Sí, el frondoso pelaje de este bello animal no es blanco si no que carece de color, es translúcido. Bajo él se encuentra la piel que, al contrario de lo que seguramente nunca se hubieran imaginado, es negra. De esta forma, el conocido como oso blanco puede atraer mejor la radiación solar que le permite aumentar su calor corporal, fundamental para poder sobrevivir a las bajas temperaturas a las que vive expuesto.
Los rayos de sol penetran en el pelaje del animal y hacen que nuestro ojo perciba una falsa sensación de blancura. Nada más lejos de la realidad. El pelo del oso parece blanco porque posee infinidad de burbujas de aire que protegen al animal. Su función es importantísima en el aislamiento térmico del oso, primordial para su supervivencia.
Las burbujas actúan como si fuesen partículas en suspensión, dispersando la luz incidente, lo que provoca que el pelo parezca blanco, aunque en ocasiones puede verse amarillento o incluso puede tener matices de color pardo.
Buena parte de la luz solar que llega a este mamífero se refleja hacía su interior y llega a la piel del oso. Ésta, con ayuda del “pelaje invernadero” se convierte en uno de los mejores captores solares del mundo.
De esta manera, y al contrario de lo que pueda parecer, el oso no utiliza su capa de grasa, de entre 10 y 15 centímetros, como aislante térmico sino como reserva energética en épocas de escasez de alimentos.
Es en los meses de verano cuando estos animales del ártico adelgazan ya que sus músculos pueden expulsar el exceso de calor. En 2004 los visitantes del zoológico de Singapur se debieron quedar atónitos cuando vieron que los osos polares que allí vivían se volvieron de color verde.
No es que ningún “gamberro” del zoo les pintara sino que fue debido a las grandes cantidades de algas que crecieron sobre ellos gracias a las altas temperaturas a las que se vieron expuestos. Esto no hubiese sucedido en un lugar donde las temperaturas hubiesen sido más apropiadas para ellos.

