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El cuerno de chivo

2012 mayo 10
por Martín Olmos Medina

 

“Y así, el Kalashnikov, arma de los pobres y los oprimidos, quedó como símbolo del mundo que pudo ser y no fue”

Arturo Pérez-Reverte

 

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El primer miércoles de abril, Dimitris Christoulas tocó el fondo de sus bolsillos sin encontrar por el camino ni un céntimo de resistencia. ¿Quién le había robado el mes de abril? Era un farmacéutico jubilado con setenta y siete meses de abril a cuestas, treinta y cinco años cotizados y una pensión menguante como la Luna Vieja, que dicen los rústicos que es la mejor luna para la poda. Dimitris Christoulas, con su pensión podada, con su abril robado y con su edad capicúa de dos guarismos suertudos se quedó sin efectivo para el café. Le esperaba mayo sin flores y un porvenir de menús de sumidero, liándose a guantazos por la sobra del basurero. Dicen que uno es viejo cuando ya no tiene planes y dicen que Dios aprieta pero no ahoga. El Fondo Monetario Internacional, como no es Dios, aprieta y se le va la mano, pero la culpa es nuestra, por tomarnos tres copas y a la última  invito yo, que es pronto para irse  a casa, cuando no debimos olvidar que somos gente de vino peleón y que el champán es para cuatro. El primer miércoles de abril Dimitris Christoulas se pegó un tiro debajo de un ciprés, en la plaza Sintagma de Atenas, delante del Parlamento Griego, y dejó escrito que no quería dejar deudas a su hija, ni comer las mondas del basurero, y que no había encontrado otro modo de reaccionar que poner un final digno a su vida. Dijo que era viejo para responder activamente, pero que sería el primero en seguir a alguien que empuñase un kaláshnikov. Christoulas no usó una referencia abstracta señalando a “alguien que empuñase un fusil”, sino que mencionó el rifle de asalto soviético diseñado por Mijaíl Kaláshnikov en 1947, el Cuerno de Chivo, el arma de fuego con un historial de un cuarto de millón de muertos al año que se ha convertido en el icono de la revolución y en el argumento tartamudo del que no le queda mucho que perder.

 

 

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El kaláshnikov es la muerte democrática, el fusil de asalto de los cholos y del negrerío bantú, de la morisma de Alá, de los parias de la tierra y de los narcos bigotudos con botas de yacaré. Cuesta una perra gorda, se aprende a usar en diez minutos y ofrece las prestaciones de una chaqueta de entretiempo, que te arregla una tarde que enfría en otoño y no te pesa en primavera. El kaláshnikov no es mimoso y le puedes descuidar como a una novia fea que cuando la vuelves a necesitar te consuela aunque no la invites a cenar en un tugurio con velas. Puede que no sea muy preciso pero sigue ladrando sumergido en un barrizal porque no es guapo ni es finolis y ficha en el tajo llueva, nieve o se caigan las moscas de puro calor. Se sabe de kaláshnikovs que siguen en la brecha después de cuarenta años y se ha comprobado que pueden seguir funcionando después de que les pase un camión por encima. El AK-47 (acrónimo de Avtomat Kalashnikova modelo 1947) fue diseñado por el suboficial de carros Mijaíl Kaláshnikov después de la Segunda Guerra Mundial. A Kaláshnikov casi le dejan manco cuando conducía un tanque T-34 en la batalla de Briansk, en el principio de la ofensiva alemana contra Moscú, y la leyenda quiere que dibujase el primer boceto de su fusil en el hospital, pretendiendo minimizar el riguroso mantenimiento que requerían las viejas carabinas Tokarev. El modelo original estaba basado en el Sturmgewehr 44 alemán, pesaba algo más de cuatro kilos, se alimentaba de un cargador curvo de treinta cartuchos del 7,62 y llevaba acoplada una bayoneta de machete. El Ejército Rojo lo adoptó como arma oficial de la infantería en 1949 y lo empezó a producir a destajo en la factoría de Izhevsk.

 

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El fusil de Kaláshnikov estrenó los pantalones largos en Vietnam, pegándole un repaso sin concesión al M-16 de los infantes de marina americanos nacidos para matar. El M-16 nació para matar en el patio de su casa, en un ambiente de asepsia y música de sala de espera, pero en el arrozal, en la húmeda selva y en el pantano se remilgaba como un chaval de clase media. El M-16 requería un mantenimiento exhaustivo, los casquillos tendían a deformarse dentro de la recámara y, debido a las tolerancias extremadamente finas de sus partes móviles, tenía que mantenerse inmaculadamente limpio para que no se arrugase en la mitad de la brega. El AK-47 en cambio disparaba hasta debajo del agua, recién peinado o con la cara sucia, conservaba su precisión hasta los cuatrocientos metros y podía ser manejado por un campesino sin formación militar. Se confirmó que era el mejor amigo de la guerra sin frentes y, a parte de comer en cualquier plato, tenía en común con el hijo del cura que nadie se ocupó de registrarlo, con lo que cualquier ingeniero capaz de contar hasta tres pudo clonarlo y ponerlo en circulación. Hoy se fabrica en más de quince países, con licencia o sin ella, y se estima que circulan más de setenta millones de kalásnikovs por el mundo, que han producido a destajo más muertes que las dos bombas atómicas, que el virus del sida y que la peste bubónica. Para Irene Khan, secretaria general de Amnistía Internacional, es el símbolo del descontrol del comercio de armas y, sin embargo, aún guarda cierto cartel de revolución, de cimitarra del descamisado, cuando en realidad lo empuñan los buenos, los malos y los regulares. Lo mismo está en la bandera de Mozambique que en el escudo de Hizbulá, y es el arma preferida de los que eligen el oficio de sicariar para el narco de Sinaola. Por allá lo llaman el Cuerno de Chivo y le hacen corridos norteños. Este lo cantan los Incomparables de Tijuana: “Estando en Aguascalientes/ fui a visitar a un amigo/ tuve en mis manos un arma/ llamada Cuerno de Chivo/ sus ráfagas son terribles/ no hay hombre que quede vivo”. El Chapo Guzmán tenía uno de oro y Gadafi otro (que para lo que le sirvió) y Bin Laden lo conjuntaba con su chilaba blanca, aunque decían que era mal tirador. Los chavales de la Camorra abren las chapas de las birras con el armazón de su gatillo y en Mogadiscio lo disparaban niños de cinco años porque apenas ofrece retroceso, en lo mercados del Yemen cuesta dieciocho dólares menos de lo que le pagaron a Judas por un beso y como consta de solo ocho piezas, el tonto del pueblo puede aprender a manejarlo en un cuarto de hora a nada que le ponga atención. El líder guerrillero congoleño Laurent-Désire Kabila confirmó el último extremo cuando dijo: “Un AK-47 es capaz de transformar en combatiente hasta a un mono”.

 

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No hubo kaláshnikov para Dimitris Christoulas y los que aún celebramos alguna digestión nos vemos obligados a pensar que fue mejor así, porque estamos seguros de que siempre hay una solución dialogada al hambre de los demás. De la misma forma que Kaláshnikov no patentó su fusil, los griegos no registraron el yogur, la democracia ni el sexo de retaguardia y hoy no pueden vivir de las rentas, con lo que hay que esperar que con las pocas que les queden debajo de la teja maten el hambre y no conviertan el ágora en selva, que luego cunde el ejemplo y acaba el alcalde en el río, qué culpa tendrá él. Que fuimos nosotros, que cogimos lo que nos ofrecieron sin preguntar. Como si todos los días fuesen domingo.

 

 

 

La revancha de los excluidos

2012 mayo 1
por Martín Olmos Medina

“Aún cuando Klebold y Harris  fuesen mis fans, eso no les da ninguna excusa ni significa que la música es culpable”
Marilyn Manson


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Hay lóbregas duchas en cárceles de Filipinas que son más seguras que los patios de los institutos de secundaria. Sobre la canasta de baloncesto de alguno de ellos debería reproducirse la frase de bienvenida al infierno de Dante: abandonad toda esperanza los que entréis aquí. La fauna de los patios de los institutos se ordena por un riguroso sistema de castas en cuya cúspide están los deportistas, las chavalas fetén y los que tienen un hermano mayor que les deja el coche. En la base, en un lugar similar al que ocupan las gacelas en los abrevaderos de la sabana, están los tíos gafosos, los que leen tebeos a la hora del recreo y los bajitos, porque resulta que en un lugar donde se evalúan las ideas, el tamaño impone, como le dijo la monja al marinero. El patio es gregario y los solitarios son caza y lo que abundan son las hienas, que ríen las hazañas de los leones y se alimentan de la sobra de su festín. Cinco minutos después de salir del instituto a uno se le olvida el teorema de Euclides y, sin embargo, ha adquirido una idea bastante aproximada de cómo manejarse en la vida, que es torear en el tercio conocido, adaptarse a las circunstancias y mirar para otro lado, y que el último que llega se queda sin silla. El instituto es darwinista y para sobrevivirlo hay que ser rápido y hay que ser implacable y, como en la vida, la piedad es lujo.

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No había piedad para los excluidos en el Instituto de Secundaria de Columbine, en Colorado, donde mandaban los machos de la defensa del equipo de fútbol y las Salomés. Por los pasillos caminaban cuesta arriba Eric Harris y Dylan Klebold, a los que llamaban Los Parias porque estaban fuera de las castas. Klebold y Harris tenían poca vida social y apenas media docena de amigos ajenos al instituto con los que formaban la Mafia de las Gabardinas, un grupo de tarados que se vestían con guardapolvos oscuros hasta los pies adornados con símbolos nazis. Generalmente les daba poco el sol y preferían quedarse en casa jugando al “Doom”, un videojuego en el que un marine solitario masacra a tiros a un ejército de zombis. En el pasillo del instituto pagaban un peaje de intimidaciones públicas porque los futbolistas les zurraban delante de las chicas, practicando el juego que tanto gusta a los gorilas de demostrar que la tienen más larga. Nadie asume la humillación como algo inevitable y que Dios te libre de la furia de los ofendidos. Klebold y Harris estaban a punto de ebullición. Dylan Klebold era un gigante prognato de casi dos metros que se hacía llamar Vodka porque le parecía un nombre molón, vivía en una casa de cuatrocientos mil dólares, tenía diecisiete años y escuchaba música de Marilyn Manson. Eric Harris tenía dieciocho y le gustaba que le llamasen el Rebelde, odiaba prácticamente a todo el mundo conocido y tenía dificultades para manejar su ira, escribía un diario delirante en un cuaderno de deberes al que llamaba el Libro de Dios y estaba lleno de fluvoxamina para mantener a raya su depresión. Eran colegas de martirio en la selva de los leones, no se comían una rosca, les detuvieron por mangar un ordenador de una camioneta y ambos pensaban que sus vidas eran una mierda sin remedio. No les interesaba el fútbol y a las chavalas no les interesaban ellos y a veces escribían en las paredes del retrete que Columbine iba a estallar.

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Durante los meses anteriores a que Columbine estallara, Klebold y Harris fabricaron cien bombas artesanales de propano y compraron por internet dos escopetas del calibre doce –una Stevens 311 y una Springfield Savage-, una pistola semiautomática TEC 09 de nueve milímetros y un rifle Hi-Point 995. El 20 de abril de 1999 era el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler y un buen día para jugar al “Doom” en los pasillos del instituto. Era la jornada de la revancha. Madrugaron y cargaron el arsenal en el coche, llevaban puestas las gabardinas de los excluidos, pasamontañas y camisetas personalizadas. En la de Dylan Klebold ponía “Ira” y en la de Eric Harris “Selección Natural”. El patio es darwinista y no tiene sitio para la piedad. Harris y Klebold tuvieron piedad con un viejo compadre de la Mafia de las Gabardinas. Se llamaba Brooks Brown y había salido a tiempo del grupo de los parias. Harris y Klebold se lo encontraron a la salida del instituto, Brown iba a conseguir un pitillo y pensaba volver y Harris le dijo, chico, me caes bien, lárgate de aquí antes de que todo reviente. A Brown le salvaron los viejos tiempos. A las once y cuarto empezaron la fiesta del desquite y se cobraron las facturas. Iniciaron el fuego en el aparcamiento y avanzaron disparando por el vestíbulo montando una escandalera, la manada entró en pánico. Los parias tiraron bombas desde las ventanas pero unas explotaron y otras no. Gritaban “Venganza” y buscaban a chicos con gorras de equipos de fútbol. Jamás el deporte fue tan insano. Dispararon a una chica en la cara por rezar y a un moreno por su color. “Es increíble, tío, mira la sesera de este negrata”, dijo Harris. Durante cuatro horas tiraron contra lo que se moviese celebrando cada blanco con carcajadas, quemaron las aulas y mataron a doce estudiantes y a un profesor, acabaron la masacre en la biblioteca, se estrecharon las manos y se dispararon en la cabeza. Harris se pegó un tiro en la boca con la carabina Hi-Point y Klebold se voló la cara con la semiautomática TEC 09. A los Hombres de Harrelson les llevó cinco horas inutilizar las bombas con las que los Parias preñaron el instituto y después llegó la hora de llevarse las manos a la cabeza y recoger los cadáveres. Los paisajes de la matanza estaban destrozados por los explosivos y el fiscal del condado de Jefferson, Dave Thomas, pidió a los padres informes bucodentales de sus hijos. Los pasmas norteamericanos utilizan el código 20-4 para describir una redada antidroga y los chavales de los institutos suelen escoger el 20 de abril para hacer novillos y fumar marihuana. Los padres rezaron para que sus hijos estuviesen fumando porros.  La semana siguiente una docena de psicólogos con pipa graznaron sus tres o cuatro ideas sobre el asunto en la tele. Echaron la culpa de la matanza a la Asociación del Rifle, a Marilyn Manson, a la fluvoxamina y a las ofertas del super, que incitaban a los padres a comprar en lugar de quedarse en casa a escuchar a sus hijos decir que nadie les comprende. Clinton rezó en la Casa Blanca y el Papa de Roma envió sus condolencias. El gobernador de Colorado Bill Owens acudió al escenario del tiroteo a reconfortar a las familias y dijo: “Quizás hoy hayamos perdido la inocencia”. Se puso una mano en el corazón, que alguien le diría dónde estaba. Venga ya, colega, la inocencia la perdió Adán en el Paraíso hace un millón de años y desde entonces estamos de vuelta.

 

 

Un bar de mala muerte

2012 abril 27
por Martín Olmos Medina

En el Mesón del Lobo Feroz desaparecían las caperucitas y se servía vino con zurrapa y coñac de garrafón.

“Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado”
Ernest Hemingway

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Hay tascas de parroquia fetén y propinera, de tapas de gambas, vino abrigador y fútbol de canal de pago, y hay tascas negras que no levantan la cabeza, de trago de garrafón, alfombra de serrín y aroma de bronca. Hay tascas malditas como hay castillos malditos en Escocia y no tienen remedio, nacen con el porvenir torcido y la barra vacía y borras en el café. Nacen con un cliente dentro que pide sol y sombra y con los churros de grasa incrustados en los relieves de la botella de Anís del Mono, sedimentados como el guano de las gaviotas. Lo que ya no hay son bares con cigarreras, limpiabotas y espías con gabardina. Por las tascas de mala sombra cae a veces un viajante que está de feria y se despistó, pero sale en seguida  porque no hay papel en el cagadero y se va a buscar una cafetería con croissants en la que mear no sea una ordalía. Las tascas malditas no tienen enmienda ni aunque cambien de patrón y alarguen la hora feliz y en ellas el vino sabe al vinagre que le ofrecieron a Cristo en la cruz y el periódico es de anteayer. A las tascas de mala muerte no van ni los que no tienen dónde ir, aunque haga frío afuera, y el tasquero se va arruinando, primero progresivamente y después del todo, y se le vuelve el carácter vinagre y te pone el café ardiendo cuando se lo pides templadito. Va alimentando su frustración detrás de la barra deshabitada y cría una agresividad como de cable pelado y se toma por lo personal que un hombrón con bigote le pida una menta poleo porque no quiere que le confundan con el ambulatorio. Un tasquero difícil es como un boxeador zurdo y hay que evitarlo en la medida de lo posible si no se andan buscando pleitos.

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Un bar decente es sagrado como un monasterio y recoge a los solitarios que buscan ese lugar limpio y bien iluminado del que hablaba Ernest Hemingway, que entendía mucho de tabernas y no tanto de sí mismo. El Mesón del Lobo Feroz no era un lugar limpio ni bien iluminado y nació cuesta abajo, como el camino que conduce al infierno. Estaba en el nueve de la calle Lucientes, en el Madrid cañí del Mercado de la Cebada, y en los años sesenta fue un almacén de hortalizas que regentaba doña Nieves Aranda, que cuando cerró el negocio le traspasó el local al comisario Cándido Morales, un pasma que había caminado por  calles de muchas esquinas y las putas, cuando le veían asomar de redada, para avisar el agua, gritaban: ¡Que viene el lobo! Como el comisario Morales gastaba retranca puso tasca y la llamó el Mesón del Lobo Feroz, con letras góticas sobre un fondo que imitaba a un pergamino, y le pintó en la puerta al lobo de los tres cerditos de Walt Disney, que quedó entre inquietante y naif. El negocio nunca le marchó por rumbas y después de quince años se lo traspasó a Pilar la Rubia, que había sido madame, que convirtió el mesón en parada de las del oficio. Cuando en 1984 a la Rubia se le murió el moreno le mordió la morriña, se volvió para su pago y la tasca la recogió Irene Pardo, que le quería dar un porvenir a su hijo Santiago, que no acababa de encontrar su lugar en el mundo. Santiago Sanjosé Pardo tenía treinta años y una mano delante y otra detrás, le decían el Legionario porque había estado en el Tercio y había pasado por una docena de oficios que no le duraron. Había sido recadero en una molienda, cobrador de facturas, oficial en una imprenta y portero de finca. No se le conocía novia ni gracia para echársela y seguía viviendo con mamá. Santiago tenía bigote y mal beber, y el alivio le gustaba profesional pero se le arrugaba el estoque en el tercio de varas y se quedaba manso y luego no quería pagar el servicio. El vino le ponía bocón y montaba la brava porque decía que las golfas no le sabían levantar el ánimo y le tenían prohibida la entrada en varios burdeles. De alguno salió con el lomo escrito. Santiago no supo enderezar un negocio que venía de ser medio casa de charlar y no recogió parroquia, empezaba la jornada con coñac y la terminaba con cubalibres de ron y a la hora del cierre estaba curda el patrón en vez de la clientela. No tenía horizonte el Mesón del Lobo Feroz y  empezaron a desaparecer las caperucitas.

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Una noche del final del verano de 1987, Santiago Sanjosé echó la persiana del Lobo Feroz dejando la botella de coñac a medio trago de la extremaunción y la caja sin llenar. Pensó que aún le quedaba jornada y se fue a la calle de la Cruz a alquilarse un amor. Apalabró servicio con Mari Luz Varela, puta de destajo, de veintidós años, adicta al jaco y madre de dos hijos. Quedaron en los mil duros y Santiago se la llevó en taxi al mesón, le convidó a una copa y la mató a puñaladas con un cuchillo de cortar jamón. Le dio dos mojadas en el pecho, con la mano derecha, que le atravesaron el corazón y el omoplato izquierdo y el jamonero se tronchó. Enderezó el filo contra la pared y le pegó otras tres que se atenuaron al cruzarse con la columna vertebral. Dejó el cuerpo a medio vestir en el suelo de la tasca, sobre un lecho de serrín y finales de Farias, y se fue a dormir al piso de su madre en la calle Espronceda. A la mañana siguiente se fue a Elche a la boda de su hermano, gritó que vivan los novios y bebió de gorra, y cuando regresó emparedó el cadáver en un nicho que mordió en la pared del sótano y que cubrió apenas con dos cajones de cerveza.  Poco más de un mes después, el día de la Virgen del Pilar, Santiago coronó la noche llevándose al mesón a una mulata de renta que acabó con el corazón partido por el mismo cuchillo del  jamón y escondida en la hornacina del sótano que ya empezaba a ser catacumba. Cogió el bar olor a desgracia, a vino de pitarra y a muerto y se fue yendo la parroquia escasa a otros bebederos. A la tercera marró, fue en navidad, Santiago Sanjosé reclutó a una de la germanía en la calle de la Cruz que se llamaba Araceli Fernández pero le salió peleona, la metió nueve puñaladas en el mesón, todas en la cara y en las manos, se le chafó el jamonero al dar en hueso y mientras se entretuvo en enderezarlo se le escapó la mujer sangrando y por sus gritos compareció la pasma. Se levantó atestado de muy poco rigor, dijo Santiago que la golfa le había querido robar y los polis dieron el asunto como lid de pendón y putañero que no habían cerrado acuerdo con la minuta. Y se fueron a tomar café, que la noche es larga. A Santiago Sanjosé se le doblaban los cuchillos, el suyo y el del jamón, y se le murió el negocio y ese mismo año lo cerró de deudas con el proveedor, taburetes vacíos y dos muertas en la bodega. Pasó dos años clausurado el local, como un mausoleo de faraonas con taxímetro, hasta que el comisario Morales se lo volvió a arrendar a otro emprendedor en 1989. El nuevo dueño hizo obra y los albañiles encontraron las calaveras del sótano, las llevaron al forense, que determinó cuando la diñaron, y la bofia echó las cuentas. Pescaron a Santiago Sanjosé cuando venía de pasar una semana en un psiquiátrico porque andaba sospechando, con rigor, que no le andaba bien la pensadera y le metieron quince años preso en la cárcel de Herrera de la Mancha, en donde estudió BUP.

Las reglas de la chusma

2012 abril 27
por Martín Olmos Medina

“-¿Quién mató al comendador?
-Fuenteovejuna, señor.”
Lope de Vega

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Un hombre solo tiene pensamientos abstractos y se pregunta qué esconde la cara oculta de la luna. Un hombre solo se lo piensa dos veces y se inventa la filosofía. Muchos hombres juntos sudan en compañía y apestan que no hay quien pare y son comunidad si sale cara, o turba si sale cruz. Si son lo primero levantan las torres y si son lo segundo las tumban y rompen los brazos de las estatuas. La turba es caterva y es manada, es marabunta y es pelotón, y no tiene cara y campa de garulla, que es jactarse de valentón y echar el juramento. La turba es legión y es el enjambre que sale de romería y pobre de aquel que se la cruce y que no sea de la cofradía. Los mejores amigos de la turba son el vino malo y el coraje de segunda clase, que no tiene asomo de épica y consiste en abrirse la camisa para sacar el pecho de lobo y acuchillar al bulto. La turba tiene la ilusión de democracia y de Fuenteovejuna pero es plaga de langosta y deja yerma la cosecha. Su mecanismo funciona por el sistema de que cada individuo que la conforma cede la responsabilidad al que tiene al lado, que a su vez pasa el recado al siguiente y al final nadie tiene la culpa de haber roto la vajilla. Para integrar una turba te tiene que gustar el olor a corral y tirar la piedra y esconder la mano y te tiene que gustar abrevar con los ñues. La turba que sale a linchar no tiene perdón y si alguna vez tuvo razón la pierde. Cuando cae inexorable sobre un asesino execrable tiene la virtud de dignificarle porque en vez de justicia le da martirio y al final lo que palma es el concepto que tiene de sí misma la humanidad. La turba mata como en una kermés de salchichas y cerveza fría, cantando himnos de romería, y se ríe loca, como una ramera lunática, cuando cuelga a un negro de la rama de un álamo, cuando rompe las patas de los leones de la Cibeles y cuando pisa un jardín con flores.

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El 26 de noviembre de 1933 una turba civil ejecutó su concepto de la justicia en un par de árboles del parque de Saint James, en San José, en el condado de Santa Clara, a una hora en autobús de San Francisco. Diez mil ciudadanos temerosos de Dios sacaron a dos hombres de la cárcel del condado y les colgaron por el cuello. Llevaron a sus hijos a verlo y los auparon sobre sus hombros para que no se perdiesen un ripio. Aquellos dos hombres no eran un par de ejemplos para la sociedad pero no eran mucho más indecentes que la chusma que eligió poner en marcha el tiovivo de Lynch. Los autobuses de San Francisco variaron sus trayectos para darse un garbeo por el circo y los conductores anunciaron por megafonía: suban y vengan con nosotros a San José, a las diez habrá un linchamiento. Se montaron señoras con sombrero y bocadillos como si fueran a una merienda en la casa del vicario. Thomas Harold Thurmond y John “Jack” Holmes eran dos mangantes de cuarta que quisieron dar un golpe de primera. El 9 de noviembre de 1933 secuestraron a Brooke Hart, de veintidós años, y le pidieron a su padre, un próspero comerciante de San José, un rescate de 40.000 dólares. Un secuestro exige una infraestructura que Thurmond y Holmes no tuvieron la precaución de organizar y una hora más tarde mataron al muchacho por no tener sitio donde guardarle. Ninguno de los dos había pasado de mangar en gasolineras, improvisaron sobre la marcha y en un par de días ya estaban en el trullo, confesos y preguntándose qué es lo que había salido mal. Los hermanos Marx hubiesen preparado un plan con más vías de escape. El 25 de noviembre dos cazadores de patos encontraron el cuerpo de Hart pudriéndose en la bahía, los peces le habían comido los ojos. Un año antes, América lloró el asesinato del hijo del aviador Lindbergh en otro secuestro que se torció. Las radios locales cocinaron el caldo espeso de la indignación y llamaron a la venganza, el popular se exacerbó y sacó pecho, preparó el aquelarre de hogueras y violencia, se formaron grupos de bravos con estacas y la justicia se hizo verbena. En las tascas se acabó la cerveza. La parroquia sitió la cárcel del condado, la formaban hombres, mujeres y niños que no se quisieron perder el festejo. Era domingo y no había cole. El sheriff William Emig y treinta y cinco agentes defendieron el cantón hasta donde pudieron, colocados en la disyuntiva de disparar contra los que ayer les invitaron a café. Usaron gases lacrimógenos para evitar una masacre, eligieron el mal menor, pidieron refuerzos pero la turba levantó barricadas en la carretera y el Séptimo de Caballería no llegó. Suban al autobús, chicos y chicas, habrá un linchamiento en San José. A las once de la noche la turba tumbó la puerta de la comisaría con una tubería de doscientos kilos y se cobró las piezas. Al sheriff Emig le pesaron los brazos como dos toneladas de lastre. El carcelero Howard Buffington lloró. Thomas Thurmond se cagó encima y perdió la gracia del lenguaje, Jack Holmes dijo que no era Jack Holmes. La chusma, que tenía mil brazos, le contestó: Dios sabe que lo eres. Les colgaron de dos árboles en el parque de Saint James, al lado de una estatua del presidente McKinley a la que se encaramaron los chiquillos para ver mejor. Se cantaron rimas como en una noche de feria. Después la mujeres repararon en que los cuerpos de los ahorcados estaban desnudos y alguna se desmayó, como una dama de época. Les turbó más el pajarito al aire y el culo sucio que el linchamiento. Los dos hombres permanecieron colgados durante dos horas, como los adornos de un árbol de navidad, hasta que la policía los arrió.

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Royce Brier, redactor del San Francisco Chronicle recogió el linchamiento jugándose la cara, que se la quisieron partir. La turba se maneja en la contradicción de que no busca la intimidad sino la alegre compañía de sus elementos cohesionados pero exige la discreción de los que son ajenos a ella. A la turba perteneces o no mires, que si no te comerá. Brier envió su crónica desde la oficina de la Western Union de San José con los minutos del cierre de la edición pegados al trasero y el periódico la publicó sin alterar una coma. A la mañana siguiente triplicó la tirada y Brier ganó el Premio Pulitzer de 1934. Cuando se apagaron las hogueras nadie se acordó de la cara del hombre que tiró la primera piedra, que seguramente pertenecía a alguien que no estaba libre de pecado. El gobernador de California, el republicano James Rolph, prometió inmunidad a la chusma y nadie asumió las consecuencias. El concejo de San José pretendió borrar el oprobio ordenando talar los árboles de los ahorcados y los jardineros municipales obtuvieron sus propinas vendiendo trozos de ramas a los coleccionistas de atrocidades que quisieron llevarse un recuerdo de la noche en la que el pueblo cambió la ley por la venganza para ponerlo de adorno en el recibidor, al lado del paragüero.

Publicado originalmente en El Correo.