“El año de la liebre” de Arto Paasilinna (Anagrama)

No suelen ser muy habituales en los anaqueles de nuestras librerías los autores nórdicos, excepción hecha, obviamente, de los pertenecientes al boom de la novela negra que nos invaden con desigual fortuna y calidad desde hace cuatro o cinco años.  Sin embargo, otro título de Paasilinna conoció cierto éxito hacia 2007 tras su traducción al castellano, “Delicioso suicidio en grupo”.  Yo lo leí entonces, y aunque mi recuerdo no lo califica de obra maestra ni me dejó impronta digna de ser reseñada, guardaba un regusto agradable, remembranzas de un fino sentido del humor, situaciones entre jocosas y absurdas, una rocambolesca y estrambótica anécdota bien contada, aunque sin mayor trascendencia.  Y ese recuerdo amable me impulsó a la lectura de este “El año de la liebre”.

Han pasado ya más de quince días desde que lo terminé y de nuevo me surge el pesar de tener la sensación de haberme perdido algo, de que se me han escurrido detalles de importancia mientras pasaba las hojas.  No es que este libro contenga arcanos que me están vedados o que no alcanzo a comprender.  Remedando la película de Sofía Coppola, tengo la sensación de estar “lost in translation”, y desde luego no en un sentido literal (obviamente mis conocimientos de finés no alcanzan para saber si la traducción de Ursula Ojanen y Juan Carlos Suñen es o no acertada, es más, no dudo de que lo sea).  Pero lo cierto que el contexto en el que se enmarca la peripecia del protagonista me es ajeno.  Las costumbres, los usos sociales, las relaciones laborales,… me desconciertan y me alejan de lo que, en el fondo, constituye el cogollo de la historia.

Porque, cómo no, estamos hablando de la vida de un hombre y su particular huida hacia adelante, su fuga de sí mismo.  Asistimos a un episodio en apariencia anodino en el que un mecanismo en su cerebro o en su corazón de desconecta (o quizás se activa) y Vatanen inicia una peregrinación.  Pero no solo.  Le acompaña una liebre silvestre.  Un animal al que ha atropellado y que a partir de ese momento se convierte en su compañero de andanzas, de idas y venidas a lo largo de una Finlandia que se despliega ante nuestros ojos como un paraíso natural, puro escenario salvaje a merced de la meteorología adversa y en el que el hombre no puede sobrevivir sino fiándose de sus manos y de su fuerza.  Vatanen se conjura para olvidar toda su vida anterior, va desprendiéndose de todos sus referentes y su único objetivo vital será procurar a su liebre, cobijo, alimento y tranquilidad.  En esta búsqueda, a ratos esperpéntica y la mayoría de las veces desquiciada, asistimos a la individualidad, a la búsqueda de uno mismo como un empeño placentero, ágil, pues a pesar de las incomodidades de la vida dura en el campo, el peregrinaje a través de ciudades, trabajos penosos e itinerarios imposibles, sabemos que Vatanen es feliz.  Hay un trasfondo franciscano en esta peripecia, tanto en el arraigo en la naturaleza y el respeto por sus ciclos y mecanismos, como en el pensamiento de que no hay que preocuparse en exceso por las cosas materiales: la misma naturaleza nos procurará sustento y cobijo.  Es decir, podríamos hablar de esta novela como de un road book ecológico, y todo esto en 1974, año de su publicación en Finlandia (aunque su traducción no llegue a España hasta 2011).
Es una novela ágil, ligera, que se lee con gusto.  Pero vuelvo a esa disonancia, no sé si cultural o temporal, que me deja al terminar de leerla.  Aunque empatizo con el protagonista, me resulte simpática su relación con la liebre (reveladora eso sí, de cierta misoginia) y me divierta con los casi surrealistas y descacharrantes episodios que se van engarzando por la Finlandia rural y casi virgen, el marco me chirría, creo no entenderlo por completo.  Aunque debo añadir que me ha entretenido este vagar sin rumbo ni objetivo; esa felicidad simple que nace de estar a gusto con uno mismo día a día, sin buscar una trascendencia o un mañana; esa sensación de libertad rayana en la anarquía que invade la vida de Vatanen; esa comunión respetuosa con la naturaleza; esa necesidad de vuelta a lo básico y lo esencial.

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