Auster: Me siento triste cuando acabo una novela

Estamos en capilla, la edición española de Sunset Park (Anagrama, 18,50€) está a punto de estar disponible en las librerías, si es que no lo está ya en algunas donde se toman con mayor ligereza las fechas de lanzamiento para regocijo de sus clientes habituales.
En otro punto de este blog estamos dando forma a una guía de críticas. Tanto de las aparecidas en prensa, como de las que se hagan en blogs. Así que, si quieres que la tuya aparezca, hazme llegar tu enlace.
De momento, seguimos abriendo boca con entrevistas y otras noticias sobre Sunset Park. Hoy hemos encontrado ésta de The Wall Street Journal. Auster confiesa que el momento de lanzar la novela no es precisamente lo más atractivo de ser escritor. El placer de escribir es precisamente escribir, dice, no todo lo que viene detrás, las giras, las presentaciones, las entrevistas. No hay alegría o gozo cuando sale a la venta. “Cuando acabo una novela me siento triste”, reconoce. Aunque, conociendo a Auster, seguro que tiene ya en mente la siguiente.

Sunset Park, de Paul Auster, una buena crítica

Despierta Auster como siempre emociones encontradas con su nueva novela, Sunset Park, recién editada en el mercado anglosajón y que estará en España a finales de mes, publicada por Anagrama. Quizá la mejor crítica que hemos encontrado estos días (críticas que estamos recopilando en nuestra Guía, como siempre) es ésta de Readings, una publicación australiana. Dice las cosas que pensamos muchos, que Auster lleva más de 30 años escribiendo relatos notables, en ocasiones gloriosos, y también, hay que admitirlo, con los habituales bajones de calidad que son frecuentes en casi todas las carreras prolíficas. Pero tanta experiencia ha llevado al escritor de Brooklyn a atesorar todo un baúl de trucos literarios de notable efecto, y a asegurarse las habilidades necesarias para utilizarlos como se debe. En Sunset Park, el béisbol como metáfora de la América post-2001, post-crisis de crédito. Quizá la imagen no sea tan clara en España, donde el béisbol es un deporte cuyas reglas apenas se entienden.
Pero es sólo un ejemplo. Auster es un maestro en interrelacionar personajes, en describir la realidad y jugar siempre con la coincidencia como motor de las relaciones. En la novela recién publicada, la casualidad que todos esperamos de un relato austeriano surge a las primeras de cambio, en las primeras páginas. ¿Cómo se conoció la pareja protagonista (Miles y Pilar)? Pues se conocieron porque ambos estaban leyendo sentados sobre la hierba el mismo relato (El Gran Gatsby) en la misma edición. Una tontería, pero son estas tonterías las que nos encantan de Auster. Ambos están marcados por esas tragedias familiares que Auster convierte en penitencia de muchos de sus personajes, accidentes de coche, familias rotas por una muerte accidental donde la culpa sobrevive y no ha quedado bien resuelta.
Tengo que admitir que no he acabado aún la novela. Me llegó hace unos días, una primera edición de Faber & Faber, y estoy todavía nadando en sus páginas y buceando con el inglés, que en Auster siempre es agradecido y permite ser entendido para alguien con un dominio medio del idioma como el mío.
Sunset Park nos devuelve a un Auster preocupado por el mundo, por la política y la situación social estadounidense, de donde surgen extrañas historias de amor (Miles, de 28 años, se enamora y cohabita con Pilar, menor de edad, un espinoso asunto tratado con la misma naturalidad que el incesto en su anterior trabajo: Invisible). Y teje un retrato menos delicioso que aquella fantástica fábula de Brooklyn Follies, quizá más hondo, con más lastre, pero que deja un buen regusto al terminar cada capítulo.
La crítica no será tan bondadosa con Auster como este bloguero autodeclarado fan, grupi habitual y aprendiz de mitómano. Pero Auster siempre merece una lectura. Algunos pensamos que también merece un Nobel, pero seguro que a ustedes tal sugerencia les parece la exageración de un enajenado.
[De momento, cuatro estrellas sobre cinco en las críticas de los lectores de Amazon
Ah, y aquí una crítica demoledora: Por qué Paul Auster debió dejar de escribir después de su primer libro.

+info
Todos los detalles de Sunset Park
El primer capítulo (inglés)
:: El primer capítulo en español
:: Un concurso sobre Paul Auster
:: Sunset Park, una buena crítica
:: Guía de Críticas: Sunset Park, de Paul Auster

Y una pregunta que hacía hoy en Twitter.
¿Por qué la edición anglosajona de importación cuesta en España 13 euros, y la española de Anagrama 18,50?
Me contestó @multimaniaco, pero podemos seguir la conversación aquí, o allí.

Guía de críticas: Sunset Park, de Paul Auster

Como viene siendo habitual en este blog con cada lanzamiento de nuevas novelas de Paul Auster, abrimos un espacio en Esto es Brooklyn! para recopilar las críticas que vaya cosechando el libro. De momento, arrancamos con las de origen anglosajón, dado que ser publicará unas semanas antes en UK y USA respecto a la edición hispana de Anagrama. ¡Esperamos que os sirvan de ayuda! Abrimos la ronda con la crítica de The Telegraph, que pone el acento en las referencias más explícitas del guión austeriano: la relación de los personajes con la novela El Gran Gatsby y las reminiscencias de The Best Years of Our Lives, la película de 1946 sobre soldados que regresan a casa después de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto sobre el que noveló de forma magistral el escritor de Brooklyn Joseph Heller (Atención al juego de identidades: el protagonista de la novela se llama Miles Heller. ¿Otra vez, Paul?). Al crítico del Telegraph, con todo, no parece haberle entusiasmado. Veremos. El crítico del Independent, por ejemplo, dedica al tono que emplea Auster en algunos pasajes del libro dos calificativos poco esperanzadores: bland y clumsy, que podrían traducirse como anodino y tosco.
Primer capítulo de Sunset Park, aquí.
Todos los detalles de Sunset Park. ¡Yo ya lo tengo!

Philip Womack, en The Telegraph
Arifa Akbar, en The Independent
Eithne Farry, en Daily Mail
Leo Robson, en Daily Express
Henry Stewart, en The L Magazine (bonus: entrevista sobre el barrio de Sunset Park)
Jonathan Kirsch, en The Jewish Journal
Luke Meinzen, en Readings
Sergi Pamiès, en La Vanguardia
Michael Astor, en The Huffington Post
Lynn Neary, en la web de la NPR
David Mattin, en The Independent
Troy Jollimore, en San Francisco Chronicle
Jose Teodoro, en National Post
Paula McLain, en Cleveland.com
Alan Cheuse, en The Dallas Morning News
David Takami, en The Seattle Times
Féliz Romeo, en Heraldo.es
Michael Sayeau, en New Stateman
Sergi Sánchez, en El Periódico de Catalunya
Justo Navarro, en El País
Margara Averbach, en Revista Ñ
Iñaki Ezkerra, en los diarios del grupo Vocento
Germán Gullón, en El Cultural

También en los blogs…
Sean O’Leary, en su blog Short Story Wonders
Homy, en Comentando libros
Tim Gebhart, en Blogcritics
Maria Aixa Sanz, en Reseñando
Jafuda Cresques Blog
Desayuno sin diamantes Blog
Los Libros de las Ilusiones
Santiago Gil, en su blog
La vida con esta gente
Nuestros queridos libros
Sergio Mira, en su blog
Cristian Piazza, en Hablando del asunto

Y una entrevista, la de Anna Grau en ABC
y otra, en El País , a cargo del escritor Eduardo Lago

Otras guías de críticas en Esto es Brooklyn!
Invisible
Man in the Dark/Un hombre en la oscuridad
Brooklyn Follies
Viajes por el Scriptorium

Sunset Park, de Paul Auster: ¡Lo tengo!

Ya está, lo tengo en las manos, antes incluso de su publicación en USA. La pre-venta de la Casa del Libro funciona realmente bien. Gracias!
Algunos facts:
Es la primera edición de Faber&Faber
309 páginas
La fotografía de portada es de Zisis Kardianos / Millenium Images
En la solapa interior se destaca que Paul Auster fue galardonado en 2006 con el Premio Príncipe de Asturias.
La primera línea es: For almost a year now, he has been taking photographs of abandoned things.
La última es: …the now that is gone forever.
Entre los agradecimientos, Auster cita a su hija Sophie (por su trabajo de sexto grado sobre Matar a un Ruiseñor) y a su esposa, Siri Hustvedt.

Paul Auster en Barcelona, el 13 de diciembre

Anagrama trae a Paul Auster a Barcelona el 13 de diciembre, de acuerdo al agente literario @wschavelzon, lógicamente para hacer promoción de su novela Sunset Park, que está a punto de editarse en España de forma casi simultánea a las ediciones anglosajonas. ¡Qué gran noticia!
Ampliaremos…

Haciendo pipí con Paul Auster, Rushdie y Vargas Llosa

Con permiso de Luis García, profesor de español en la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook, reproduzco este texto sobre su curioso encuentro con Paul Auster, Salman Rushdie y Vargas Llosa… ¡en los baños públicos de un teatro!
Aquí, el original.

Luis García*
Fue en un homenaje que el Centro Americano del Pen Club le hizo a García Márquez, y había la sensación entre los asistentes de que el nobel pudiera aparecerse en cualquier momento, aunque éste ya había enviado un comunicado previo, excusándose de asistir. Del mismo modo que había dicho que ya no quería más premios literarios, García Márquez parecía estar más allá del bien y del mal de todo ese rollo de galardones y homenajes. Con verdadero tacto, había advertido que lo sacaran de la lista de candidatos al Premio Cervantes, para seguramente evitarse un nuevo caporal de fotógrafos cerca de su casa, o periodistas en busca de una codiciada entrevista con el maestro. Sin embargo, tomé el metro y me bajé en Times Square. Era una noche cálida de noviembre, inusual en Nueva York para esa época del año, y Manhattan como siempre tenía ese aire de puta rica y estilizada que no tiene más remedio que acostarse con un ejército de trabajadores nocturnos y repartidores de pizza. Cuando llegué al viejo edificio del Town Hall de la calle 43, donde esa noche se llevaba a cabo la función del Pen Club, me acerqué a la taquilla –porque había que pagar, no recuerdo si eran quince dólares, una suma exorbitante para mí- y compré la boleta de entrada. Sentí cierta aprehensión. En verdad, no sabía qué hacía yo allí. Iba contra mi voluntad, obligado por mí mismo. Siempre, a lo largo de mi vida, he sufrido de ese mal: un trance en el que muchas veces caigo y que me resulta inexplicable. Mi cerebro y mi voluntad entran en una disputa ya barroca, donde siempre el que sale perdiendo soy yo.
El lobby del teatro estaba animado, hasta había un pequeño bar donde, para mí sorpresa, Jon Lee Anderson apuraba un trago, entre risas estridentes y mujeres en escote. Sentí una envidia infinita, y una rabia a la vez. Rabia por mí, claro, por ser cómo yo era, y envidia por él, por esas risas en escote que lo envolvían como gasa. Así viven los periodistas famosos y los grandes escritores, me dije: rodeados de alcohol y mujeres hermosas. La editorial Alfred Knopf tenía un pequeño puesto a la izquierda del bar, y Edith Grossman, la traductora del libro Vivir para Contarla, no andaba muy lejos de allí. Hubiera podido pasar desapercibida, claro, porque una cosa es William Kennedy a su lado, y otra cosa es una mujer de pelo blanco con una copa entre las manos. Seguí de largo, me torturaba no tener siquiera para comprarme un trago, el más barato que hubiera en aquel reino de delicias. Fui y me senté, intentando ver si había algún conocido en la sala -algo inútil la verdad, porque el único desconocido era yo- y me dispuse a esperar el comienzo de la función.
El auditorio se fue llenando poco a poco, y ya para minutos antes del inicio habría allí unas mil personas. Aquello parecía una plaza de toros, o mejor, una gallera que ya cerraron -la Pico de Oro- que estaba en la calle Cordialidad de Barranquilla, y donde una vez entré con un amigo a apostarles a los gallos sin saber un coño de ello. No sé por qué sentí cariño por García Márquez, y me alegré de que en verdad no hubiera asistido. Es más, yo no sabía por qué yo había asistido, y estaba a punto de entrar en esa serie de acusaciones contra mí mismo, cuando me asaltaron unas irreprimibles ganas de ir al baño. En Barranquilla uno puede pasarse la vida aguantando tranquilamente las ganas de mear, seguir su rumbo hasta poder desocupar la vejiga, mientras que en Nueva York no ocurre lo mismo, y es algo para lo cual no tengo una respuesta. Salvo que en Nueva York la próstata crezca a ritmo más vertiginoso que en Barranquilla, lo cual significa que pasada cierta edad haya que necesariamente pensar en el regreso. No sé.
No tuve más remedio que levantarme de mi butaca y buscar un baño, el más cercano. En un lugar como aquél, con la gente que había allí, la tarea podía costarme algunos minutos. Y en efecto, eso fue lo que ocurrió. Anduve merodeando el bar porque la regla es que siempre haya un baño cerca, y ya no vi a Anderson tomándose su trago sino a Rose Styron, la mujer del escritor William Styron, hablando animadamente con Edwidge Danticat del video con las palabras de Clinton que sería proyectado. Es ya legendaria la fama de la amistad del presidente y el nobel. Otra de las ironías de la vida.
Finalmente, tras una serie de rodeos y preguntas al barman, encontré el baño. Creo que una vez le leí a Graham Greene que el único lugar donde los hombres no se miran a la cara es en un baño público. Cada vez que entro en uno de ellos, entro mirándome la punta de los zapatos, y si alzo la vista es sólo para ubicar el orinal más lejano y desocupado. Además, siempre estoy en un baño público el tiempo mínimo requerido, ni un minuto más. Habría unos cinco o seis orinales y la mayoría estaban ocupados, así que me dirigí al único posible, entre dos hombres de espaldas. Estaba en lo mío, cuando, no sé por qué giré la cabeza a la izquierda y vi que mi vecino de orinal era Salman Rushdie, por esos momentos uno de los hombres más amenazados del mundo. Contra él, los fanáticos islamitas habían levantado un fatwa con la orden de matarlo. Yo lo tenía no a tiro de revólver sino de orín. El tipo me sonrió y yo bajé la cabeza, pero me percaté de que sonreía a alguien más allá de donde yo estaba. Así que lentamente giré la cabeza a la derecha, y del otro lado vi a Paul Auster en lo mismo que Salman y yo. Resulta que los tres meábamos al unísono con toda la impunidad del mundo. Yo no me lo podía creer. No recuerdo quién terminó primero, sólo que salí de allí pensando que de contarlo, irían a creer que sería un invento mío, de los muchos que elucubran los seres anónimos y perdidos de Nueva York. Así que no se lo dije a nadie, hasta ahora.
Pero la historia no termina allí. Tiempo después leí en el diario El País de España que Vargas Llosa estaba en Nueva York escribiendo en la biblioteca Pública de la Quinta Avenida su última novela. He ido tantas veces a esa biblioteca que siento la incomodidad de los guardias y mi propia incomodidad para con ellos. Esa frase de Alan Pauls: el infierno es encontrarse todos los días con las mismas personas.
Había una foto de Vargas Llosa tomada por Morgana, su hija, en plena actividad laboral. Yo había estado en esa misma sala de lectura y nunca lo había visto. Así que al día siguiente fui, prevenido por la noticia. La sala de lectura está en el tercer piso, y es para mí una de las siete maravillas del mundo. Por lo general me siento en las mesas de atrás, donde el ruido de los turistas es menor y ni siquiera se permite instalar portátiles. Menos mal que los guardias de seguridad ya han prohíbido las cámaras con flashes. Está uno leyendo tranquilamente, cuando de repente aparece una lluvia de fotógrafos dignos de cualquier alfombra roja. ¿Qué de atractivo puede tener la sala de lectura de una biblioteca?
Vargas Llosa no aparecía por ningún lado. Las primeras mesas estaban llenas de computadoras conectadas al internet y allí el bullicio era espantoso. Y los turistas que no daban tregua. Y además estaba la caseta de Información donde cada segundo alguien preguntaba algo, y arriba el tablero electrónico anunciando los pedidos de los libros. Más que la sala de una biblioteca, aquella sección se parece a una terminal de autobuses. Yo nunca me hubiera sentado en aquel lugar, y menos a trabajar. Así que mi patrullaje se limitaba a las mesas que estaban en el medio de la sala y por supuesto a todas las de detrás. Tiempo perdido. De nuevo, esas irreprimibles ganas de mear que siempre me asaltan en el momento menos indicado. Voy caminando hacia la salida, cuando justo en la sección terminal de autobuses, veo el cabello platinado del maestro, sentado en medio de una nube de turistas, desempleados en espera de una computadora conectada al internet, y chicos de escuela haciendo su tarea. Su figura allí desentonaba, pero en Nueva York esa es la regla, así que nadie, absolutamente nadie se había percatado de su presencia allí. Lo que hice fue, además de reprimir mi vejiga, caminar hacia donde estaba él, y sentarme a su lado. En efecto, vi que trabajaba. Tenía una pila de libros regados en la mesa que cada tanto consultaba, mientras tomaba notas. Sé que en algún momento nos miramos, y tuve la sensación de que se sentía descubierto por mí, pero de lo único que me enorgullezco en esta vida es de no hacer a los demás lo que no me gusta que me hagan. De pronto, se levantó y lo vi caminar hacia la salida de la sala. Yo hice lo mismo. Total, podía aprovechar su ausencia para ir rápido a desocupar el líquido. Cuando segundos después entro al baño, abriéndome para ahorrar tiempo la cremallera desde la puerta, veo su figura recortada tras el orinal. Me acordé de Paul Auster, me acordé de Salman Rushdie y del hecho de que nadie, otra vez de contarlo, me lo iba a creer. Pero en verdad no me importó eso. Me coloqué en el orinal que estaba al lado, y nuestros chorros golpearon la loza al unísono. Y mientras meaba junto al hoy laureado Nobel, pensé que la vida era extraña. ——————————————————————————————- (*) Colaborador. Profesor de español de la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook. Finalista Premio Nacional de Novela, Ministerio de Cultura 2006.

La eterna jaqueca de Siri Hustvedt

Mientras hablaba en un homenaje que le hacían en la universidad a su padre, fallecido dos años antes, Siri Hustvedt comenzó a temblar. Pudo terminar su discurso aunque sus brazos y sus piernas se estremecían de un modo casi incontrolable. Era como si se hubiera vuelto dos personas, una oradora serena, y la mujer que tem­blaba. Los ataques se repitieron. Ésta es la lúcida crónica de la búsqueda de un diagnóstico y que hará que la es­critora se interne en los vericuetos de la psiquiatría, la neurología y el psicoanálisis. Participará también en un grupo de estudio en el que los especialistas buscan crear un nuevo campo, el neuropsicoanálisis, y dará clases en talleres literarios para internos de hospitales psiquiátri­cos. También deberá enfrentarse a cuestiones complejas como la relación entre el cerebro y la mente o los meca­nismos de la memoria. Un libro inclasificable, que se nu­tre de las memorias, las investigaciones, el trabajo social y los intereses intelectuales de una novelista excepcional.
Así se publicita el libro, un ensayo autobiográfico más que cualquier otra cosa, que acaba de publicar la autora Siri Hutvedt, esposa de Paul Auster y una de las referencias de la literatura norteamericana intelectual. El volumen, que edita Anagrama en España, se titula La Mujer Temblorosa o Historia de mis Nervios, y efectivamente viene a narrar la historia vital de Hustvedt, norteamericana de origen noruego, y de su eternas jaquecas. Una vida en torno al dolor, que según ha dicho en entrevistas como ésta es difícil de calmar y no queda, por tanto, más remedio que aliarse a él. Sorprende la capacidad de Hustvedt para sobreponerse a tal adversidad y ser capaz de concentrarse en lo que uno escribe, y además hacerlo con una prosa elegante y lujosa que ha convertido en pequeñas obras de arte sus incursiones literarias anteriores, como Elegía para un Americano o Todo Cuanto Amé.
La web de la editorial Anagrama da la oportunidad de leer el primer capítulo (aquí) y uno verá que pronto se introduce en la cabeza de Hustdvedt, en su problema y en el difícil que seguirá hacia su tratamiento, diagnóstico y asunción. No es un manual de autoayuda, pero seguro que será de utilidad para quien esté en una situación similar.
Paul y Siri, gente del barrio

Lo nuevo de Paul Auster, el 23 de noviembre

Podemos ya avanzar la portada de la edición española de Sunset Park (Anagrama), la novela de Paul Auster. En la Fnac está previsto su lanzamiento para el 23 de noviembre (25 de noviembre en el caso de la edición en catalán). Serán sólo unos días de diferencia respecto a la edfición anglosajona, así que por una vez estamos de enhorabuena y, salvo interés específico, podremos disfrutar de lo nuevo de Auster sin tener que recurrir obligatoriamente a las ediciones inglesas (hablo por mi, aunque tampoco me venía mal del todo).
Aquí, el primer capítulo de la novela.

Escucha a tus clientes: el caso GAP

No es una marca muy asentada en España, pero más o menos a todos nos suena el logo de GAP, la multinacional textil americana. Estiradas letras blancas sobre un fondo azul navy. Es el logo que ha identificado a la marca durante décadas. Y no hablamos de una marca cualquiera: Gap Inc. (que agrupa a la marca madre, GAP, y otras como Banana Republic u Old Navy) se disputa frente a Inditex (Zara, Massimo Dutti, etc) el liderazgo mundial en la venta especializada de ropa urbana.
Dentro de un proceso de renovación de la marca, GAP retocó el logo. Lo encargó a una prestigiosa firma de Nueva York y el resultado se pudo comenzar a ver en su página web hace unos días. Frente a las estiradas letras blancas sobre el fondo azul, la marca eligió un diseño que apostaba por una letra negra, gruesa, de palo seco, Helvética, parece ser. Letras negras sobre fondo blanco y, como herencia del logo anterior, un cuadradito azul engatillado en la parte superior derecha de la P.
A partir de ahí, la tormenta.
Los usuarios de las redes sociales comenzaron a criticar el nuevo logo. No les gustó. Les sonaba a ropa barata, cuando no lo es. Simplemente, “el nuevo logo no funciona”, comunican los usuarios en la página de Facebook de la multinacional americana. El desapego a la nueva imagen de GAP pronto se convirtió en clamor. Una página viral que ridiculizaba el cambio, más de 5.000 seguidores de un perfil de Twitter que lo criticaba y miles de comentarios a través de ambas redes sociales terminaron por convencer a la compañía de San Francisco.
Pasados unos días, la empresa sio el paso que a ninguna empresa le gusta dar. Un giro completo, una vuelta a lo anterior.
Marka Hansen, presidenta de la división americana de la firma, tuvo que anunciar que regresaba el ‘blue box’ característico de GAP durante los últimos 20 años. En un comunicado se argumentaba la decisión y se invitaba a los usuarios de las redes sociales a contribuir con sus ideas (algunos ya lo han hecho) al nuevo logo, pero se vista como se vista, el FAIL es de órdago. Pero la marcha atrás honra a la compañía y la refuerza en la red social, que ha vuelto a demostrar una relevancia de primer orden.
La buena noticia para GAP es que, al menos, ha dado una imagen que puede valor su peso en oro en una época como ésta: Que escucha a sus clientes.

Paul Auster explica ‘Sunset Park’

Paul Auster explica Sunset Park, su última novela, en esta entrevista con el periodista portugués José Rodrigues Dos Santos.


vía paulauster.blogs.sapo.pt

elcorreo.com

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