01 Sep 2010

"Ensayo sobre la ceguera" de Jose Saramago (Ed. Punto de Lectura)

Hay libros bellos, fáciles, hermosos, claros, transparentes, que leemos con deleite y placer. Nos envuelven, nos guiñan el ojo y nos animan a continuar su lectura con una promesa de dicha en buena compañía. No es así “Ensayo sobre la ceguera”. Es una lectura áspera, difícil, dura, espinosa. Ni por un momento me amarra a su discurso con una caricia. Constantemente me abofetea: mis sentidos, mi conciencia, mis convicciones, mi intelecto y mi estómago. Pero continúo su lectura sin aliento, pues sé que Saramago me está contando lo que ya conozco pero no quiero oír, lo que intuyo de mí misma pero que prefiero que se me mantenga oculto.

Y es que toda la grandilocuencia, el orgullo, la autosuficiencia de la sociedad contemporánea, la consciencia de sí misma como especie y como individuo, se tambalean y caen definitivamente por tierra con la pérdida colectiva del sentido de la vista. La organización social, la escala de valores, los lazos afectivos tal y como los conocemos, cambian completamente. En un escenario apocalíptico sólo una persona es consciente de la degradación, la inmundicia, el desorden, el envilecimiento y la humillación. Y su sufrimiento supera el de los que se han quedado ciegos, pues su vista es la que hace patente la pérdida de referentes, el abandono de la ética y la compasión en un mundo hostil y con unos moradores súbitamente crueles y descarnados a causa de su ceguera. El orden social queda trastocado, ni el dinero ni la sabiduría ni el amor sirven para nada, la suciedad y la podredumbre se enseñorean de las calles y la supervivencia en el día a día es el único motor.

Es una alegoría impactante sobre nuestra ceguera espiritual, la del hombre del siglos XX que ha vuelto la espalda a la naturaleza, que ha sofisticado tanto su organización social y su tecnología que una epidemia puede dar al traste con su forma de vida. Saramago no lleva la situación hasta su extremo último, pero como en las descripciones de la Europa medieval asolada por la peste aparece la crueldad, el retorno a la ley del más fuerte, el gregarismo, la supeditación de la dignidad a la pura supervivencia. Todo nuestro mundo, aparentemente tan sólido, tan engrasado, tan fiable, se deshace como un castillo de arena cuando sube la marea simplemente cuando se trastoca uno de sus elementos, llámese ceguera o crisis financiera.

Aún en este episodio durísimo, no deja Saramago de mantener con sus ojos compasivos una mirada tierna sobre el grupo humano que deambula por la ciudad buscando refugio y cuidándose entre ellos. Queda esperanza si una persona se sacrifica por el bienestar de su compañero y toma bajo su custodia a quienes quieren dejarse cuidar. Queda esperanza si un hombre y una mujer deciden amarse y se empeñan en ello.

El final propuesto por Saramago no podría ser más acertado por inquietante. ¿Y ahora qué? ¿Podrá todo volver a la normalidad tras la caída individual y colectiva en el más blanco y oscuro de los infiernos? ¿Habremos aprendido algo, como sociedad y como personas? ¿Seguiremos aferrándonos a lo accesorio? Es hábil Saramago planteándonos preguntas, dejándonos zozobrar en nuestras dudas, en la inquietud. ¿Hay luz al final del túnel? Cada cual juzgue, según sus vivencias, sus creencias, y elija entre el moderado optimismo o el tibio pesimismo.

Y toda esta bofetada a nuestra cordura y nuestra tranquilidad en un estilo sobrio y descarnado, sin concesiones ni adornos, con predominio de la narración de hechos y del discurso de los personajes. Escojo al azar una página del libro y busco adjetivos. Apenas los hallo, y cuando los hay raramente se refieren a las características físicas de los objetos. Dentro de esta economía, no son infrecuentes las calificaciones de texturas, percepciones táctiles o kinestésicas. Lo habitual en un mundo de ciegos. En el que nadie quiere ver.

Consuela pensar que existen escritores capaces de desnudar hasta extremos insospechados el alma humana, de ponerse y ponernos delante del espejo. Y de obligarnos a mirar más allá de nuestro pellejo. Y de animarnos a construir un alma de la que no nos avergoncemos. Sin duda Saramago es uno de ellos, y no ha muerto en sus libros, a través de cuyas líneas se dibuja el perfil de un hombre, piadoso, austero y lúcido.

19 Ago 2010

"La niebla y la doncella" de Lorenzo Silva (Editorial Destino) y "Muerte en la Fenice" de Donna Leon (Planeta de Agostini)

Como ya creo haber comentado anteriormente, no son mis trajines veraniegos apacibles o tranquilos en exceso. Antes bien, son ajetreados. Por eso no es en mi caso buena época para una lectura reposada, en profundidad, sesuda. Y no es que me muestre conforme con la penúltima etiqueta en cuanto a literatura se refiere, aquella de “literatura de verano”. Ni mucho menos. Sólo hay buenos y malos libros, y eso dependiendo del criterios de cada lector. El resto de clasificaciones (algunas más acertadas que otras) es pura convención.

Pero lo cierto es que no me apetece cargar por playas, maleteros, piscinas, aeropuertos, hoteles y casas ajenas libros sin estar segura de si van a ser de mi agrado. Y prefiero libros a priori “fáciles”. Es decir. Que me entretengan, que me dejen cortar y retomar el hilo entre chapuzones, cremas, chiringuitos y tinto de verano.

Por eso metí en la maleta dos títulos de los que presumía no iba a quedar insatisfecha, a sabiendas de que tampoco iban a emocionarme en exceso. Y mis cavilaciones se cumplieron al pie de la letra.

“La niebla y la doncella” y “Muerte en la Fenice” presentan varias similitudes. Ambas se enmarcan sin sonrojo en el género de la literatura “de detectives” (aún recuerdo las tardes de mis veranos de Tobalina dedicadas a Ágatha Christie), con personajes procedentes de los ampulosamente llamados “cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado”, de la Guardia Civil en el primer caso y de los Carabinieri en el segundo. Crímenes por resolver en ambas obras, y un intrincado proceso de investigación que lleva a las resolución final. En ambos libros es importante la ambientación, el escenario. En “Muerte en la Fenice” Donna Leon habla de lo que conoce: Venecia, para el resto de los mortales ciudad de sueño, irreal y extravagante. Para sus habitantes, ciudad de pesadilla, incómoda y aburrida.. Con la mirada extrañada y enamorada de la extranjera que la eligió como su ciudad. Lorenzo Silva sitúa esta vez las andanzas de Vila y Chamorro en La Gomera, ese paraíso tan cercano y desconocido. Por otra parte, ambas obras pertenecen a una serie más amplia, que toma a Bevilacqua y Chamorro como investigadores de cabecera de Lorenzo Silva y al comisario Brunetti como el de Donna Leon.

Y hasta aquí las semejanzas. Pues las diferencias son también notables. “Muerte....” se muestra más fiel al modelo clásico: un crimen, sospechosos, pistas, interrogatorios, el círculo se cierra y por fin aparece la pieza que cierra y da sentido al puzzle final. El crimen queda resuelto. Unas pinceladas leves nos dan cuenta del carácter y la vida privada del investigador y otras más difusas nos lo enmarcan en su medio social. En “La niebla...”, como en otro libro de esta serie de Silva que recuerdo haber leído pero del que mi descuajaringada memoria no me devuelve el título exacto, no importa tanto el proceso de resolución del crimen, el juego de las pistas, como el contexto social que lo propició, en interacción con las complejas personalidades de la pareja de investigadores, así como la construcción de su relación personal y profesional.

Aunque “Muerte...” es más ortodoxa como novela de detectives, “La niebla...” es más compleja por su introspección y retrato psicológico, así como en su papel de notario de una sociedad moderna con mecanismos no siempre visibles en ambientes sórdidos y cercanos.

07 Ago 2010

"Le premier siècle après Béatrice" de Amin Maalouf (Le livre de poche)

Es Amin Maalouf un habilísimo narrador, y recordaba “El viaje de Baldassare” como un eficaz relato centrado en la Europa del siglo XVII. El título de esta novela (por algún motivo que se me escapa, creí que la Béatrice del título era la Beatriz de Dante), y la ilustración de la portada, un fragmento de “La Alegoría de la Primavera” de Botticelli, me indujo a pensar que también esta obra de poquísimas páginas (y en un exquisito y clarísimo francés), estaba igualmente inscrita en la corriente histórica, tan de moda en este último decenio y de la que procuro huir (salvo honrosísimas excepciones estas novelas ni son rigurosas desde el punto de vista científico ni están bien escritas). Pero no, ni muchísimo menos. Bien al contrario, es un relato que casi se incluye en la ciencia ficción.

En primera persona, un científico, un entomólogo, es testigo privilegiado de una conspiración soterrada destinada a predeterminar el nacimiento de varones en detrimento del de hembras. El sueño de toda sociedad patriarcal y machista. A fin de cuentas aún hoy, en pleno siglo XXI, muchos grupos étnicos y/o culturales ven el nacimiento de una hija como una maldición, y firmarían a ojos ciegas la consecución de una prole exclusivamente masculina. Durante un número indeterminado de años, casi una generación, la ratio hombre/mujer se desequilibra notablemente a favor del sexo masculino, y las consecuencias de esta manipulación demográfica traerá consigo toda una serie de cataclismos sociales, políticos, económicos, culturales,.... no sólo en el “primitivo” y depauperado Sur (cuyas sociedades han optado masivamente por esta manipulación sin ningún sentido crítico), sino también en el “civilizado” y próspero Norte. En resumen,, una simple experimentación con base en los prejuicios culturales arraigados en amplísimos grupos sociales desencadenará el fin de nuestra civilización.

Realmente, es un juego no netamente literario, pura elucubración, un ejercicio intelectual y un alegato humanista, un “qué pasaría si....” bien desarrollado pero sin excesivas pretensiones de rigor científico. A cualquier otro lector pasaría desapercibido o no pasaría de la categoría de curiosidad. Pero circunstancias personales propias (aunque supongo que no exclusivas), mi trayectoria vital, hacen que esta obra menor de Maalouf me haya interesado profundamente.

La casualidad ha querido que en un taller de lectura en el que he tomado parte el curso pasado, llegó a mis manos un concienzudo manual acerca de los desequilibrios entre sexos en India y China, y las consecuencias que esyte hecho ya está acarreando en estos países. Como mujer, es lógico que me repugne esta selección de la descendencia en función del sexo y la discriminación brutal que supone. Supongo que no sólo como mujer, sino también como persona (si es que es posible disociar ambas realidades). Pero como todo en la naturaleza humana es contradictorio, baso parte de mi futura felicidad en ese deseo irracional de despreciar a las mujeres. Pura contradicción. Pura naturaleza humana.

23 Jul 2010

"Verdes valles, colinas rojas. I La tierra convulsa" de Ramiro Pinilla (Tusquets editores)

Un autor recién descubierto y que agrada a lector genera automáticamente el deseo de conocer toda su obra, y sobre todo si, como es mi caso con Ramiro Pinilla, las obras de él leídas no son, a juicio de la crítica, las fundamentales. De forma azarosa cayó en mis manos "La tierra convulsa". Me topé con Pinilla en la Feria del Libro de Bilbao creyendo que era otro autor quien en ese momento firmaba. Con mi recién leída "Las ciegas hormigas" a buen recaudo en mi casa y con el libro de otro escritor en mi lista de compras, no resistí la tentación de acercarme a la caseta de Ramiro Pinilla para que me firmase la primera entrega de "Verdes valles, colinas rojas", pretexto este de la firma para confesarle la satisfacción y placer que me produjo la lectura de su primera obra.

Así que me llevé "La tierra convulsa" a la primera parte de mi periplo vacacional. Con la duda de si sería o no un buena elección para leer en pla playa: más de 700 páginas en edición de bolsillo y, lo que es aún peor, el único libro en mi maleta para un destino sin librerías en cincuenta kilómetros a la redonda. Y acerté.

Como otros muchos escritores, Ramiro Pinilla ha creado un universo literario particular, una geografía imaginada peculiar y exclusiva. Gabriel García Márquez tiene su Macondo, Juan Rulfo su Comala, Mateo Díez su Celama. En la mayoría de los casos, son universos con pretensión de ficción, utilizados por los autores como trasunto de una realidad huidiza, una metáfora a caballo entre ficción y veracidad. Ramiro Pinilla va más allá. El territorio en el que se desenvuelve toda su obra literaria, no sólo esta trilogía, es real: Getxo. Incluso se nos incluye un mapa, con accidentes geográficos reconocibles, situación exacta de caseríos, caminos y puentes,.... Atención: el autor nos tiende una trampa con este empeño de verosimilitud. Nada hay de realista en esta historia que tenemos entre manos, a pesar del empeño en documentar fielmente genealogías, hechos históricos, topografías,....

Releo estas líneas y he de desdecirme, al menos parcialmente. Los personajes descritos y sus relaciones son probablemente frutos del cerebro de Pinilla. Pero son plausibles. Son hijos de la época: las ideas sabinianas de Cristina mantenidas hasta el desquiciamiento en permanente contradiccion con sus prejuicios de clase y su ocupaciones mercantiles; la aparición de una nueva burguesía, "los hombres del hierro"; la irrupción del fenómeno migratorio; la dureza de la vida en las minas de hierro; la fractura entre la margen derecha y la margen izquierda; el desarrollo del nacionalismo y el socialismo; el fin de un modo de vida, el de "los hombres de la madera", basado en la tierra y el respeto a la palabra,... Todos estos condicionantes históricos, poíticos y sociales son reales. Y sin embargo, en la lectura de "La tierra convulsa" tengo permanentemente la sensación de no estar frente a una novela realista, sino ante una saga, una mitología. Los personajes, sin dejar de ser individuos, también se constituyen en arquetipos. Están dominados por un fatum, un destino al que se rinden a veces de antemano, a veces tras un lucha denodada y sin esperanzas sabiendo que sus esfuerzos serán vanos, en ocasiones se doblegan sin más ante un río desbordado y tratan de nadar entre sus turbulentas aguas.

De ramillete de personajes que pueblan y dan vida a la novela, destaco el de Ella. Enigmático, el único personaje al que no conocermos más que por lo que los demás nos cuentan, siempre a través de una lente deformada. Para unos, la encarnación del mal, el zorro que se coló en un gallinero ajeno con un plan premeditado de destrucción. Para otros mera superviviente que trata de dejar atrás el hambre y la miseria. Y también el personaje colectivo, el mito de los Baskardo, los irreductibles, los puros, los extraños.

Trufan la acción que se desarrolla a caballo entre finales del XIX y principios del XX ciertos episodios que podría arrancar en el siglo X. Refrendan al aroma de saga mitológica y contribuyen a reforzar una concepción inmemorial y de carácter sagrado de los usos sociales que se tienen por inmutables y que conforman las "viejas leyes", surgidas de la noche de los tiempos y respetadas sin cuestionamiento. El mostrador de Ermo e uno de estos episodios entre lo hilarante y lo simbólico.

En suma, una excelente lectura, con brillante no siempre mantenida (demasiadas páginas para que todas y cada una de ellas sea excelsa) pero en conjunto apasionante, seductora. Incluso para un Julio con el sol cayendo a plomo sobre las plácidas calas menorquinas. Un buen aperitivo para el resto de la trilogía.

09 Jul 2010

"El Museo de la Inocencia" de Orhan Pamuk (Círculo de Lectores por cortesía de Random House Mondadori)

Llevaba este título siendo postergado durante dos o tres meses. Y eso que me gusta, a ratos, Pamuk. Recuerdo "Me llamo Rojo" como uno de los libros más bellos que he leído jamás. Pero no me gustó tanto "Nieve", no entendí prácticamente nada. Hojée "Estambul", pero la prisa me impidió meterme en él a fondo. Así que "El Museo de la Inocencia" iba siendo sustituido en la posición de salida del rimero de la mesilla... hasta que le llegó su momento. Este.

"El Museo..." tiene como tema fundamental el amor, por momentos concebido también como obsesión. Pero no es una novela de amor, no es una novela romántica o sentimental al uso, en el sentido más bastardo de la palabra. Es una novela que nos relata no tanto una historia de amor, sino que nos describe el sentimiento amoroso que a Kemal le inspira Füsum. Este sentimiento condicionará la vida de ambos, y, como nos confiesa su protagonista, no tiene que ver con la comunión con la persona amada, pues para experimentar ese intenso sentimiento, esa pulsión, no es necesaria la correspondencia.

Kemal conoce a Füsum prácticamente en la cama, en la pacata sociedad turca de mediados de los setenta. Él está a punto de comprometerse con la bella Sibel. Aún así, mantienen una relación estrictamente carnal con Füsum de unos dos meses de duración, siendo muy consciente de las consecuencias que esta relación les iba a trae a los tres. Empieza entonces Kemal a sustraer y recolectar pequeños objetos que le recuerdan los encuentros que mantienen. Tras la doble ruptura y años de vivencia de recuerdos y de recreación morbosa de esos dos meses, surge el reencuentro con Füsum, a la que visita en presencia de su familia o de su marido, sin mantener relaciones carnales y sin apenas intercambiar palabras durante ocho años. Alimenta sus ínfulas de estrella de cine, le promete una nueva vida y sigue almacenando fetiches de su relación: boquillas de cigarrillos, figuritas de decoración, servilletas,.... Cuando por fin, tras ocho años de relación semiclandestina pueden hacer público su amor y vivir juntos, son los malentendidos, las promesas no cumplidas del todo, los pequeños detalles que para Kemal no tienen importancia y para Füsum son cruciales, lo tácito no explicitado que desemboca en decepción y amargura al no verse materializado, lo que precipita un final que nos muestra que no siempre un gran amor es correspondido en la misma medida, que dos peronas que viven un mismo hecho no lo interiorizan de la misma forma. El hecho de que Füsum intente matar a ambos y muera en el intento no le impide a Kemal seguir viviendo su amor con la misma o mayor intensidad, no lo merma ni un ápice. Para que este amor no muera con él y sea recordada la bella Füsum, dibuja el Museo de la Inocencia, que recogerá todos esos objetos recolectados a lo largo de los años que fueron testigo y marco de su amor, y del que el libro que tenemos entre manos es el catálogo, encargado por Kemal a un tal Orhan Pamuk, parece que buen escritor, conocido de Kemal y quien recuerda un baile con Füsum como uno de los momentos de mayor felicidad de su vida.

Esta vuelta de tuerca en cuanto a la técnica narrativa, que hace que el autor presente en primera persona un relato encargado por el protagonista real, que convierte la novela en un catálogo de un museo y que muestra al autor como un personaje secundario y circunstancial, pero personaje a fin de cuentas, añade un plus de genio literario a una obra muy recomendable. Con el amor como único tema y sin caer en el melodrama. Tiene esta historia de amor todos los componentes de una telenovela: amores frustrados, diferencia de clases, infidelidad, matrimonio convenido, hostilidad social,... y si embargo nada hay de ñoño, almibarado o melifluo.

También es interesantisimo el retrato que se hace de la sociedad turca y de su vida cotidina en los setenta y ochenta. Con parecidos muy razonables con la sociedad que nosotros fuimos. En mi primera estancia en Turquía a principios de los noventa me sorprendió lo parecidos que éramos, incluso físicamente, el empuje de una sociedad muy joven y muy alegre, abierta, curiosa. En visitas posteriores a Estambul observo con tristeza que apenas es ya posible ver a una mujer sin velo, y que cada vez son menos visibles en las calles. Ni rastro de Füsum o de Sibel. Prueba de que no siempre el avance y las conquistas sociales se imponen.

24 Jun 2010

"Ropa tendida" de Eva Puyó (ED. Xordica)

El Diccionario María Moliner recoge la expresión "ropa tendida" y la define como "frase empleada para recomendar cautela en lo que se dice por la presencia de ciertas personas". Eva Puyó nos advierte de esta manera de que estamos siendo testigos circunstanciales no del todo deseados de situaciones íntimas, que no llegan a la categoría de inconfesables, pero sí vergonzantes o, mejor aún, incómodas.
Por otra parte, la ropa tendida en un inmueble es la prueba definitiva de que está habitado. Y habitados, llenos de vida, están los episodios hilados (no necesariamente conectados) con los que Eva Puyó nos acerca, gracias a pinceladas entre sutiles y descarnadas, a la vida de una mujer joven, de clase media - baja, universitaria y trabajadora, con una relación difícil y cercana con una familia pintoresca, ordinaria, corriente, inusual.
En ocasiones, la autora utiliza la primera persona para describirnos esos retazos de vida a partir de los cuales nos es dado reconstruir no sólo una biografía, sino también el retrato de una capa social, la de la clase media - baja, que sobrevive gracias a trabajo y esfuerzo, sin desdeñar el chanchullo o el trapicheo (en este contexto sorprende la afición del padre a "jugar" en Bolsa, entendida esta como un juego de azar). Otras veces la autora ensaya un juego de alejamiento y se desdobla apareciendo como narradora a sí misma, y utiliza para ello la segunda persona.
Describe la narradora su vida, su novelada vida, con cierta distancia, centrándose en los hechos y sin recurrir a discursos o a explicaciones sentimentales. Son hechos descarnados, que no precisan justificaciones rebuscadas ni se prestan a excesivas interpretaciones. Hechos anodinos, poco novelescos, pues no es esta una historia de héroes o heroínas, de situaciones comprometidas o peripecias disparatadas. Es la vida misma, con su encanto y sordidez: la compra de baldas para una estantería, una operación de varices, la cola para solicitar una vivienda de protección oficial, los trabajillos precarios para sacar un dinero extra, las clases del carnet de conducir,.... Algunos de estos episodios me hacen sonreir en cuanto que son cercanos a situaciones vividas y familiares. A mí me despierta ternura el de los padres yendo a recoger fruta de árboles abandonados o a ramonear huertos ajenos (esa llamada de la tierra, esa herencia de homo recolector). Otros nos recuerdan que entre el blanco y negro hay una infinita gama de grises: incluso un padre, figura de respeto y de cobijo, puede ser un maltratador y una canalla capaz de gastar los ahorros de los hijos pequeños, y aún así....
No hay que confundir este libro con un relato costumbrista: hay ropa tendida, lo que convierte a esta historia en una descripción íntima y personal. Acertado el manejo de la sucesión temporal, con idas y venidas en el tiempo que sin embargo no distraen ni confunden.
Interesantísimo libro de una autora joven, creo que su primera publicación. Espero que no sea la última y aguardo la siguiente, aun sospechando la escasa difusión que una pequeña y meritoria editorial podrá hacer de esta escritora y sus seguro que acertadas futuras propuestas. De nuevo gracias, Óscar.

20 Jun 2010

"El mar de todos los muertos" de Javier Argüello (Ed. Lumen)

Voy a sincerarme. He leído este libro deprisa y corriendo, como quien ha de terminar con una tarea penosa, con ganas de llegar al final con el único objetivo de poder decirme que sí, que ya se había terminado. En algún otro comentario he confesado que termino el noventa y nueve por ciento de los libros que comienzo, tanto si me gustan como si no. Probablemente no sea ni la más inteligente ni la más práctica, pero esa es mi costumbre. Supongo que intento darme a mí misma y al esfuerzo del autor una oportunidad. Pero esta vez ha sido un suplicio. Por razones que probablemente están en mí antes que en el libro (mucho trabajo, demasiadas preocupaciones, poco tiempo, escasas oportunidades de concentración) no he sabido conectar con ninguna de sus líneas. Lo siento. Porque no creo que sea un mal libro. Pero no ha sido mi libro para mediados de junio del dos mil diez.
Este viernes murió José Saramago. Grandísimo escritor. Descansa ya en paz.

Escrito por: Elena 2 comentarios 20 Jun 2010 URL Permanente Compartir

08 Jun 2010

"El hermano de las moscas" de Jon Bilbao (Ed. Salto de página)

Pocas referencias tenía de Jon Bilbao. La última, un cuento incluido en "Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual" que comenté casi hace un año. Óscar Esquivias me recomendó no hace mucho que le siguiera la pista, y puesto que su criterio es para mí un mandamiento (nunca le agredeceré lo suficiente que me descubriera a Fernando Aramburu), empecé con esta novela, que no es el último libro de Jon Bilbao ("Bajo el influjo del cometa"), pero que en ese momeno tenía más a mano. Me alegra comprobar que mi opinión coincide con la de Óscar, y me congratula haber encontrado a otro excelente escritor que no ha llegado a la cuarentena.

La referencia y homenaje a Kafka es evidente, innegable, explícita. No sólo por la conversión del protagonita en insecto, incluso su nombre nos retrotrae a "La metamorfosis".

A partir de un hecho insólito, repugnante, inexplicable y vergonzante, la familia de Grego (el hermano menor, bohemio e irresponsable) ha de recomponer su realidad y su rutina para hacerse cargo de él y adelantarse a la repetición previsible y cadenciosa de tal acontecimiento, para ocultar al mundo una realidad obscena dando sensación de normalidad. Paulatinamente, al asumir como cotidiana tal metamorfosis, afloran los sentimientos más profundos, ocultos incluso para los propios protagonistas. Hasta llegar al desenlace final, íntimamente aceptado por todos, aunque no necesariamente deseado.

El lector también va anticipando ese inevitable final, a través de un lenguaje cada vez más despegado de las emociones y de los sentimientos justamente cuando estos invaden la piel y la mente de Grego y Héctor. La mirada del escritor se detiene entonces en la preparación minuciosa de escenarios, procedimientos y utillaje del momento final, quedando sobreentendidas angustia, aceptación de lo inevitable, negación, rabia, desconsuelo ... y también alivio.

La mirada de Jon Bilbao se centra no sólo en el protagonista a su pesar, Grego, el hermano de las moscas. A través de sus ojos críticos conocemos la urbanización de clase media - alta en la que viven Sara, Héctor y Beatriz, las complicadas relaciones laborales en un entorno competitivo, la vivencia de las apariencias, los lazos afectivos entre personas que comparten y protegen un secreto terrible, la asunción incondicional de responsabilidades por parte de la familia, la defensa de Héctor de su Troya particular,.... En el aparente mundo idílico de la urbanización, "algo huele a podrido", y no precisamente el cubículo de Grego.

Una visión ácida de nuestro modo de vida no exenta de cariño por los personajes, en cuyos comportamentos y sentimientos contradictorios y ambivalentes reconozco mis hipotéticas, desconcertantes y contrapuestas reacciones ante el episodio clave de la novela, pues no está Jon Bilbao describeindo una peripecia fantástica, sino la poliédrica condición humana, que rechaza lo que ama y es atraída por aquello de lo que huye.

30 May 2010

"El asedio" de Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara)

Todo escritor ha de encontrar su territorio. Territorio privativo, que le diferencie de otros autores. Delibes, como he comentado en "El camino", lo encontró en los campos infinitos de Castilla y en sus campesinos. El territorio de Pérez-Reverte es el de las arenas movedizas, el de los tiempos turbulentos en los que todo está a punto de suceder y de derrumbarse, el de las situaciones al límite. Hombres y mujeres con pulso firmaetratan de aguantar la embestida, aunque presienten que todo irá a peor y que nada sacarán del envite de lo inevitable, y siguen guiándose dentro de los márgenes que les marca su personal sentido de la ética, sin traicionarse a sí mismos.
Arturo Pérez-Reverte se mueve magistralmente en este territorio y domina como poquísimos escritores en lengua española las urdimbres de la trama novelesca. Estos son, a mi modo de ver, los dos distintivos de la prosa de Reverte. Tramas excelsamente construidas y temas centrados en situaciones convulsas.
Ambas características vuelven a conjugarse en "El asedio". Aparecen también esos personajes recurrentes en los textos de Reverte: los que se guían por su instinto, en los márgenes de las convenciones sociales y que hacen bandera de su supervivencia en una amplia escala de grises.
Hasta aquí, nada nuevo. Nada que no esperara encontrar y que no anduviera buscando. Me gusta Reverte, el ritmo que imprime a la narración, los tipos desagarrados, entre valientes y fatalistas que viven en sus páginas. Su exquisita ambientación, la cuidada y rigurosa documentación que presiento detrás de cada línea, sustentando cada anécdota,...
Y sin embargo..... Sin embargo me he sorprendido buscando el final de los párrafos largos, saltando inopinadamente de página, obviando ciertas descripciones y haciendo una lectura en diagonal de bastantes pasajes. Aunque la trama me parece original, el asedio del asesino en la ciudad asediada y la ciudad como protagonista de una lucha cruel, la resolución se me antoja artificosa, muy traída por los pelos. No me convence en absoluto la teoría de los vórtices ni el ajuste de cuentas con la técnica. Y mi disgusto por esa teoría del comisario Tizón me deja tan fría que no me permite disfrutar de la novela.
Que tiene grandes méritos. La hábil concatenación de subtramas y personajes, el recurso al método científico, tan del gusto de la época, Cádiz como ciudad marinera, comercial y liberal, los entresijos del bombardeo. Y los personajes. Lolita Palma, mujer en un mundo de hombres, el comisario Tizón, el capitán Lobo, el artillero francés,.... No son los personajes los que, según mi humildísima opinión, han fallado. Algunos son soberbios, definidos por lo que hacen y dicen, y por lo que nos ocultan, como en el caso del comisario.
Para una lectora incondicional de Reverte, como confieso ser, "El asedio" no supone sino un minúsculo borrón en la exquisita cuenta de Reverte, el escritor que ha vuelto a atraer al redil de la lectura a muchos desencantados, que ha permitido a muchos profesores tomar a Alatriste como estandarte de calidad en los personajes literarios de la ESO y el Bachillerato, convenciendo a los lectores más remisos de que la excelencia en la factura literaria no está reñida ni con la diversión ni con el disfrute.

18 May 2010

"El camino" de Miguel Delibes (Austral)

Siempre es buen momento para volver a Miguel Delibes, o para leerle por primera vez. Lástima que para mí, al igual que para muchos otros hermanos lectores, el aldabonazo lo haya marcado su muerte, ocurrida hace algo más de un mes. Pocos autores contemporáneos españoles han generado tanto consenso en torno a la trascendencia y originalidad de su obra literaria, obra que es inseparable de la personalidad de Delibes, el cazador que escribía, como tantas veces se definió a sí mismo. En esas correrías por las rastrojeras de los campos de Castilla, con la escopeta al hombro, encontró Delibes el paisaje de sus novelas, paisaje indisolublemente unido al paisanaje y del que el autor era un personaje más. En la obra de Delibes es muy difícil deshacer la unión entre los personales y su escenario. Es la dureza del campo la que cincela la personalidad de los protagonistas de “Los santos inocentes”, “Las ratas”, “El camino”,..., así como el teatro de la pequeña burguesía de la posguerra marcará el devenir de los de “Mi idolatrado hijo Sisi”, “Cinco horas con Mario”,...

En “El camino”, Miguel Delibes encuentra su universo literario, el mundo que se va a sentir cómodo describiendo: la vida rural, los pequeños pueblos de Castilla la Vieja, su paisaje, su flora y su fauna, las personas que los habitan en íntima comunión y dependencia de la naturaleza. Delibes se siente cómodo en su papel de notario y testigo fiel de este mundo que empieza a agonizar, ya irremisiblemente perdido. Como será marca de la narrativa de Delibes, la mirada inocente y maravillada de un niño describe, a partir de las maquinaciones de un grupo de amigos, el universo de la vida social del pequeño pueblo, con sus clases acomodadas y sus menestrales, las pequeñas rencillas y mezquindades, pero también la bondad, la solidaridad, la vivencia del alma colectiva.

Daniel, el Mochuelo, pasa su última noche en casa. A sus once años, su padre ha decidido que estudie en la capital a costa de muchos sacrificios, y al día siguiente iniciará una nueva vida, solo, en el internado. En esta noche de vigilia, por los ojos insomnes de Daniel desfila la vida que ha llevado hasta el momento: las andanzas con sus amigos el Moñigo y el Tiñoso, su fascinación por la Mica, su incipiente amor por la Uca-uca, su particular mirada sobre las relaciones humanas que se entretejen sobre los campos del verde valle,.... El Mochuelo no comprende la razón de tener que estudiar tantos y tantos años lejos de su tierra si él ya sabe lo fundamental, ya distingue a los pájaros por su plumaje.

Y tiene razón el Mochelo en su anticipada melancolía ante su partida. Cuando regrese, no encontrará el mundo que dejó, pues es un tiempo que se ha ido, que ha muerto. Debemos agradecer a Miguel Delibes que nos haya permitido a quienes hemos conocido sus últimos coletazos, disfrutar de una ventana permanentemene abierta sobre la plaza de una pequeña aldea, y poder deleitarnos en el olor de la tierra húmeda, estremecernos con el toque a muerto de unas campanas que tañen a golpe de cuerda, deleitarnos ante los primeros brotes del majuelo, saborear la leche recién ordeñada, aún caliente,....

En pocos años, no quedará nadie que distinga una cambera de un arrastradero sino en la blanca frialdad de un diccionario. La precisión del léxico de Delibes se antojará a futuros lectores de un preciosismo inútil y sin referentes, pues no quedará quien interprete el matiz y juzgue como atinada tal distinción. Ese día llegará, si es que no ha llegado ya. Pero aun así, esos futuros lectores sentirán de nuevo la emoción del paso de la infancia a la edad adulta, el desgarro de dejar un mundo conocido, el sentimiento de la amistad, la angustiosa percepción de la muerte de un niño. Y apreciarán, como lo hacemos nosotros, la magistral economía de lenguaje de Delibes, el amor por la naturaleza que rezuma en todas sus descripciones, esa búsqueda constante de la precisión y el rigor, esa mirada compasiva sobre las personas, que hará que ellos intuyan lo que nosotros sabemos: que esa mirada perteneció no sólo a un buen escritor. Mejor aún: perteneció a un hombre bueno.


Esta foto pertenece al pueblo burgalés de Sedano, donde la familia Delibes Castro pasó tantos veranos.

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Mi vida y los libros. Los libros y mi vida

Simplemente, soy una lectora. Con opiniones muy personales y sin gustos definidos. Bueno, sí. No me gusta Coelho

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