No añado en esta reflexión mucho más a lo ya confesado acerca de la lectura de las dos primeras partes. Dejando a una lado las peripecias de la trama y su avance (el acercamiento entre Aomame y Tengo, la irrupción del investigador, la estancia en el “pueblo de los gatos” de Tengo,… ) no se me ocurre nada nuevo con lo que ilustrar mis observaciones. Quizás la originalidad de la investigación de Ushikawa, cuyo fino olfato le pone sobre la pista de Aomame…. contraviniendo toda la lógica de la deducción, tirando de hilos completamente casuales y sin relación aparente, y que incluso los protagonistas ignoran. También me ha emocionado otro detalle de los mundos paralelos: en 1Q84, Aomame y Ushikawa son reconvenidos por un cobrador del impuesto de la televisión estatal que aporrea sus puertas, mientras que en 1984, a miles de kilómetros de distancia, el padre de Tengo, agonizando y en coma, hace ademán de llamar a una puerta con sus nudillos inermes.
Me gustan las historias fantásticas y no suele ser este un género muy frecuentado por los escritores contemporáneos. Menudean los cuentos, pero no así las novelas (se me viene a la cabeza “El hermano de las moscas” de Jon Bilbao). Me temo subyace un prejuicio acerca de su consideración como subgénero, como algo poco serio. No son los géneros los que son más o menos serios, más o menos académicos, más o menos aceptables. Son los libros los acreedores de tales calificativos.
Y la trilogía “1Q84” lo es. Quizás le sobran páginas, quizás esta tercera parte pierde el ritmo que caracterizó a las dos primeras. Pero, en conjunto, es una agradable sorpresa.
Mi vida y los libros. Los libros y mi vida
¿Es posible vivir sin libros? Posiblemente sí. Pero, ¿merece la pena?
“1Q84. Libro 3″ de Haruki Murakami (Círculo de Lectores)
“Rusia imaginada. Diez viajes por el paisaje ruso”. Edición de Care Santos. Nevsky Prospects
Digo Rusia. Y mis ojos se cierran ante la deslumbrante blancura de la estepa siberiana que será ya para siempre el nevado páramo soriano de “Doctor Zhivago”. Digo Rusia. Y esos mismos ojos quedan velados por las lágrimas de Miguel Strogoff cuando una espada incandescente iba a cegarle para siempre. Digo Rusia. Y el estruendo de la caballería cosaca no deja que mi voz se proyecte más allá de mis emocionados labios mojados en vodka. Digo Rusia, y las cúpulas del Kremlin brillan como pálido reflejo de los salones dorados y las joyas de las zarinas. Digo Rusia, y con el eco de estas sílabas se me aparecen todos los brillantes novelistas que escribieron en los extraños y evocadores caracteres cirílicos. Y sufro el tormento de Raskolnikov, y me enamoro de Vronsky, y soy un cosaco enfervorecido por Taras Bulba. Y se mezclan Catalina y Pedro el Grande con Iván el terrible y con Rasputin, Lenin con Stalin y Gorvachov, los húsares con los bolcheviques, los rojos con los blancos, Chagall con los iconos y las matrioskas, las bailarinas del Bolshoi y los francotiradores de Stalingrado… Es curioso todo lo que conocemos siquiera superficialmente de Rusia, el carácter evocador y romántico de su cultura, su geografía, su historia. De su mito y su realidad. Un país tan grande, antaño tan poderoso y desconocido, hoy tan rico, tan contradictorio y tan determinante política y culturalmente….
Oigo en la radio que se clausura estos días el año dual Rusia – España, y este libro es una magnífica contribución a este acontecimiento cultural. Care Santos ha reunido a un variopinto ramillete de cuentistas españoles contemporáneos con un encargo singular: fabular acerca de un paisaje desconocido para ellos, el ruso. Pero en ese adjetivo está la trampa. ¿Nos es desconocido, literariamente hablando, el paisaje ruso? ¿No tenemos en nuestra retina, en nuestra imaginación y en nuestra memoria falsos recuerdos e imágenes prestadas de Moscú, de la estepa rusa, de Siberia, del Volga y el Transiberiano? ¿No son estas imágenes más reales que las que yo pueda tener, pongamos por caso, de la huerta murciana o Barcelona, realidades más cercanas pero para mí más extrañas?
Y con esta ambivalencia entre lejanía y conocimiento trabajan estos diez escritores. Unos ambientarán su historia en un paisaje geográfico concreto y remoto, otros en un escenario histórico, otros aprovecharán circunstancias sociales determinadas, alguno recreará un hecho cultural o literario,… pero todos contribuyen a mitificar esa Rusia entre la leyenda y la historia, entre la desolación y el abandono, entre la resistencia y la huida, entre el heroísmo y la mediocridad. Y este paisaje ruso, convertido más que nunca en un escenario literario, trasciende su realidad concreta y adquiere la patina de lo simbólico y lo universal.
Me parece muy acertada esta idea del encargo de relatos con una temática o un pretexto común, pues nos da una pincelada del músculo del panorama literario. Los diez relatos no pueden ser más variopintos en su técnica, su tono y su pretexto inspirador. Y, obviamente, no todos impactarán en el lector de la misma manera. Coincido con la editora cuando afirma que “hay palabras capaces de despertar la imaginación de un muerto: Vladivostok y transiberiano son dos de ellas” y aquellos relatos que engarzan con nuestros conocimientos y obsesiones (curiosamente esas dos palabras son unas de las mías) nos serán más gratos y accesibles. Sin embargo, por su técnica y el ambiente creado, otros de escenario o pretexto desconocido van a equipararse a los primeros en cuanto a preferencias.
Sé que es injusto querer subrayar en una obra colectiva unos escritores sobre otros. Y sin que mostrar mis preferencias pueda interpretarse como demérito de los no citados, me decanto por el sobrecogedor relato con tintes góticos de la Rusia post comunista de Jon Bilbao, las alucinantes piscifactorías radioactivas de Daniel Sánchez Pardos, la recreación ruso – shakesperiana de Óscar Esquivias, el extravagante periplo siberiano de Esther García Llovet y la transcripción de unos hechos que cambiaron la historia de Rusia y del mundo de Espido Freire.
Y no puedo dejar de hacer notar la belleza de la edición, con una magnífica ilustración de portada en la que las cúpulas de las iglesias ortodoxas se funden con la estrella roja, con un diseño gráfico que recuerda tanto a Kandinsky como a los carteles soviéticos, y con unas acertadísimas portadillas en blanco y negro para cada uno de los cuentos. Ahora que los lectores nos estamos planteando (si es que no lo hemos hecho ya) el paso al libro digital, sólo encontrar un valor estético añadido en el libro considerado como objeto puede hacer que nos decantemos por el formato tradicional, que algunos tildan ya de obsoleto, que yo me resisto, cada vez con menos convicción, a abandonar.
“Los dominios del lobo” de Javier Marías (Debols!llo)
No llegan a cuatro los meses que para mí separan las lecturas, en orden inverso, de la primera y la última obra de Javier Marías. Es curiosa esta ruptura del tiempo, pues entre ambas media realmente una distancia de cuarenta años, toda una vida, prácticamente la mía. Y no es solo tiempo lo que separa ambas obras.
En “Los dominios del lobo” el joven Marías pone un océano de distancia entre su realidad y la de sus personajes, y los sitúa en los bajos fondos de unos Estados Unidos que no son sino un decorado cinematográfico. Y estos personajes también lo son. De cine y de novela negra: gánsteres, matones, vampiresa rubias, chicas bien que pagan a sicarios, familias ricas venidas a menos, jefes del hampa reconvertidos en hombres de negocio, actores de Hollywood en apuros, ladronzuelos que buscan tesoros escondidos en el profundo sur del Tío Tom o de Faulkner,…. Diríamos que el joven Marías ha visto muchas pelis y leído mucha novela negra. Y en efecto, así nos lo confiesa cuando en el prólogo de la edición nos sitúa en la gestación un tanto rocambolesca de este libro: un verano parisino, escapado de casa a los diecisiete años, sacando unos francos actuando en la calle y vendo cine, casi todo americano. Como él bien apunta, no era necesario ir a los Estados Unidos para escribir esta novela, pues es una Norteamérica literaria y cinematográfica su fuente e inspiración, no la verdadera. Así que tenemos un doble extrañamiento, el joven Marías escribe en París y sobre un país no sólo lejano, también irreal. ¿No quiere o no se atreve a abordar su realidad cercana? Parece que muchos críticos así lo han reflejado y habla de un deseo de alejarse de una sociedad a la vez gris y convulsa, como debía ser aquella sociedad y realdad española del tardofranquismo. Quizás no haga falta explicaciones enrevesadas, aunque no sea esta una disquisición absurda. Marías nunca hizo después novela social, pegada a la realidad del momento. Sus historias no se encasillan en un contexto histórico determinado, su personajes son entre ácratas y exiliados, las obras de Marías tratan de sentimiento y relaciones humanas, y estos trascienden cualquier anclaje temporal.
A mi modo de ver, una característica separa este debut de Marías de lo que será su obra de madurez. A mí me gusta Marías por la morosidad de la acción. Se deleita en el detalle, en el matiz, no descansa hasta pulir las múltiples facetas, reorganiza los hechos desde distintos puntos de vista, analiza el lenguaje de los personajes hasta extraer de una expresión aparentemente ingenua todo un estado de ánimo o una declaración de intenciones. Forzosamente la acción se ralentiza, y deja de ser importante lo que pasa, los hechos e sí mismos, pues Marías tiene la habilidad de que las circunstancias, casuística y antecedentes de una anécdota aparentemente intrascendente se conviertan e la trama como tal. Es decir, Marías no se ve obligado a narrar, a desarrollar argumentos complicados con personajes que se entrelazan y maniobras que se suceden para mantener vivo el interés del lector. Su fabulación es de otro tipo. En “Los dominios del lobo” el joven Marías sí se inclina por contar, de manera que se suceden cuadros de personajes que se van engarzado entre ello y vamos a sr testigos de acciones trepidantes y estrambóticas, siguiendo la estela del cine negro. Sin embargo, no hay un discurso lineal, se trata más bien de superposición de ramificaciones, de anécdotas que tienen sentido en sí mismas, pero que pocas veces están completas y que se van encadenando. Por tanto hay acción, a raudales, pero no en un sentido académico y clásico: no hay principio, ni nudo, ni desenlace. O sí, pero no están muy claros. No hay jerarquía entre los actos y a veces tampoco relación de causa – efecto. El joven Marías empieza a narrar historias por el mero placer de contar, sin que sea necesario que pase algo, se recrea en ciertos aspectos, apenas esboza otros. Intuyo que paulatinamente irá refinando ese gusto por contar despegándose de lo accidental.
En el epílogo (junto con el prólogo, de imprescindible lectura) confiesa el autor que esta es la mejor de sus novelas. Quiero pensar que lo afirma recordando los buenos momentos que pasó escribiéndola, sin presión, sin obligación, como un reto o un juego, como modo de afirmación personal. Y por la satisfacción que le pudo brindar su publicación, por el espaldarazo que le dio en su decisión de convertirse en escritor. Creo que no es su mejor novela y que no deja ver al escritor en el que luego se convirtió. Y tengo tal observación como un mérito de Marías, quien evolucionó desde “Los dominios del lobo”, extrajo enseñanzas que le permitieron llegar a la cumbre de la literatura contemporánea española desde una correcta y estrafalaria novela de gánsteres.
“Un matrimonio feliz” de Rafael Yglesias (Libros del Asteroide)
He tardado mucho, mucho tiempo, en encontrar unos minutos para sentarme a escribir las líneas que resumen mi encuentro con este libro. Demasiado. A veces, cuando un libro no me ha gustado a exceso, demoro el momento de mi reflexión escrita, intentando que el tiempo dulcifique mi mala impresión. Y a veces funciona, en ocasiones dejar transcurrir un lapso razonable permite reposar el juicio, descubrir nuevas vertientes, asentar primeras impresiones.
Lamento confesar que este no ha sido el caso. Vuelvo a tener que distinguir entre contenido y forma. La temática que desarrollar “Un matrimonio feliz” no puede ser más de mi agrado: el paso del tiempo a través de una pareja, los distintos estados del amor y su evolución. Aderezado con un pelín de dramatismo y reflexión sobre la vida misma ante la inminencia de un final tasado. Y sin embargo…. aunque intuyo sufrimiento en el autor a través de sus personajes, aunque reconozco cierta empatía con los mismos, aunque no niego una escritura honrada,… no me ha gustado. La mecánica narrativa es simple. Se alterna un capitulo centrado en el tramo final del matrimonio con otro que recorre los primeros momentos de la historia de la pareja. Pero bruscamente, en esta alternancia se rompe la linealidad de la narración del pasado y aparecen elipsis excesivamente desconectadas del supuesto presente y del recorrido histórico, para volver inmediatamente hacia atrás sin explicar las lagunas. En suma, la estructura temporal es un tanto confusa. Y deja sin iluminar ciertos episodios de la vida de la pareja que quizás merecieran una explicación.
En cuanto a los temas, el principal queda ya detallado: el amor de un matrimonio a través de los años, de sus propios cambios como individuos y como pareja. Y la enfermedad terminal de uno de sus miembros: la vivencia individual de la propia desaparición, el sentimiento de pérdida que se genera en el otro miembro y en el resto de la familia. En algunos episodios sobran detalles de tratamientos, fármacos, efectos secundarios,…. a mi gusto excesivamente detallados, a veces con delectación morbosa. No diría que también sobra almíbar, pues hay cierta contención, pero en ocasiones sobra sentimentalismo y autocompasión.
Y ya está. Ya lo he escrito y ya no volveré a pensar en este libro como una tarea pendiente. Me temo que pasará a mi rincón de los libros olvidados, con otros tantos. No porque haya sido una lectura horripilante, simplemente no me ha gustado, no he disfrutado.
“La carte et le territoire” de Michel Houellebecq (Flammarion) – “El mapa y el territorio” (Anagrama)
Pasé el fin de semana de mi cumpleaños en Burdeos. Me regalé un surtido de quesos, unas botellas de vino y este libro. Los quesos duraron apenas cinco días. El vino no llegará a Navidad. Y el buen poso que me ha dejado este libro durará bastante más. Y eso que Houellebecq no es ni mucho menos santo de mi devoción. Algún libro suyo he leído, creo que “La posibilidad de una isla”, no recuerdo con exactitud. Sé que me aburrió y fascinó a partes iguales (no necesariamente la fascinación tiene un matiz positivo, en este caso no lo tuvo). Y como ese poso era el que me quedaba, no volví a leer nada suyo. Hasta que mi curiosidad se vio de nuevo atraída por este libro a raíz de su reciente distinción con el premio Goncourt y por el recuerdo de su visita a la anterior edición de “La risa de Bilbao”. En la entrevista que le hizo César Coca, Hoellebecq dudaba de la existencia de un género de literatura de humor como tal, y era más bien partidario de hablar de humor dentro de los libros. Mencionó entonces como uno de los temas más humorísticos a su modo de entender el de la fabulación acerca de la propia muerte. La muerte del autor, narrada con detalle y deleitación morbosa, la propia muerte, he ahí un recurso humorístico, fueron sus palabras.
Toma Houellebecq como protagonista a un pintor de éxito, Jed Martin. Se nos va a narrar la historia de Jed desde un futuro lejano, por un narrador omnisciente, que conoce los acontecimientos que relata y los posteriores, y es capaz de engarzarlos en una relación causa – efecto que nos va a ser anticipada. Esa ruptura de los planos temporales se acrecienta cuando en algunos pasajes tenemos la sensación de que se están escribiendo tomando como referencia párrafos de una biografía “post mortem” o extractando críticas artísticas muy posteriores al momento en que ocurren los hechos narrados, pero que se refieren a ellos o intentan ofrecer una luz sobre estos acontecimientos. En cualquier caso, tenemos a Jed, al que acompañamos en los momentos decisivos de su vida y de su carrera pictórica. De la primera intuimos una personalidad esquiva, huraña, poco dada a las relaciones sociales. Recuerdo ese anterior libro con cierto desagrado en cuanto que tuve la impresión de que Houellebeq trataba a sus personajes y a sus lectores con mirada desabrida: ni pizca de empatía entre el autor y sus criaturas, ni entre ellas, ni entre lector y los personajes. Tuve la sensación de que experimentaba con personajes y lectores como podría hacerlo un entomólogo con sus bichos: con interés pero sin emoción. No siento lo mismo en este libro. Jed Martin no es encantador ni magnético, pero nos muestra sus sentimientos a través de sus acciones, y el lector recoge esos sentamientos y los reelabora. Una relación difícil y tortuosa con su familia, con su padre en particular, recorre toda la novela. Y podría explicar (o no) las peculiares relaciones que establece con conocidos y allegados.
Sin embargo, intuyo que no es en el apartado de las relaciones sentimentales y sociales de Jed el punto crucial de la historia. El autor ha escogido un artista plástico como protagonista, quizás porque el artista tiene la clave para reinterpretar el mundo, para mostrárnoslo tal cual es a partir de una elaboración personal, de una aprehensión particular. De manera que en un artista se puede llegar a confundir mapa y territorio, el símbolo y lo representado, e incluso puede conducirnos a la paradoja de que sea más importante la representación que lo representado. Los “saltos estéticos”, las etapas de Jed Martin nos ilustran sobre nuestro mundo: de los artefactos tecnológicos fotografiados con vocación de catálogo a las imágenes manipuladas de los mapas Michelin, y de ahí a los retratos tradicionales de profesiones tradicionales a punto de desaparecer o de reconvertirse, para terminar con videoinstalaciones sobre la descomposición de objeto, sobre los efectos del tiempo. De algún modo, ahí está la clave del libro, en esa expresión artística del mundo.
Intercalar en este relato de la vida y obra de Jed Martin el pasaje de su relación con Houellebecq hecho personaje (y haciendo de sí mismo) no es ni mucho menos un pegote, aunque el episodio de su muerte, o más bien de la investigación posterior, se me antoja un paréntesis excesivamente largo en una historia en la que Houellebecq no es protagonista. Podría tomarse este episodio que ocupa toda la tercera parte como una historia independiente, con engarce un tanto artificioso en la nivela. Pero es interesante, entretenido y ahonda en otro de los hilos conductores de esta novela, dejar constancia de cómo es la sociedad occidental de finales del XX y principios del XXI, tomando como ejemplo la francesa. Se documentan ciertos temas que nos son familiares culturalmente y Houellebecq reflexiona sobre algunos fenómenos que ayudan a definir nuestra época: los medios de comunicación, internet, el artificial mundo del arte, la especulación inmobiliaria, el abaratamiento de los vuelos, la sacralización de lo típico en un mundo global la vuelta a lo rústico adocenado, el predicamento de las guías en nuestra forma de consumir, la parcelación de marcas según colectivos, la conversión de la “vieja Europa” en parque temático para economías emergentes, la crisis económica, la obsolescencia programada,….
Quizás equivocadamente, fruto de mi error o mis prejuicios, atribuía a Houellebecq un estilo distante y aséptico, un desprecio por los personajes y una pose de intelectualidad como barrera en sus escritos. No es así en esta obra, que muestra una acertadísima elección de tono respecto a la acción y los personajes: distante pero no alejado, irónico pero no mordaz, desesperanzado pero no amargo, aunando escepticismo y apego por personajes más humanos y cercanos de lo que ellos mismos se consideran.
“La acabadora” de Michaela Murgia (Salamandra)
Muerte es una palabra desterrada de nuestro vocabulario. Está siendo paulatinamente sustituida por expresiones simplonas y desconcertantes. No es extraño oír o leer que “Fulanito nos ha dejado” como si la voluntad de Fulanito estuviese comprometida en su huida o en un abandono, o que “Menganita ya no está entre nosotros” (notable confusión de los verbos ser y estar). Hace ya mucho tiempo que niños y preadolescentes no acuden a los funerales y entierros incluso de sus seres más cercanos con la excusa de su impresionabilidad. Y es inusual ver a gente de luto, exceptuando a señoras ya mayores de zonas rurales. Y pretendemos desterrar todo signo y manifestación de dolor, incluso los más íntimos, tras la muerte de un allegado. Hemos hecho del duelo un problema farmacológico y acudimos al psicólogo porque no consideramos natural ese estado. Hace poco me comentaba una conocida que estaba muy preocupada por su marido, pues este no levantaba cabeza desde la muerte de su madre. Sería preocupante si este abatimiento se estuviese prolongando durante años, pero lo curioso del caso es que esta mujer había fallecido (perdón, “nos había dejado”) hacía tan solo tres semanas, y mi amiga no entendía un periodo de duelo tan prolongado en su marido.
En paralelo a esta pretensión de ocultar la muerte, es cada vez más público y candente el anhelo de una muerte digna. Estos son los dos temas de “La acabadora”: la necesidad de ritualizar el duelo, de escenificar para sí y los otros el luto, y la búsqueda de una muerte dulce, la inquietud por no prolongar sin sentido el sufrimiento del enfermo. A estos dos temas centrados en la muerte y sus circunstancias, se añade el de la familia, la importancia de los lazos del afecto sobre los de la sangre, los hijos adoptados o fill´e anima.
Pero creo que ese tema de la muerte es el crucial. Un tema serio, de los que nos obligan a posicionarnos, y no solo eso: la personal vivencia de la muerte nos influenciará decisivamente en nuestro recorrido vital, por más que este enunciado parezca antitético. Todos tenemos nuestras opiniones personales al respecto, todos creemos saber cómo queremos nuestra muerte y la de nuestros familiares. Estas convicciones generalmente están elaboradas desde la teoría y sufren un duro contraste al tener que ponerlas en práctica, cuando nos vemos obligados a tomar decisiones de verdad, y cuando estas decisiones van a traer unas consecuencias sobre padres, madres, hermanos, compañeros e hijos. Sea cual sea el signo de la decisión que tomemos, me temo que en un altísimo porcentaje y salvo circunstancias extremas, en nuestra más íntima conciencia nunca estaremos cien por cien satisfechos de la decisión que nos hemos visto obligados a tomar.
Es comúnmente aceptado (salvo para mentes muy enfermas) que todos deseamos para nosotros y los nuestros una muerte lejana en el tiempo, tras una vida plena y con las facultades mentales y físicas conservadas, sin dolor, sin prolongada agonía. ¿Y cuando esto no es así? ¿Y cuando vemos a los nuestros sufriendo sin posibilidad de que este proceso llegue a término? En este punto arranca la narración de la vida y la muerte en una aldea sarda. Reclamamos ahora del estado que nos tutele en este trance, y nos hemos dotado de conceptos tales como testamento vital, derecho a una muerte digna, eutanasia,… En esta cultura rural y de costumbres ancestrales, no se recurre a la autoridad, sino a la propia comunidad, de suerte que uno de los suyos asume la tarea de encargarse del tránsito de la agonía a la muerte cuando la primera se prolonga sin sentido y sin posibilidad de revertirse. Este papel, esta realidad es aceptada por todos, pero la muerte no es una realidad que se asuma abiertamente, y la comunidad mantiene un pacto tácito para consentir sin publicitar esta ayuda piadosa para pasar de la vida a la muerte.
Sin embargo, este papel de acabadora que asume Bonaria Urrai no está exento de contradicciones a pesar de su ritualización. Vemos cómo se excede en su misión en la muerte de Nicola Bastiu, y cómo este comportamiento irregular traerá consecuencias para ella y para su fill´e anima, Maria Listru.
Como se puede comprobar, el tema es apasionante en cuanto no es muy habitual en la literatura, pues en la vida es casi un tabú. Es un asunto de actualidad y que nos obliga a colocarnos ante el espejo, sin apasionamientos ni posiciones de trinchera.
Pero, a mi juicio, el éxito de esta novela no radica tan solo en la originalidad del tema ni en la delicadeza con la que se trata. Es también una muestra de lirismo conmovedor, de minuciosidad en la hilazón de sentimientos, con una encomiable introspección en aspectos muy íntimos. Es difícil no caer en el maniqueísmo, no tomar partido claramente en un asunto tan espinoso y que generalmente provoca reacciones y posicionamientos viscerales. Michela Mungia lo ha logrado y ese es uno de los méritos de la novela, sin olvidar el aspecto formal que citaba anteriormente: la belleza en las descripciones de paisajes y situaciones, la creación de imágenes de alto carácter simbólico. En suma, una narración con tanta elegancia y finura como contundencia.
“La tía Mame” de Patrick Dennis (Acantilado)
Tras la decepción (y aburrimiento) que supuso para mí la lectura de “Habladles de batallas, de reyes y elefantes”, he aquí un bálsamo para mi ánimo cabreado. Y un recordatorio de una de las principales razones por las que empecé a amar esconder la nariz y la cabeza entre los lomos abiertos de un libro: la diversión. A este motivo se fueron añadiendo paulatinamente otros: gusto por lo bien escrito, búsqueda de la empatía con los personajes, reflexión sobre las tesis defendidas por los autores, regocijo por encontrar un estilo conocido,…. Pero siempre, por encima de todo, diversión, pasar un buen rato, seguir el hilo de una historia bien contada, con unos personajes con los que bien por afinidad, bien por contraste, puedo sentirme identificada.
Y eso pasa con “La tía Mame”. Una historia sin más pretensión que la de reflejar unos supuestos hechos autobiográficos para componer un retrato de una extraordinaria mujer y para entretenernos a través de unos hilarantes episodios que nos llevan de la infancia a la madurez del narrador protagonista. ¿Sin más pretensión que la de entretener? Se me antoja una pretensión francamente digna y encomiable en sí misma.
El autor va desvelando, en paralelo a una historia del Reader´s Digest, los detalles de su pretendida infancia, adolescencia y juventud (desde finales de los años 20 hasta los 60 del siglo XX) a cargo de su tía Mame, una excéntrica y acaudalada dama de lo que hoy denominaríamos jet set de Nueva York. Asistimos a toda la peripecia vital del pequeño Patrick, pero sobre todo, conocemos la de la estrambótica tía Mame: sus gustos sofisticados, sus ideas originalísimas, su exquisita educación, su amor por las artes, la decoración y la moda, sus planteamientos un tanto snobs pero también valientes y desafiantes. Acompañamos a esta singular pareja en la artificiosidad de los ambientes intelectuales, en las tradicionales mansiones sureñas, en las conservadoras casas de campo, en escuelas sin prejuicios y en internados decimonónicos,… Y en estos variopintos escenarios, un abanico de personajes de la más variada procedencia: aristócratas europeos, mayordomos japoneses, refugiados ingleses, millonarios, actrices, jóvenes en busca de marido acomodado, camareras, busconas, gigolós, banqueros, secretarias,…. Entre este paisaje y paisanaje se desliza la tía Mame con su peculiar gracia, su mirada curiosa y sin prejuicios, sus deseos de gustar, su amor sin fisuras por su sobrino, sus ganas de vivir, su empeño por conducirse fuera de cualquier convención, simplemente guiándose por los dictados de su conciencia y su corazón. Podrá decirse que tal modo de vida es fácil cuando ni la tía Mame ni el supuesto Patrick tienen ningún problema económico, son libres y pueden elegir. Pero incluso en uno de los primeros episodios, cuando la tía Mame está arruinada por la crisis de 1929 (¿a alguien le recuerda algo?) y va pasando de trabajo en trabajo, sigue comportándose sin acomodarse, de manera libre. No sentimos el dramatismo de la penuria económica, quizás porque el autor no quiere cebarse en ella pues luego este episodio no tendrá trascendencia en el desarrollo de la historia (salvo que propicia el matrimonio de Mame con el bueno de Beau Burnside). Porque, con dinero y sin dinero, tía Mame es así, encantadora, excéntrica, llamativa, exuberante, pues su personalidad no le deja comportarse de otro modo, ante todo es un espíritu libre que ama la vida y la derrocha y reparte a manos llenas. Y se erige así en uno de los personajes más simpáticos y atractivos de los que guardo memoria (con cierto aire de las criaturas de Stella Gibbons y Nancy Mitford), con situaciones entre lo cómico y lo sentimental, lo banal y lo trascendente (sobre todo en los capítulos de la búsqueda de novia).
Supongo que, a pesar del truco narrativo, poco hay de autobiográfico y mucho de novelado en estas páginas. Creo que poco o nada hay de real, de vivido. Poco importa. Pues esa es la genialidad de la novela, hacer que lo real pueda pasar como ficción y lo novelado como verdaderamente acontecido, pues si está bien escrita, la novela toma cuerpo y realidad en nuestra imaginación y nuestro entendimiento. Y ahí es donde debe hacerse realidad. En este espacio vive desde ahora la adorable tía Mame, y su universo de fiestas, visitas, decoraciones, vestuario, cenas, viajes,… toda esa vida sofisticada y su parafernalia son desde hoy un universo más familiar para mí.

