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	<title>Mi vida y los libros.  Los libros y mi vida</title>
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	<description>¿Es posible vivir sin libros?  Posiblemente sí.  Pero, ¿merece la pena?</description>
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		<title>&#8220;La luz es más antigua que el amor&#8221; de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral)</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Mar 2013 17:52:30 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[&#160; Lo siento.  Me aburro.  No he entendido bien este libro.  Soy incapaz de llegar a su sentido último, no logro digerir la acumulación de referentes culturales que encierra, intuyo la intención de abordar el hecho creativo de un artista a través de las inquietudes de pintores y escritores reales y ficticios a través de]]></description>
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<p>Lo siento.  Me aburro.  No he entendido bien este libro.  Soy incapaz de llegar a su sentido último, no logro digerir la acumulación de referentes culturales que encierra, intuyo la intención de abordar el hecho creativo de un artista a través de las inquietudes de pintores y escritores reales y ficticios a través de los siglos, pero me aburro, no fluyen las páginas, no se enciende la chispa.  Y aunque el andamiaje y la técnica me parecen ingeniosos, creo que es puro artificio esta novela, este ensayo novelado, no conecto con las historias ni las conecto a ellas entre sí.  He tenido que luchar varias veces a lo largo de sus escasas ciento setenta y tres páginas con el impulso de abandonar la lectura tras un arranque prometedor.  Y la he terminado como ejercicio y a disgusto, pues esperaba más tras la cercana “<a title="“Medusa” de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barrall)" href="http://blogs.elcorreo.com/ele/2013/02/07/medusa-de-ricardo-menendez-salmon-seix-barrall/" target="_blank">Medusa</a>”, la obra más reciente de Ricardo Menéndez Salmón.  Y ese es mi consuelo, que seguro que lo siguiente me gustará más y que es posible que mi escaso aprecio de “La luz es más antigua que el amor” se deba más a mi falta de receptividad y de capacidad que a las dotes literarias del autor.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>&#8220;El criador de gorilas&#8221; de Roberto Arlt (Ediciones del Viento)</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Mar 2013 10:28:15 +0000</pubDate>
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		                		<category><![CDATA[Cuentos, relatos, narraciones breves]]></category>
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<p>De nuevo tengo que agradecer a Óscar Esquivias la referencia a esta curiosidad.  Un libro de relatos escrito a principios del siglo XX por un argentino que viajó por España y por el protectorado de Marruecos.</p>
<p>Un libro que vuelve a conectar con la cuna y la esencia de la literatura: el placer de escuchar el relato de hecho extraños, sin otra funcionalidad que la de la narración por la narración.  Esa es el alma de la literatura: la fábula, la peripecia, escuchar a alguien contar, dejarse embrujar por una historia en la que se van engranando hechos y engarzando personajes y protagonistas, cuyas acciones van tomando derroteros bien predecibles, bien sorprendentes.  Así empezó la literatura, al calor de las hogueras de Atapuerca, alrededor del juglar en los villorrios medievales, rodeando al ciego en los zocos árabes, y, más recientemente, entre las líneas de un libro o los bits de una tableta.  Pero la magia no cambia.  Nos gusta escuchar o leer historias ajenas, que trasciendan nuestra realidad, que nos alejen de nosotros, que nos obliguen a imaginar distintas circunstancias, que alteren nuestras referencias, aunque, por más ajenas que nos sean esas historias, nos sigan hablando de nosotros mismos.</p>
<p>Esto es lo que le sucede a Robert Arlt.  Para un argentino de principios del XX, los escenarios del norte de Marruecos debían de ser puro exotismo, como aún lo son en la actualidad (pues todo lo ajeno lo es).  Allí contempló, sin duda, a los sucesores de Scherezade, a los narradores de las medinas.  Y escuchó historias insólitas, procedentes de un pasado legendario pero también del presente más prosaico; en un escenario en el que se mezclaban espías de todas las nacionalidades con rescoldos de la edad media surgen las narraciones de Arlt.  Con regusto por lo ajeno, lo lejano, lo distinto.  Con situaciones entre lo mundano, lo ridículo, lo épico y lo mitológico, se recrea Arlt en la presentación de sus historias en el marco de la literatura oral, prestando tanta atención al escenario en el que el narrador va a desarrollar su labor como a la historia narrada en sí misma.  Y con un deleite en la pronunciación del nombre de los personajes, las ciudades, las regiones ignotas, alcanzando esta recreación en la fonética poderes evocadores de esa realidad ajena que quiere describir.</p>
<p>En suma, una recreación de las mil y una noches a cargo de una pluma fascinada por una realidad suspendida entre dos mundos y entre dos tiempos, tal como debió Roberto Arlt de contemplar el protectorado español de Marruecos.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>&#8220;Ayer no más&#8221; de Andrés Trapiello (Círculo de Lectores por cortesía de Ediciones Destino)</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Mar 2013 11:56:40 +0000</pubDate>
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		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[guerra civil]]></post_tag>
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		<description><![CDATA[Me cuesta mucho leer libros marcados de antemano por su argumento.  Temo encontrarme con una serie de tópicos marcados por la ideologías previas y contaminados por prejuicios (no solo los del autor, yo no me libro de ellos) y por la tentación que tiene el escritor de situarse respecto a un tema bien siguiendo la]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me cuesta mucho leer libros marcados de antemano por su argumento.  Temo encontrarme con una serie de tópicos marcados por la ideologías previas y contaminados por prejuicios (no solo los del autor, yo no me libro de ellos) y por la tentación que tiene el escritor de situarse respecto a un tema bien siguiendo la línea de lo políticamente correcto, bien proclamando que no se es tal.  Un libro sobre la guerra civil y la represión franquista es un peligro.   Es difícil que el árbol nos deje ver el bosque.</p>
<p>Tengo cuarenta y cuatro años.  Creo que este dato es pertinente a la hora de enfrentarse a la lectura y comentario de un libro sobre la guerra civil y la dictadura.  Mi primer recuerdo de Franco es que se murió.  Obviamente mis abuelos sí vivieron la guerra, desde el lado franquista (y digo lado, no digo bando).  Mis dos abuelos sufrieron sendos accidentes antes de entrar en combate y pasaron su periodo de movilización en el hospital.  En mi casa nunca se habló de la guerra, sí de las dificultades de la posguerra.</p>
<p>Quizás por esta historia familiar huyo en principio de películas y libros que versan sobre la guerra.  Desconfío del tratamiento burdo y abiertamente maniqueísta que salvo honrosas excepciones se da al tema.  Mis abuelos fueron a la fuera sin comerlo ni beberlo, sin que su ideología les inspirase.  No eran falangistas, ni siquiera simpatizantes.  Cayeron en el lado nacional y bajo esa bandera fueron a una guerra que poco o nada tenía que ver con ellos y con su vida.  Y sin embargo, cuando leo libros o veo películas de la guerra, parece que todos los combatientes de uno u otro bando lo son convencidos, militan sin fisuras en las ideologías que inspiraron la sedición o defienden con ardor una república que es la suya.</p>
<p>Por estas y otras razones me resisto a este tema.  Y, sin embargo, opino como Trapiello que es la ficción la mejor manera de enfrentarnos a un pasado incómodo, a una historia aún sin cerrar.</p>
<p>Y creo que Trapiello lo hace de la mejor manera posible.  Tomando distancia con el recurso paradójico de la narración en primera persona.  Sacando a la luz unos hechos que, si no son escrupulosamente históricos, sí son verosímiles.  Y ahondando en la imposibilidad de fraguar una memoria histórica a base de fragmentar el punto de vista, construyendo así realidades superpuestas y no siempre coincidentes en torno a la vivencia y percepción de hechos presentes.  Y al construir este presente caleidoscópico y diferente según el personaje que narre el mismo episodio del que somos testigos, podemos hacernos idea de la imposibilidad de llegar a una visión monolítica y unánime de un pasado doloroso.</p>
<p>También hay trampas en la narración: la difícil relación paterno – filial, el cuñado, la jefa de departamento excesivamente caricaturizada,….  Trampas que no ensombrecen el despliegue formal ni restan validez a la tesis que Trapiello hace explícita, y que creo que aparece en dos planos: en el histórico y en el personal.  En el histórico, nos habla de la necesidad de conocer como forma de entender (que no comprender) hechos execrables, en su contexto y valorando todas las circunstancias que empujaron a españoles de unas y otras creencias e ideas a intentar exterminar al contrario con una inquina verdaderamente digna de olvido.  Solo ese conocimiento podría guardarnos de futuras explosiones de odio.  En el plano personal, Trapiello nos recuerda que el dolor es una vivencia íntima, difícilmente generalizable y de imposible replicación.  También nos recuerda Trapiello, juntando ambos planos, que el silencio no es olvido.  Es quizás esta una de las apreciaciones que más me han hecho reflexionar.  No han olvidado quienes no hacen alarde público y diario de su dolor y de su pérdida, y, de la misma manera, no necesariamente sufren quienes vociferan agravios y ofensas.</p>
<p>En fin, otro libro sobre la guerra civil.  Con vocación de distancia, pero logrando cercanía.  Con una estructura formal que se adapta al fondo, no solo por la citada fragmentación del punto de vista y el tramposo yo narrativo.  Yo creo que una buena ficción.  Que no cierra ninguna historia, que no demuestra nada, que nos deja un amargo poso en el alma y en la conciencia.  Pues la brutalidad existió y nosotros, nuestros padres o nuestros abuelos fuimos protagonistas de ella.</p>
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		<title>&#8220;Medusa&#8221; de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barrall)</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Feb 2013 12:49:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elena</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Según la mitología griega, Medusa, el monstruo bello y fiero de hipnótica y letal mirada, fue muerta por Perseo al obligarle este a contemplarse reflejada en su escudo convertido en espejo y quedar así petrificada. &#160; Utiliza Ricardo Menéndez Salmón de modo inteligente esta historia convertida en mito para relatarnos la historia de Prohaska.  El]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Según la mitología<a href="http://blogs.elcorreo.com/ele/files/2013/02/medusa_caravaggio1.jpg"><img class="wp-image-177 alignleft" title="&quot;Medusa&quot; de Caravaggio" src="http://blogs.elcorreo.com/ele/files/2013/02/medusa_caravaggio1-292x300.jpg" alt="&quot;Medusa&quot; de Caravaggio" width="141" height="146" /></a> griega, Medusa, el monstruo bello y fiero de hipnótica y letal mirada, fue muerta por Perseo al obligarle este a contemplarse reflejada en su escudo convertido en espejo y quedar así petrificada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Utiliza Ricardo Menéndez Salmón de modo inteligente esta historia convertida en mito para relatarnos la historia de Prohaska.  El narrador va comentando su vida de forma lineal, una semblanza construida a partir de su biografía, escrita por un amigo.</p>
<p>El tema recurrente es la violencia, la maldad, la crueldad humana, la atracción que ejerce sobre nosotros, cómo esta nos contamina y nos destruye, pues hace que nos enfrentemos a nosotros mismos, a nuestra imagen reflejada en el escudo de Perseo.  A lo largo de su vida, Prohaska enfrenta todos los crueles episodios que sufrió la humanidad:  la ascensión nazi, los campos de concentración, los gulags, el holocausto nuclear,… También sufrió Prohaska la violencia personal: orfandad, desapego materno, maltrato familiar, pérdida de su único hijo, la consciencia de ser el último de su estirpe, la muerte de su mujer (único faro de su vida).  Prohaska nos devuelve todos estos horrores históricos y personales enfrentándonos a su imagen y su representación: pinturas, fotografías y filmaciones de una realidad oscura vivida, testigo fiel de los inmundos lodazales en los que se recrea la maldad humana.  ¿Es posible quedarse solamente en la categoría de testigo?  ¿Acaso el testigo de la crueldad puede serlo sin pasar a convertirse bien en denunciante bien en encubridor?  ¿Se puede dar fe de determinados hechos sin tomar partido?</p>
<p>Son preguntas que este libro no plantea, que quedan en el aire tras su lectura.  Aparentemente, el protagonista no se inmiscuye, se limita a retratar con fidelidad el horror, documenta el drama, pone, como Perseo, el espejo que también es escudo protector, para devolvernos una imagen fidedigna del monstruo y tratar así, quizás, de desactivarlo.</p>
<p>Completada su tarea, el autor desaparece, se sumerge en la nada en la que sucumbió su padre.  ¿Fue contaminado por el horror presenciado? ¿Sabemos de sus remordimientos por su inacción?  ¿Fue precisamente esa inacción, esa condición de testigo la que le dio la lucidez para sobrellevar lo vivido?  Todos esos interrogantes surgen en la reflexión tras la lectura de “Medusa”.  Una lectura sin duda inquietante, que incomoda por sus implicaciones éticas y que abre otra derivada no menos interesante acerca del papel del arte como testigo de su época, como documento de una realidad que a veces es difícil de aprehender si no es a través de su representación simbólica.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Pues sí he sido vaga, sí</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Feb 2013 17:47:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elena</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Casi un año.  Sin rendirme cuentas de mis lecturas, sin dejar reposar las impresiones sobre lo leído y relanzarlas a la conciencia. En fin.  Los hábitos han de forjarse durante años y años para que se conviertan en tarea liviana.  Y este de relatarme los libros no se ha aposentado convenientemente, a las pruebas me]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Casi un año.  Sin rendirme cuentas de mis lecturas, sin dejar reposar las impresiones sobre lo leído y relanzarlas a la conciencia.</p>
<p>En fin.  Los hábitos han de forjarse durante años y años para que se conviertan en tarea liviana.  Y este de relatarme los libros no se ha aposentado convenientemente, a las pruebas me remito.</p>
<p>Casi un año sin escribir.  Que no sin leer.  Que mucho he leído, mucho he disfrutado y también me he disgustado (y a ratos aburrido).</p>
<p>Pero no se trata ahora de mortificarse por el paréntesis, sino de hacerse buenos propósitos para el futuro.</p>
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		<title>&#8220;El puente de los asesinos&#8221; de Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara)</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Apr 2012 11:53:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elena</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A menudo creo que los lectores, frente a ciertos autores, se dividen en dos clases irreconciliables: los que aman/odian a Auster, Marías, Muñoz Molina, Pérez-Reverte,…  Determinados escritores suscitan sentimientos contrapuestos en ellos, y es difícil que cualquiera de los citados deje frío a un lector.  “Se es” de Muñoz Molina o te parece un tostón]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A menudo creo que los lectores, frente a ciertos autores, se dividen en dos clases irreconciliables: los que aman/odian a Auster, Marías, Muñoz Molina, Pérez-Reverte,…  Determinados escritores suscitan sentimientos contrapuestos en ellos, y es difícil que cualquiera de los citados deje frío a un lector.  “Se es” de Muñoz Molina o te parece un tostón insufrible.  No hay término medio.  Te angustian los párrafos largos y los recovecos narrativos de Marías o los defines como una espiral perfecta de narración.  En el caso de Pérez-Reverte, a esta imposibilidad metafísica de indiferencia literaria se une su carácter de personaje público, con exposición semanal en una columna en la que busca descaradamente crear polémica, diríamos que muta en un alter ego cuyo objetivo es golpear a nuestro estómago sin dejar de dirigirse a nuestro intelecto.  Y la dualidad se multiplica en tanto que en su obra va alternando novelas de diversa temática con las pertenecientes a la serie de Las aventuras del Capitán Alatriste.</p>
<p>Venga, voy a confesarme.  “Yo soy muy de Reverte”.  Me gusta el tono canalla y chulesco de su columna semanal, y aunque no siempre comparta su opinión, su “fondo”, me divierte leer sus desmelenes, me reconozco en su tono a veces irónico a veces desmesurado, me regocijan sus formas, su descaro, su total impudicia y su apego por  llamar a las cosas por su nombre (aunque en ocasiones yo le daría otro).  Y en cuanto a su obra literaria, como mínimo me parece honesta.  Creo que es un hábil narrador de historias y crea unos personajes sólidos, aunque en mi opinión no logra una línea homogénea en cuanto a calidad.  Ambienta con maestría, y, sin embargo, no me siento apabullada con despliegues de datos, referencias históricas y sociales,…  la documentación queda soterrada, implícita, pero hace que me sienta segura de que cada detalle, cada apunte que se incorpora a la acción tiene una sólida fundamentación.</p>
<p>Este “El puente de los asesinos” es ya la séptima entrega de las correrías del  capitán Alatriste.  A estas alturas de la serie, pocas sorpresas puede darnos ya Reverte.  El personaje es ya un viejo conocido del lector, sabemos de sus orígenes, aventuras y motivaciones, así como los de su fiel compañero y presunto narrador de los episodios biográficos tanto suyos como del capitán.  Y, por añadidura, ya no puedo imaginarme a Alatriste sino con los rasgos de Viggo Mortensen (aunque a veces se me fundan Alatriste  con Aragorn y viceversa).  No se trata ya de descubrir sus resortes psicológicos.  Ya sabemos qué y a quién nos vamos a encontrar.  Aventuras en una época tan gloriosa como cruel y personajes de diverso jaez y casi siempre complicados dentro de la simplicidad de sus impulsos vitales.  Y yo seguiré leyendo a Alatriste por el placer de tener entre manos una buena aventura de capa y espada, por el gusto de volver a oír los ecos de las palabras y giros del Siglo de Oro, por el placer de encontrarme a Quevedo como poeta y conspirador interesado, porque sé que voy a sumergirme de la mano de un autor sólido en un época oscura, terrible y bella.  Porque Alatriste es una lección de historia de España en la que olemos el sudor y nos manchamos con la sangre de unos soldados míseros y despiadados, más allá de que también se nos muestre el tablero de operaciones.  Pero sobre todo, porque me entretiene, y me hace recordar que eso es leer: dejarte llevar por las andanzas de unos personajes de carne y hueso en una trama con visos de verosimilitud y enfrascarte en sus acciones y en sus emociones.  Todo lo demás, adorno y palabrería.</p>
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		<title>&#8220;Años lentos&#8221; de Fernando Aramburu (Tusquets)</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Mar 2012 16:42:56 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Supongo que es inevitable.  Cuando se elige un libro de entre los cientos, incluso miles, que están a nuestro alcance,  la mayoría de las veces es porque algo sabemos de él.  A veces es porque el autor está entre nuestros favoritos, otras veces nos lo recomienda un amigo o alguna crítica de cuyo autor nos]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que es inevitable.  Cuando se elige un libro de entre los cientos, incluso miles, que están a nuestro alcance,  la mayoría de las veces es porque algo sabemos de él.  A veces es porque el autor está entre nuestros favoritos, otras veces nos lo recomienda un amigo o alguna crítica de cuyo autor nos fiamos, otras por la publicidad que rodea su lanzamiento.  En este caso se entremezclan todas estas razones.  Fernando Aramburu es desde hace algunos años, un escritor al que sigo con curiosidad, cariño y admiración, y esta vez no ha pasado inadvertido el lanzamiento de su última obra (como creo que sucedió con <a title="“Viaje con Clara por Alemania” de Fernando Aramburu (Tusquets Editores)" href="http://blogs.elcorreo.com/ele/2010/05/03/viaje-con-clara-alemania-fernando-aramburu-tusquets/" target="_blank">“Viaje con Clara por Alemania”</a> y “<a title="“El vigilante del fiordo” de Fernando Aramburu (Tusquets)" href="http://blogs.elcorreo.com/ele/2011/08/06/el-vigilante-del-fiordo-de-fernando-aramburu-tusquets/" target="_blank">El vigilante del fiordo</a>”).  Este “Años lentos” viene acompañado con el anuncio de ser una novela sobre el terrorismo de ETA, sobre el adoctrinamiento de un sector de la población vasca a cargo de ciertos miembros del clero.</p>
<p>Y difiero.  A mi modo de ver, y aunque la técnica de relato usada por Aramburu parece empujarnos a pensar que el protagonista de la historia es Julen, el militante etarra, y que la función del narrador no es sino la de ser testigo privilegiado de la vida de su primo, yo tengo la sensación de que no es así, de que esta postura es un trampantojo: el narrador no cuenta la peripecia de Julen, cuenta la suya propia, y aunque al que se presenta como autor parezca interesarse solo los datos biográficos de Julen, lo cierto es que aprovechando la añagaza de la confesión escrita del “navarro de los cojones”, es de los años lentos de la infancia del niño de lo que nosotros somos testigos.</p>
<p>Conocemos las andanzas de Julen a través del niño que fue su primo, y de lo que el posterior adulto aporta por conocimiento  o suposición.  Pero, sinceramente, tanto se me da que Julen estuviese militando en ETA o que formase parte de una banda de atracadores.  La pertenencia a ETA añade cierto color a la historia, la dota de verosimilitud en la circunstancia espacio-temporal, pero, repito, a mi modo de ver no es Julen el protagonista.  Quizás porque me parece un personaje excesivamente simple, plano, demasiado pazguato.  O tal vez es que los jóvenes en los que está inspirado este personaje así lo fueron.  Como un poco acartonado me parece don Victoriano, el cura.</p>
<p>Sin embargo, el resto de figuras que dan vida a esta novela me parecen pura carne.  Empezando por el niño, del que desconocemos el nombre (no así los apellidos) y que se nos presenta como un nuevo Lazarillo, contándonos su infancia desafortunada desde una madurez mucho más acomodada.  No nos la cuenta a nosotros, en realidad se la está narrando a un escritor, un tal Aramburu, con el que le unieron lejanos lazos de vecindad.  Y sabiendo que no es él el foco de atención, que es su primo Julen el titular de la curiosidad del novelista.  Que el niño es el protagonista de la novela lo tengo claro desde el momento en el que en mi ejemplar de “Años lentos” se incluye el librillo “Un niño en San Sebastián”, en el que, esta vez sí, Aramburu nos hace partícipes de los años lentos de su infancia y preadolescencia en Ibaeta.  Una década separa su nacimiento del mío, pero nuestras infancias aún compartieron calle, pandillas numerosas, juegos bárbaros, escasa vigilancia materna y limitados recursos económicos.  Como la del niño protagonista, pobre “huérfano” acogido por unos tíos huraños, parcos en palabras.  El personaje del tío Vicente es de los más fascinantes de los construidos por Aramburu.  Cobarde, débil, antipático.  Y sin embargo, vemos toda su conmovedora humanidad en el amor que profesa a su nieta deficiente, en la angustia por la huida de su hijo.  Pura contradicción, pura carne.  ¡Y qué decir de la tía Maripuy, tan cariñosa, tan luchadora, pero tan esclava de las convenciones sociales, tan preocupada por las apariencias, tan vigilante de los suyos!  Una mujer de su época, por desgracia, una época tan triste y tan lenta para ella.  Y Mari Nieves, la prima, la fresca del barrio, la víctima de una sociedad que sacralizaba y despreciaba el sexo de las mujeres.  Entre estos personajes, de los que sentimos el pálpito e incluso olemos el sudor, otros dos: el primo Julen y el cura.  Más estereotipados, un tanto rígidos, no me desconciertan, no me estremecen o indignan como el resto.  Quizás porque el autor conoce bien a los primeros, sus mecanismos de sentimiento y acción les son familiares, y no tanto los de estos.  Que son más bien un cliché, cuyos resortes de pensamiento le son ajenos a Aramburu y por tanto los ha construido de oídas.  Eso sí, nos dejan escenas impagables, como la de la subida al monte, entre lo risible y lo escalofriante.  Obviamente, esto es solo una opinión personal, y como tal la reflejo.  Julen no es sino un tonto con mala suerte, un chuleta que me trae ecos del protagonista de “El trompetista de Utopía”, un fanfarrón con nulo sentido crítico del que un cura de manual se aprovecha para adoctrinarle en la causa terrorista.</p>
<p>Construcción de personajes aparte, la novela llama la atención por su técnica y estructura.  Aramburu se esconde y se muestra en un engaño ingenioso.  Se alterna el relato autobiográfico del niño, con referencias expresas al sentido y destinatario de la narración con los apuntes del escritor al que va dirigido este escrito sobre la manera en que va a manipular y dar forma literaria a ese material.  Aparece en estos apuntes, este esqueleto de la posterior novela, el Aramburu que tanto me hace reír, el Aramburu socarrón, incluso cínico, que se burla de sí mismo como escritor, tal y como se deja ver en “Viaje con Clara por Alemania”, y que nos recuerda a los no iniciados que la escritura es más un oficio que un arte, que los capítulos no salen de un tirón y que hay más de técnica que de inspiración en cada párrafo y línea.</p>
<p>Y puesto que lo más sustancial del episodio no lo escribe el novelista sino el protagonista real, y lo aportado por el autor no es más que una ficción descarada y a la vista de todos, y, para más inri, solo bosquejada, sin concluir, ¿dónde queda el mérito del autor?  ¿a quién vamos a reclamar si algo no nos gusta? ¿al protagonista, que bastante tiene con contarnos sus tristes años lentos para además hacerlo bien?  ¿al escritor, que no hace más que cedernos el material original y un boceto inconcluso?  Aramburu, Aramburu, lo que es a mí, puede seguir tomándome el pelo de esta manera cuantas veces estime oportuno.  Porque de nuevo, y a pesar de mis observaciones sobre el pseudoprotagonista, me parece un relato muy acertado sobre la infancia, sobre sus miedos, sobre la recreación posterior que hacemos de ella, sobre cómo vamos construyendo desde niños las convenciones sociales, los modos de pensar y de comportarse de la época, los engranajes de las relaciones familiares y sociales.  Y sobre cómo de niños no siempre comprendemos lo que vivimos, pero a la larga lo hacemos.  En esta novela es también importante el trasfondo social y político que se bosqueja, el complicado entramado, el mantillo que hizo posible la aparición de ETA.  Aunque no sea esta una novela sobre tan espinoso asunto.</p>
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		<title>&#8220;El año de la liebre&#8221; de Arto Paasilinna (Anagrama)</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Mar 2012 12:55:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elena</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>No suelen ser muy habituales en los anaqueles de nuestras librerías los autores nórdicos, excepción hecha, obviamente, de los pertenecientes al boom de la novela negra que nos invaden con desigual fortuna y calidad desde hace cuatro o cinco años.  Sin embargo, otro título de Paasilinna conoció cierto éxito hacia 2007 tras su traducción al castellano, “Delicioso suicidio en grupo”.  Yo lo leí entonces, y aunque mi recuerdo no lo califica de obra maestra ni me dejó impronta digna de ser reseñada, guardaba un regusto agradable, remembranzas de un fino sentido del humor, situaciones entre jocosas y absurdas, una rocambolesca y estrambótica anécdota bien contada, aunque sin mayor trascendencia.  Y ese recuerdo amable me impulsó a la lectura de este “El año de la liebre”.</p>
<p>Han pasado ya más de quince días desde que lo terminé y de nuevo me surge el pesar de tener la sensación de haberme perdido algo, de que se me han escurrido detalles de importancia mientras pasaba las hojas.  No es que este libro contenga arcanos que me están vedados o que no alcanzo a comprender.  Remedando la película de Sofía Coppola, tengo la sensación de estar “lost in translation”, y desde luego no en un sentido literal (obviamente mis conocimientos de finés no alcanzan para saber si la traducción de Ursula Ojanen y Juan Carlos Suñen es o no acertada, es más, no dudo de que lo sea).  Pero lo cierto que el contexto en el que se enmarca la peripecia del protagonista me es ajeno.  Las costumbres, los usos sociales, las relaciones laborales,… me desconciertan y me alejan de lo que, en el fondo, constituye el cogollo de la historia.</p>
<p>Porque, cómo no, estamos hablando de la vida de un hombre y su particular huida hacia adelante, su fuga de sí mismo.  Asistimos a un episodio en apariencia anodino en el que un mecanismo en su cerebro o en su corazón de desconecta (o quizás se activa) y Vatanen inicia una peregrinación.  Pero no solo.  Le acompaña una liebre silvestre.  Un animal al que ha atropellado y que a partir de ese momento se convierte en su compañero de andanzas, de idas y venidas a lo largo de una Finlandia que se despliega ante nuestros ojos como un paraíso natural, puro escenario salvaje a merced de la meteorología adversa y en el que el hombre no puede sobrevivir sino fiándose de sus manos y de su fuerza.  Vatanen se conjura para olvidar toda su vida anterior, va desprendiéndose de todos sus referentes y su único objetivo vital será procurar a su liebre, cobijo, alimento y tranquilidad.  En esta búsqueda, a ratos esperpéntica y la mayoría de las veces desquiciada, asistimos a la individualidad, a la búsqueda de uno mismo como un empeño placentero, ágil, pues a pesar de las incomodidades de la vida dura en el campo, el peregrinaje a través de ciudades, trabajos penosos e itinerarios imposibles, sabemos que Vatanen es feliz.  Hay un trasfondo franciscano en esta peripecia, tanto en el arraigo en la naturaleza y el respeto por sus ciclos y mecanismos, como en el pensamiento de que no hay que preocuparse en exceso por las cosas materiales: la misma naturaleza nos procurará sustento y cobijo.  Es decir, podríamos hablar de esta novela como de un road book ecológico, y todo esto en 1974, año de su publicación en Finlandia (aunque su traducción no llegue a España hasta 2011).<br />
Es una novela ágil, ligera, que se lee con gusto.  Pero vuelvo a esa disonancia, no sé si cultural o temporal, que me deja al terminar de leerla.  Aunque empatizo con el protagonista, me resulte simpática su relación con la liebre (reveladora eso sí, de cierta misoginia) y me divierta con los casi surrealistas y descacharrantes episodios que se van engarzando por la Finlandia rural y casi virgen, el marco me chirría, creo no entenderlo por completo.  Aunque debo añadir que me ha entretenido este vagar sin rumbo ni objetivo; esa felicidad simple que nace de estar a gusto con uno mismo día a día, sin buscar una trascendencia o un mañana; esa sensación de libertad rayana en la anarquía que invade la vida de Vatanen; esa comunión respetuosa con la naturaleza; esa necesidad de vuelta a lo básico y lo esencial.</p>
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		<title>&#8220;Nada del otro mundo&#8221; de Antonio Muñoz Molina (Seix Barrall)</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Feb 2012 10:20:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elena</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cuentos, relatos, narraciones breves]]></category>
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		<description><![CDATA[Cada vez estoy más vaga, o tengo menos tiempo, o las dos cosas a la vez.  De resultas de estos y otros factores, se me ha acumulado el resumen de tres libros leídos entre enero y finales de febrero, el primero de ellos este “Nada del otro mundo”. Cada vez me gustan más los libros]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada vez estoy más vaga, o tengo menos tiempo, o las dos cosas a la vez.  De resultas de estos y otros factores, se me ha acumulado el resumen de tres libros leídos entre enero y finales de febrero, el primero de ellos este “Nada del otro mundo”.</p>
<p>Cada vez me gustan más los libros de relatos.  Quizás porque se acomodan mejor que los libros de gran formato a la lectura a trancas y barrancas, sin sosiego ni continuidad a la que en los últimos meses me he visto abocada.  Sin embargo, cuantos más libros de cuentos leo, más me reafirmo en la impresión de que es muy difícil, por no decir imposible y salvo contadísimas excepciones (se me ocurre Alice Munro) encontrar uno redondo, en el que todos los relatos mantengan un alto nivel, atrapen el interés y mantengan la curiosidad en similar medida.  Y este “Nada del otro mundo” no es una excepción.  Quizás porque Antonio Muñoz Molina se desenvuelve mejor en textos más largos, su estilo requiere cierta morosidad, cierto regodeo, un ir y venir sobre el mimo acontecimiento, la indagación pormenorizada sobre el recoveco de cada personaje y circunstancia.  Y esta querencia no es la más compatible con el formato del relato corto.  Y por ello confieso que me gusta más el Muñoz Molina novelista que el cuentista.</p>
<p>Sin embargo, la maestría del grandísimo escritor que es Muñoz Molina se deja traslucir incluso en sus obras (a mi juicio) más imperfectas.  Y por eso los relatos que componen este volumen son más que correctos.  Algunos brillantes, como el que encabeza la selección y da título a la obra.  El relato nos va envolviendo, y de una narración de tono costumbrista en la que se podría adivinar algún tinte autobiográfico pasamos a un ambiente fantasmagórico, espectral, con un toque Poe, no sé si como homenaje o como parodia del género de terror.  Claro que para conseguir este escalofrío e incertidumbre en el lector, Muñoz Molina ha necesitado más de setenta páginas, extensión más cercana a la novela corta que al cuento.  Esta atmósfera cercana a Poe está presente también el “El cuarto del fantasma”, eso sí, esta vez con más peso de la parodia del género que del homenaje.</p>
<p>En los relatos que lo acompañan Muñoz Molina sigue explotando la creación de atmósferas engañosas, escenarios cotidianos y anodinos en los que un detalle se rebela y marca la diferencia de lo ordinario y lo fantástico o lo escalofriante, como “Las aguas del olvido”.  Otras veces la mirada curiosa de un testigo construye una historia a partir de una anécdota, de un trazo que nos lleva a figurar algo previsible, pero que al final desemboca en un equívoco con final cruel.  Pero, ¿quién no ha fantaseado sobre la vida de personas con las que coincide casualmente en un autobús o en el supermercado, quien no se ha sentado en la terraza de un café y no ha fabulado sobre  los viandantes?  Otras historias nos muestran el peculiar sentido del humor de Muñoz Molina, que no siempre podemos entrever en su obra literaria pero sí es patente en entrevistas.  Así lo comprobamos en “Las otras vidas” o en la genial “Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad”, que debiera hacernos reflexionar sobre el uso ritual e indiscriminado de ciertas expresiones ya convertidas en cliché.  En otras ocasiones se inclina por el relato negro, “El miedo de los niños”, “La gentileza de los desconocidos”,…</p>
<p>Resumiría esta colección de relatos como irregular, en ocasiones con muestras originales y en otras más previsibles y con caminos trillados.  Entiendo que el magistral novelista que es Antonio Muñoz Molina no se siente muy cómodo en el traje de los cuentos, intuyo que le incomodan sus hechuras constreñidas y que está más habituado a uno de más amplias medidas.  Sin embargo, en este particularísimo juicio tengo la impresión de no estar opinando tanto a partir de lo leído como de las expectativas que me creo al leer en la portada el nombre del autor.  De Muñoz Molina espero lo excelso, lo sublime, lo único.  Y si “solo” encuentro un  resultado correcto, no lo juzgo como tal y lo minusvaloro.  Admito que no es una conducta justa para un autor honesto, que en el prólogo y el epílogo deja traslucir que concibe la escritura de estos relatos como un divertimento, un entretenimiento.  Y que, como yo, añora otros tiempos en que periódicos y revistas encargaban relatos a escritores, pues sus editores aún creían que a la gente que leía periódicos le gustaba leer.</p>
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		<title>&#8220;Un centímetro de mar&#8221; de Ignacio Ferrando (Alberdania)</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Feb 2012 15:52:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elena</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es curioso cómo un paisaje que a priori causa agorafobia, el mar abierto, con su horizonte infinito y su quietud tranquilizadora, con la plenitud del cielo sobre nuestras cabezas, se convierte, al situar sobre él un barco con su tripulación a bordo, en el más claustrofóbico y desasosegante de los escenarios.  Sin que permita escapatoria]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es curioso cómo un paisaje que a priori causa agorafobia, el mar abierto, con su horizonte infinito y su quietud tranquilizadora, con la plenitud del cielo sobre nuestras cabezas, se convierte, al situar sobre él un barco con su tripulación a bordo, en el más claustrofóbico y desasosegante de los escenarios.  Sin que permita escapatoria alguna a los personajes alucinados que deambulan de popa a proa, obligándoles a una convivencia estrecha, a relacionarse manejando información del otro sobre su vida en tierra, pero con claves de comportamiento que alejan esta vida de la que tiene lugar en el barco y que se van fraguando al albur de las corrientes, los vientos y la tormenta.<br />
Este es un tema bien retratado en la narrativa moderna, el de un grupo de personajes aislados en un medio hostil, con objetivos no siempre afines pero obligados a una precaria sintonía.  En este acaso añadimos otro tópico, el de la pareja enfrentada y hasta cierto punto complementaria, el protagonista y el antagonista.  Es Quijote y Sancho, Carmen y Mario, Sherlock Holmes y Watson,…  La literatura está poblada de estos binomios que tan bien reflejan la dualidad del alma humana, su doble naturaleza.  Berdaitz y Kölher se ajustan en cierta manera a este tópico.  Enfrentados y aliados, con un objetivo común y motivaciones opuestas, con alternancia en su relación de sumisión – superioridad.  A su alrededor, un coro de personajes de rostro más bien indefinido y uniforme, que actúa como antagonista, como opositor y confrontador de la acción.<br />
De Berdaitz sabemos mucho, casi todo.  Una vida marcada por el abandono, la desaparición y la culpa, definida por el remordimiento y por la imposibilidad del olvido.  De todo se siente culpable: del abandono de su padre, de la muerte de su hermano, de la tristeza de su madre, de la huida de Norma.  Hasta del desapego de su tripulación.  Se nos retrata cada extremo decisivo de su biografía.  Un narrador omnisciente va intercalando los episodios de esa vida pasada con el discurso lineal de la alucinada travesía en el mar del Norte, y en otras ocasiones es Berdaitz quien va desgranando sus recuerdos, sugeridos por los episodios de la acción.  En contraste, poco conocemos de Kölher, el alemán, el extraño que viaja con misteriosa tecnología y que aparece en puerto con su descabellado plan de búsqueda.  Otro tema universal, el de la búsqueda.  Desde la Odisea a La isla del tesoro (imposible no citar ahora a Moby Dick), la literatura suele ser una cuestión de búsqueda, de hallazgos y decepciones, de ir en pos de objetos y de objetivos.  Kölher busca un centímetro de mar, con unas coordenadas concretas pero no precisadas en el momento de zarpar.  Puede parecer una quimera, pero los argumentos que ofrece tienen la aureola de lo científico y de lo racional.  Al menos se asemejan.  Poco sabemos de sus motivaciones en esa búsqueda, de su pasado.  Unas pinceladas gruesas bien avanzada la acción nos permiten entrever a un rico obsesivo.  Para a continuación comprender que no es el logro lo que motiva a Kölher, sino la búsqueda en sí misma, que es inasequible al desaliento y que en el camino de ese improbable e inalcanzable centímetro encuentra el sentido de su vida.  Sin importarle que cada expedición desencadene la tragedia y la muerte.  Quizás porque sabe que una sucesión fatal e incontrolable de circunstancias y condicionamientos no siempre provocadas directamente por él son las que, a la postre, llevan a la muerte a sus guías y acompañantes, y no su intervención directa.  Y eso es lo que le sucede a Berdaitz.  A fin de cuentas, todo lo que había vivido, cada acontecimiento pasado le lleva a este fin, sin que podamos culpar a Kölher de su final.<br />
Una novela singular, “Un centímetro de mar”, con un tono épico propio más bien de la literatura del XIX, con personajes que regresan al esquema héroe/antihéroe, y una circunstancia atemporal, pues sería difícil datar la época precisa en la que se sitúa la acción más allá de ciertos detalles tecnológicos y de referencias a los problemas de la pesca, referencias secundarias y sin incidencia en la acción, que podríamos situar incluso siglos atrás del final del XX al que cabe atribuirla.<br />
Y sin embargo, a pesar de que el planteamiento es prometedor y la oposición entre los personajes y sus motivaciones pueda parecer a priori atractiva, no termina de parecerme redondo el resultado.  Quizás sobra melodrama en la historia de Berdaitz, quizás hay efectismo en el descubrimiento del secreto de Kölher, quizás no esté bien resuelto el protagonismo coral de la tripulación, quizás sea aparatoso el final.  En cualquier caso, opino que hay cierto abuso del vocabulario marinero, si bien es de justicia añadir que se puede seguir el hilo argumental sin acudir al diccionario</p>
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