“Dos crímenes” de Jorge Ibargüengoitia (RBA)

A menudo llega a olvidarse que la novela como genero persigue como objetivo final contar una historia, y distinguirá una crónica de hechos de una obra literaria la manera en que esta historia está contada: la técnica, la novedad en el tratamiento de los personajes, la audacia en el uso del lenguaje,… El autor se luce en este ejercicio estilístico y encuentra en él un peculiar sello de narrar. A un lector bien entrenado o a un crítico no les será difícil distinguir a un autor de otro por estas peculiares marcas.
Sin embargo, no son estos artificios los que nos llevan a acordarnos de los buenos libros leídos, salvo que sean de entidad o revolucionarios, o nos identifiquemos de alguna manera con el peculiar sello de un escritor.
Yo me rindo ante historias bien contadas, con honestidad, donde entienda que lo fundamental es el despliegue de unos hechos, y que la trama no es una excusa para el lucimiento del autor, entendiendo lucimiento como una manera tramposa de apabullar al lector con despliegue de datos, de acontecimientos históricos o biográficos, o con el manejo de técnicas narrativas impactantes y deslumbrantes concebidas no como un medio, sino como un fin en sí mismas. A mi entender, los buenos escritores son capaces de aunar el ofrecimiento de una historia interesante con el de una técnica eficaz a la par que transparente (siquiera aparentemente).
No conocía a Jorge Ibargüengoitia. Cuando Óscar Esquivias me recomendó la lectura de este libro supuse que era un joven escritor vasco. Obviamente estaba equivocada. Jorge Ibargüengoitia poco tenía ya de joven al escribir este libro a los cuarenta y seis años, pero si era joven para morir nueve años mas tarde en el accidente de Avianca en Madrid en el 83. Y tampoco andaba atinada con su nacionalidad, pues era mexicano.
En cualquier caso, la historia que tenemos entre manos es la historia de una mentira que provocara sucesivas mentiras, toda una sarta de engaños e imposturas en el intento del protagonista de no retroceder y no desdecirse en su huida hacia adelante.
Una mentira tapa una verdad poco conveniente, pero pronto es preciso tejer una red de engaños y simulaciones para mantener y sustentar la primera, y este juego continua, se enrosca y gira sobre el primer engaño, que ya no solo atañe a farsante y “panoli”, sino que se ve involucrada toda una pintoresca familia cuyo objetivo es claro, inequívoco y expreso: impedir que el intruso herede. En primera persona, ese tramposo nos va haciendo participes de sus vicisitudes, hasta que llega un momento en la narración en el que cambia el punto de vista y es un amigo del presunto engañado quien toma la riendas del discurso y reconstruye los acontecimientos ya conocidos en un ingenioso juego de espejos que nos permite darnos cuenta de que el “tolay” no era tal, aunque a la postre resulte ser protagonista del primero de los crímenes a los que alude el titulo, y de que dl timador no resulto tan hábil en el manejo de su fraude, que ahora se nos antoja torpe y desmañado.  Que al final los acontecimientos tomen un rumbo inesperado y que sean numerosos los flecos que puedan quedar en la resolución del primer crimen (no hay que olvidar que esta no es una novela policiaca del estilo de las de Agatha Christie) no resta ni un ápice a la maravillosa sensación de plenitud, de goce y de redondez cuando se termina la novela, trufada siempre de un peculiar sentido del humor, un recurso atinado a la ironía, con escenas que se inscriben entre lo esperpéntico y lo surrealista, con un protagonista que se nos hace simpático a pesar (o quizás debido a) sus continuas meteduras de pata, trasunto de todo un género representativo de la literatura castellana, todo un pícaro, un Lázaro, un buscón en una trama detectivesca.
En suma, un hermoso libro con una historia original aunque se nos haga familiar, y que me atrapó en los primeros días de diciembre de 2011. Que no haya resumido mis impresiones hasta este mediado enero, no obedece sino a mi pereza.

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