“Nada del otro mundo” de Antonio Muñoz Molina (Seix Barrall)

Cada vez estoy más vaga, o tengo menos tiempo, o las dos cosas a la vez.  De resultas de estos y otros factores, se me ha acumulado el resumen de tres libros leídos entre enero y finales de febrero, el primero de ellos este “Nada del otro mundo”.

Cada vez me gustan más los libros de relatos.  Quizás porque se acomodan mejor que los libros de gran formato a la lectura a trancas y barrancas, sin sosiego ni continuidad a la que en los últimos meses me he visto abocada.  Sin embargo, cuantos más libros de cuentos leo, más me reafirmo en la impresión de que es muy difícil, por no decir imposible y salvo contadísimas excepciones (se me ocurre Alice Munro) encontrar uno redondo, en el que todos los relatos mantengan un alto nivel, atrapen el interés y mantengan la curiosidad en similar medida.  Y este “Nada del otro mundo” no es una excepción.  Quizás porque Antonio Muñoz Molina se desenvuelve mejor en textos más largos, su estilo requiere cierta morosidad, cierto regodeo, un ir y venir sobre el mimo acontecimiento, la indagación pormenorizada sobre el recoveco de cada personaje y circunstancia.  Y esta querencia no es la más compatible con el formato del relato corto.  Y por ello confieso que me gusta más el Muñoz Molina novelista que el cuentista.

Sin embargo, la maestría del grandísimo escritor que es Muñoz Molina se deja traslucir incluso en sus obras (a mi juicio) más imperfectas.  Y por eso los relatos que componen este volumen son más que correctos.  Algunos brillantes, como el que encabeza la selección y da título a la obra.  El relato nos va envolviendo, y de una narración de tono costumbrista en la que se podría adivinar algún tinte autobiográfico pasamos a un ambiente fantasmagórico, espectral, con un toque Poe, no sé si como homenaje o como parodia del género de terror.  Claro que para conseguir este escalofrío e incertidumbre en el lector, Muñoz Molina ha necesitado más de setenta páginas, extensión más cercana a la novela corta que al cuento.  Esta atmósfera cercana a Poe está presente también el “El cuarto del fantasma”, eso sí, esta vez con más peso de la parodia del género que del homenaje.

En los relatos que lo acompañan Muñoz Molina sigue explotando la creación de atmósferas engañosas, escenarios cotidianos y anodinos en los que un detalle se rebela y marca la diferencia de lo ordinario y lo fantástico o lo escalofriante, como “Las aguas del olvido”.  Otras veces la mirada curiosa de un testigo construye una historia a partir de una anécdota, de un trazo que nos lleva a figurar algo previsible, pero que al final desemboca en un equívoco con final cruel.  Pero, ¿quién no ha fantaseado sobre la vida de personas con las que coincide casualmente en un autobús o en el supermercado, quien no se ha sentado en la terraza de un café y no ha fabulado sobre  los viandantes?  Otras historias nos muestran el peculiar sentido del humor de Muñoz Molina, que no siempre podemos entrever en su obra literaria pero sí es patente en entrevistas.  Así lo comprobamos en “Las otras vidas” o en la genial “Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad”, que debiera hacernos reflexionar sobre el uso ritual e indiscriminado de ciertas expresiones ya convertidas en cliché.  En otras ocasiones se inclina por el relato negro, “El miedo de los niños”, “La gentileza de los desconocidos”,…

Resumiría esta colección de relatos como irregular, en ocasiones con muestras originales y en otras más previsibles y con caminos trillados.  Entiendo que el magistral novelista que es Antonio Muñoz Molina no se siente muy cómodo en el traje de los cuentos, intuyo que le incomodan sus hechuras constreñidas y que está más habituado a uno de más amplias medidas.  Sin embargo, en este particularísimo juicio tengo la impresión de no estar opinando tanto a partir de lo leído como de las expectativas que me creo al leer en la portada el nombre del autor.  De Muñoz Molina espero lo excelso, lo sublime, lo único.  Y si “solo” encuentro un  resultado correcto, no lo juzgo como tal y lo minusvaloro.  Admito que no es una conducta justa para un autor honesto, que en el prólogo y el epílogo deja traslucir que concibe la escritura de estos relatos como un divertimento, un entretenimiento.  Y que, como yo, añora otros tiempos en que periódicos y revistas encargaban relatos a escritores, pues sus editores aún creían que a la gente que leía periódicos le gustaba leer.

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