“Medusa” de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barrall)

Según la mitología"Medusa" de Caravaggio griega, Medusa, el monstruo bello y fiero de hipnótica y letal mirada, fue muerta por Perseo al obligarle este a contemplarse reflejada en su escudo convertido en espejo y quedar así petrificada.

 

Utiliza Ricardo Menéndez Salmón de modo inteligente esta historia convertida en mito para relatarnos la historia de Prohaska.  El narrador va comentando su vida de forma lineal, una semblanza construida a partir de su biografía, escrita por un amigo.

El tema recurrente es la violencia, la maldad, la crueldad humana, la atracción que ejerce sobre nosotros, cómo esta nos contamina y nos destruye, pues hace que nos enfrentemos a nosotros mismos, a nuestra imagen reflejada en el escudo de Perseo.  A lo largo de su vida, Prohaska enfrenta todos los crueles episodios que sufrió la humanidad:  la ascensión nazi, los campos de concentración, los gulags, el holocausto nuclear,… También sufrió Prohaska la violencia personal: orfandad, desapego materno, maltrato familiar, pérdida de su único hijo, la consciencia de ser el último de su estirpe, la muerte de su mujer (único faro de su vida).  Prohaska nos devuelve todos estos horrores históricos y personales enfrentándonos a su imagen y su representación: pinturas, fotografías y filmaciones de una realidad oscura vivida, testigo fiel de los inmundos lodazales en los que se recrea la maldad humana.  ¿Es posible quedarse solamente en la categoría de testigo?  ¿Acaso el testigo de la crueldad puede serlo sin pasar a convertirse bien en denunciante bien en encubridor?  ¿Se puede dar fe de determinados hechos sin tomar partido?

Son preguntas que este libro no plantea, que quedan en el aire tras su lectura.  Aparentemente, el protagonista no se inmiscuye, se limita a retratar con fidelidad el horror, documenta el drama, pone, como Perseo, el espejo que también es escudo protector, para devolvernos una imagen fidedigna del monstruo y tratar así, quizás, de desactivarlo.

Completada su tarea, el autor desaparece, se sumerge en la nada en la que sucumbió su padre.  ¿Fue contaminado por el horror presenciado? ¿Sabemos de sus remordimientos por su inacción?  ¿Fue precisamente esa inacción, esa condición de testigo la que le dio la lucidez para sobrellevar lo vivido?  Todos esos interrogantes surgen en la reflexión tras la lectura de “Medusa”.  Una lectura sin duda inquietante, que incomoda por sus implicaciones éticas y que abre otra derivada no menos interesante acerca del papel del arte como testigo de su época, como documento de una realidad que a veces es difícil de aprehender si no es a través de su representación simbólica.

 

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