Provengo de un siglo en el que no eran necesarios ni móviles ni ordenadores para sentir que alguien estaba ahí. Lejos de las ciudades, nuestros abuelos permanecían largas temporadas en el pueblo, y los que vivían en el monte se resignaban a ver de cuando en cuando a sus amistades. Estaban acostumbrados. Por otra parte, el teléfono de casa lo usábamos para asuntos de emergencia y de quedar con gente lo hacíamos sin prisas, cuando acababa tal película o tal telenovela. Ahora, la situación es completamente diferente…
Según cuentan, somos seres sociales y a la vez antisociales. Pasamos más tiempo entre la gente y cada vez más, lo hacemos virtualmente.
Redes como Twitter , Facebook o Tuenti exponen nuestras vidas a los ojos de los demás, y han cambiado la forma de relacionarnos entre unos y otros. Para muchos, estas plataformas llegan a superar obstáculos como la falta de tiempo o la distancia pero al final, nutren relaciones un tanto superficiales.
Así es. Lo significativo es que Internet promueve el contacto entre famosos y no tan famosos , cambiado de esta manera el concepto que tenemos sobre la privacidad. Casi de la nada, surgen pretextos para entablar conversación; anuncian nuestros gustos, nuestras fotos y hasta nuestras preocupaciones.
La presencia de un equivalente virtual se convierte en la puesta en escena de uno mismo, y en el fondo se esconde la necesidad y la búsqueda de aprobación por parte de los demás (aprobación digo porque ¿a quien no le gusta leer decenas de mensajitos el día de su cumpleaños?, ¿a quien no recibir pequeñas señales de atención en forma de invitaciones diarias? ).

No voy a negar que además de tentadora, la idea en sí de ´tener un millón de amigos` no sea algo atractivo. Sin embargo es utópico, ¿no creéis?





