber dejado salir primero, es lo que corresponde”, pero sin dejar de ser nunca condescendiente y haciéndole ver que no era una cuestión de machismo, sino de pérdida de referencias suya y colectiva de la que ella no tenía toda la culpa. La mejor de mis sonrisas virtuales, del tipo de “yo pasaba por aquí”, sería el colofón.
Pero los dos pasajeros que se sentaban junto a ella parecían leerme el pensamiento y, entre la baja probabilidad de éxito, la vergüenza de un Robin Hood de pacotilla y el hecho de que ya me sé el final de la historia –yo repartiendo moralinas gratis- opté por cambiar el guión. Me comí las palabras y me bajé, esperando que el tren arrancara lo antes posible para no dar marcha atrás.

